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Un futbolista marcado por una jugada. El misterio del despeje de Zaire desvelado por el propio Mwepu Ilunga.

Por Francisco Ortí (@franciscoorti)

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01Mobutu como contexto

Hola, es usted Ilunga Mwepu?”, pregunté entre dudas. “Sí, sí, soy yo”, respondió. Era él. Después de meses de intercambiar correos electrónicos, mensajes de texto o whatsapps en múltiples idiomas, el trabajo por fin encontraba sus frutos. Había llegado a Ilunga. Con apenas tres grados de separación, por cierto. Tras aquella voz ronca y profunda se encontraba uno de los personajes más enigmáticos del fútbol moderno. Reconozco que la conversación no fue sencilla. Desde luego, no nos entendimos bien desde un principio. Mi acartonado francés, aprendido en la escuela, dista mucho del que pueda tener un congoleño de más de sesenta años. Si a eso le sumamos las dificultades añadidas, propias de una conferencia España-Congo vía móvil, el reto parecía cada vez más encrespado. Hasta que uno y otro nos acostumbramos a nuestros respectivos acentos, más que una conversación, la llamada era un ejercicio continuo de criptoanálisis. A tientas y adentrándome en un camino que desconocía, acabé encontrando la complicidad que necesitaba para descubrir su historia.

Las bases estaban claras. Nada de burlas, ni mofas. El objetivo era rebuscar en la trastienda hasta encontrar el origen de su jugada más célebre. Bajo esas premisas, Ilunga no tardó en abrirse y comenzar a contar su historia. Pero, como sucede en muchas ocasiones, una historia resulta incomprensible si se desconoce el contexto. Y el contexto de Ilunga y de aquella selección de Zaire que disputó el Mundial de Alemania en 1974 era Mobutu. La figura del polémico cleptocráta representa principio y final, causa y consecuencia de lo que ocurrió entre Brasil y Zaire. Sin Mobutu, posiblemente Zaire nunca hubiera logrado clasificarse para la Copa del Mundo, pero sin él, Ilunga nunca hubiera llegado a escapar de la barrera que formaba para patear aquel balón. Por lo tanto, antes de diseccionar la jugada protagonizada por el defensa zaireño conviene echar una mirada panorámica a su entorno. Y este ejercicio de contextualización implica una parada obligatoria en la persona del excéntrico Mobutu.

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Desde el momento en el que fue bautizado, Mobutu estaba predestinado a ser lo que fue. Su nombre puede traducirse por guerrero. Y esas connotaciones belicosas le marcaron desde su infancia. Contestaba a sus profesores, fue enviado al ejercito como castigo por su rebeldía y cuando los gobernantes Kasavuru y Lumumba le pidieron ayuda para sellar la paz en el país, Mobutu dio un golpe de estado para asaltar el poder. Poco después se nombró de manera unilateral presidente del país por cinco años. Una vez sentado en el trono se emborrachó de poder. Se vio a sí mismo como un dios en la tierra. Se rebautizó a sí mismo con el elocuente nombre de Mobutu Sese Seko Nkuku Wa Za Banga (que se traduce como ‘el guerrero todopoderoso que, debido a su resistencia y voluntad inflexible, va a ir conquista en conquista, dejando el fuego a su paso’). También rebautizó el país para convertirlo en Zaire -antes y después era el Congo- y comenzó la ‘Zairenización’, nacionalizando todo lo que encontraba a su paso.

Sus decisiones no destacaban precisamente por pensar demasiado en los demás. Prohibió todos los partidos políticos excepto el suyo. También prohibió los trajes y sombreros con estampado de leopardo, excepto los suyos, por supuesto. Su vida privada era igual de incoherente. Tenía dos mujeres y una amante. Paradójicamente, su amante era la hermana gemela de una de sus dos mujeres. En los informativos de la televisión nacional se narraban increíbles hazañas sobrenaturales de Mobutu, contando que a los siete años fue capaz de matar a un león con sus manos o que desvía las balas o las lanzas con su pecho desnudo. Por otro lado, la ley obligaba a exponer retratos de Mobutu en todos los edificios públicos del país. Sus controvertidas decisiones y sus gastos en cuestiones personales (acostumbraba a marcharse de compras a Europa con su séquito) no tardaron en llevar al país a la ruina. Para silenciar las críticas recurrió al manual de estilo del dictador: ‘pan, circo y miedo’. A través de la violencia se infundía el miedo. El pan y circo lo proporcionaría el deporte. El boxeo sería su primera vía propagandística.

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Nuestros éxitos estaban basados en el trabajo. Hicimos un gran trabajo de preparación a las órdenes de Blagoje Vidinic y recogimos los frutos logrando la clasificación para la Copa del Mundo”, nos explica Ilunga. El técnico yugoslavo ya había dirigido a Marruecos en el Mundial de México 70, pero el reto que le esperaba en Alemania era todavía mayor. Zaire representaba algo más. Era la primera selección de la África negra que lograba disputar una Copa del Mundo y, por lo tanto, debía dirigir aquello con sus virtudes y sus defectos. En los pros figuraba la ilusión de un grupo sin miedo que estaba dispuesto a todo por hacer sentir orgulloso a su país y a todo un continente. En los contras, las anomalías propias de un país de sus características, con firmes creencias en poderes sobrenaturales. Mobutu confiaba en sus jugadores, pero no quiso dejar nada al azar. Apeló a lo terrenal (prometió primas grandiosas si hacían un buen papel) y también a lo divino. “Realizaron una selección de los mejores hechiceros. Cogieron al mejor de cada región. Recuerdo ver bajar del autobús del equipo a todo tipo de personas, vestidos con cosas raras. Llevaban hierbas, ungüentos y ajos con olores raros. Le decían a los jugadores ‘aspira esto’ o ‘muerde esto otro’. Era rarísimo”, relata en televisión un periodista que cubrió aquel Mundial.

Ilunga era consciente de que llamaban la atención. “La gente se acercaba a saludarnos y hacerse fotos con nosotros. Era como si nunca hubiesen visto una persona negra”, nos recuerda. En el plano deportivo, reconoce que viajaban sin grandes ambiciones: “no fuimos con la intención de ganar, evidentemente. Estaba Brasil, estaba Alemania, … Había grandes equipos, pero nosotros estábamos decididos a hacerlo bien. No queríamos hacer el ridículo. Íbamos a competir”. Y así lo hicieron. Escocia sería el primer rival en la fase de grupos en la que también deberían enfrentarse a Yugoslavia y Brasil. Zaire perdió aquel partido de debut por 2-0, pero dejó buena imagen. “Jugamos muy bien contra Escocia. Trabajamos bien, aunque no pudimos ganar. Estábamos muy contentos pese a la derrota”, confirma Ilunga. En ese momento el ambiente en la expedición zaireña era idílico más allá del primer revés. Disputar la Copa del Mundo era ya un éxito sin parangón y disfrutaban del cariño de los aficionados alemanes. Sin embargo, como suele suceder todavía en la mayoría de selecciones africanas, el dinero perturbó la paz. O la falta del mismo. A los jugadores se le había prometido importantes primas por clasificarse para el Mundial y tras el encuentro contra Escocia supieron que no las iban a cobrar.

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Los dirigentes de la federación de fútbol del Zaire confirmaron a los jugadores que no había dinero para pagarles. Incluso se desconocía el paradero del dinero que la FIFA había pagado a la federación como premio por la participación en el Mundial. “Nos dijeron que se habían gastado mucho dinero en el viaje y que no quedaba más. Pusieron excusas sin sentido”, explica el internacional zaireño. Esto pasó factura en el siguiente encuentro contra Yugoslavia. “Después de enterarnos de que no nos iban a pagar nos negamos a jugar. No queríamos jugar. Si miras el video se ve claro. Nos paseábamos sobre el campo”, reconoce Ilunga. Horas antes de que se disputara el encuentro los jugadores se habían declarado en huelga. Las presiones del gobierno provocaron que los futbolistas se retractaran y acabaran saltando al terreno de juego. Lo hicieron en cuerpo, pero no en alma. La imagen que dejaron fue paupérrima. Yugoslavia pasó por encima de Zaire sin ningún problema. El marcador de 9-0 hablaba por sí solo. En efecto, los jugadores habían salido al campo, pero desde luego no para jugar. En ningún caso para competir. Fue una huelga activa.

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04El despeje

El sentimiento patriótico del pueblo zaireño dependía en gran medida del rendimiento que ofreciera su selección en el Mundial de Alemania 74. Y no solo eso, sino también la opinión pública sobre Mobutu. El cleptócrata había unido su figura a la de los victoriosos Leopardos, pero estos ya no eran victoriosos, sino que habían encajado la mayor goleada de la historia de los Mundiales y se habían convertido en objeto de mofa de medio mundo. Eran el hazmerreír del universo futbolístico. Si ellos se hundían, Mobutu también. Así que, por su propio bien, el dirigente no podía permitirse que su selección volviera a dejar tan mala imagen. Para motivar a los jugadores ya había utilizado sin éxito el as de oros (prometer primas económicas que nunca llegarían) y el de copas (brebajes milagrosos de los hechiceros que nunca funcionarían). Debía buscar una alternativa, así que decidió recurrir al as de bastos (inculcar miedo a través de la violencia). Pese a que Mobutu no había destacado hasta el momento por cumplir sus promesas, cuando un experto en vulnerar los derechos humanos te amenaza más te vale creerle.

Ganar o morir fue el mensaje que le hizo llegar Mobutu a los internacionales zaireños antes de que disputaran su último partido de la Copa del Mundo contra Brasil. Ilunga nos cuenta como se vivió aquel episodio en el vestuario: “antes del partido contra los brasileños unos hombres vinieron a hablar con nosotros. Se presentaron como la guardia presidencial de Mobutu. Él les había enviado para mandarnos un mensaje. Cerraron el hotel para asegurarse que no hubiera testigos y nos amenazaron. Nos dijeron que si perdíamos por cuatro goles o más ante Brasil, ninguno de nosotros podría volver a casa”. La situación era límite para los jugadores de Zaire. Brasil se había proclamado campeona del mundo en el Mundial anterior (con la mítica Brasil del 70 y sus cinco dieces). Estaba considerada como la mejor selección de la historia y, aunque ya no estaba Pelé, todavía contaba con algunos de los jugadores que habían brillado cuatro años atrás.

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Frenar a Jairzinho, Rivelino y compañía no sería tarea sencilla. Para aumentar la dificultad del reto y redondear el ‘más difícil todavía’, Brasil necesitaba ganar al menos por 3-0 para asegurarse la clasificación a la segunda ronda. Por lo tanto, los brasileños necesitaban marcar tres goles y los zaireños, no encajar más de tres. Con la amenaza todavía resonando en sus cabezas, los jugadores de Zaire saltaron al terreno de juego afectados por el miedo. Les temblaban las piernas. No querían jugar ese partido, como no habían querido jugar contra Yugoslavia, pero no podían permitir que se repitiera el mismo resultado. La humillación era lo de menos. El miedo a la cólera de Mobutu era lo realmente temible. Y el miedo aumentaría cuando a los doce minutos Jairzinho ya había puesto por delante a los brasileños. En menos de un cuarto de hora, Brasil ya había marcado el primero y quedaba todo un mundo por delante. 78 minutos en los que no podían encajar más de dos goles.

El partido apestaba a goleada, pero, de manera sorprendente, Brasil estaba atascado. No llegaban los goles. Zaire se defendía con uñas y dientes. Pero conforme más se acercaba el final del encuentro crecían las prisas de los brasileños y los nervios de los africanos. A los 66 minutos, Rivelino hizo el 2-0 para Brasil. La Canarinha estaba a un gol de la clasificación matemática para la siguiente fase, los zaireños, a dos tantos de no poder regresar a su país. A los 78 minutos Brasil dispuso de una falta muy peligrosa en la frontal del área africana. Con lanzadores como Rivelino aquella acción era medio gol. La presión era altísima y venció a Ilunga. El defensa no soportaba continuar sobre el terreno de juego. Fue entonces cuando se produjo una de las jugadas más emblemáticas de la historia del fútbol. El balón estaba plantado, esperando a que Brasil ejecutara la falta. Los jugadores brasileños discutían a su lado, intentando decidir que debían hacer. Ilunga se encontraba formando la barrera cuando rompió todos los cánones establecidos. Escapó del muro que componían sus compañeros y fue directo hacia la pelota. Sin mediar palabra le propinó un patadón al esférico, para mandarla lo más lejos posible.

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Todo el estadio quedó mudo durante unos segundos, sin poder asimilar lo que acaba de suceder. Acto seguido ese silencio se transformó en risa. El árbitro rumano Nicolae Rainea estuvo condescendiente y amonestó con cartulina amarilla a Ilunga, que parecía consternado con la situación. Todo el mundo entendió que la acción estaba provocada por la falta de conocimiento de las normas por parte de los jugadores africanos y así ha pasado a la posteridad, pero se trata de una interpretación errónea. “Lo hice a propósito. Por supuesto que conocía las normas del juego. ¿Había jugado muchos años al fútbol antes de ese partido, sabes? ¿Cómo demonios iba a no saber las reglas?”, nos pregunta enojado Ilunga. La realidad es que el defensa no quería continuar sobre el terreno de juego. Quería marcharse al igual que lo había hecho contra Yugoslavia y con esa acción buscaba ser expulsado. No había desconocimiento, ni ingenuidad. Más bien, todo lo contrario. Era un acto de rebeldía. Un grito contra su gobierno.

“No tenía ninguna razón para continuar jugando. No quería arriesgarme y lesionarme, mientras que los dirigentes de mi país se enriquecían a mi costa. Conozco las reglas muy bien. Quería marcharme del partido. Intentaba forzar mi expulsión, pero el árbitro no fue severo conmigo y sólo me mostró una tarjeta amarilla”, nos cuenta Ilunga, quien todavía no olvida las risas de los presentes. “Los jugadores brasileños se reían, pensaban que era divertido. Los aficionados también. Me sentía muy enfadado con ellos en ese momento. No sabían la presión que estábamos sufriendo nosotros como para que encima tuviéramos que aguantar sus burlas. Fue muy doloroso”, cuenta. Brasil acabó marcando un gol más y el 3-0 se convirtió en el resultado definitivo, que dejaba satisfecho a todas las partes. Los brasileños se clasificaban para la siguiente fase y los zaireños podrían regresar a su país. Ilunga, sin embargo, había quedado marcado para siempre, convertido en un bufón que nunca fue. Era un rebelde al que nadie entendió.

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AMARILLA

Reportaje: Francisco Ortí.

Edición: Francisco Ortí y José David López.

Ilustraciones: Ever Domínguez, Edgar Rozo, AkyAnime y Francisco Ortí

Fotos: Getty y agencias.