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El agua es un diamante, la supervivencia un reto y los crímenes a la humanidad, el surrealismo más cruel. Kibera, el slum más grande de África, fue en 2007 el epicentro de la mayor guerra tribal que se recuerde en el planeta. Asesinatos, desplazamientos y violaciones entre tribus que hoy siguen siendo enemigos radicales. La política, las mafias y la pobreza, les enfrentó. El fútbol, les unió.

Por José David López (@elenganchejd)

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Una fila de más de cien personas y casi tres horas de larga espera era su misión familiar del día. No escenificaba algo extraordinario, sino una tarea que, por costosa y paciente, intercambiaban casi semanalmente entre las cuatro chicas de la casa mientras los dos chicos y el padre, pasaban los minutos rascando monedas de cualquier plomizo negocio callejero. Como era costumbre, Alika tuvo que andar varios kilómetros, mantener la calma por el mejor sitio entre hileras interminables de envases amarillos y pelear cada centímetro para esperar su turno ante las mangueras salvadoras. Y todo, para disfrutar durante un instante del único conducto que permitía rellenar sus gigantescas garrafas del más preciado valor en estas tierras, el agua. Un diamante líquido que solo se distribuye dos veces en semana, que está dominado por mafias y que realmente se convierte en una piedra preciosa desde la perspectiva de su valor (tres schilling por 20 litros), del sudor que genera poder pagarla y del sufrimiento diario que conlleva cada una de sus gotas. Cargada hasta el límite y con el hastío intoxicando su cabeza a cada paso de regreso al tugurio, su caminar debilitado la hizo retrasarse más de lo conveniente. No porque nadie la esperara en casa ni tampoco porque las fuerzas la acabaran venciendo, sino porque con la despedida del sol, la oscuridad se hacía presente en su poblado.

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En Kibera, el asentamiento chabolista más grande de África (en Nairobi, Kenia), las mujeres suelen recluirse en sus ‘casas’ siempre antes de las 19:00, horario límite para que el sol se despida y las sombras reactiven las actividades inmundas. Justo cuando Alika pisaba la última calle antes de su llegar a ‘casa’, un grupo de jóvenes, con los ojos perdidos y enamorados del diablo en forma de chang’aa (una bebida de pobres con casi el 80% de alcohol que mata a cientos cada año y que, traducido significa ‘mátame deprisa’), la frenó. Ladrones habituales, muchos de ellos dominados por mafias, que la robaron el agua, la empujaron a una camioneta y la golpearon. Alika, dolorida y magullada, escapó y cuando huía, un agente de policía detuvo su automóvil y la recogió (algo poco habitual pues en estas barriadas no acceden ni las fuerzas de seguridad). Pensó que todo había acabado en un susto. Se montó en el coche e indicó la ruta pero en lugar de brindarle protección, el agente la llevó a su propia casa y la violó. Las amenazas constantes, una herida de machete en la espalda para que nunca lo olvidara y un golpe psicológico taladreando su cabeza desde entonces, son su fatídica herencia. Todo, además, arrastrando el VIH del Sida (una enfermedad que aquí invade el 85% de los ‘hogares’). Alika es una víctima más de la inmundicia humana de Kibera.

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Una naturaleza apocalíptica que empapó sus calles y recrudeció su radicalidad en tres meses terroríficos entre diciembre de 2007 y febrero de 2008. Apenas 90 días que destrozaron para siempre la ya pretérita e irreal estabilidad keniana. El 27 de diciembre de 2007, se celebraban en Kenia las elecciones presidenciales con dos claros líderes en busca del trono de estado. Mwai Kibaki y su opositor, Raila Odinga. El primero, fue declarado ganador de las elecciones y renovaba así su mandato, pero los partidarios del segundo, que ya había pronosticado previamente su victoria sin dilación, comenzaron disturbios en numerosas zonas del país bajo la justificación de un fraude electoral (manipulación que los observadores internacionales confirmaron posteriormente).

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Pero como trasfondo de todo el caos y como fantasma permisivo para semejante ola de violencia, se encontraba el punto caliente del país, la tribus, orígenes y etnias que durante décadas, han definido la identidad nacional. 42 millones de habitantes divididos en 42 tribus. Kikiyus, luos, kalenjin, masais… que luchan cada día en la más estricta pobreza (una renta per cápita inferior a 2.000 dólares, una media de casi 5 hijos por mujer y una esperanza de vida menor a 55 años) por cualquier mínimo privilegio que pueda repercutir a mejorar cualquier aspecto de su vida. Y la política, tan voraz y dictatorial como en la mayoría de países africanos, juega una baza principal en cada tribu, alentando cualquier conflicto tribal en busca de liderazgo para acceder a cargos de poder. Todos entienden que, si uno de los líderes políticos de su tribu alcanza posiciones privilegiadas en el estado, es más fácil que a sus semejantes les acompañe el equilibrio.

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Widespread Rioting Erupts Again In Kenya
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Hace unos años, la prestigiosa revista The Economist, describía en un reportaje titulado ‘Boomtown slum’, que Kibera podría ser el lugar “con más emprendedores del planeta”. Para defender su singular postura, detallaba las interminables posibilidades de explotación de diversas prácticas laborales ante una clientela tan masiva. Y extendía sus ideas mucho más allá, asegurando que el concepto de superpoblación de este tipo de lugares, está particularmente ligado a la miseria, cuando las alternativas en busca del éxito financiero, podían ser una realidad posible. Existe un empeño inigualable por superar obstáculos. Existe una lucha natural por tener que rebelarse ante lo cotidiano. Y existe un contexto de constante desesperación natural que les hace despertarse cada mañana con una larga lista de retos a conseguir. Todos de incalculable valor humano. Y todos, ejemplos de acciones individuales, independientes y emprendedoras que no consiguen el éxito mediático o brillante mundialmente, solo porque los gigantescos entes que sobre ellos deambulan, se encargan de silenciar todo lo posible. Aun así, no desisten y sus gritos en forma de mil acciones en pro de la mejoría de Kibera, no se frenará.

Porque nadie ha frenado a Ken Odhiambo, director del African Slum Journal (ASJ), un proyecto periodístico entre ciudadanos del poblado a iniciativa solidaria, que busca fortalecer los medios culturales para extender sus voces. Porque nadie ha frenado a Najat Mohammed, una musulmana que genera ingresos diarios desde su Lindi Youth, local donde cohabita un aseo público junto con alquiler de ordenadores o hasta financiación de estudios. Porque nadie ha frenado a Niara y su amor incondicional al cine hasta crear de su propio esfuerzo la kiberafilmschool, una escuela de artes dramáticas donde salen dobladores, actores y donde se disfruta cada semana del mejor cine entre amigos del séptimo arte.

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Una cara cultural que también existe de manera gráfica y evidente aquí, aunque con la perspectiva siempre contraria, la únicamente ser explotada, entendida y aprovechada por los extranjeros. Porque al igual que muchas empresas de viajes ganan miles de euros con sus excursiones por el slum provistos de seguridad y alimentos que otorgan trabajo a muchos de sus ciudadanos, ha sido el cine, la literatura o la televisión quien más mostró la óptica de Kibera. Aquí se rodó el Jardinero Fiel, se escribió Ciudades de sombra y se grabaron escenas de decenas de series de fama planetaria. Pero además, es este epicentro del caos el preferido de bohemios, intelectuales, científicos o empresas tecnológicas, que pretenden aprovechar la enorme capacidad de semejante población. Una visión que convierte las cenizas, la violencia y la pobreza extrema, en piezas de captación perfectas. El fútbol, como elemento cultural de importancia suprema entre los kenianos, no iba a ser una excepción y también encontró su excusa ideal.

John Oyyo, conocido por todos en Kibera como ‘El General’, era el líder de una de las bandas más sanguinarias de Kibera. Su dominio no llegó por decreto, sino por lucha interna entre diferentes ramales dentro de una misma ideología de bandas. Fue a la improvisada escuela de su barriada y era uno de los chicos más inteligentes (como demuestra su capacidad para hablar en 7 dialectos diferentes), pero a los 17 años huyó de su aldea buscando fortuna en la gran ciudad… y acabó siendo devorado rumbo a los barrios pobres. Una dureza que le hizo ganar crédito entre los grupos más violentos y que le sirvió para abarcar más metas. “Me las apañé para conseguir trabajos de aguador o para vender droga en casas de quienes aquí mandaban por entonces, lo que me hizo ganar confianza con ellos y aprender cómo distribuirla yo solo, cómo asaltar personas, cómo ganar todo tipo de dinero fácil…”, explica mientras nos relata cómo estrangulaba o amenazaba con estrangular a sus víctimas para conseguir lo que quería. Llegó a ser tan fuerte que se ganó todos los privilegios (bajo temor global, claro) de los chicos de su entorno, que lo defenderían a muerte. Tuvo que acabar con varios de sus compañeros, superar intentos de asesinato y, cuando llegó a lo más alto, ejercer con dureza la voluntad de la tribu Luo en las calles del slum.

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Y esas órdenes eran fulminantes y estrictas. Organización absoluta de más de 200 miembros de pandillas que estaban a sus órdenes, dominando la batalla por las drogas, extorsionando vecinos, intimidando cada negocio y, desde luego, matando a todo aquél residente que no acatara sus órdenes. Durante los tres meses de radicalización violenta en 2007-2008, como parte del grupo opositor que inició las revueltas, Oyyo y su inseparable adjunto, Bernard Ngira, dirigió la mayor parte de las directrices tomadas para eliminar todo rastro ‘Kiyiku’. El incendio del Mercado Toi esos días lleva su sello. Pocos meses después, cuando el temor de gran parte de la slum y el dominio de los alimentos del mercado llevaba inscrito su nombre, un oficial de campo de una ONG, Andrew Onyanga, le pidió clemencia rodeado de cientos de mujeres que se enfrentaban al líder violento. “Si nos ayudas a reconstruir el mercado, te permitiremos a ti y a tus chicos, comenzar después negocios legales con nuestra ayuda”, ofreció. “Voy a matarte ahora mismo”, dijo John con dos machetes en las manos. No lo hizo, lo que abrió un hilo de esperanza que se redimensionó cuando se paró la violencia extrema de esos 90 días.

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John y Bernard se citaron en su tienda a la mañana siguiente, con la intención de poder establecer una ruta de actuación para conseguir sentar las bases de un proyecto que necesitaba el apoyo del slum. El apoyo y la comprensión de la gente que, poco tiempo antes, había aleccionado a sus órdenes a base de violencia. Se trataba de entrar a las casas que habían contribuido a quemar, de acceder a las familias que ellos mismos habían ayudado a destrozar y de adentrarse en los corazones que habían despedazado vilmente varios meses atrás. Y además, hacerlo desde la perspectiva del que todos temen, del que todos odian y del que todos ajusticiarían con sus propias manos si de ellos dependiera la tranquilidad de estas ‘calles’. Si John se asomaba a cualquier casa, todos saldrían corriendo. Si John llamaba a tu puerta, nadie abriría jamás.

Para todos, seguía siendo ‘El General’, el líder del grupo de rebeldes más fraudulento de Kibera y el que, pese a sus buenas intenciones en los últimos tiempos, estaba en proceso de ‘limpieza’ mental para dejar a un lado sus actividades corruptas y demostrar fielmente sus nuevos valores de vida. “Yo supe que tras las grandes penurias violentas que habíamos atravesado, iba a ser muy complicado dar cada paso en busca de lo que pretendíamos. Pero siempre tuve claro que yo no podía seguir el tipo de vida que nos estaba separando. Todo había sido una sin razón, una falta de comprensión por parte de todos y lo pagamos con demasiadas muertes que hoy sigo interpretando como absurdas. Por eso, crear Kibera Celtic era no solo un paso para todos, sino una ayuda personal para mí, para mi vida, para intentar dar algo tras tantos errores cometidos”, nos explica John al teléfono desde Nairobi.

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Si buscaba solidaridad, no podía ser él mismo quien la fuera a encontrar en primera persona. La meta, llegar a cada chico en edad de poder golpear a la pelota desde la óptica de quien se une a una causa para mejorar un aspecto de su vida. La solución, justificar la pelota a cambio de una serie de concesiones. ¿Cómo llamar la atención de aquél que no quiere saber nada de ti? La respuesta a esa pregunta que John y Bernard se hicieron mil veces esos días, la encontraron en los mismos que ejecutaban sus órdenes cuando las armas, amenazas, persecuciones y saqueos, eran su doctrina diaria. Su ‘ejercito’, esos más de 200 chicos que habían sido leales a la causa kikiyu, conocían cada palmo de las tierras rojizas de Kibera. Conocían a aquél chico que corría más que ninguno, a aquél que saltaba como nadie y al otro que rompía balones por tener largas las uñas de los pies.

Anécdotas que durante años marcaron su infancia en el barro, entre las basuras y con cualquier elemento circular que, durante unos días, se convertía en un posible balón para no mirar alrededor y centrarse en disfrutar del pasatiempo. Mañanas, tardes y noches de interminables partidos, antes de que esos fatídicos meses post elecciones, alteraran la siempre inestable paz interna del slam. Su voz, la de quienes ahora estaban intentando cambiar el machete por la pelota y la metralleta por unas botas, catapultó la realidad del sueño. En unas semanas, nadie ignoraba las renovadas intenciones de aquella ‘guerrilla kiberense’ y sus mensajes se multiplicaron a cualquier chico que viviera en Kibera. Unas clases informativas sobre cómo evitar contagios del VIH primero y unas comidas gratuitas que aseguraran cierto revuelo entre los jóvenes, después, fueron el trampolín ideal para llamar su atención. La pelota ya podía empezar a rodar.

Aficionado del fútbol en Kenia

El organigrama futbolístico de Kenia es un claro espejo para ver reflejada a su sociedad. Sus clubes están claramente divididos respecto a su herencia étnica y sus raíces tribales son la excusa ideal (y a la vez el gran problema) para generar diferentes perfiles sociales bajo una identidad falsamente deportiva. La Kenyan Premier League, el principal torneo de fútbol del país, se creó en 1963 (aunque reformada hasta hoy en 1998) y pese a que su élite nacional la forman 16 clubes, son la mitad de ellos, exactamente 8 (algunos años incluso más), los que juegan en Nairobi. Esa segmentación social potencializada con la pelota, aumenta cada día rivalidades que, desde luego, muy poco tienen que ver con los goles, los regates o la clasificación y mucho con imponerse al enemigo, derrotar a quien odias y pisar en la tabla al que durante años te pisó en la vida real. Una venganza para el humilde o una jurisdicción continuada para el altivo. Una escenografía pro–contra los similares–diferentes, cada partido. Prácticamente cada club representa su propio antepasado étnico y los dos grandes clubes de la capital son la más radical muestra de ello.

Leopards

El Gor Mahia, que suma 14 títulos ligueros, ha levantado los dos últimos para colocarse en tan idílica posición y fue el único club capaz de ganar un trofeo continental (en 1987), representa a los ‘Luo’ (la fuerza opositora que se rebeló contra el poder político fraudulento de los Kikiyu en 2007, que está formada por el 13% del país y que, curiosamente, es la etnia originaria del mismísimo Barack Obama). El AFC Leopards, que suma 13 títulos ligueros y tiene el estadio nacional y el más grande del país a su disposición, representa a los ‘Luhya’ (formada por un 14% de los kenianos). Su enfrentamiento en el Derby más popular e histórico de cuantos se dan en Nairobi, es una muestra evidente de las estridencias sociales, políticas y hasta militares, llevadas al extremo con la excusa del fútbol. Sanciones a ambas aficiones cada temporada, vandalismo, agresiones a varios árbitros e incluso a futbolistas o entrenadores. El más bochornoso de todos estos actos ocurrió hace poco más de un año. Un portero tuvo que ser ingresado en el hospital por heridas graves generadas por golpes de la afición rival y, pocos días después, los hinchas del Gor Mahia hicieron salir del estadio al entrenador del equipo contrario a base de amenazas, patadas y empujones en un recuerdo deleznable. Una dinámica que complicó sobre manera las intenciones de unificación y solidaridad que pretendía impulsar John.

Derby de Nairobi

“Durante los primeros días hubo mucha tensión porque reunimos a chicos de familias enemigas desde años atrás como consecuencia de la violencia que atravesamos. Chicos de muchas tribus diferentes. Era una mezcla de todos ellos que fue difícil de calmar. Hubo dificultades con algunos chicos, otros se marcharon y otros no regresaron. No era sencillo saber los pensamientos de cada uno, las presiones que aguantaban y lo que habían vivido. Quizás estaban frente a algunos que les recordaban las muertes de sus familiares o situaciones límite”, comenta ‘El General’. Chicos curtidos en la desconfianza, en la temeridad y en la sospecha de cualquiera que esté a su alrededor. John intentó acomodar al máximo a los chicos, hacerles sentir equilibrio y fomentar todo lo posible acciones de unión entre ellos.

Lo buscó con juegos, con ejercicios y hasta con sorteos para pequeños ‘lujos’ como una galleta o un calcetín (literal), pero tiene muy claro quién fue el que consiguió de verdad que todos parecieran un equipo por encima de raíces, etnias o antepasados… “el balón de fútbol”. “Fue sacar la pelota, decirles que teníamos una zona habilitada para prepararnos y que podíamos jugar en libertad, y todo se arregló. El fútbol fue capaz de hacer olvidar todo. Consiguió más en un segundo que nosotros en muchas charlas, actos, orientaciones o cualquier otra actividad. Todo era empezar de cero y eso sirvió para evitar lecturas preconcebidas sobre la naturaleza de cada equipo y su identidad política-etimológica”, sentencia el líder, absolutamente emocionado con la capacidad transformadora de un simple acto, el de lanzar la pelota al aire para empezar a jugar.

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Tras un año de gran adaptación en la segunda categoría pero mostrándose dignos competidores, John y Bernard quisieron aprovechar las grandes sensaciones que estaban encontrando en su proyecto para buscar adeptos internacionales y allí apareció la idea perfecta. No había mejor embajador posible que aquél que había motivado tal revolución solidaria. “Pensamos que el Celtic de Glasgow, que había sido nuestra inspiración de alguna manera en todo esto, podría sentirse representado con nuestra lucha diaria por la pelota como instrumento de solidaridad”, apunta el líder, por lo que un par de llamadas después, entendieron cuál era la fórmula exacta que buscaban: Victor Wanyama. El futbolista más famoso y mediático del país (aunque por entonces apenas todavía un desconocido para el gran público), vestía la camiseta del Celtic de Glasgow justo desde ese verano de 2011. Cierto es que Wanyama se había formado en Kenya en las filas de Leopards (como tal, es de etnia Luhya), pero era el timón ideal para que hacer ver la proyección del proyecto de Kibera en su club.

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Wanyama salió del país justo cuando estalló la guerra tribal de 2007 y tuvo familiares seriamente afectados, por lo que la llamada del Kibera y la singularidad de su vinculación al club católico le hicieron tomar el mando. El mismísimo Celtic de Glasgow, el club más laureado de Escocia gracias a su Copa de Europa en 1967 (que me entiendan los hinchas del Glasgow Rangers, el otro gigante escocés), informó días después de manera oficial, que había llegado a un pacto de colaboración con los kenianos que habían transformado su historia a miles de kilómetros de Celtic Park. “El Celtic tiene una maravillosa historia. Es una comunidad celta que, ahora, se une a la comunidad de Kibera, que necesita la ayuda de todos. Estoy orgulloso de ayudar desde aquí a los chicos de mi país”, apuntó el mediocentro que hoy juega en el Southampton, al que llegó tras romper el record de un traspaso jamás generado por el Celtic (casi 18 millones de euros). El presidente ejecutivo del club escocés, Peter Lawwell, añadió que “el trabajo que se ha invertido en el desarrollo de Kibera Celtic es magnífico y todos los involucrados deben ser aplaudidos. Es un club y una iniciativa que estamos encantados de apoyar”, refrendó.

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La ayuda no tardó en llegar y, semanas más tarde, John rodeó a sus jugadores en el campo: “Recuerdo cómo llovía pero ellos sabían que había buenas noticias. Varias cajas que no tardaron en vaciarse. El Celtic nos mandaba un montón de camisetas, pantalones y medias de su equipo, para que pudiéramos representarles con mayor identidad y orgullo”, explica aún hoy, emocionándose a recordar las caras de sus chicos. Primero, porque nos recalca que muchos de ellos jamás llevaban camisetas para tapar la piel, sencillamente porque no tenían posibilidades de acceder a ella. Segundo, porque muchos no sabían ni a qué equipo pertenecían, lo cual generó diferentes risas en el grupo: “Yo creo que son de Brasil”, bromeó alguno, sonríe el presidente. Y tercero, no nos engañemos, porque aquellas camisetas verdiblancas tan típicas de club escocés, pertenecían a diferentes épocas. Y no porque fueran producto vintaje, sino porque el envío había mezclado todo aquél material sobrante de las esquinas de Glasgow, para armar una pila de productos de diversa naturaleza temporal. La sonrisa de cada futbolista del Kibera desde ese día, fue mayúscula. El portero se sentía capacitado para frenar cualquier intento rival, el defensa más sólido para interceptar ataques enemigos y el delantero, confiado en su instinto definidor. Poco importó que el número 3 fuera una camiseta setentera, que el 8 llevara una publicidad diferente al resto o que el 9 incluso tuviera nombre propio de estrella (Larsson). Ahora sí eran Celtic.

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“Aquel material sirvió también para sortear y sacar algo más de dinero, con lo que pudimos mejorar nuestras posibilidades como club”, apunta John, que repite una vez tras otra que no recibieron ayuda de nadie, que solo ellos tenían que ingeniárselas para sacar dinero y que financiaba cada viaje de su bolsillo gracias a lo que sacaban diariamente en su tienda del Mercado Toi. “Pudimos hacernos con un autobús de segunda mano que nos proporcionaba transporte, algo que se hacía indispensables en un nivel superior donde las distancias entre clubes son mayores. Además, lo hicimos pasear por la ciudad a diario como un transporte más y así, asegurábamos un porcentaje de las tarifas”, sonríe.

Otro de los usos a esas ayudas, les sirvió (junto a unos ahorros acumulados por John y Bernard durante algunos años) para abrir una fábrica de pollos, cuyos beneficios van directamente a los chicos más necesitados del equipo y de la barriada. E incluso, se buscaba rentabilizar más aquella vinculación con ‘voluntarios’ enviados directamente desde Glasgow a través de la existencia de la Fundación Kibera Celtic. Ayudas necesarias en cada esquina porque pese a sus grandes esfuerzos, el fútbol en Kenia a niveles inferiores y a excepción de los mejores clubes del país, es gratis. Todos se amontonan en las gradas, todos visitan sus entrenamientos y todos visten sus camisetas, pero nadie paga absolutamente nada por verles jugar. ¿Cómo pedir donde no hay ni para comer?

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En marzo de 2010, el Kibera Celtic debutó por fin en la National Super League (Segunda División de fútbol en Kenia). Un gran inicio de campaña con varias goleadas muy por encima de la realidad que pensaban atravesar, hicieron multiplicar la efusividad en torno al grupo. El slum se volcó como nunca y llegaron a vender todas las entradas en algunos partidos de interés en la capital (pues en estas fases ya hay ciertas enemistades y rivalidades regionales). En mitad de temporada, con la llegada de más aficionados que nunca y unos resultados sobresalientes, se fraguó el que, dos meses después, iba a ser el reto deportivo más imprevisible de toda su historia: Ser campeones de Nairobi (pues la Segunda División se divide entre clubes de dos regiones) con el presupuesto más bajo de la categoría. Además, con un margen de nada menos que 12 puntos de ventaja, lo que les colocaba a un solo paso de la élite del fútbol keniano. Sin embargo, cuando todo estaba a punto de fructificar, la realidad que acecha, que golpea, que readapta los sueños imposibles, apareció en escena. El equipo cayó en el último partido clave de ascenso y lo que se llegó a tocar con las dos manos, se escapó en el último suspiro. Decepción, llanto y desesperanza. Alegría, heroicidad y orgullo. Dos capítulos difícilmente compaginables durante mucho tiempo.

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Un año más tarde, una tercera plaza igualmente meritoria, les hizo comprender su asalto ante lo imposible. El objetivo de alcanzar la Kenyan Premier League se desvanecía poco a poco y el club intentó reaccionar cambiando de entrenador y mostrando algunas nuevas lecturas en la plantilla. La línea fue negativa, el año siguiente la situación empeoró drásticamente con varias decisiones delicadas en la estructura del club y los problemas empezaron a multiplicarse. Mientras, desde Escocia se empezó a limitar la colaboración por diversos cambios en esas áreas y, cuando más apoyos necesitaba el proyecto, cayó en olvido más allá de las fronteras de Kibera. John Oyyo abandonó su cargo como presidente ante los crecientes problemas deportivos y, sobre todo, financieros, aceptando el cargo su inseparable Bernard Ngira, que pese a volver a cambiar radicalmente los esquemas deportivos, no levantó la parte económica.

El equipo descendió y el caos se multiplicó, pues los futbolistas cambiaron de club o se marcharon de Kibera. Como si de una agonía se tratara, la cuenta de twitter del club mostró uno a uno los pasos que repercutían letalmente en el final de sus días. Tras pedir ayuda repetidas veces, poner a disposición diferentes números bancarios para aportar dinero e incluso mostrar cómo sus futbolistas no podían acudir a los partidos por falta de recursos para trasladarse, el caos se cumplía. En sus últimos mensajes, se solicitaba ayuda para uno de sus jugadores, Victor Molokwu, un sólido defensa de gran físico y fuerza que había sido elegido para pasar unas pruebas con un equipo de Armenia y otro de las Islas Maldivas: “Es un sueño que uno de nuestros chicos pueda llegar a ganarse la vida con el fútbol. Ayudemos a que tenga una oportunidad para ser feliz”, repetía en redes con fe.

Reportaje: José David López.

Edición: Francisco Ortí y José David López.

Ilustraciones: Francisco Ortí.

Agradecimientos especiales: Eduardo Molano.

Fotos: Getty y agencias.