
Hay momentos en los que el tiempo se detiene para dar lugar a la eternidad, para ser testigo del cierre del círculo, el abrazo eterno, el nudo infinito de nuestra garganta en el que se sumerge nuestra voz al presenciar la historia sobre el piso verde del Olímpico de Kiev y el firmamento del fútbol. Y el tiempo que es una imagen móvil de la eternidad se ha detenido en nuestras retinas regalándonos cuatro años de infinitud. Cuatro años que se resumen en la balada de un día de julio, que en el marco de la leyenda se revela como pura alquimia del fútbol y un inolvidable poema jamás escrito. Es Uróboros, la serpiente alquímica que se come su propia cola y hoy rodea al escudo de la Selección Española. Una serpiente cuya simbología responde a la naturaleza cíclica de las cosas, al eterno retorno, el esfuerzo eterno, la lucha eterna, los ciclos naturales de larga duración.
Y nuestra selección que en cada paso que fue dando fue percatándose que donde quiera que fuera, iba camino a la eternidad, eligió el mejor y más bello camino para conseguirlo. Un brillantísimo cuatro a cero ante Italia con la poética de dos primeros goles en los que se resume lo que es nuestro equipo. El primero toque, asociación, magia y definición y, el segundo un pase inmortal de Xavi a la carrera atómica de un lateral al que ni siquiera el viento pudo disputarle el espacio y la historia le tendió una alfombra a los pies de Buffon. La eternidad que está enamorada de las creaciones del tiempo se rinde a la grandeza de un equipo sin par que quedará en la memoria colectiva como bálsamo de los días vividos. Una idea de equipo y un estilo que jamás morirá, pues cada dogma tiene su día, pero los ideales son eternos y más allá de su propia eternidad brillarán sus huellas. La permanencia de ayeres sin mañana en la memoria, noventa minutos en un solo segundo y un segundo para toda la eternidad. Seguir leyendo…



























