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En el mediático nacimiento de la Premier League, prometió fidelidad eterna a un club humilde, desechando millones, fama y títulos. Hoy, el genio aun ilumina sonrisas. Hoy, el genio es el inalcanzable One Club Man.

José David López

A principios de siglo XX, las grandes compañías navieras del planeta estaban ubicadas en Gran Bretaña. La floreciente búsqueda de negocios industriales y el poder que aseguraba el comercio de oro en epicentros africanos, australes y americanos incentivó el desarrollo de flotas gigantescas que transformaron los pretéritos barcos de vapor en máquinas de velocidad, lujo y majestuosidad. La competencia entre los más pudientes pronto desató asperezas, pues las compañías buscaban el mismo objetivo en paraísos por explotar. Las enormes posibilidades portuarias de su isla favorecieron la proliferación de inversores, pactos y fusiones, pero nadie fue capaz de frenar los mastodónticos buques de la Cunard Lane (antes White Star Line).

Grandes préstamos y apoyos sustanciales que desencadenaron la construcción de su clase Olympic, formada por tres barcos exclusivos: Olympic, Titanic y Gigantic. Barcos únicos, de tecnología avanzada, diseño novedoso y una elegancia acorde a los elitistas pasajeros que poblarían su zona vip (completamente opuesta a la humilde cubierta D para la tercera clase). Todo era opulencia y exquisitez, pero la organización y la seguridad jamás estuvieron a la altura. Desde los puertos del sur de Inglaterra zarparían las desgracias durante décadas, acumulando historias de hundimientos en aguas de un Atlántico que presenció el naufragio de hasta seis de estos aparentemente intocables barcos. El más célebre de todos ellos, el ilustrísimo Titanic, partió rumbo a New York y, tres días después, su hundimiento arrastró al fondo del mar 1.517 vidas. 538 de ellas pertenecían a la ciudad que sirvió como puerto de salida: Southampton.

Niño con periódico de Titanic

El Titanic arrastró al fondo del mar 1.517 vidas. 538 de ellas eran de Southampton

Matt Le Tissier

01El dios de los humildes

Jamás lo habría pensado. Naciendo en Guernsey (una isla dependiente del Reino Unido, cercana a Francia, externa a la Unión Europea y de solo 60.000 habitantes), su plan de vida no era otro que ayudar al padre en los servicios financieros que suponían el alimento familiar. El haber nacido en un contexto limitado no solo por la economía sino también por los propios obstáculos naturales del islote, invitaba a soñar constantemente, pero también a generar sentimiento de rivalidad desde la perspectiva del que tiene que afrontar desafíos a diario.

No tendría las mejores escuelas, no tendría las mejores chicas y, seguramente, no tendría una mentalidad preparada para imaginar algo mejor, pero Matthew tenía suficiente. Equilibrio, amistad y confianza cercana a su alrededor a todas horas, sobre todo en una familia muy compacta. Ellos, desde que los más pequeños de la casa eran capaces de prestar atención al televisor, habían creado un ritual ineludible. La cita dominical con un sofá repleto de ojos y una mesa plagada de cervezas, era el relax semanal para unir lazos. Mientras el padre defendía a muerte los colores del Tottenham por afinidad de quienes le trajeron al mundo, el pequeño Matt había interiorizado un afecto universal por el que ostentaba el rol más humilde. “Cuando era pequeño y veía fútbol con mi padre, él animaba a los Spurs pero yo lo veía con la esperanza de que el pequeño se comiera al grande y ganara el equipo que nadie podía imaginar”.

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“Cuando era pequeño, veía el fútbol con la esperanza de que el pequeño se comiera al grande”

Deseos humildes, tiernos, de superación y de heroicidad, aunque solo entendida como reto conseguido entre los que defiendan sus mismos valores. Sinceridad, equilibrio y aprecio a quien te arropa, a quien te compraba las botas, a quien te llevaba a entrenar y a quien, una vez allí, te animaba pensando que tenías un don especial. “Siempre tuve el respaldo de mi familia. Nunca pusieron problemas y se fiaron de todas mis decisiones. Cuando era pequeño ya vieron que tenía las cosas claras y no decidía sin prever cualquier problema. Me educaron con doctrinas claras y concisas”. Y esas, aprendidas en el Canal de la Mancha, las alimentó a base de malabares, pelotazos y talento indescriptible, hasta el punto que el Vale Recreation (equipo de su ciudad que ahora dirige su hermano Carl), recibía constantes invitaciones del sur de Inglaterra para ver en acción a ese granuja de nariz afilada. Rechazó una propuesta del Oxford United porque no habían aceptado previamente a su hermano, pero las intentonas empezaron a ser constantes. Después de varios días disputando un torneo en Southampton, donde aún no había pisado con pantalón corto, un scout del equipo de la ciudad le propuso presentarse a una prueba horas más tarde. No hizo falta más. La relación ya había comenzado.

Southampton tenía todo aquello que representaba la identidad de Le Tissier. Tranquilidad, todo cercano, personas afables y una sensación de estabilidad que le permitió, en apenas dos años, pasar del equipo Sub 15 a ser habitual del primer equipo como la joven promesa que todos esperan disfrutar en el césped. Era el chico que había sorprendido entre los prometedores experimentos de la ciudad, el que logró marcar un tanto directamente desde el córner sin que nadie pudiera evitarlo, el que remató de volea para marcar el gol clave del campeonato juvenil y, desde luego, el perfecto ídolo adolescente para las necesidades del contexto. Cuerpo desgarbado, rostro de difícil expresión y un carácter francamente recatado, no evitaron que en poco tiempo las gradas solicitaran su presencia entre los que no cumplían los objetivos destinados a los profesionales.

Desde los 17 años, cuando ya formaba parte del banquillo, la multitud gritaba mi nombre para que saliera a jugar. El entrenador se sentía presionado por tener que meterme en sus planes. Esos hinchas me hicieron la vida mucho más fácil desde que era un chico joven. Tener el apoyo del estadio desde el momento en el que empiezas a jugar, es genial”. Un hat-trick al Leicester y una cifra de goles-aportaciones-méritos cada vez más imponente para un recién llegado, alentaron definitivamente su primer contrato profesional. No tuvo que esperar mucho para ser premiado como MVP de la categoría, lo que focalizó la atención sobre sus peculiares gestos artísticos con la pelota. La capacidad de gestionar sus recursos individuales en beneficio de un equipo muy pobre en cuestiones técnicas, amplió sus cualidades y protagonismo, lo que le hizo afrontar un momento clave en su carrera. “Lo más cerca que estuve de dejar el Southampton fue cuando el Tottenham me hizo una oferta en 1990. Era el equipo que yo seguía cuando era un niño, el equipo de mi padre. Fue la oferta que más me tentó y estuve muy cerca de aceptarla”. Las llamadas a casa se repetían a lo largo del día, la intranquilidad se adueñó de su cabeza y los consejos no le servían para relajar tensiones. Se sentía cómodo, feliz y estable en un lugar donde le habían adoptado como uno más. “Era mi casa y mi gente. Estaban contentos con mi rendimiento y yo con ellos. Me querían”.

“Lo más cerca que estuve de dejar el Southampton fue cuando el Tottenham me hizo una oferta en 1990″

Esa mejoría palpable generó una impresión exitista recalcada durante seis temporadas crecientes en First Division (segunda división por aquellos finales de los 80), donde dejó atrás la adolescencia para convertirse en el verdadero referente del regreso de los Saints a la élite que no pisaban desde 1978 (con la ayuda del ya joven goleador Alan Shearer). Su reto. Su primer gran premio para quienes confiaron en él. Además, el aterrizaje llegaba en un momento clave para el fútbol inglés, ya que ese curso 1992, arrancó la hoy considerada mejor liga del mundo, la Premier League. Un escenario ideal para maximizar su talento, que empezó a repartirse por los principales estadios del país, generando debates, alentando a seguidores de cualquier club y clonando shows cada siete días como si de la nueva estrella televisiva se tratara. Su padre, reunido junto a su familia en el viejo sofá de Guernsey, tuvo que ampliar el salón y crear una barra que suplantó la vetusta mesa central. No tenía a su pequeña estrella en su equipo, pero lo tenía allí donde todos querrían, ante los mejores del país. Para entonces, en el sur no existían dudas. Había nacido un ídolo. Había nacido Le God (El Dios).

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Le Tissier con Beckham y Giggs
Le Tissier con Beckham
Le Tissier jugando a golf

“Yo jugaba al fútbol para disfrutar. No para ganar dinero”

02Bostezos de creatividad

Entrenábamos a las 10:30, unas dos horas. El resto del día era para ti. Jugaba al golf, al billar, estaba con la familia. Era una vida relajada”, comenta Le Tissier, recordando años que bien podrían relacionarse con la vida de un recién retirado a sus recién cumplidos 23. Alcanzar el escalón más alto de la pirámide futbolística británica proporcionó un aire renovador a la ciudad. Southampton disfrutaba con un equipo de secundarios desconocidos dispuestos a partirse la cara por mantener al equipo en el primer nivel. Nadie más allá de su perímetro conocía a los jugadores (aunque el tiempo acabó dando cierto crédito a Tim Flowers bajo palos, Ian Dowie, David Lee o Jason Dodd). Eran goleados por los grandes, castigados por los cracks del campeonato y arrollados por ese Manchester United que despegaba como gigante incontestable a pies de Alex Ferguson. Pero incluso a los Red Devils alcanzó el radio de acción de la nueva estrella inesperada del campeonato, puesto que al mismísimo Peter Schmeichel le retrató con una vaselina brillante en el primer envite.

Esa perla en ciernes debutó ante los focos Premier con 18 goles de presentación para salvar al equipo en la última jornada, continuó con 25 y cerró su tercera campaña llegando a los 30, en la que él sigue considerando como mejor etapa personal de su carrera. Su fama había alcanzado cotas impensables gracias a sus tremendos disparos lejanos, que le convirtieron en referente de goles imprevisibles. “Sabía que, si lograba impactar fuerte a la pelota, tenía una potencia importante que complicaba a los porteros. Por eso intentaba siempre generarme ese toque previo y golpear de volea. Así hice muchos goles”, analiza sobre un sello particular que se mantiene latente hasta hoy, donde nadie ha logrado tal cantidad de goles de tanto impacto visual. Aparece en los mejores Top 10 de anotaciones increíbles de la historia de la Premier, surge en los debates más exigentes con el talento natural, reina en las estadísticas a jugador más espectacular y domina cualquier comparación siempre que recuerda el considerado mejor gol de su carrera (premiado con honores mitológicos esa campaña por votaciones entre los aficionados ingleses): “El gol ante el Blackburn fue el mejor. Lo marqué en Ewood Park. Es mi favorito. Tenía viejos amigos en ese rival (Flowers bajo palos y Shearer amenazando su portería) y fue muy bonito marcar desde tan larga distancia”.

“El gol ante el Blackburn fue el mejor que marqué. Es mi favorito”

Sonríe y una iluminación externa aparece con brillantez en su rostro. No puede evitarlo, fue su gran legado histórico para aquellos que, de un vistazo, quieran alucinar con el golpeo del ídolo. Un dribling en la medular, un peculiar movimiento fijando su objetivo y un disparo portentoso que, lejos de seguir una trayectoria previsible, destruye las leyes de la gravedad para tomar una línea inalcanzable hasta parar en la red. Prefería su inapelable diestra, pero no dudaba en animarse con una zurda de plata que ya hubieran querido firmar algunos Balones de Oro. Una excentricidad más. Un abuso mundano. Una genialidad que repitió fuera cual fuera su estado físico (jamás pudo evitar ser acompañado por una tripita cervecera), incoherencia táctica (no aparecía en muchos partidos durante largos tramos pero desatascaba con un detalle diferencial en cualquier instante) o responsabilidad global (odiaba correr de más y su ritmo era completamente independiente del resto).

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03El verdadero One Club Man

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¿Cómo podía mantener un club menor como Southampton a semejante artista ante la fuerza financiera de los que lo rodean? Ese verano, ya con 26 años y la experiencia que lo enaltecía deidad regional y baluarte nacional, el Chelsea preparó una oferta irrechazable para contrarrestar las contrataciones de otros clubes competidores. Le ponían coche de lujo, casa de dos pisos, seguridad privada en la zona más elitista de Londres y hasta un inseparable amigo musculoso de seguridad privada (su aura era tan poderosa, que recibió una oferta de una agencia de viajes que casi duplicaba lo que ganaba como futbolista hasta la fecha). Con esa oferta mareante en su mesa y con el propio club de Milton Road (no se mudó hasta el actual estadio de Sant Marys en 2001) decidido a llenarse los bolsillos con la mayor venta de su historia, Matt acudió al partido la tarde del día posterior. Su amigo Ronnie Ekelund (danés llegado del Barcelona que solo jugó esa campaña con Le Tissier) aseguró años después que, en esos momentos, Le God fue explícito ante lo que estaba viviendo: “Antes de un partido en casa, Matt me comentó que el Chelsea le había hecho una oferta de tanto, tanto dinero que la vida de los hijos de sus hijos estaría resuelta. Luego se calzó las botas, se puso la camiseta con el siete a la espalda y me dijo que él no valía todo ese dinero. Aquel día ganamos, Matt marcó un golazo, se duchó y se fue a casa. Nunca devolvió la llamada al Chelsea. Y es que si tenía ganas de jugar, te marchabas al vestuario sabiendo que habías visto jugar a Maradona en The Dell”.

Hoy, con la misma tranquilidad y la mente fresca en detalles, recuerda que fue la oferta más impactante que jamás habría recibido ningún futbolista inglés hasta ese momento: “Fue cuando tenía unos 25-26 años. El Chelsea intentó ficharme. En ese momento, yo me sentía feliz aquí y disfrutaba de mi fútbol. Pensé que era feliz aquí y no quería ir a ningún otro sitio. Mi fútbol era del Southampton y éste era mi club. Sólo quería seguir adelante”. Y siguió, siguió y siguió. Dejó a un lado toda llamada, fax, telegrama y mensaje a esos primeros móviles que empezaban a aparecer en el mercado y que Matt solo sabía usar en uno de sus botones, ‘delete’. A medida que su fútbol se perpetuaba en la excelencia y la diversión, rechazó cualquier propuesta. No aceptó al Mónaco, no aceptó al PSG, no aceptó al Marsella, no aceptó al Liverpool, no aceptó a la Juventus y, sobre todo, no cogió una llamada de Ferguson de la que prefiere no hablar pero sí sonreír con picardía…

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“Los aficionados del fútbol respetaron mi decisión de seguir en el club en el que empecé. Muchos futbolistas han llegado al éxito pasando de un equipo pequeño a uno grande, así que suelen marcharse y no sienten remordimientos. Yo quería jugar como lo hacía en Southampton y, si me hubiera ido a un club diferente, hubiera tenido que cambiar. Y yo realmente no quería cambiar. Amaba mi vida aquí y las cosas que hacía en Southampton, no las hubiera podido hacer en otro lugar. El campo lleno y la pasión mostrada por la afición eran genial. Fueron los mejores días de mi vida”. Una tentación al éxito, una lealtad, un romanticismo y un apego a los suyos, que le convierten en el gran One Club Man de los pobres y en el auténtico icono referencial de la historia del Southampton para la eternidad. “Los aficionados ingleses valoran la lealtad muy positivamente y no hay muchos jugadores que pasen toda su carrera en un mismo equipo. Por ello, muchos aficionados tienen un respeto especial por mí. Por la lealtad que demostré. Tal y como se dieron las cosas, no me arrepiento de quedarme en Southampton. Estoy muy orgulloso. Pasar mi carrera en la élite y entreteniendo a tanta gente, me trae grandes recuerdos increíbles para el resto de mi vida”.

El sur de Inglaterra le ofrecía un contexto similar a lo que él había concebido como la felicidad cuando disfrutaba de sus días infantiles en La Mancha. Se rodeaba de amigos, de ciudadanos, de compañeros y de todo aquél que quisiera pasar un rato agradable en su compañía, aprovechando las licencias de una época diferente en el fútbol profesional. Le Tissier protagonizó muchos de los últimos singulares episodios de libertad dentro del futbolista de élite. Aunque sus registros, malabares y detalles en el césped sí se correspondían con la evolución natural de un deporte que estaba rompiendo estadísticas y datos de negocio en Inglaterra con la nueva Premier, su mentalidad externa a su trabajo aún guardaba un parangón absoluto con la más pura esencia del futbolista inglés de varias décadas anteriores. No quería privaciones, no quería limitaciones y odiaba las obligaciones sin un sentido realista que corrompiera su labor profesional. Con la pelota exígele lo que desees. Sin ella, limítate a disfrutar todo lo que puedas.

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04El mejor lanzador de penaltis

A un lado los Santos, a otro lado el Dios y, en el césped, sus milagros. Matt salvaría cualquier obstáculo con su pericia y talento ante partidos determinantes. Salvó de la quema al Southampton año tras año, evitó su ruina con descensos que habrían diagnosticado un futuro devastador a la ciudad, lo aupó a posiciones más tranquilas en algunas fases e incluso decantó partidos trascendentales ante los gigantes que empezaban a dejarse puntos habitualmente en The Dell. Toda la presión era para él, que la recogía sin dilación ni temeridad, como si de un caramelo en la puerta de un colegio se tratara. La mejor demostración de ello se repetía cada cierto tiempo desde el punto de penalti. La relación de Le Tissier y los once metros es única, heroica y de recuerdos impactantes, porque era un absoluto especialista.

Con potencia, colocación, golpeo fino pero seguro y efectividad, una rotunda efectividad basada en una estrategia fielmente detallada: “La principal clave para lanzar penaltis es mantener la concentración. Los penaltis son la mejor forma de marcar un gol en un partido. Y para mí era un placer. Cuando había un penalti era lo mejor. Era mi oportunidad de marcar gol. No pensaba en lo que podía perder. No puedes ir con esa actitud a lanzarlo. Estaba seguro de mi capacidad, pues disparaba potente con el empeine. Golpeaba la pelota fuerte y nunca hacia el medio porque es muy arriesgado. Era mejor disparar a un lateral. Así el portero no podía atraparla”, nos explica, rememorando para nosotros cómo estudiaba y ejecutaba minuciosamente cada pena máxima teniendo en cuenta la actitud del que espera bajo palos como eje principal de la acción. “Elegía un lado antes de empezar a correr. Normalmente disparar a la izquierda del portero era mi preferencia. Pero le miraba mientras corría. Y si se movía demasiado pronto, cambiaba la dirección del disparo en el último instante”.

En las distancias cortas surgieron decenas de momentos clave, pero sobre todo, sus más trascendentales recuerdos. “Tuve un penalti clave un final de campaña ante el West Ham en 1994 y necesitábamos puntuar para no descender. Podía sentir la presión porque detrás de la portería estaban los aficionados de mi Southampton. Eso me hizo sentir seguridad. No quería deprimirles. Marqué el penalti y fue una alegría especial”, gesticula con felicidad como si aún escuchara los gritos de su hinchada empujando desde la barrera ante la felicidad de los puntos con los que, otra vez, había evitado el descenso de su equipo. Fueron tantos los penaltis ejecutados y los goles sumados, que sus cifras eran escandalosamente sólidas: “Los porteros con los que jugué, me pedían consejo. No sabría darlos porque no todos los futbolistas lanzamos igual. Solo sabría aconsejarles para mis propios penaltis. Y no quería hacerlo porque podían marcharse a otro equipo y ser rivales mío más adelante. Así que me lo guardaba”, apunta, sabedor que se trataba de una bendición natural para rentabilizar aún más en forma de puntos.

Asegura que esa faceta era exclusivamente suya porque “nunca dejaría a un compañero disparar un penalti”, asegurando que “si hay un campo de fútbol, un penalti y un disparo que ejecutar, ése es el mío”. Pero pese a su total seguridad, no puede evitar sonrojarse cuando le cuestionamos su estela de lanzamientos sin haber probado el tan peculiar remate de Panenka (futbolista de la extinta Checoslovaquia que lanzó y popularizó su remate en la final de la Eurocopa de 1976): “No, nunca. No tuve tanto valor. Porque es genial si sale bien, pero si no, pareces tonto. Y no me gusta parecer tonto. Si estoy ahí, lo intento, y no sale bien, el portero piensa: “Oh, muchas gracias”. Y tú dices: “¿Qué he hecho?”. Así que nunca quise correr ese riesgo…”.

Le Tissier marcó 49 goles desde el punto de penalti en un registro insuperable, aunque no inmaculado, pues ejecutó 50. Imposible olvidar aquél 24 de marzo de 1993. Cuando el árbitro señaló el punto más deseado por la estrella sureña, Le God tenía lo que quería. Podía sumar otra cita importante en su catálogo empatando el momentáneo 2-1 del marcador favorable al Nottingham Forest y ayudar un poco más a sacar la cabeza de la zona baja a su club. Agarró con fuerza la pelota, la situó en su perfil favorito y, tras una pequeña carrera previa, sucedió lo imposible: “Estaba demasiado relajado. Cuando marcas todos los que disparas, quizás pensé que era demasiado fácil. Era uno más. Pero Mark Crossley se movió, eso me hizo cambiar la dirección que yo había pensado para el disparo y no la ajusté lo suficiente al poste. Lo paró y la pelota volvió hacia mí, pero disparé muy alto. Tan alto que fue más vergonzoso que fallar el penalti. Fue un poco decepcionante”, intenta representarnos con una distinguida cara de lamento por aquella derrota del Southampton merced al penalti errado.

“Me quedé congelado. Un poco avergonzado porque un penalti se tiene que marcar. Existe para eso. Y el hecho de que estábamos perdiendo el partido, lo hizo más doloroso. Marqué después de volea pero no sirvió para puntuar y perdimos 2-1”. Crossley, meta visitante, recuerda el momento con especial emotividad porque “él era un seguro de vida disparando y al final del partido se acercó a mí y me comentó que esperaba que aquella parada me sirviera para jugar algún día con mi selección” (lo lograría años más tarde). Desde ese momento, Le Tissier no volvería a fallar nunca más.

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Le Tissier saluda a la grada
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Le Tissier jugando con Inglaterra

05Inglaterra: líder incomprendido

Con su carisma ya extendido por toda la Premier, su elegancia ya contaminando cada estadio inglés y sus goles repitiéndose en televisión en cada programa deportivo, la figura estelar del Southampton apuntaba a retos mayores, al menos, a nivel internacional. Al ser natural de Guernsey (territorio anglo-francés) y tener un apellido no muy británico, la mayoría de analistas han creído hasta hoy que podría elegir bandera (Inglaterra o Francia): “No tuve dudas nunca porque no existió esa posibilidad. La gente cree que, por mi apellido y por mi lugar de nacimiento, podía ser seleccionado por Francia, pero no es así. Además, aunque hubiera podido, solo pensaba en Inglaterra. Gales fue la única selección que sí intentó convencerme alguna vez”.

El fútbol inglés tenía la opción de explotar ese talento y lo hizo, sobre todo, a nivel Sub 21, donde disputó 21 partidos cuando aún asomaba como perla de futuro. Su categoría, crecimiento y rendimiento contrastado, jamás tuvo el mismo peso para su país. Nunca tendría continuidad, nunca sería respetado en su rol y jamás encontraría los elementos necesarios que acondicionaran su salto perfecto a la élite mundial en grandes torneos. Una sensación de constante exclusión, de incapacidad para adaptar su potencial al colectivo y de fatalidad para una selección que marginaría al que quizás era su principal talento puro en los años 90. Difícil asumir, difícil comprender, imposible interpretar qué pensaron Terry Venables, Glenn Hoddle o Kevin Keegan cuando maniataron sus convocatorias impidiendo hacer hueco al crack que todos adoraban.

Le Tissier juega con Inglaterra

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Para explicarlo se cuestionaba su estado físico, su carácter, su falta de dedicación y hasta sus regulares lesiones de espalda. Además, cuando jugó le acompañó la mala suerte. Keegan le hizo hueco en un partido de nefasto recuerdo ante Irlanda en febrero de 1995, cuando los locales se adelantaron y los hinchas ingleses comenzaron a generar disturbios cada vez más potentes, obligando al colegiado a la cancelación. E incluso cuando brilló, como en un partido de preparación al Mundial de 1998 con la teórica selección ‘B’ (entre los que se elegirían los definitivos seleccionados) marcando un hat-trick a Rusia, acabó quedando sin hueco en la lista de Hoddle de manera polémica. Esa ausencia, esa falta de confianza en su talento, esa incompetencia en su contra, acabó por golpearle definitivamente, pues se escapaba su última oportunidad de disputar un campeonato de primerísimo nivel con su país.

“Pienso que mi talento merecía algo más de reconocimiento en este país”

“Realmente creí que iba a ser convocado, pero no pudo ser. Estaba en el mejor momento de mi carrera sin duda, pero dependes de que los seleccionadores tengan esa valentía para hacerte hueco. No lo hicieron. Creían que debían crear el equipo en torno a mí. Y los entrenadores ingleses de nivel no estaban preparados para asumir eso. Bobby Robson quizás lo hizo con Paul Gascoigne, pero fue la última vez que pasó. Preferían concentrarse más en el equipo y en no perder partidos, que en entretener. Además, yo jugaba en un equipo pequeño y eso tampoco ayudaba a que los entrenadores pudieran tener cierta presión”.

El sabor del recuerdo sigue siendo amargo, pues los números, las sensaciones y la capacidad incontestable de sus misiles, fueron desacreditados: “Pienso que mi talento merecía algo más de reconocimiento en este país. Probablemente hubiera sido más valorado por entrenadores de otros países que hubieran buscado futbolistas con mi estilo. Los técnicos ingleses siempre han tenido jugadores con talento creativo pero apenas los usaban”, dispara. Aunque admite que ser coetáneo de otro artista, no le ayudó: “Paul Gascoigne es probablemente el jugador más talentoso de mi generación. Es un absoluto genio con la pelota. No tan genio en otros aspectos, pero en el campo es probablemente el mejor jugador inglés que he visto”, comenta sobre el principal escollo que, desde su rol, número y época, se encontró en el camino al once en el que siempre soñó estar.

 

Le Tissier Saludando a la afición en St Marys

06El legado eterno

La naturaleza del fútbol inglés, extrapolable en muchos casos al británico y ampliable sobre todo a una visión de superioridad generada en su condición de inventores del fútbol (hasta los años 70 prácticamente creaban sus propias condiciones y se mantenían muy al margen de competidores mundiales asumiendo su rol de líderes de la pelota), no entiende ciertas cualidades futbolísticas como necesarias. Incluso hoy, en muchos casos, el principio de todo futbolista inglés radica en su fuerza, físico, lucha y carácter enérgico en cualquier caso, circunstancia o cita. Una lectura absolutamente opuesta a la que enaltecía Le Tissier, absolutamente condicionado a su talento natural, capacidad diferencial y detalles técnicos capaces de solucionar un partido más allá de no haber aparecido en batallas internas ni luchas por la pelota durante la mayor parte del encuentro.

Se impone lo robusto y sólido a lo imaginativo e imprevisible. Más aún si su posición en el terreno de juego exige cierta libertad, falta de responsabilidades defensivas y absoluta independencia sobre cualquier guión teledirigido desde el banquillo o la pizarra. Es más, Matt aún recuerda con mayor aprecio por ello a un técnico en particular que fue clave de su carrera, Alan Ball, pues considera que interpretó justamente ese instinto de libertad y autonomía que impulsaba sus mayores virtudes: “Fue él quien me colocó como enganche, sin responsabilidad defensiva. Les decía al resto de compañeros que me pasaran la bola a mí todas las veces que pudieran”, y vaya si le funcionó. Pero era un oasis en el desierto, una rareza a su favor, porque esa dualidad de su registro, sí fue fatal para sus deseos internacionales.

Lo entiende en gran parte, por una simple lectura cultural: “La posición de enganche no ha sido en Inglaterra la más valorada dentro de un equipo. Creo que en Inglaterra no vemos tan necesario ese tipo de jugadores creativos, preferimos futbolistas capaces de ayudar y trabajar al equipo durante 90 minutos. Que luchen, que roben la pelota… En Inglaterra ha costado entender que es necesario tener un número 10, un creativo para ganar partidos. Solo podemos llegar lejos en los torneos, pensar en ganar Mundiales o Eurocopas, si tienes algo más, algo diferente, que sirva para ganar entre equipos de élite. En Inglaterra nunca hemos apoyado el rol del 10”, lanza el dardo directo al debate que truncó su mayor esperanza.

Le Tissier veterano

Le Tissier Saludando a la afición en St Marys

Un dorsal con una serie de condicionantes históricos que generan un peso ‘extra’ en las espaldas de quien lo posee. De hecho, los dos grandes héroes que inspiraron y que alimentaron las doctrinas virtuosas de Matt en sus mejores años, son según sus palabras “los mejores enganches que vi, Maradona y Dennis Bergkamp”, porque lograron hacer de su rol, el más dubitativo y condicionado del césped, una necesidad absoluta para el global. Rompieron males endémicos que él, por desgracia, no pudo repetir.

“El 10 es la persona más individual, sólo tiene intenciones de provocar peligro y marcar gol. Nunca piensa demasiado en cuestiones defensivas. Pero si el jugador es tan bueno… Ya sabes, Michel Platini era tan bueno. Roberto Baggio era similar. Si hacen bien lo que deben hacer, no deben preocuparse por nada más”, defiende, al mismo tiempo que admite que “la fama de perezoso que se crea en estos jugadores es inevitable en muchos casos y para mí, esa palabra fue algo que tuve que arrastrar toda mi vida”. En unos contextos bastaba el talento. En otros, quedaba retratado sin resultados. Pero, aunque no lo reconozca de igual manera, Le God (curiosa comparativa directa con Diego en Argentina-Napoli, ya que es el Dios-10), representaba exactamente lo mismo en su amado Southampton, aunque con los matices de arraigo absolutamente interiorizados en todos los que lo rodeaban.

“En Inglaterra no vemos tan necesario ese tipo de jugadores creativos, preferimos futbolistas que corran durante 90 minutos”

Todo aquello degeneró en una cifra. Le Tissier apenas jugaría 8 partidos como seleccionado inglés, dejando una clara incoherencia en todos los que le cuestionaron y una eterna duda sobre la hoja en blanco firmada por Inglaterra en cada una de sus fases finales. ¿Qué habría pasado con el mejor Matt en el césped? Prefiere no lamentarse ante lo que no dependía de sus méritos, no siente pese a todo una angustia notable por haber visto pasar de lejos el éxito internacional con Inglaterra, sino un orgullo especial: “De dónde vengo no hay mucha gente que logre ser futbolista profesional. No hay nadie que alguna vez haya jugado con Inglaterra donde yo nací. Eso me hace estar muy orgulloso”. Un estado de ánimo que necesita del paso del tiempo para encontrar su lado más optimista y que, de vez en cuando, reaparece ante las palabras elogiosas de algunos compañeros de profesión actual, que siguen recordándole como uno de sus ídolos.

El último en hacerlo fue el mismísimo Xavi Hernández (origen y definición en sí mismo del estilo exitoso del fútbol español en la última década), que no dudó en citar a Le Tissier como un ídolo de su infancia: “Escuchar a un jugador de su categoría que le gustaba verme jugar cuando era pequeño, me hizo sentir abrumado. Una tarde, estaba en el teatro de Southampton y un chico me enseñó lo que Xavi había dicho sobre mí. Desde entonces, tengo su firma enmarcada en mi cocina”, sonríe sacando pecho interiormente…

Pero, inevitablemente, su progresión se estancó desde aquella no convocatoria en 1998. Sus problemas en los tobillos y espalda, una marcada figura redondeada a la altura de su cintura y una edad, 33 años, que parecía remarcar aquellas sensaciones de cuerpo desgastado, le obligaron al retiro.

Tuvo un merecido homenaje con ‘su’ estadio repleto y despidiéndole en pie. Tuvo la mayor cantidad de elogios que hayan regalado los grandes nombres del fútbol inglés. Tuvo un éxito bárbaro de ventas con su autobiografía, Taking Le Tiss. Pero, sobre todo, tuvo a una ciudad a sus pies. Al igual que el capitán del Titanic, Edward John Smith, jamás abandonó su buque pese al hundimiento, el ‘capitán’ Matt Le Tissier se mantuvo leal a sus principios hasta las últimas consecuencias, aunque él nunca permitió que el ‘buque’ Southampton, acabara olvidado en el fondo de la clasificación. El legado eterno de un irrepetible One Club Man.

Reportaje: Antonio Fuentes y José David López.

Video: ElEnganche.es

Edición: Francisco Ortí y José David López.

Ilustraciones: Javi de Castro.

Infografía: Eduardo Carrillo.

Fotos: Getty y agencias.