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Molina desafió todos los estereotipos de los porteros. Ni estaba loco, ni era simpático ni acostumbraba a estar en su portería. Fue el primer portero líbero en el fútbol español.

Por Francisco Ortí (@franciscoorti)

La mejor cura para el insomnio es un despertador. Nadie quiere salir de la cama después de escucharlo. En efecto las apariencias engañan. Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos, decía Nicolás Maquiavelo. José Francisco Molina es un ejemplo de ello. Existen muchos clichés alrededor de la figura del portero. Se dice que todos están locos, que son personas alegres o de personalidad excéntrica. Y que se sienten cómodos cobijados bajo su cabaña de tres palos. Esto último es sabido por todos. Hasta por los que no saben de fútbol. Por encima de todo, un portero está en su portería. Sin embargo, Molina desafió todos estos estereotipos. Ni era simpático -su personalidad hermética le diferenciaba del resto de guardametas- ni acostumbraba a estar en su portería. Molina supuso una revolución en la forma de interpretar el rol del portero en el fútbol español. Rompió los grilletes para escapar de la cárcel del área y vivir lejos de ella. Entendió su posición de una manera distinta al resto. Como sucedía con el resto de porteros, vigilaba su portería y era el dueño de su área, pero sus dominios se extendían más allá de las paredes de cal. Descubría los espacios, leía el juego del rival y se adelantaba a sus movimientos para proteger la espalda de su zaga. Era un portero que no vivía en su portería, aunque más que un portero era un líbero con guantes.

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Molina supuso una revolución en la forma de interpretar el rol del portero en el fútbol español.

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01Génesis del portero líbero

No ha sido ortodoxo, pero sí efectivo”, dijo Kenneth Wolstenholme, mítico comentarista de la BBC, quien acababa de ver como Gyula Grosics, portero de Hungría, escapaba de su área para despejar un balón. Era 1953 y se estaba disputando el encuentro amistoso entre Inglaterra y Hungría, que pasaría a la historia como el partido del siglo. En los últimos instantes del primer tiempo, con 4-2 para los húngaros en el marcador, Jimmy Dickinson lanzaba un balón largo a la espalda de los magiares buscando la velocidad de Stan Mortensen, pero Grosics abortó el peligro por sorpresa, apareciendo fuera del hábitat natural del portero. La acción sorprendió a los inventores del fútbol, quienes vieron como el deporte rey había evolucionado más allá de las fronteras del Reino Unido. Así pues, para encontrar la génesis de la figura del portero líbero también hay que retroceder hasta la época de los Mágicos Magiares y el inventivo cerebro de su seleccionador, Gustav Sebes, el Julio Verne de la táctica futbolística.

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De la mente del estratega húngaro brotó una revolución táctica que se convirtió en la base del fútbol moderno. Entre sus innovaciones se encuentra la figura del portero líbero. Grosics era un portero de personalidad arrolladora, excéntrico, seguro de sí mismo y aficionado al ajedrez. Era el sujeto perfecto con el que experimentar y así lo entendió Sebes, quien le pidió que saliera de su área para cubrir las espaldas de su defensa en caso de que un pase largo les superara. “Nunca dudaba en salir de su área, por lo que acostumbraba a convertirse en un defensa extra. En ese momento fue algo muy astuto. Su posición adelantaba disminuyó cierta carga al resto de la defensa”, recuerda el historiador Brian Glanville. Gracias a vivir unos metros más adelantado de lo normal, Grosics se convirtió en uno de los puntos cardinales de la revolución táctica que Sebes puso en práctica con los Mágicos Magiares. De este modo, se establece a Gyula Grosics como el primero portero líbero, aunque podría haberse producido un caso anteriormente.

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Según revela Jonathan Wilson en el libro ‘The Outsider: A History of the Goalkeeper’, el búlgaro Apostol Sokolov escapó de su área antes que el húngaro. Unas palabras de Lev Yashin apuntan que Sokolov podría haber ejercido de portero líbero en 1952. La selección de Bulgaria se encontraba de gira por la URSS y se enfrentó a la selección soviética. Yashin quedó sorprendido por el revolucionario estilo del portero búlgaro. “Ese diablo rubio jugó muy adelantado y fue capaz de frenar a cualquiera de nuestros delanteros cuando se colaban detrás de la defensa. Era algo totalmente nuevo para mí, pero seguí su ejemplo”, reveló años después la ‘Araña Negra’, según recoge en su libro Jonathan Wilson. Inspirado por Apóstol Sokolov, Lev Yashin desarrollaría la figura del portero líbero. Aunque tanto en el caso de Sokolov como en el Yashin salir de su área representaba un recurso, una solución de emergencia ante un problema. Para Sebes, por el contrario, el portero líbero suponía parte necesaria de su plan, la base sobre la que se construía su revolución táctica.

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La evolución natural de este concepto, como la de tantas otras ideas de Gustav Sebes, se vivió en Holanda durante la década de los setenta. Rinus Michels bebió del ideario del estratega húngaro para transformar el fútbol, primero con el Ajax de Ámsterdam y, posteriormente, con la selección holandesa. Entre las ideas que exportó de Sebes se encontraba la de adelantar el portero. Heinz Stuy fue el primero en encarnar el papel de portero líbero en la escuela holandesa. En el Ajax de Cruyff que ganó tres Copas de Europa, Stuy era quien se enfundaba los guantes, aunque su importancia era más por lo que hacía fuera del área que bajo los palos. El testigo de Stuy lo recogieron Jan Jongbloed y Piet Schrijvers, quienes fueron los dueños de la portería de la Naranja Mecánica en los Mundiales de 1974 y 1978, respectivamente. Ambos jugaban unos metros más adelantados de lo normal para cortar los pases largos de los rivales, pero añadían una variante, también participaban en la creación del juego de su equipo. En el caso de Jongbloed la puesta en escena era todavía más llamativa, puesto que el portero saltaba al terreno de juego con el número 8 a la espalda.

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03El portero jugador

Javier Clemente es un personaje célebre por tantas cosas que esbozar una mínima parte de ellas se transformaría en una lista interminable. El técnico de Barakaldo es un adicto a la sorpresa y entre sus muchas costumbres inesperadas se encuentra su tendencia a reconvertir a los futbolistas que tiene a sus órdenes. Clemente ha sido capaz de confiar en Miguel Ángel Nadal como centrocampista organizador, situar a un delantero centro en el puesto de lateral derecho, o depositar la responsabilidad goleadora sobre un centrocampista de contención. Su ópera prima de transformismo se produjo la noche del 24 en abril de 1996, bajo el cerrado cielo de Oslo. España visitaba a Noruega para disputar un partido amistoso, preparatorio para la Eurocopa de 1996. Las miradas de la prensa apuntaban al centro del campo español, donde Guillermo Amor asumía galones en la medular al lado de Fernando Hierro, dejando fuera a Donato, hasta ese momento titular habitual. Clemente, efectivo como pocos, entendía que el centro del campo era territorio de destrucción y no de creación, por lo que sorprendía la confianza en Amor.

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Sin embargo, en esos momentos Clemente se sentía respaldado por los resultados después de 21 meses sin conocer la derrota. El seleccionador nunca se ha preocupado de las opiniones que pudieran generar sus decisiones, pero menos con los números a su favor. Por ello, no dudó cuando a los 76 minutos se vio obligado a improvisar. El defensa Juanma López se lesionó y se vio obligado a abandonar el terreno de juego. En el banquillo español tan solo quedaban dos efectivos: José Francisco Molina y Sergi Barjuan, quien arrastraba una contractura. Al conocer la lesión del central, Clemente se giró y esculpió una pregunta tras su sonrisa. “¿Qué? ¿Te atreves a salir?”, dijo. La sorpresa no se encontraba en sus palabras, sino en el destinatario de las mismas. No estaban dirigidas a Sergi, sino a Molina, el portero, quien vivía su primera convocatoria con la selección española. “No fue un ‘tienes que salir’, fue más bien ‘¿sales?’. Fue una situación muy extraña que no suele pasar, pero aquel día sucedió.y Javier Clemente me miró y me dijo: ‘tú con los pies no lo haces mal. ¿Sales?’”, nos relata Molina.

El portero no se lo pensó dos veces. Lanzó su camiseta de portero tan lejos como pudo y se enfundó la de jugador. “Era la primera vez que iba a la Selección y mi contestación fue: ‘para una vez que vengo aquí salgo de lo que sea’. Y me dijo: ‘pues ponte a calentar que vas a salir’. Y así fue”, explica el valenciano. Instantes después saltaba al césped con el 13 a la espalda y con la responsabilidad de cubrir la banda izquierda. “Hice lo que pude. Tampoco hice gran cosa. La verdad es que disfruté. Como te decía antes, yo de pequeño lo que quería era ser jugador. No quería ser portero. Entonces ese día yo conseguí lo que era la ilusión de mi vida cuando era pequeño: jugar con la selección española pero de jugador. Logré hacerlo realidad”, nos reconoce como un niño que acaba de cometer una travesura. Él recuerda su actuación como discreta, pero lo cierto es que incluso pudo marcar un gol. El improvisado interior recogió un balón suelto en la frontal del área y con la pierna derecha dibujó un disparo colocado que no encontró portería por poco. El partido terminó 0-0 y la mejor ocasión fue la de Molina. “Si marca le sacamos del campo a hombros entre todos”, bromeaba Fernando Hierro tras el encuentro.

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04El peor partido, la mejor victoria

El descenso con el Atlético de Madrid y aquel error contra Noruega en la Eurocopa de Holanda y Bélgica se abalanzaron sobre Molina en el verano del año 2000. Los dos reveses encarnan su peor momento deportivo. Ese mismo verano, el portero se mudó al Deportivo de la Coruña creyendo dejar atrás sus fantasmas, pero el destino le reservaba un golpe todavía más duro. El 14 de octubre de 2002, José Francisco Molina compareció en rueda de prensa para confesar que sufría cáncer y estaba obligado a abandonar el fútbol temporalmente. “Nos vemos dentro de poco, espero”, deseó el portero ante los medios de comunicación, escondiendo su miedo tras una sonrisa incompleta. A los 32 años, Molina vio como en un control rutinario se le detectaba la reproducción de un proceso canceroso por el que ya había sido operado en junio de 2001. Esta vez para ganar la batalla necesitaría la ayuda de la quimioterapia, lo que le impedía mantenerse en activo durante el tratamiento. “El pronóstico vital es bueno, pero habrá que controlar los efectos secundarios del tratamiento”, informó el jefe de los servicios médicos del Deportivo, César Cobián.

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Molina había levantado recientemente la Copa del Rey con el Deportivo de la Coruña frente al Real Madrid y en el Santiago Bernabéu, en el partido conocido ‘el Centenariazo’. Además, de dos Supercopas de España y brillar en la Liga de Campeones ante equipos como Manchester United, Arsenal o Juventus de Turín. Pero cualquier retazo de felicidad se desgarró cuando recibió la trágica noticia. “Recuerdo que mi primera reacción fue de sorpresa: no sabes muy bien dónde estás ni qué te espera. Y de la sorpresa pasas a la preocupación ante el problema. De la preocupación regresas al desconcierto. Pero en mi caso todo cambió rápidamente a una sola idea: buscar la mejor respuesta al problema”, explica en una entrevista publicada por El País. ¿Tuvo miedo? “En mi caso, no. Lo único que quería era buscar soluciones”, responde. La mentalidad de hierro que tan importante es para triunfar en una portería fue clave para vencer su batalla contra el cáncer.

“Solo intenté afrontarlo con la mejor actitud posible. Todo el mundo insiste en la actitud es muy importante. ¿Hasta qué punto es medible el factor psicológico? No lo sé. Pero lo cierto es que uno tiene que poner todo de su parte”, cuenta. La peor parte era el no saber lo que pasaría al día siguiente o si funcionaría el tratamiento. Molina se encontraba perdido en un laberinto repleto de puertas y desconocía lo que se escondía al otro lado. Cada una le conducía a un nuevo escenario imprevisible. “La incertidumbre es lo peor de esta enfermedad. Es la palabra que, para mí, la define. No sabes cómo vas a reaccionar al tratamiento. Siempre estás con un ‘a ver si…’ en la boca. A ver si la prueba sale bien… A ver si el TAC es positivo…”, asegura el exportero. La lucha se eternizó durante cuatro largos meses. El 20 de enero comenzó a ejercitarse de nuevo junto a sus compañeros. Lo hacía sin apenas pelo, pero son una sonrisa enorme.

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Reportaje y Entrevista: Francisco Ortí y Alberto Piñero

Edición: Francisco Ortí y José David López

Ilustraciones: Edgar Rozo y Diana Estefania

Fotos: Getty y agencias.