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Una carta de amor por el fútbol

Por Carlos Matallanas (@CMatallanas15)

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Es muy probable que si son asiduos a publicaciones como ésta, la mayoría sepa quién es Enric González. Este periodista y escritor catalán, que fuera corresponsal en importantes capitales del mundo para el diario El País, completa desde hace años sus labores profesionales cotidianas haciendo excelentes artículos sobre fútbol. Incluso publicó una compilación de ellos, con el mismo título de la columna que tuvo en las páginas deportivas del rotativo madrileño, ‘Historias del calcio’. Siempre que puedo, me gusta visitar su manera de ver este grandísimo invento, el mismo que le ha dado sentido a mi vida.

Pero hace justo un año, González estuvo desafortunado, raro en él. Ahora en El Mundo, sigue escribiendo de fútbol, y lo hace cada lunes. El 10 de febrero de 2014, en un artículo llamado ‘La maldición de las derrotas’, el periodista arrancaba citando la célebre frase de Albert Camus, esa que ha sido enarbolada durante décadas por aquellos que ven en el deporte rey una manifestación cultural de primer orden. “Todo lo que sé de la moral y obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol” es el dicho de Camus que se hizo célebre, aunque textualmente la oración era algo más larga y con otra estructura. Enric González, en la introducción de ese texto de hace un año que además iba a versar por otros derroteros, decidió quitarle majestuosidad a la contundente y crucial cita del escritor francés, a quien nombraba sobre todo para reflexionar sobre el peso de los fallos y las derrotas sonrojantes. Le cogería con la defensa baja, o metido en mitad de la rutina de una semana más, dentro de un invierno más, tras una jornada de liga más. El caso es que el periodista prefirió vulgarizar por una vez su análisis, llevárselo al lugar común. Y me sorprendió negativamente.

“Hay quien piensa que Camus fue un gran portero de fútbol, pero solo jugó como juvenil en un oscuro equipo argelino y tuvo que dejarlo a causa de la tuberculosis. La frase, por otra parte, pertenece a un breve artículo que el escritor francés envió a una revista deportiva hecha por estudiantes. Resulta más que probable que el nazismo, la guerra, el colaboracionismo y el estalinismo proporcionaran a Camus una educación ética (por la vía de los ejemplos negativos) más amplia y compleja que la recibida en el fútbol. Pero es cierto que el fútbol puede enseñar cosas importantes. Cosas como la solidaridad, el juego limpio, la elegancia en la victoria y la dignidad en la derrota. Con eso se puede ser una persona decente”. Este es el ‘crimen’ del análisis de Enric González, demasiado facilón para su habitual forma de ver la vida. Lo dicho, le cogería con el ánimo bajo. No siempre se puede jugar al cien por cien…

Y es que la conclusión a la que llegó Camus no dependió de cuál fuera su carrera dentro del fútbol. De hecho, hay infinidad de grandísimos jugadores que no alcanzan a entender y ver el juego con esa profundidad, con esa mirada global hacia una disciplina deportiva tan compleja, que encierra secretos y mecanismos socioculturales imposibles de descifrar ni por las más importantes tesis doctorales. Esos secretos son la clave de su universalización y su rápida propagación por absolutamente todas las culturas del planeta.

El fútbol, si se vive con esa clarividencia como la de Camus, se convierte en el prisma por el que mirar absolutamente todo lo que pasa en el mundo. Así que permítame, don Enric González, negarle la mayor. No resulta más que probable que la barbarie nazi o la crueldad de la guerra le proporcionaran a Camus una educación en valores más profunda. No, señor. Precisamente ese es el quid de la cuestión, esa es la importancia e inmortalidad de su reflexión, escrita de soslayo en una revista deportiva universitaria porque, probablemente, fue el primer y único rincón donde se sintió cómodo haciendo público este canto al fútbol totalmente revolucionario en la intelectualidad de su época. Que un escritor, eminentemente humanista y preocupado por el funcionamiento de la conciencia, que nació en una colonia francesa, criado en el periodo de entreguerras y observador privilegiado de los despojos que dejó la Segunda Guerra Mundial, sea capaz de escribir esas palabras sobre el fútbol es lo realmente esclarecedor. El fútbol le sirvió de mucho más que todo lo vivido. Es más, seguramente fue lo que mejor le explicó todo lo vivido.

Y es que no es el fútbol el que enseña solidaridad, juego limpio, elegancia en la victoria y dignidad en la derrota. No, señor. No es el fútbol. El fútbol es un invento más, un instrumento del ser humano para relacionarse en colectivo. Se aprende de otras personas, conviviendo con ellas en ese marco creado para hacer una actividad deportiva, competir mediante unas reglas acordadas y en una rutina tan imprevisible como es cualquier balón dividido. El fútbol no es el que te hace ser una “persona decente” ni el que te enseña “cosas importantes”. El fútbol te brinda un lugar idóneo para meditar sobre las principales cuestiones de la existencia. De manera espontánea e inconsciente, sin tratados ni sesudos análisis filosóficos. Y esa herramienta, a mí al menos, también me lo ha dado todo.

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“Todo lo que sé de la moral y obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”

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Esta manera de vivir la comparto con otras personas, no tantas. Desde luego un porcentaje muy minoritario y marginal dentro de los millones de habitantes que han practicado o son aficionados o siguen este deporte. Es una forma de estar en el mundo que me acompaña desde bien joven, desde que siendo un adolescente me fui dando cuenta que ese era el lugar donde quería estar. La gente que me rodea me ha acompañado en el paso de los años admitiendo sin más que yo jugaba al fútbol, como muchos otros chavales de este país. Cuando empiezas a ganar algo de dinero, el pensamiento general a tu alrededor es de que se trata de un hobby que se te da algo mejor que a la mayoría, pero que lo haces mientras preparas el ‘camino serio’, el desarrollo formal y como mandan los cánones sociales. Tú mientras, guardas silencio, y sigues yendo a entrenar cada día, semana a semana, mes a mes, temporada tras temporada.

Alcancé la Tercera división nacional a los 20 años, y de ese nivel no pasé, pero tampoco caí. Porque aunque hubo entreveradas algunas temporadas donde jugué en la categoría inmediatamente inferior, Regional Preferente, siempre lo hice con caché de jugador de Tercera, y en equipos llamados a ascender. Es importante remarcar esto. Porque quiere decir que durante las catorce temporadas que completé desde que salí de juveniles y puse fin a mi etapa de formación, me mantuve en el escalón último de seriedad necesaria para que el fútbol me marcara como lo ha hecho. Nada de lo que me ha mejorado como persona este juego hubiera surgido en un entorno puramente amateur, de jugar para echar el rato o hacer algo de deporte entre colegas los fines de semana. El nivel de compromiso que te da pertenecer a un club que dedica sus esfuerzos en pagarte a final de mes conforma un ambiente de responsabilidad colectiva e individual hacia esa actividad. Justifica tanta dedicación y pone sobre el tablero un elemento primordial para entender todo: el prestigio.

Así que yo jugué de niño al fútbol como miles de chavales, y fui subiendo por esa pirámide donde la cima es tan pequeña y entran tan pocos. Nunca me expulsaron de la pirámide, como le pasa a la mayoría, ni tampoco me bajé, como hacen otros pocos cuando optan por dedicarse a otros menesteres en la vida, normalmente allá por los 25 años. Me mantuve muy cerca del vértice, disfrutando de ese, para mí, privilegiado lugar. No entré en la élite como jugador, pero he participado en ese proceso de manera tan intensa que mis códigos meramente futbolísticos son idénticos a los de un jugador de primer nivel. Los amigos profesionales que tenemos nos tratan en ese sentido como uno más, de forma natural, porque en esencia somos lo mismo. A mí me gusta describir a la gente de mi nivel como semiprofesionales, esa es la mejor manera de situar a la mayoría de clubes de 2ªB y todos los de 3ª en España. Nivel por cierto que te permite jugar en la Primera división de multitud de países fuera del primer mundo futbolístico, y ejemplos hay a patadas. En otros países de nuestro entorno, la tercera y la cuarta también son categorías profesionales como Primera y Segunda, en cambio aquí tenemos una amalgama de equipos y jugadores que manejan un dinero sin el control de una actividad profesional, pero con los mecanismos de oferta y demanda que tiene cualquier profesión.

En resumidas cuentas, yo siempre he estado en este mundo aprendiendo como si de un oficio más se tratara. A la vez, he estudiado periodismo, y cuando encontré la posibilidad de compaginar un trabajo con mis entrenamientos, empecé en El Confidencial. Me he dedicado al periodismo con devoción, con la intensidad que le pongo a todas las cosas que decido hacer, y mucho de lo aprendido en ese campo tan próximo al fútbol me lo fui llevando al zurrón donde guardaba mis apuntes de futuro entrenador.

Aunque ganaba más del fútbol que del periodismo durante los dos primeros años que fui pluriempleado (así me vi desde el primer momento en que me convertí también en periodista), era muy consciente de que no se puede vivir del nivel futbolístico en el que me había estancado, y por ahí el periodismo se ha portado fenomenal permitiéndome independizarme y pagando mis facturas mes a mes. Pero mientras, seguía jugando, haciendo un tremendo esfuerzo para compaginarlo todo y que, de nuevo, mucha gente a mi alrededor continuaba sin entenderlo completamente. Pero yo callaba y seguía a lo mío, teniendo muy claro, allá por los 28 años, que después de jugar, iba a pasarme a los banquillos para entrenar de la misma manera, dándole prioridad absoluta en mi vida a esa apuesta. Eso sí, las capacidades técnicas, tácticas o físicas que me frenaron sobre el terreno de juego para no poder ascender en la pirámide más que otros compañeros, no tendrían tanto peso a la hora de proyectar mi carrera de míster. Era empezar a escalar otra cara de la misma montaña, pero ya con un bagaje y experiencia que desde hacía años había ido guardando para esa nueva ascensión en la que daría el alma.

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Justo cuando más fuerte estaba apostando por esa forma de ver el mundo, cuando estaba viviendo ese anónimo y particular momento bisagra, jugando mis últimas temporadas, alejándome de la rutina frenética para poder dedicarle tiempo a sacarme los diferentes niveles de entrenador, una enfermedad fatal se cruzó en mi camino. La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) es lo único que ha sido capaz de negarme mi condición de ‘hombre de fútbol’, lo que por encima de todas las cosas yo me he considerado siempre, aunque nunca hablara de ello. Porque de fútbol, en realidad, he hablado siempre muy poco.

Y nunca hablaba de ello porque mi percepción era bastante singular, y no merece la pena perder tiempo y energías en hacerle ver a la gente algo que tarde o temprano acabarían descubriendo. Por otra parte, entre mis compañeros de vestuario me he sentido muy cómodo siempre, y de forma sencilla no se habla de todo esto en el día a día. Sí es cierto, que quizá por mi habilidad de expresarme escribiendo, ahora sea capaz de poner nombre a los sentimientos y vivencias que ellos comprenden pero que nunca se han parado a pensar o a intentar expresar. Porque por encima de todo, el fútbol se juega, hablar de ello, interpretarlo, analizarlo o disfrutarlo como aficionado son tareas menores y secundarias.

Un contratiempo mayúsculo no me ha permitido que llegara con naturalidad ese día en el que quienes me rodean entendiesen a qué me había dedicado todo este tiempo. Mientras muchos me miraban raro, extrañados por seguir dando patadas a un balón pasados los 30 a cambio de cuatro duros, yo seguí tranquilo mi camino, que sabía que era largo, sin atajos y poco agradecido. Y es que estaba enamorado hasta las trancas de ese fabuloso y solitario sendero. Conseguí como cómplice al apoyo más importante, mi pareja. A ella le da igual el fútbol, rara vez hablamos de ello, no ve jamás un partido, pero por encima de todas las cosas, me respetó y me vio con ese objetivo vital desde el primer día. Que ella entendió tan noble y legítimo como yo lo sentía.

Y llegaron los primeros síntomas, mientras seguí jugando mi última temporada por tierras gaditanas y sacaba el primer nivel de entrenador. Con el diagnóstico, la bisagra se rompió y esa senda ya solo es anhelo de un futuro que no vendrá. Ya que ya no puedo seguir participando del juego, al menos me doy el capricho de hablar de ello de vez en cuando.

Dentro de la dureza de lo que me está tocando vivir, los aspectos más positivos son sorprenderme a mí mismo muy preparado para plantar batalla y aceptar con entereza lo que va viniendo, que es todo muy cruel. Y mi forma de haber afrontado cada día de mi vida adulta como si de un partido de fútbol se tratara es el mayor tesoro que tengo ahora para mantenerme en pie dignamente.

De ahí que cuando el sindicato de futbolistas AFE, del que soy miembro desde 2007, decidió dedicarle a mi enfermedad unas sesiones de concienciación social en diciembre, tuve muy claro cuál debía ser el mensaje principal de mi discurso. Ya no tenía sentido seguir en silencio, con la vista firme en un objetivo que se había tornado en imposible. Ese objetivo ya era pasado, por lo que me salió del alma plasmar en un papel todo lo que entiendo que me ha servido apostar tan fuerte por estar dentro de este maravilloso deporte.

El discurso lo leyó mi hermano Gonzalo y emocionó a todos los asistentes, que era un grupo selecto de periodistas, empresarios y dirigentes del mundo del fútbol. Y lo incluí al día siguiente íntegramente en el blog que tengo en El Confidencial para narrar semanalmente mi lucha contra la ELA. Varios medios lo reprodujeron, y el Cholo Simeone lo leyó en las páginas del Marca, camino de L’Hospitalet donde jugarían, ante futbolistas bastantes parecidos a lo que yo he sido, un partido de Copa del Rey. El argentino le hizo leer a Gabi en voz alta mi discurso entero, mientras la plantilla escuchaba. La anécdota me la cuentan el propio Simeone y Germán Burgos a los pocos días en una visita que hacemos al Cerro del Espino mi hermano Javier y yo. Javier, periodista nato, me comenta que eso se podría publicar. Yo (que nunca hubiera sido un gran periodista porque me he sentido siempre más cerca del jugador que de la noticia, y eso, como es lógico, me resta muchos puntos), me niego en redondo. Son cosas de vestuario, que entiendo perfectamente su mecanismo. Y si salen de ahí debe ser por un cauce normal (al menos normal en mi concepción de las cosas).

El texto de mi discurso ya estaba en algunos vestuarios de España y cada día me llegaban mensajes de más y más gente que les resultaba motivador y que me agradecían haberlo escrito, cuando a mediados de enero, el propio Simeone en una charla-entrevista para Canal Plus cita la anécdota de L’Hospitalet. Eso es lo que yo entiendo por un cauce normal para estas cosas. Automáticamente pasa a ser noticia a nivel nacional, contándose que el Cholo había motivado a sus jugadores con aquellas palabras mías. Ahí todo alcanzó mucha más repercusión, pero a la vez noto que mi figura queda algo desvirtuada dentro de esa noticia porque, en mi opinión, no termina de quedar claro de dónde me surgen esos sentimientos hacia el fútbol. De hecho, muchos siguen sin saber cómo tratarme a la hora de hacer una definición rápida. ¿Exfutbolista y periodista? ¿Futbolista aficionado, amateur o semiprofesional que luego fue periodista? ¿Periodista que jugó al fútbol? (“porque a este no lo conocía nadie, así que jugaría con sus colegas en el barrio…”); etcétera. Y así llegamos al día de hoy, donde me encuentro aclarando todo y contando mi verdadera relación con el fútbol en este espacio que me brinda ‘El Enganche’.

Esa carta me sirvió para que se hiciera público mi amor por el fútbol, justo en el momento en que nuestros caminos se separaron. Como en toda relación pasional ha habido altibajos. Momentos donde entras en crisis y otros que justifican todo y dan sentido a tu vida. El homenaje que me hicieron en Fuenlabrada estas Navidades fue especial por esto último, pude comprobar con emoción que bastante gente había comprendido por dónde iban los tiros en mi vida antes de la enfermedad.

En definitiva, lo mío con el fútbol es un amor correspondido. Solo la cara fatal de la vida ha podido separarnos. Pero a cambio, me siento el hombre más afortunado del mundo, porque, y no me cuesta decirlo por poco modesto que suene, me considero miembro de ese privilegiado y selecto grupo que ha logrado comprender la vida gracias al fútbol. Me preparaba para afrontar en la soledad del entrenador todos los retos que quería asaltar. Hacer esfuerzos individuales para conseguir mejorar a unos, con quienes tratas directamente a través del juego, y hacer felices a otros, quienes se alegran por un gol de su equipo. Pero el partido se volvió una pesadilla en el momento más emocionante.

También a Camus se le atribuye otra frase importante al respecto, nada más ganar el Premio Nobel de literatura. Preguntado por, si pudiera volver a nacer, qué profesión elegiría, si la de escritor o futbolista, él contesto: “Futbolista, sin lugar a dudas”. Huelga decir que yo pienso lo mismo.

*(Carlos Matallanas ha compaginado los estudios y después la profesión de Periodista con una modesta pero intensa carrera como futbolista semiprofesional en Madrid y Andalucía. En 2007 entra a formar parte de la sección de Deportes de El Confidencial. En 2014, a los 33 años, siendo coordinador de la sección y todavía como jugador en activo, le diagnostican Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una grave enfermedad neurodegenerativa.)
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01El ojeador, el fútbol, el cocido y la vida

Por Javier G. Matallanas (@matallanas)

El amor por el fútbol de nuestra familia, los Gómez Matallanas, nos viene principalmente de nuestro abuelo Bernardino Matallanas. Nunca jugó al fútbol, pero ha contado con unos superpoderes, o eso nos parecía a nosotros, porque cuando ves un partido con él, incluso ahora que no ve muy bien por la diabetes, siempre sabe lo que va a pasar. El abuelo Bernardo está dotado de la facultad de ver a chavales de diez a quince años jugar y saber con un margen de error mínimo quien llegará a ser profesional. Lo hizo con Juanito, Leal, Ruiz, Pedraza, López, Ricardo o Raúl, por citar a varios internacionales entre las decenas de futbolistas que descubrió. Nuestro abuelo Bernardo fue creador del Puerta Bonita (hoy es socio número 1) y el Carabanchel le fichó de delegado. En el Puerta y en el Cara ya empezó a demostrar sus dotes fichando a Felines, Emilio Cruz o Fermín Gutiérrez. El Atlético de Madrid le fichó del Carabanchel para ser uno de sus ojeadores y también ejerció de delegado y trabajó junto a Martín Landa en la captación y forja de nuevos valores. Su paso por el Atlético hizo mella en nuestra decisión de elegir las rayas rojas y blancas (en el caso de Carlos, de David y mío) antes que el merengue madridista. Hay que decir que en casa somos más de España que del Atleti y el Madrid. Mi padre es muy, muy del Madrid.

Y así salió también el pequeño Gonzalo, hasta tal extremo que cuando jugó en la cantera del Atleti (en el equipo de Torres desde infantil a juvenil) lo hacía dándose la vuelta al escudo colchonero en las medias como siempre han dicho las leyendas urbanas que juegan los vascos independentistas con las medias de la Selección española y la bandera de España. Mi padre nos llevó al Bernabéu las mismas veces o más de las que fuimos al Calderón. No fuimos socios nunca de ninguno de pequeños, pero de repente nos decía, vamos al Bernabéu, y ahí aparecíamos viendo partidazos del Madrid (yo estuve en varias de las remontadas de los 80). Yo con tres meses ya iba al Calderón con mis padres. Cuando era adolescente, mis padres llevaban a mis hermanos pequeños Carlitos y Gonzalo (perdón, les aclaro: somos cuatro hermanos. David es el segundo y yo el mayor) también por sorpresa al estadio del Madrid o del Atleti. Fueron a ver a Maradona cuando vino con el Sevilla. Y eso se recuerda mucho en casa. Porque en casa somos mucho de Maradona. Y de todos los cracks. Porque en casa el fútbol es lo más importante. Y nos gusta un caño, una rabona, una chilena, una elástica, un buen contragolpe, una buena acción defensiva, el tiqui taca, el juego de posición y de posesión. ¡Del fútbol nos gusta todo!

En las sobremesas de los fines de semana, sobre todo la del sábado cuando degustamos uno de los mejores cocidos de Madrid, siempre se habla se de fútbol. Desde siempre y para siempre. El fútbol preside nuestras vidas. Unas veces porque yo jugaba en el Aviación, la Escuela de Fútbol Concepción, el Puerta Bonita o el Atlético infantil y juvenil y comentábamos mis partidos después de que todos mis hermanos (David incluido, aunque a regañadientes) venían a verme. Carlitos y Gonzalo se ponían detrás de la portería de Ricardo y le empezaban a hablar. Algún disgusto le pudieron ocasionar al portero de Aluche, que no quería ser maleducado y entablaba conversaciones con los dos micos, que siempre iban con un balón bajo el brazo. Otras veces hablábamos de fútbol porque ya jugaban Carlitos y Gonza en sus numerosos equipos. La mayoría de las veces comentábamos cosas del Madrid y del Atleti. Y, sobre todo, de la Selección. Porque en casa hemos sido, somos y seremos unos fanáticos de España. Hemos vivido con pasión Mundiales y Eurocopas. En casa y, más tarde, sobre el terreno. En el Mundial 78 (mi primer recuerdo de fútbol, el Matador melena al viento y el confeti del Monumental de River) vivimos el ‘gol de Cardeñosa’ sin verlo porque la cédula del mando a distancia del televisor Phillips fallaba y se apagó con el grito de gol y no vimos si había entrado.

Mi padre compró entradas para el Mundial 82 y no pudimos ir porque España fue segunda de grupo y no jugó en el Calderón. Nos mosqueamos con el gol fantasma de Michel en México 86 y lloramos con el penalti de Eloy. Sesteamos en Italia 90. Nos indignamos con el puñetazo de Tassotii a Luis Enrique en el 94 (Carlitos colgó la portada del As con la nariz ensangrentada del asturiano y años después casi se arranca a por Tassotti cuando le llevé una vez a Milanelo). Nos mosqueamos con Clemente en el 98. Lloramos en Corea y Japón por aquel árbitro egipcio. Las lágrimas de Carlitos tras la eliminación de España a manos de Francia en el Mundial de Alemania en 2006 aún las recordamos, aquellas fueron allí mismo, en el estadio de Hannover. Allí viajó y yo estaba de enviado especial de Cope. También había viajado a Alemania David, que no le gusta el fútbol pero es muy de España y del Atleti y sabe más que nadie de fútbol porque toda la vida ha escuchado hablar de fútbol en la sobremesa de mi casa. Y con mi abuelo, claro. Luego disfrutamos con la Eurocopa 2008 en Viena, con el Mundial 2010 en Johannesburgo (Carlitos viajó con Marta a Sudáfrica. Volaron cuando no sabíamos si íbamos a ser segundos o primeros de grupo, cuando se estaba jugando el España-Chile, y pudieron mantener su plan de viaje. Viajaron con las botas blancas de Torres, que le había pedido a Carlos que se las trajera de Madrid) y en Kiev con la Eurocopa de Polonia y Ucrania. De repente, ganamos y estábamos allí con España, con La Roja.

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Cuando empecé a trabajar en el Marca las conversaciones futboleras se ampliaron. Ya era mi trabajo y para todos en casa no podía haber nada más estupendo. Yo compro El País y el AS desde que iba a 6º de EGB y ya en segundo de carrera (en Empresariales, que estudié tres años que no tres cursos) en casa nos cambiamos al Marca por decisión de Carlitos y Gonzalo y por la Liga Fantástica como tanta gente. Mi don de gentes, el hecho de haber estado en un vestuario, aunque de juveniles, me dio facilidad para llevarme bien con los jugadores. Y siempre compartí con mis hermanos los nuevos amigos. Como ese Pinedita del que hablaba Maradona al que conocí en el Extremadura y con quien intimé en el Rayo. Ese Valerón al que vi jugar con el Turu Flores en La Peineta con la Unión Deportiva Las Palmas y luego me deleité en cada entrenamiento que le vi en el Atleti, y no perdía uno. El gran Pipo Baraja. El Indiecito Solari, cabal, listo y entrañable. Ese Vieri y ese Futre con quien Carlitos se hizo una foto que aún tiene colgada en su habitación. O ese Kiko Narváez que en el primer cocido de los sábados que vino firmó un poster suyo colgado en la habitación de Carlitos. Esas relaciones eran para mi trabajo y para mis hermanos, que las han disfrutado tanto o más que yo.

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Reportaje y Entrevista: Carlos Matallanas y Javier Matallanas

Producción: Alberto Piñero

Edición: Francisco Ortí y José David López

Agradecimientos especiales para un reportaje que sin ellos no habría sido posible: Carlos y Javier Matallanas

Ilustraciones: Tomás Godoy

Fotos: Getty y agencias.


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