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No aparecerá en los Balones de Oro ni entre los Campeones del Mundo, pero nadie representa mejor el éxito en base a una cualidad única: la total voluntad para hacerlo posible. Es Javier Zanetti.

Texto: José David López (@elenganchejd) / Entrevista: Carlos Carpaneto (@carpaole)

Infografía de Zanetti records
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Zanetti manteado el día de su retirada
Zanetti se despide
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02Un desconocido en Meazza

En honor a la verdad, la historia de frenesí entre el Inter de Milan y Javier Zanetti no arrancó como la gran mayoría de traspasos que suelen acumularse cada año en su plantilla. El club neroazzurri ha contado con muchos de los mejores futbolistas de la historia desde los años 60 hasta inicios del nuevo siglo, pero el argentino no cumplía ese atributo. No era un refuerzo mediático. No era una estrella consagrada. Y no era, desde luego, ese futbolista por el que todos los grandes del continente habían mostrado su especial entusiasmo. Para un niño nacido en Avellaneda, ayudante de panadero en su infancia en el Riachuelo del sur de Buenos Aires (Dock Sud), su primera y casi única pasión (por esa capacidad para siempre mantener los pies en el suelo y no levitar en exceso) había sido poder debutar en Independiente de Avellaneda. Todos los chicos de su barrio intentaban colarse cada semana en el estadio del que consideraban su club para toda la vida. Y como chico con capacidad de trabajo y ciertas habilidades con la pelota, intentar acceder cuanto antes a la ruta directa hacia su sueño fue prioridad. Se acercó al Rojo, llamó a la puerta, entrenó unos días con los chiquitos de las inferiores y antes de creerse capacitado lo rechazaron. “La verdad es que uno con el paso de los años uno sí entiende que Independiente no quisiera contar conmigo. En ese momento yo no crecía. Pero era cuestión de tiempo. Así que lo pude superar después y me pude desarrollar muy bien”, explica sobre el que representó el primer óbice de su aún remota aspiración con la pelota. Curioso, casi irónico, pensar que el problema para tan desastrosa decisión fuera el físico, justo aquello que le iba a permitir ser único.

Su familia nunca quiso dejar que un “no” puntual se convirtiera en un problema anímico para el chico, por lo que a las semanas ya estaba jugando en un equipito de barrio y humilde. Los saltos tendrían que llegar con fe, por lo que Talleres de Remedios de Escalada (un club de la provincia de Buenos Aires dentro del partido de Lanús) iba a ser la lanzadera ideal desde sus categorías inferiores (por entonces en Nacional B y hoy milita en Primera C, la cuarta división). Una temporada completa sirvió para que Banfield (donde le colocaron el apodo de Pupi) le permitiera una progresión vertiginosa hacia el primer nivel del fútbol argentino y, colocado como carrilero, se bastó de dos campañas más y menos de 70 partidos oficiales para apuntar a retos mayores.

Zanetti con independiente

“Cuando trabajo con un grupo, les digo: ‘Si se entrenan, se cuidan y hacen caso, van a llegar. Una vez en tal año yo dije esto mismo y un chico se lo creyó. Ese chico fue capitán del Inter y récord de partidos en la Selección. Y estaba sentado como ustedes. Y si le pasó a él… ¿Por qué no les va a pasar a ustedes?”. Norberto D’Angelo, técnico que promovió a Zanetti en Talleres.

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Tan fugaz fue su crecimiento en centímetros que había necesitado anteriormente y en talento que incluso las selecciones inferiores de Argentina prácticamente lo habían ignorado. Una irrupción desde las catacumbas que sorprendió a la Federación (AFA) hasta el punto que la única muestra real del joven Zanetti con la albiceleste (solo jugó 12 partidos con las inferiores) se dio en el Panamericano de 1995, donde jugaban solo futbolistas Sub-23. Ese grupo hoy es recordado más que por su victoria final, por ser la base del Mundial de 1998 y todos citan a Ortega, Gallardo, Ayala, Crespo y, cómo se esperaban los goles del que ya era estrella nacional, Sebastián Rambert. A pesar de ser casi anónimo, Javier Zanetti se hizo hueco pero, como tantas veces, parecía haber pasado desapercibido ante protagonismo del resto. Esas semanas acabaron siendo claves porque un foco muy particular llamado Massimo Moratti no pasó de largo y quedó prendido con él.

“Confió en mí cuando yo era prácticamente un desconocido. Tenía 20 años. Y la verdad que confiar en un jugador que tenía tan poca experiencia y pensar en llevarlo en un club con la exigencia de ese Inter no era nada fácil”, apunta pensando en el día en el que pisó Milán y el Giuseppe Meazza y se confirmaba su fichaje. Tan extraño parecía aquel movimiento que fue tachado de aventurado en los medios italianos, mucho más atentos al futbolista al que el propio Zanetti acompañaba ese día de presentación, un ‘Avioncito’ Rambert que venía de ser el goleador del campeonato argentino y había sido relacionado con los clubes más poderosos del continente. El Inter había ganado la puja y ya mostraba su fuerza. El Inter presentaba a Rambert y a ‘otro’ argentino: “Cuando llegué, existía la regla de que cada equipo solo podía jugar con tres futbolistas extranjeros. Al club acababan de llegar Paul Ince y Roberto Carlos y conmigo, Rambert, que, como era lógico por sus goles en Argentina, era el que llegaba con más nombre. Y después llegaba yo para buscar un espacio. El Inter me iba a prestar a otro club”. Pero su fortaleza, convicción y seguridad fundamentada siempre en el trabajo, convencieron en pocas semanas. “Tuve la suerte de arrancar jugando. No era fácil para mí demostrar que estaba capacitado para jugar en un gran equipo como el Inter y las responsabilidades eran gigantes. Demostré con poca edad que podía estar firme en ese papel y mantenerme”, reflexiona, mientras no olvida que en esa campaña el club acabó teniendo tres entrenadores, que reinó el caos y que fue Rambert quien acabó dejando su lugar como ‘extranjero’ (cedido al Zaragoza).

Aunque de todas las palabras que recupera en el tiempo para rememorar aquellos años, insiste en una muy particular que refleja la verdadera realidad de aquel Inter: “Costaba mucho ganar”, repite una vez tras otra. “Recuerdo que ganamos la Copa de la UEFA en el 98 y después, durante diez años, no podíamos lograr lo que buscábamos. No podíamos encontrar las respuestas. Teníamos grandes jugadores como Ronaldo, Vieri, Baggio, Simeone, Zamorano, Ibrahimovic… Pero no alcanzábamos los objetivos, que para el Inter siempre son ganar el Scudetto y competir por todo en Europa. Poder mantener la calma en ese momento no era sencillo”, asume, aunque no ignora que más allá de la debilidad en momentos clave que habían tenido esos grupos de estrellas sin la cohesión final necesaria, hubo algo que les frenaba en la oscuridad, el ‘Calciopoli’ o ‘Moggi-gate’ (polémica que destrozó la credibilidad del fútbol italiano en 2005-2006 demostrando fraudes arbitrales con la Juventus como principal protagonista). “Con el tiempo supimos que existía esto. Sirvió para darnos cuenta de que no siempre, pero a veces, no se pudo conseguir lo que buscábamos por estas cuestiones. Más que nada sirvió para dar tranquilidad a la gente, porque no era que no hiciéramos lo suficiente, sino que existían cosas por encima de esto. Algo pasaba y era eso”.

Gol de Zanetti en final UEFA contra Lazio

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El ciclista italiano Eros Capecchi corre con el brazalete de capitán del Pupi. “Es mi ídolo. Lo admiro porque es un gran campeón pero también un ejemplo como deportista”.

Todos los cromos de Zanetti en el Inter
Inicios de Zanetti en el Inter
Comienzos de Zanetti en el inter
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03El Inter de Mourinho

El más inteligente para saber administrar todos los recursos que Moratti seguía haciendo por la institución a golpe de talonario (cada vez más venido a menos, cierto es) y para saber gestionar una plantilla con individualidades que anhelaban una estabilidad con cierta identidad propia, fue José Mourinho. “Hubo continuidad en los años previos a la llegada de Mourinho y, con él, se creó un grupo muy fuerte. Un equipo que vos veías que estaba para dar un salto y lograr cosas importantes, con lo que llegó la racha de victorias que tanto queríamos”, apunta sobre el técnico luso. Tan fuerte fue la mentalidad que el nuevo entrenador les supo introducir, que incluso hoy, varios años más tarde de su última charla, el argentino no olvida que hablaba con la sinceridad de los campeones: “Mourinho es un ganador nato. Un tipo muy leal que te habla a la cara y te convence porque después te lo demuestra con hechos. Y eso para un entrenador de un equipo grande es fundamental. Trata a todos por igual. Lo más importante para él es el equipo. Hizo que entrara en nosotros esas ganas y esa seguridad como para pensar que podíamos seguir ganando en Italia, pero que además podíamos ganar en Europa y en el mundo”.

“Cambió el equipo con su forma de ver el fútbol y nos cambió los métodos. Nosotros hasta la llegada de Mourinho entrenábamos de una determinada manera y con él era diferente. Todo en la cancha. Solo en la cancha. No íbamos al gimnasio sino todo con pelota y en alta intensidad”, analiza consciente de que, hasta ese momento, la liturgia de la mayoría de entrenadores había pasado con endurecer el trabajo físico y argumentar su filosofía en una buena preparación para llegar con fuerzas al final de la campaña. Con el portugués se concienció al equipo mentalmente y, sobre todo, se abrió la mente hacia el éxito: “Nos hizo ver otra manera de lograr el éxito. Llegábamos al partido con todo muy estudiado y preparado; no te puede sorprender nada. El grupo se fue armando, haciéndose fuerte y salíamos a la cancha sabiendo que el rival tenía que hacer un esfuerzo enorme para vencernos”. En esos dos años dio tiempo a recuperar el honor perdido y el prestigio olvidado, pero Zanetti recuerda una tarde fría, oscura y con un déficit histórico como obstáculo, el del Inter y Europa, el del Inter y la Champions League.

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Zanetti abrazando a Mourinho

Mourinho echó a Zanetti de un entrenamiento. Le obligó a irse 2 días de vacaciones

Moratti y Zanetti celebran título con el Inter
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04Césped en el despacho

Asimilar el éxito en un club acostumbrado al caos y al vivir siempre en la cuerda floja acaba desesperando al mejor funambulista. El triunfo europeo no tuvo una transición fácil. Con la marcha de Mourinho, la esencia y aristocracia recuperada se esfumaron de la mano con el gran problema monetario de un fútbol, el italiano, y de un equipo, el Inter; incapaces de poder competir en condiciones financieras con los gigantes continentales. Se perdieron varios de los referentes que levantaron la Copa de Europa en unos meses y la galería de entrenadores despachados por Moratti le hizo recuperar su vetusta fama de controvertido ‘técnico en la sombra’. En esa rueda que no gira con la necesaria cadencia que asegure tranquilidad y equilibrio se ha movido la entidad neroazzurri desde entonces. Zanetti siguió al frente como elemento referencia del buque interista, que perdió credibilidad, cedió incluso puestos europeos en la propia Serie A y se vio obligado a reconstruir su organigrama institucional ante los crecientes apuros.

Entró en escena su particular mecenas, un millonario indonesio de la misma edad del propio Zanetti pero que en lugar de ganarse el respeto en el césped, se los ganó en los despachos de las mejores empresas del planeta. Accionista fundamental en el DC United de la MLS y en los Philadelphia 76ers de la NBA, el yakartés Erick Thohir compró en septiembre de 2013 el 70% del Inter de Milán (directamente ofrecido por Massimo Moratti, que pasó poco después a ocupar el rol de presidente honorario). Tenía muchos objetivos pero uno fue primordial: asegurar su sintonía con el líder del equipo y mantener una estrecha relación por la estabilidad del vestuario. Zanetti, ya como símbolo y bandera del Inter, acudió a la llamada de auxilio de quien necesitaba un empujón y una bandera insitucional ante su nueva afición. Nadie podía presagiar malos tiempos con el nuevo dirigente si por medio estaba aquel que mejor representaba sus valores. Por ello, cuando tras la grave lesión, el argentino recuperó su estado físico y volvió a los terrenos de juego a finales de la campaña pasada, Thohir lo arropó y habló con él sobre el futuro. Zanetti sería parte fundamental en la transición, aunque ahora con corbata y al mando de la vicepresidencia.

Erick Thohir

“Inicio una nueva etapa con entusiasmo. Va a cambiarme todo porque no es lo mismo que estar dentro de la cancha y solo espero ser útil también fuera. Es un cargo importante ser vicepresidente, con gran responsabilidad. Debo estar cerca del equipo y quiero mostrar a los nuevos chicos que llegan al equipo las cosas que hacen grande al club y lo que significa ponerse la camiseta del Inter”, recalca, dejando ver que al menos de inicio, su papel va a ser muy cercano a los planes del vestuario y siempre intentando actuar como mediador entre ambas partes. La transformación de su figura cambiará por completo. Se trastocará el fondo, pero no la forma, pues seguirá siendo el mejor embajador de la entidad allá por donde pise. Es justamente eso lo que refuerza su importancia en las nuevas pretensiones mundiales del club en busca de expansión internacional.

Zanetti con traje

Zanetti no extrañará su faceta de foco para promover la causa de Inter. Desde hace muchos años creó con su mujer una fundación benéfica que sustenta mediática y económicamente. PUPI (Por Un Piberío Integrado) lucha por el desarrollo educativo de los niños en edades tempranas.

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