
En una sociedad mermada ante cuatro décadas de régimen comunista y herida por las consecuencias feroces del Telón de Acero, ser recluta no solía generar noticias agradables. Sin embargo, cada cierto tiempo uno de ellos se convertía en alguien especial, un éxito que se vinculaba irremediablemente a la habilidad con la pelota. Todos aquellos que dominaban el arte del balompié en Polonia, acababan defendiendo la elástica del Legia de Varsovia pues como equipo del Ejército polaco, era capaz de aglutinar todo tipo de estrellas con sus prácticas poco lícitas. Casi obligado por amenazas y tras un sinfín de escaramuzas de grisácea naturaleza, Kazimierz Deyna no pudo negarse a exponer su calidad técnica, visión de juego y extraordinario disparo lejano, al servicio del ‘estado’, que ganó un organizador de lujo para doce años pero que acabó por impulsar al que aún hoy está considerado mejor futbolista polaco de la historia.
Deyna se convirtió en el abanderado, el icono y el líder de una generación irrepetible que aún hoy recuerdan la época más gloriosa del fútbol polaco. Dirigidos por el caracterial Kazimierz Gorski, lograron la medalla de oro de fútbol en los Juegos Olímpicos de Múnich (dos goles de Deyna en la final), ganaron a Inglaterra para ‘colarse’ en la fase final de 1974 y alcanzar semifinales con el estilo más asociativo y preciosista del torneo. Bajo palos Tomaszewski, en defensa Zmuda, la medular la dominaba Kasperczak, pero el ataque era un lujo que nadie podrá olvidar jamás, un tridente formado por Lato, Szarmach y Gadocha. Ellos, junto a un Deyna (que llegó a ser Balón de Bronce en 1974), representan aún hoy un sueño que Polonia no ha vuelto a experimentar, el de competir en la élite. Llevan décadas intentandolo pero hoy, por la puerta grande, pueden poner freno a su periplo en el ostracismo con otro tridente, el ‘Borusen’. Seguir leyendo…








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