CABECERA

Con la llegada de la FIFA, los periodistas han perdido peso en el proceso de elección del Balón de Oro, pero nunca se podrá borrar que el premio nació de la imaginación de uno de ellos. El Balón de Oro es la invención de Gabriel Hanot.

Por Francisco Ortí (@franciscoorti)

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La casa en la que le vi por primera vez ya no existe. Hace tiempo que fue derruida para emerger de los escombros reencarnada en un mastodóntico centro comercial. En uno de esos edificios que en Navidad conviene no mirar de frente o se corre el riesgo de que se te derrita la retina ante tanto brillo. No suelo acudir mucho allí, mis bolsillos no me lo permiten, pero cada vez que lo hago me resulta imposible no recordar aquellos días de la Navidad de 1954 en los que le conocí. Yo apenas cumplía los diez años y mis preocupaciones se limitaban a rellenar de manera concienzuda la carta al Père Noël, asegurándome de que no olvidaba ningún juguete que en algún momento pudiera desear. Me encontraba centrado en esta labor cuando una llamada telefónica sacudió la tranquilidad que se respiraba en casa. “¿Allô? Ah, hola Gabriel. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? Tranquilízate. Ahora mismo voy a verte”, le escuché decir a mi padre. Inmediatamente después de colgar agarró su abrigo y, como estábamos solos en casa, me pidió que le acompañara. Las noches de diciembre en París no son especialmente acogedoras. Y menos la de aquel día de diciembre en el que astillas de niebla helada te traspasaban nada más poner un píe en la calle. Cualquiera hubiera preferido quedarse en casa, abrigado por las llamas de la chimenea, pero acompañar a mí padre se dibujaba como la oportunidad de una aventura irrechazable.

Mi padre, Jacques, era periodista y para mí no resultaba ninguna novedad que tuviera marcharse de casa con prisa por culpa de algún imprevisto. De hecho, se trataba de algo que sucedía con relativa frecuencia. Sin embargo, esta vez parecía distinta. Principalmente porque me había pedido que fuera con él. Nunca antes me había llevado al trabajo, así que esta sería la primera vez que podría ver como se fabricaban los periódicos. Todavía recuerdo la sensación que experimenté cuando pisé aquella redacción por primera vez. Quedé abrumado ante las gigantescas columnas de periódicos que se alzaban desafiando la gravedad y empapelando el cielo con noticias. Para mí, que no era especialmente alto -aún hoy estoy esperando pegar el estirón que tanto me prometieron-, resultaba una situación similar a la de pasear por un laberinto de rascacielos. Mi pequeño Nueva York de tinta y papel. El caos se completaba con avispero de teléfonos que no dejaban de sonar y la jauría de redactores que aporreaban sus máquinas de escribir con la contundencia, sonoridad y precisión de un bailarín de claquet. Se respiraba una locura absoluta, pero inquietantemente adictiva. En cierto modo, podía lograr entender que mi padre pasara tantas horas secuestrado por su trabajo. Más que una profesión era su vocación. Mi padre era rehén de su pasión.

01

Jugador en guerra

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Seleccionador autocrítico

03

Llega la Copa de Europa

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04

La invención del Balón de Oro

Balón de Oro

Reportaje: Francisco Ortí.

Edición: Francisco Ortí y José David López.

Ilustraciones: Francisco Ortí

Fotos: Getty, L’Équipe y agencias.