Portada reportaje Valderrama

Playa y barriada ‘pescaitera’ crearon una sonrisa constante que asomó a Colombia al mundo a través de su fútbol. Una representación despeinada y entusiasta que enganchó a un país que hoy sigue enamorado de su ‘Pibe’.

Por José David López

Una bicicleta roja, 500 barras en el bolsillo y la sensación de ilusión más grande que había sentido en su vida. Despeinado y orgulloso, con una sonrisa que no le cabía en la cara y la mente soñando con grandes gestas futuras que habían empezado a convertirse en realidad, Santa Marta aplaudía a su paso. Había dejado a todos con la boca abierta minutos antes cuando, sobre en mano, se despidió a toda prisa.  Pedaleando como si le fuera la vida en ello, apretando los dientes y absorbido por el viento playero que parecía empujarle, se acercó a casa en minutos para disfrutar lo sucedido con los suyos. “Son tuyos, mamá. Mi primer sueldo como futbolista profesional en el Unión Magdalena. Y habrá más, no será el único. Habrá más barras. Te lo prometo”.

Con la humildad por presente instalada de por vida en la familia, su madre tenía el detalle perfecto. Una arepa de queso bien gratinado como a él le gustaba, fue el mejor regalo para compartir el primer acto de rentabilidad futbolística a tantos años de trabajo, esfuerzos y dedicación por el ‘Pibe’ de la casa. Como las labores diarias impedían mayor celebración, el bar de la esquina del barrio ‘El Pescaíto’ y unas gaseosas frías frente a la playa, colmaban la satisfacción entre amigos. Pronto la alegría se repartió, la voz extendió la oportunidad de acopio a los cercanos y el guateque se culminó con los malabares peloteros de la estrella del día. El barrio agasajaba a su nuevo ídolo. Pero no todos compartían su felicidad. “Vamos, suban al carro. Vamos, no lo repetiremos más. No hagan que les subamos”, vociferaban los policías que, en unos segundos, habían rodeado la zona ante el gentío reunido en torno al joven. Tan fuerte fue la exigencia y tanto le apresuraron, que tuvo que dejar su bicicleta tirada en el asfalto y subir al carro policial sin mirar atrás.

Tras 10 minutos frenéticos y sensaciones distorsionadas, la tropa de jóvenes intentaba entender por qué aquella práctica se había convertido en habitual en los últimos años en la ciudad caribeña. Antes de que el enfado superara el nivel extremo, llegaron a la comisaría, pisaron suelo, buscaron situarse rápidamente ante cualquier imprevisto y fueron colocados en filas para hacer un seguimiento individual. “Estaba lleno de gente. Empezaron a pedirnos papeles a cada uno. Yo tenía un pantalón de franela y allí guardaba mis cosas en la cartera. Al meter la mano para sacarla, se me cayó al suelo. La cogí y, al levantarme, lo único que sentí fue el ‘perrencazo’. ¡Pahhh! en la cara, en la zona lateral y muy doloroso porque no me lo esperaba. Pensaron que les estaba bromeando, que les estaba haciendo guasa. ¡Puta! Saqué el brazo instintivamente y le voltee. Se armó revuelo sobre mí y varios se lanzaron a bloquearme, pero vi la puerta al final de un pasillo. Fui corriendo sin mirar atrás”.

Mapa de Colombia

“Saqué el brazo instintivamente y le voltee. Se armó revuelo sobre mí y varios se lanzaron a bloquearme…”

Valderrama de niño

01El ‘Pibe del Pescaíto’

Cheeee. ¿Dónde está el Pibe?, preguntó ‘El Turco’ David a Carlos Valderrama padre al ver que no iba acompañado como era habitual. Aquella tarde de entrenamientos en el Unión Magdalena, el hijo de ‘Jaricho’ (apodo que recibe aun hoy el mayor de los Valderrama) no apareció como ya era costumbre y hasta los futbolistas de la primera plantilla lo echaron de menos. Su mejor amigo, un argentino que se ganó las simpatías desde el primer día en una plantilla llena de jóvenes de la zona, disfrutaba con aquél gracioso niño que le retaba a marcar goles en cada práctica. Tanta fue la insistencia de varios compañeros mientras calentaban, que acabaron por convertir al ‘Pibe’ en un sobrenombre inconfundible hasta hoy: “De ahí viene. Me bautizaron bien. El fútbol me venía de familia y de barrio. Como sabemos, El Pescaíto (uno de los barrios primogénitos de la ciudad) es fútbol. Todo el mundo que vive ahí, respira fútbol. Y los míos fueron futbolistas. Mi padre y mi tío por parte de los Valderrama pero también por parte de mi familia materna, los Palacios (Justo y Aurelio), fueron grandes ejemplos de fútbol. Entonces, desde que tenemos uso de razón, nos identificamos con el fútbol”. No llegarás a dar tres pasos por la barriada pescaitera sin que un niño haga rodar una pelota o sin que los veteranos recuerden las gestas de todos los que salieron de allí para involucrarse en el fútbol profesional.

Playa Pescaito

La familia del ‘Pibe’ es la más afamada, aunque tan querida como la de los Carlos Arango, su sobrino Alfredo ‘El Maestro’ Arango, Oswaldo ‘Pescaíto’ Calero, Eduardo Retat, Aldo Leao Ramírez o Maximiliano ‘Chimilongo’ Robles y Óscar Bolaño. Los jugadores que brotaron de las calles quinta y sexta son innumerables e incluso algunos de ellos aún viven, o subsisten allí. Vivir si nada les altera (hace no demasiados días, dos pistoleros asesinaron a un futbolista del unión Magdalena en la peluquería del barrio). Y subsistir si les amparan los vecinos (porque ‘Chimilongo y Bolaño viven de la caridad, postrados a una cama-silla y con isquemia cerebral). Un enclave futbolero indiscutible, pero para muchos, peligroso. El papá de los Valderrama lo recalca con contundencia “Si mi hijo no hubiera sido quien fue, estaría igual, enterrado aquí. Es que ‘Pescaíto’ es la cuna del fútbol colombiano y también el cementerio”. El viejo ‘Jaricho’ aun atiende a sus clientes en el local más conocido del barrio, la tienda Paysandú, donde vende víveres de todo tipo y donde, desde muy joven, Carlos tuvo que ayudar a su mantenimiento.

Estadio de futbol "El Pescaito"

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“Mis padres me enseñaron a trabajar desde niño. Cuando era pequeño, mi mamá era la de la tienda y mi papá futbolista-profesor. A medida que voy creciendo, voy comprendiendo mejor todo, les acompaño y ayudo a la casa. Me iba para el mercado desde los 12 años a vender avena, cobre o helados. Intentaba ser independiente para no ser una incomodidad a mis padres. Y bien que lo valoré todo aquello”, recuerda con una sonrisa citando una vez tras otra que todos los hermanos sabían que el negocio familiar les permitía seguir adelante.

Una de las cuestiones que mensualmente tocaba organizar, eran los requerimientos necesarios para que los chicos jugaran al fútbol con esperanzas. Que siguieran la tradición barrial y familiar era casi obligatorio en la calle y en la mesa, lo que suponía una defensa ultranza de valores. Luchar por las metas, no dejarse vencer por las tentaciones y tener compostura para aprovechar las oportunidades: “Nosotros teníamos oportunidad gracias al apoyo de los padres y los amigos del barrio. Eso motivaba a seguir vinculado con la pelota”. Y como si de un árbol genealógico futbolero se tratara, los pasos que antes habían dado sus antecesores, los dio Carlos, aunque en su caso, a marchas forzadas por un talento floreciente superior a cualquier chico criado en Santa Marta.

02El lider que necesitaba Colombia

Tal fue su crecimiento en unos años (de pelo y de capacidad futbolística), que tras debutar a los 19 en la élite colombiana, llegó la oferta del club históricamente más poderoso del país, Millonarios de Bogotá. Un cambio de residencia, de contexto, de costumbres y de fútbol… al que no se pudo acostumbrar. Una ciudad gigantesca alejada del prototipo de su infancia, le pesó, quedando a la sombra en los planes del Jorge Luis Pinto (posteriormente seleccionador de Colombia y Costa Rica) y pasando desapercibido en el pasto bogotano.

Fotografía de Valderrama

Por suerte, el proyecto que mejor podría adaptarse a sus habilidades, se le cruzó en el camino para rescatarlo y reactivarlo justo a tiempo. “En Millonarios no me encontraron mi hueco, no llegué a explotar pero me facilitó la llegada a Deportivo Cali. Allí sí me permitieron reproducir todo aquello que yo sabía que podía dar. Era un equipo que marcó diferencias por el fútbol aseado que practicaba”. Dos subcampeonatos consecutivos y una creciente demanda de elogios hacia su incuestionable papel en un equipo que buscaba acariciar el balón sobre todas las cosas, le abrieron las puertas de la selección absoluta después de haber destacado en torneos juveniles previos.

Tal fue la aclamación hacia el joven ‘Pibe’, que entró para reforzar la eliminatoria clave para acudir al Mundial de 1986 ante Paraguay. Un ‘extra’ que no sirvió para lograr el sueño mundialista pero que supuso un giro histórico para el combinado cafetero con el adiós del anterior referente nacional, Willington Ortíz. Ese rol, ese liderazgo, esa presión, pasó a ser para Valderrama.

Valderrama: Israel-Colombia

Valderrama enseñando trofeo

Yo siempre quería tener el número 12, pero nada más verme jugar, el ‘profesor’ Maturana, me dijo que iba a jugar con el 10 de la selección

Valderrama con el 10
Celebración Mundial 2014
Celebración Mundial 2014
Foto de Valderrama

03Ser enganche en Europa

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“Aquél año y aquellos premios me permitieron salir a Europa, un sueño personal. Los colombianos no salían a Europa, fui de los primeros en lograrlo. Me dieron la oportunidad en Montpellier, cuyo presidente quería mi tipo de juego para su equipo. Era un club pequeño que siempre ascendía y descendía pero fue sorpresa esos años”, relata. El mandatario del club provenzal, el singular Louis Nicollin, explicó hace un tiempo los entresijos de tan dificultoso refuerzo: “Fuimos a verle jugar en Wembley en mayo de 1988, cuando vestía la camiseta de la selección colombiana. Habíamos oído hablar de él porque era famoso en Colombia. Todo el mundo decía que allí había un jugador excepcional. Así que fuimos y lo comprobamos con nuestros propios ojos. Nos habíamos puesto de acuerdo con el Medellín y Valderrama ya había firmado. Hizo un partido sensacional”.

Al día siguiente, los titulares de la prensa inglesa proclamaban: ‘El Montpellier tiene mucha suerte’, analizó el aun hoy presidente del equipo galo. Pero Valderrama tuvo un inicio desalentador cuando pasó su primer curso en las gradas o en el banquillo de Pierre Mosca, teniendo un rol terciario que difuminó todas las grandes esperanzas puestas en él. Un intercambio de entrenador y la llegada del posterior campeón del mundo, Aimé Jacquet, le dieron el protagonismo necesario. “Carlos tenía los defectos de sus virtudes. Era ante todo un jugador de balón. Le faltaba un poco de rigor en la colocación para un campeonato europeo, donde el método de juego es diferente. O se tiene clase o no se tiene… Es cierto que no corría mucho, y que no regresaba a defender. Pero hacía pases luminosos, y eso era todo lo que se le pedía”, rescata Stéphane Paille, delantero de aquél equipo que contaba con genios de la clase de Eric Cantona o Laurent Blanc.

El ex central no duda en admitir que “en un juego cada vez más físico y rápido, no siempre se sentía cómodo porque era un jugador puro de ‘toque’” y analiza brillantemente lo que representaba para la pelota y para la tranquilidad de equipo pues “tenía tal maestría técnica que, cuando nos agobiaban, le dábamos el cuero con la certeza de que no sólo no lo perdería, sino que además sacaría provecho”. El Montpellier, que hace unos años recuperó su mejor cara ganando la Ligue 1 francesa con total imprevisibilidad y siendo revelación europea, se contentaba por entonces con criar jóvenes y explotar sus recursos. Por ello, levantar la Copa de Francia en 1990 era un éxito rotundo y la mejor manera posible de que el líder de Colombia participara en su primer Mundial tras 28 años de ausencia para su país.

Higuita de espaldas

El proyecto de Maturana (que venía fortalecido tras ganar con Atlético Nacional la primera Copa Libertadores de un equipo colombiano en la historia) había sido capaz de lograr el milagro tras superar una eliminatoria de repechaje definitiva ante Israel en una noche en la que todos entendieron que la mentalidad ganadora por fin había conseguido su propósito y que las palabras (palabrerías para los detractores de ese estilo) se habían convertido en realidades: “Fue en Tel Aviv. Ahí cambió el destino y la mentalidad del fútbol colombiano y de aquella generación, que desde entonces tuvo una identidad para siempre intentar jugar a un toque o dos toques. El que la tiraba para fuera, no jugaba. Le dimos la satisfacción que estaba esperando hacía tiempo todo el país”, sonríe aun recordando cómo esas lecciones convirtieron a aquella generación en un auténtico espectáculo. El ‘Pibe’ asume aun hoy que “en la vida se encuentran personas que siempre lo guían a uno para bien y Maturana fue capaz de hacernos creer en metas imposibles”.

Siguiendo esas indicaciones, Valderrama sería una de las estrellas que brillaría con luz propia en Italia 90. “Fuimos sorpresa para otros, pero nosotros íbamos confiados y tranquilos por el trabajo que habíamos hecho. Teníamos ganas de demostrar que podríamos sorprender”. Se rompieron estadísticas al sumar la primera victoria mundialista en la historia (ante Emiratos Árabes Unidos con gol de Valderrama 0-2), explotó el fervor con un histórico empate ante Alemania (1-1 con tanto recordado de Freddy Rincón con aquella vestimenta roja) e incluso se avanzó a segunda ronda forzando una resolución agónica ante la Camerún más afamada que se recuerde. Aquél mítico cruce entre Roger Milla y René Higuita que terminaría con el portero corriendo tras el eterno goleador africano, lastró la supervivencia del proyecto Maturana en su primer acecho mundialista. Pese al gran protagonismo colombiano, el ‘Pibe’ dejó claro que una de las medidas tomadas por su míster le disgustó. Hoy sonríe al recordar aquellas palabras que citó días después de su eliminación:

“Tener sexo antes de un partido estaba prohibido. Para los futbolistas no es malo tener sexo. No hay que hacer excesos para tener sexo y así no habrá problemas de rendimiento posterior.”

Ilustración Valderrama

04El asalto estadounidense 94

Para reencontrarse con las mejores sensaciones y para recuperar la sonrisa plena en su cara, Valderrama optó por regresar a su país para empezar de cero. Había que equilibrar su futuro ya con 31 años y, sobre todo, hacerlo pensando en un único objetivo final, el Mundial de Estados Unidos a dos años vista. Por ello, tras su casi huida despavorida de Pucela, en el segundo semestre de 1992, se consumó su vuelta a Colombia para enrolarse en el Independiente Medellín. No necesitó más de unas semanas para demostrar que, entre los suyos y con el cariño brindado por su llegada, iba a ser muy fácil restablecer su condición de líder nacional. Fue el más destacado en esos últimos partidos del curso, lo que sirvió para dar un salto muy importante en lo sentimental.

Junior de Barranquilla, el club al que siempre animaba cuando era un crío en las calles pescaiteras, apostó fuerte para llevarlo cerca de casa y reanimarlo a ojos de sus más cercanos seguidores. El dueño barraquillero, Fuad Char, gastó más millones de los que nadie habría imaginado para intentar asaltar un título que se resistía desde hacía 13 años. Al 10 le acompañaron Miguel ‘Niche’ Guerrero, Víctor Danilo Pacheco, Oswaldo Mackenzie e Iván René Valenciano. Cartas suficientes para levantar el Apertura y Finalización, coronándose en la Navidad del 93. Aquél campeonato era el primero de Valderrama en su país y llevaba un sello particular por ser con el equipo que más quería, con el brazalete de capitán a su cargo y con el galardón de Futbolista del Año. “El Pibe fue alguien especial. No solamente transmitía desde lo futbolístico. Todos entendían que, alrededor de él, podíamos ser mejores”, explica Javier Castell, periodista barranquillero que disfrutó durante el año aquél título pero, sobre todo, que celebró el perfil estelar del líder de Colombia en aquél momento.

Televisión Valderrama

“El Pibe fue alguien especial. No solamente transmitía desde lo futbolístico. Todos entendían que, alrededor de él, podíamos ser mejores”

Ese extraordinario momento de forma, extrapolado al ámbito internacional con la selección que seguía trabajando ‘Pacho’ Maturana, sirvió para hacer enloquecer al país y para extender los tentáculos de optimismo en torno al proyecto que el de Santa Marta lideraba. Coronad como el mejor pasador sudamericano del momento y rellenando minutos televisivos gracias a su criterio para organizar los ataques de su selección, Valderrama se entusiasmó con la ola de resultados positivos que impulsó la moral del grupo: “Uno siempre está contento si el equipo gana. Me gustaban los goles y los pases de gol, pero para que haya un gol, antes debe existir un toque diferente”. Con el idolatrado xeneize Óscar Córdoba bajo palos, las estrellas de Junior acompañando a su ‘Pibe’, los crecientes Freddy Rincón o ‘Tren’ Valencia y, sobre todo, el gol definitivo en los pies de un imparable Faustino Asprilla, la selección Colombia se abrió paso sólido y veloz en la clasificación mundialista sudamericana y, cuando el techo estaba a un palmo, enloqueció al mundo en el Monumental de Buenos Aires. Una lección de humildad a una Argentina que llegaba demasiado crecida. Tanto, que Maradona salió días antes ante la prensa para decir que el status de la albiceleste era muy superior al de su rival. Pero lo expresó a su manera: “Históricamente debemos hacer que todo siga igual. Argentina arriba, Colombia abajo”.

El ambiente fue tan hostil que los cánticos racistas o las vinculaciones con la mafia tan repetidas en la época, rompieron el sueño ‘cafetero’.  “Nos decían: ¡Narcos! ¡Narcos! ¡Narcos!… Yo saqué el micrófono de la cabina y dije: Escuchen esto en Colombia, pero tranquilos que ya tendrán ocasión de callarse y en el tercer gol estaban calladitos”, comenta Edgar Perea, periodista que vivió in situ lo sucedido. Valderrama y Asprilla fueron los más atacados por la afición rival. Un pelo singular y un físico de velocista, eran los culpables. Ambos, dominaron el partido en cuanto el temblor inicial de una albiceleste ofensiva, se golpeó contra una suerte esquiva. El ‘Pibe’ armó, desarmó y destrozó cada línea argentina, llevando los tiempos del partido y creando los pases más decisivos de cada jugada clave. El ‘Tino’ se adjudicó un doblete que ya había prometido a la grada minutos antes cuando perdió la paciencia ante los insultos. El resto forma parte de la noche más gloriosa del fútbol colombiano. Un golpe de autoridad como no se recuerda. 0-5.

Valderrama enseñando la mano

“Nos decían: ¡Narcos! ¡Narcos! ¡Narcos!… Yo saqué el micrófono de la cabina y dije: Escuchen esto en Colombia, pero tranquilos que ya tendrán ocasión de callarse y en el tercer gol estaban calladitos”

Colombia: 5 Argentina: 0

“Ganarle en el Monumental a Argentina por cinco goles, eso va ser muy difícil que se repita”, recalcaron todos en honor a su profesor, pues Maturana se ganó el prestigio definitivo a nivel mundial. “Todos en el equipo lo tenían claro y cuando tenían la pelota, pensaban: ¿A quién se la doy? El Pibe siempre estaba disponible. Teníamos la paciencia para, al recuperar la pelota, saber que un muro se puede derribar con explosivos, pero nosotros lo hacíamos con un cincel. Teníamos respeto sobre todo al balón, por encima de cualquier otra cosa estaba el balón. Lo más aburrido en el fútbol es no tener el balón”, admite aun hoy el técnico, cuya interpretación de las aptitudes y habilidades de aquella generación, tocó su punto más álgido en una noche argentina histórica.

Todos juntos, en esa idea colectiva del patriotismo colombiano y la fe ciega en las aptitudes del futbolista ‘cafetero’, coronaron el sprint definitivo de Colombia hacia USA 94. No había mejor manera de plantarse nuevamente en un Mundial. Lo que probablemente no sabían es que empezaron a levitar. Y volar en exceso les acercaba peligrosamente al caos. Elogios desde cualquier esquina del mundo (Cruyff y Pelé ensalzaron la idea de juego del ‘Pacho’), jugadores en un estado de forma único, unión entre pueblo y fútbol (en una sociedad necesitada de tuberías para salir de su realidad) y falta de una selección competidora que aglutinara mayores expectativas. Colombia se lo creyó con todo. Colombia se enamoró de sí misma. Colombia se vio campeona del mundo.

Colombia - EEUU (1994)

“Es la mejor selección que hayamos tenido. Estábamos completos en todas las líneas. Los titulares eran grandes futbolistas en ese momento y los reemplazantes eran titulares y de categoría en la mayoría de clubes”

Por ello, el favoritismo global que se respiraba en todo el país y la alta presión que había generado aquella generación de futbolistas en estado óptimo, representaba una mecha ideal para saltar por los aires si las expectativas no empezaban a cumplirse desde el inicio. Y la Rumania de Hagi, Raducioiu o Dumitrescu, se encargó de sacar el mechero y empezar la llama que quemara toda ilusión. El meta aquella noche estadounidense era Córdoba, que sigue defendiendo que “fueron más certeros y eficaces para buscar el arco” e incluso Valderrama sostiene que “llegaron tres veces y nos metieron tres goles”. 1-3 en Los Ángeles. Un golpe insostenible en cualquier esquina colombiana. “Un daño terrible, porque nos la creímos, nos pensamos que podíamos dar el salto y aún no estábamos preparados. Todo lo que generó el país, que fue éxito y victoria, se cayó de un día para otro”, explica con decepción el fantástico periodista Oscar Restrepo.

“Si analizas el resultado, nunca merecimos perder ese partido. Pero la sensación es que estábamos acabados, que nos habíamos crecido, que estábamos agrandados, que exageramos nuestro nivel… Se rompió todo”, lamenta todavía hoy al ser preguntado, ‘Pacho’ Maturana. El país explotó, las críticas se multiplicaron ferozmente, la infelicidad de un pueblo atado al fútbol como elemento de satisfacción ante las penurias diaria, arrasó a sus ídolos en solo noventa minutos. Tan definitivo fue el impacto recibido que, pese a que restaban dos partidos y había opciones claras-reales de clasificación, el contexto quedó devastado y volvieron aquellos turbios recuerdos de amenazas, temores y exigencias agresivas.

Una llamada de teléfono externa llega al vestuario minutos antes del Estados Unidos-Colombia: “Se dice que el que amenaza, no te va a hacer nada porque, si quiere hacerlo, no avisa. Pero… ¿Y si, sí?”, argumenta el ex seleccionador, intentando encontrar una respuesta ética a una situación absolutamente desgarradora que ponía en jaque su status y el de su país pero, sobre todo, la salud de uno de sus futbolistas. “Existió un inconveniente con el ‘Barra’ (Barrabás Gómez, mediocentro de aquella selección colombiana). Una llamada desde fuera a los entrenadores para que no jugara. La gente no quería que él jugara. El míster, por proteger la vida del jugador, no lo mete. Temas personales que, como amigo y compañero, se entienden. El equipo salió al campo y trató de superarlo, pero siempre nos perjudicó. Imagina el nerviosismo después de una amenaza así. Eso es muy complicado”, sostiene un Valderrama al que la sonrisa se le rompe para dejar paso a la incoherencia. “Entonces lo más conveniente fue hacer lo que querían, no correr riesgos y sacarlo del equipo. Ya está. Me ganaron, sentí que me ganaron”, reafirma Maturana apesadumbrado.

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05La generación y el próximo ‘Pibe’

El de Francia 98 fue el Mundial de la desconexión colombiana. Una eliminación tan previsible como merecida, reabrió lagunas y dudas en las decisiones tomadas para el futuro. La regeneración de aquella ya veterana camada noventera, era una obligación moral con una alta dosis de indecisión y peligrosidad, porque las nuevas perlas que debían llegar desde atrás no lograron materializar la sensación de un pueblo que dejó de creer en su fútbol. Un periodo de tiempo donde la afición quedó resentida. Un trámite donde el perfil secundario y por momentos hasta terciario de la selección, la aleja de sus mejores recuerdos de grandeza. Fueron 16 años de ostracismo internacional… hasta 2014.

El principal referente y protagonista al que agarrarse para volver a creer, nació a base de goles en la élite más competitiva, Radamel Falcao. Sus shows para engalanar títulos en clubes crecientes gracias a su inspiración rematadora, clonaba aquello que estaba intentando recomponer ‘su’ Colombia, que llegaba silenciosa desde las catacumbas intentando hacerse notar. Tan potente fue su salto al escenario más elitista, que el país se unió a él y aparecieron actores de lujo para impulsar la deseada regeneración ‘cafetera’. Hoy, Falcao es el 9 goleador que todos quieren, James Rodríguez el joven creativo que brilla en el club más laureado, Cuadrado es la velocidad destructiva que los gigantes anhelan, Ospina el muro bajo palos que limita rivales y Quintero, Jackson Martínez, Ibarbo, Balanta… los escuderos encargados de ayudar a mantener la ilusión la próxima década.

Selección Colombiana 2014

La llegada del nuevo seleccionador y una conveniente lectura de la situación real del fútbol en el país, han impulsado las mejores perspectivas, ya confirmadas en el primer nivel tras el Mundial 2014 y su salto hasta cuartos de final con gran protagonismo colectivo. “Cuando Colombia se quedó sin entrenador tras ‘Bolillo’ Gómez y la Copa América, todos dudaron. Se dieron tres partidos a Leonel Álvarez pero todos pensamos… ¿Qué decisión tomamos? Y la pegamos, porque tuvimos la suerte que José Pékerman estaba libre y, hablando, se encontraron las partes”, explica Valderrama, que ha disfrutado como pocos de cada uno de los minutos de reactivación nacional que ha logrado la nueva hornada de talentos colombiana. “Y ahora, la afición se enamoró otra vez”, sonríe. Otra vez. De nuevo. Palabras que hablan de un pasado exitoso que engendró optimismo en una sociedad que, para disfrutar hoy, sigue mirando al pasado con orgullo y comparando casi inevitablemente lo que hubo y lo que ahora hay. “La actual Colombia creó una base de juego parecida a la que tuvo aquella generación de Maturana. Juega como le gusta a la gente. Es la fiesta completa”, analiza socialmente el periodista Javier Castell.

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“Nosotros hicimos nuestra historia y estos chicos están haciendo la suya. Y van a seguir en ello. Se hizo una renovación muy buena porque tienen talento y calidad. Además, experiencia internacional. Y son buenos jugadores, algo que Colombia ha querido expresar siempre al mundo”, detalla el 10. Una referencia clara a la mejoría global del estado de forma del fútbol colombiano se aprecia en esa experiencia curtida en suelo europeo. Las estadísticas no engañan con el paso de los años. En el Mundial de Italia 90, la gloriosa irrupción se logró con un once inicial donde solo dos futbolistas estaban jugando en esos momentos en campeonatos donde el nivel sí era equivalente a una mejor calidad (Valderrama en Montpellier siendo suplente en ese instante y Andrés Escobar en Young Boys de un torneo suizo lejos del primer status).

El resto, nueve futbolistas que marcaron la pauta exitosa, jugaban en su país sin mayor rastreo internacional. Fueron sus goles, sus pases, su facilidad para generar una identidad brillante, lo que abrió las puertas de los colombianos al exterior. Tanto, que si comprobamos ese mismo once inicial en el primer partido del pasado Mundial de Brasil, el giro es rotundo. Todos, absolutamente todos, jugando en el extranjero y, además, en clubes de máxima exigencia internacional y que paga cifras astronómicas para unirles a sus proyectos. “Ahora todo cambió. Hoy todos están por volar. La gente se dio cuenta de que el futbolista colombiano es bueno y les dan las posibilidades temprano. En aquella época, yo fui uno de los primeros en tener la oportunidad. Me salió la opción a los 26 años y hoy, los chicos se están yendo a los 15-18 y eso da tranquilidad de que habrá una buena generación futura”, comenta Valderrama, admitiendo que existe una lectura radicalmente opuesta a la que ellos vivieron hace más de dos décadas.

Reportaje: José David López y José Hugo Illera.

Video: ElEnganche.es.

Edición: Francisco Ortí y José David López.

Ilustraciones: Fulvio Obregón, Javi de Castro, Julian Rodríguez.

Infografía: Eduardo Carrillo.

Relato radio: Jorge Eliécer Campuzano

Fotos: Getty, agencias y protagonista del reportaje.

Agradecimientos: Algunas declaraciones textuales del reportaje, pertenecen a Destino Futbol – ESPN: “La esperanza de Colombia”, documental en el que trabajé hace menos de dos años.


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