Estimado camarada Peter Ducke
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Alex creció creyendo que la vida se resumía en tres verdades absolutas: su madre cocinaba el mejor Käsekuchen (pastel de queso) de Alemania Federal, si corría más rápido que nadie enamoraría a su compañera de clase Katja y el capitalismo constituía la mejor forma de gobierno. El catalizador de esta línea de pensamiento tan impropia de un niño era su padre. Liberal convencido, Rainer adoctrinó a su hijo en los valores mercantilistas. Evidentemente, no todas las enseñanzas incluían contenido político, aunque sí la mayor parte de ellas. En cualquier caso, Alex confiaba ciegamente en su padre y en todas y cada una de sus enseñanzas. Constantemente le reclamaba consejos y los seguía con devoción. Presumía de los talentos culinarios de su madre, se apuntó al equipo de atletismo del colegio y criticaba a los comunistas del mismo modo en el que lo hacía su padre. Y así fue hasta que, como suele ser habitual, una mujer lo cambió todo.

A los 12 años, Alex cuestionó su universo por amor. O, mejor dicho, por la ausencia del mismo. Pese a que era el más rápido de clase, Katja no parecía estar muy enamorada de él. Menos todavía cuando la descubrió besando al gordo de Franz. Desde luego, no era un gesto que invitase a pensar que Alex la tenía en el bote. Ese beso en los labios de otro fue catártico para él. Cambió radicalmente el modo en el que veía el mundo. Le dio un vuelco de 180 grados. Si su padre estaba equivocado con respecto a Katja, probablemente lo estaría en todo lo demás, por lo que la solución era convertirse en lo opuesto a él. Odiar los postres de su madre. Y a su madre también, ya de paso. Dejar de hacer deporte y abrazar el capitalismo con la discreción obligada por el contexto político.

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Mapa de la RDA

Mientras decenas de alemanes morían en Berlín Este intentando cruzar la frontera, Alex creció admirando lo que sucedía más allá del muro. Anhelaba un mundo vestido de camisas grises, conducía Trabants y peinaba (o no) unas barbas pobladas. Al igual que Wolfgang Becker en ‘Good Bye, Lenin!’, Alex convirtió su habitación en un oasis comunista, un búnker anacrónico inmune a la evolución de la sociedad. Leía a Lenin, a Marx, a Engels. Soñaba viajar al espacio como Sigmund Jähn y admiraba todo aquel aroma que llegara soplado por los vientos del este. Su afición al fútbol no quedó exenta de su filia comunista. Su padre era seguidor del Hertha de Berlín. Su abuelo era seguidor del Hertha de Berlín. Y según le contaron también lo fue su bisabuelo. Él, sin embargo, prefería animar a un equipo que estuviera al otro lado del muro. Aunque no tenía claro cuál. Genética y socialmente estaba predispuesto para seguir la herencia familiar y emocionarse con los goles del Hertha, pero sus principios se lo impedían.

Decidió que sería aficionado de un equipo de Alemania del Este. Comenzó el casting para decidir cual. Los ordenó por colores, por títulos, por proximidad… Hasta hizo un ranking de los que tenían el mejor escudo. El Berliner FC Dynamo era el que más títulos ganaba. También el Dynamo Dresden acostumbraba a nutrir sus vitrinas con relativa frecuencia. Y el SC Wismut Karl-Marx-Stadt tenía encanto por su nombre. Cualquiera de los tres hubiera representado una opción lógica, pero fue otro el equipo que le llamó la atención: el FC Carl Zeiss Jena. No era el equipo con más trofeos, ni el que mejor jugaba, pero tenía algo especial. Tenía a Peter Ducke. Peter el oscuro, según los comentaristas de la radio. Era un jugador especial, diferente a todos los demás y Alex cayó rendido a sus pies. Sus goles, sus regates, sus enfados con rivales y compañeros a partes iguales le conquistaron. Mientras sus compañeros de clase erigían altares para idolatrar a Franz Beckenbauer, Gerd Muller o Gunter Netzer, Alex solo tenía ojos para Peter Ducke. Para él, era el mejor jugador sobre la faz de la tierra y esa cuestión no admitía debate. Se convirtió en el héroe de sus tardes.

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Peter Ducke era especial a ojos de Alex y lo hubiera sido también a ojos de cualquier otro. Es un cliché describir a un futbolista como un jugador distinto a todos los demás, pero en el caso de Peter Ducke no existe mejor manera de calificarlo. Caprichoso, temperamental y con un carácter explosivo. Era un delantero difícil de controlar tanto para las defensas rivales como para sus entrenadores. Se le recuerda como uno de los mejores jugadores de la RDA. Jugó 352 partidos de la Oberliga (liga de Alemania del Este) y marcó 153 goles. Su currículo se completa con 14 goles en 41 partidos de la Copa de Europa, 68 veces internacional, medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1972 y elegido mejor jugador de la RDA en 1971. Sin embargo, su rasgo más característico era su carácter indomable. Esa impulsividad provocó que se le bautizara ‘Schwarzer Peter’ (Peter, el oscuro). “Yo era un jugador muy temperamental e impulsivo, pero eso formaba también parte de mi juego. Soy consciente de que no era un jugador fácil de manejar para los técnicos. Siempre hacía lo que me apetecía, pero el equipo sabía que salía beneficiado de mi presencia en el campo”, reconoce en una entrevista publicada por la revista alemana 11 Freunde.

Peter Ducke respondía al patrón del tipo solitario que vaga de bar en bar enzarzándose en alguna pelea a la mínima provocación. Su sino era acabar tendido en alguna cuneta tras recibir una paliza de unos desconocidos, pero tenía un don para jugar a fútbol. Continuaba metiéndose en peleas a la primera de cambio y, al mismo tiempo, marcaba goles y ganaba partidos para el FC Carl Zeiss Jena. El equipo era rehén de su talento. Tenía vía libre para hacer lo que le viniera en gana, puesto que, tanto sus compañeros como el entrenador, eran conscientes de que el precio que tenían que pagar aguantando sus caprichos era barato para lo mucho que aportaba al equipo. “Mis compañeros solían salir en mi defensa. Cuando me encaraba con el árbitro, mi hermano se interponía y me gritaba que desapareciera de allí”, confiesa Peter.

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Ese hermano al que hace referencia era Roland Ducke, con quien compartió vestuario en el FC Carl Zeiss Jena. Peter (14 de octubre de 1941, Alemania) era un delantero anárquico y letal. Roland (19 de noviembre de 1934, Checoslovaquia / 26 de junio de 2005, Alemania) actuaba más retrasado moviendo los hilos del equipo y controlando a su hermano menor. Peter era el talento; Roland, el cerebro. “Mi hermano mayor era quien mejor me sabía aconsejar”, explica Peter. Juntos formaron la columna vertebral del equipo durante once temporadas y vistieron al mismo tiempo la camiseta de la selección nacional de la RDA en 17 encuentros. La figura de Roland era clave para entender y calmar a Peter. Sin él, la oscuridad de Peter podría secuestrar su talento, el equipo saldría perjudicado y, probablemente, se quedaría con un jugador menos en no pocos momentos del partido. Pese a todo, asumir ese riesgo parecía algo lógico. Peter Ducke era capaz de ganar un partido por sí solo. Literalmente. Nunca pasaba el balón. Su individualismo era tal que incluso podría haberse considerado hiriente para los ideales del comunismo.

Era terco y luchaba sus propias guerras, totalmente ajeno a cuestiones colectivas. Esta actitud fue creciendo conforme engordaba su ego, pero le era innata. En una ocasión, uno de los entrenadores que tuvo durante su infancia le sentó en el banquillo porque perdía demasiados balones y no combinaba con sus compañeros. El castigo tan solo duró unos minutos. “Sin mí nada funcionaba, así que me puso a jugar de nuevo poco después”, recuerda Ducke. Naturalmente, su actitud irreverente ante todo lo que le rodeaba provocaba un sentimiento maniqueísta respecto a su figura. Unos le odiaban y otros le amaban. Por norma general, la frontera la marcaba el escudo que defendías. Los seguidores del FC Carl Zeiss Jena le admiraban. El resto, no. Recibir a Peter Ducke con todo tipo de insultos se convirtió en una tradición en los campos de la RDA. Lejos de amilanarle, aquello le encantaba. “Supongo que por mi carácter era un jugador que generaba tanta admiración como odio y eso me encantaba. Cuando jugábamos a domicilio la afición rival solía silbar cuando por los altavoces del estadio sonaba mi nombre. Era como un concierto de silbidos. Aquello era música para mis oídos”, presume quien fuera uno de los jugadores más perseguidos de la Oberliga.

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Tras la Segunda Guerra Mundial, el nuevo contexto geopolítico transformó los mapas de Europa. Las fronteras comenzaron a cambiar de lugar más rápido de lo que se actualiza una página de Wikipedia, separando familias, robando ciudades y seccionando países. Peter Ducke llegó al mundo en medio de esta danza de fronteras movedizas. Nació durante la Segunda Guerra Mundial en Bensen, Alemania. Siete años atrás su hermano había nacido en la misma ciudad, pero entonces pertenecía a Checoslovaquia. Hoy, Bensen ha sido rebautizada Benesov nad Pliunici y se encuentra dentro de los límites de la República Checa. Además, la familia Ducke pertenece a la etnia de los alemanes sudetes, quienes fueron declarados checoslovacos pese a su fuerte sentimiento alemán después de que se desmembrara el Imperio Austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial. Con esta perenne transformación del concepto de patria, desarrollar un sentimiento de pertenencia o identidad nacional suponía un desmedido ejercicio de fe.

Pero mientras su Bensen pasaba de país en país saltando fronteras como la comba en el patio del colegio, Peter Ducke siempre se negó a cambiar de equipo. Tal vez buscando compensar la ausencia de raíces en su tierra natal, bien por trabas del gobierno comunista o sencillamente porque allí era feliz, Peter Ducke siempre le fue fiel al FC Carl Zeiss. Jena fue la única ciudad que disfrutó de su fútbol. Un One Club Man de la RDA. Su hermano Roland también disputó la mayor parte de su carrera vistiendo la camiseta del FC Carl Zeiss, pero antes militó durante dos temporadas en el BSG Motor Schönebeck. Pese a sus 16 temporadas en Jena, Roland no puede ser un One Club Man como su hermano menor. Sin embargo, la relación entre Peter Ducke y el FC Carl Zeiss no hubiera existido de no ser por Roland. Sin él jamás se habrían conocido.

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Y es que Peter Ducke coqueteó por primera vez con el FC Carl Zeiss después de que fichara a su hermano. Aunque esta peculiar relación de amor no comenzó del todo bien. En 1955, Roland se mudó a Jena para continuar su carrera en el fútbol profesional y pidió que le dieran una oportunidad a su hermano de 16 años. El club accedió, pero Peter no superó la prueba. “Demasiado individualista”, dijeron. Y le enviaron a casa. Cuatro años después tendría una segunda oportunidad. El FC Carl Zeiss le redescubrió disputando un campeonato con la selección juvenil de Alemania de Este y, esta vez sí, le abrió sus puertas. La conexión fue inmediata. Peter Ducke no tardaría en convertirse en un ídolo de la grada y comenzaron a llegar los títulos.

Durante los 18 años en los que formó parte de la plantilla, ganó la Oberliga en tres ocasiones (1963, 1968 y 1970) y la FDGB Cup Pokal otras tres veces (1960, 1972 y 1974). También fue subcampeón de liga en siete ocasiones. En lo que se refiere a títulos personales, el periódico Deutsches Sportecho le nombró mejor delantero de la temporada 1962/63, de la que también fue máximo goleador con 19 tantos. En 1965 fue nombrado deportista del año, en 1971 se le coronó como mejor futbolista del país. Con él en sus filas, el FC Carl Zeiss Jena se convirtió en uno de los equipos más potentes de Alemania del Este. El equipo crecía, competía en Europa, ganaba títulos y, al mismo tiempo, Peter Ducke alimentaba su figura de ídolo local. Allí era feliz y contaba con el apoyo de los dos entrenadores que tuvo durante esos años: Georg Buschner y Hans Meyer. Aunque no digirió demasiado bien la transición de uno a otro.

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Buschner era un técnico veterano y autoritario que pasaría a la historia por dirigir a la selección de Alemania del Este en su única participación en un Mundial (Alemania 74). Hans Meyer, un símbolo de los banquillos de Alemania tras la reunificación y único entrenador capaz de ganar la DFB Pokal y la FDGB Pokal, era joven y de la nueva escuela. Cuando en 1971 recogió el testigo de Buschner para convertirse en entrenador del FC Carl Zeiss Jena apenas tenía 29 años. A Peter Ducke le costó asumir que debía recibir órdenes de alguien más joven que él y con el que había compartido vestuario años atrás. Su carácter impulsivo necesitaba de una figura paterna para mantener bajo control. Sin ella corría peligro de explotar. “En un principio me costó asimilar que un chaval de 29 años fuese mi entrenador. Georg Buschner era una figura con una autoridad absoluta y ahora me daba instrucciones alguien más joven que no. Me preguntaba a mí mismo como podría manejar aquella situación, pero Meyer supo manejarme. Había trabajado de asistente para Buschner y me conocía. Sabía sacarme partido y lo consiguió. No era sencillo porque yo era un jugador complicado”, apunta Ducke. Meyer logró domar a la bestia para que mantuviera su nivel de juego. Y hoy todavía son grandes amigos.

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“Me costó asimilar que un chaval de 29 años fuese mi entrenador, pero Meyer supo manejarme”

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Al mismo tiempo que brillaba en el FC Carl Zeiss Jena era también actor principal de uno de los ejercicios de patriotismo más surrealista que se recuerda: las dos selecciones de Alemania. Tras la Segunda Guerra Mundial y la partición del Tercer Reich, el país quedó dividido, pero también su fútbol. La selección sufrió un proceso de mitosis del que nacieron las selecciones de Alemania Democrática y Alemania Federal. Ambas fueron reconocidas por la FIFA y convivieron desde 1952 hasta 1990. Peter Ducke disputó 68 partidos con la selección de Alemania del Este. Como embajador futbolístico de la RDA vivió algunos de los mejores momentos de su carrera.

El mayor de todos se produjo en 1972, con la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Munich 72. Alemania del Este superó la fase de grupos goleando a Ghana (4-0) y Colombia (6-1), mientras solo perdió ante Polonia (2-1), que posteriormente sería la campeona. La segunda fase se dividía en dos grupos. Los primeros de cada grupo pelearían por el oro; los dos segundos, por el bronce. Alemania empezó perdiendo contra Hungría (2-0), pero enderezó el camino arrollando a México (7-0). El partido decisivo sería contra sus vecinos de Alemania Federal. Los del Este ganaron por 3-2 sellando el pase a la pelea por el bronce, donde vencieron a la Unión Soviética. Peter Ducke jugó los siete partidos de aquel torneo y se colgó la medalla olímpica.

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Selección de Alemania RDA

Dos años más tarde también formaría parte de los elegidos para representar a Alemania del Este en el Mundial de Alemania 74. Al igual que en los Juegos Olímpicos de 1972, el seleccionador Georg Buschner, quien fuera su primer entrenador en el FC Carl Zeiss, le incluyó la lista de 22 seleccionados. Sin embargo, Peter Ducke no tuvo un papel tan importante como en Múnich ‘72. Participó únicamente en tres partidos (contra Chile en la primera fase y ante Argentina y Holanda en la segunda ronda) y saliendo siempre desde el banquillo. Peter tenía entonces 32 años. Era ya un jugador veterano y esa misma temporada había sufrido una grave lesión de menisco, por lo que no se encontraba en sus mejores condiciones físicas.

Pese a todo, tiene el honor de formar parte del reducido elenco de jugadores que ha disputado la única Copa del Mundo para la que ha conseguido clasificarse la selección de la RDA y estuvo (sentado en el banquillo) en el histórico partido entre las dos Alemania. El 22 de junio de 1974, la República Democrática Alemania y la República Federal de Alemania se vieron las caras en el último partido del Grupo 1. Ganó el Este por 1-0 el inolvidable gol de Sparwasser. Esa derrota es recordado como uno de los más dolorosos de la historia de Alemania Federal, aunque fue clave para que encontrara un camino más sencillo hasta la final. El liderato del Grupo 1 encuadró a los del Este con Holanda, Brasil y Argentina y quedaron eliminados. El Oeste coincidió con Polonia, Suecia y Yugoslavia y acabó proclamándose campeona del mundo al derrotar a Holanda en la final.

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Pero más allá del contexto deportivo, representar a la RDA suponía una experiencia vital para Peter Ducke y el resto de internacionales. Crecer bajo un gobierno hermético como lo era el socialista provocaba desconocimiento del mundo que les rodeaba. El ocultismo del entorno es habitual en este tipo de contextos y más durante la Guerra Fría. Por ello, cada desplazamiento al extranjero con la selección para disputar partidos internacionales se transformaba una absoluta aventura. Un viaje a lo desconocido. “Viajar con la selección era algo increíble. Estuvimos en Sudamérica y recuerdo que me quedaba con la boca abierta al ver todos aquellos países. Jugaba en campos de 40.000 espectadores en los que se habían vendido todas las entradas”. Gracias a estos viajes, ellos descubrían el mundo y el mundo descubría a Alemania del Este. “Recuerdo perfectamente cuando nos recibían y los periodistas nos preguntaban si veníamos de Munich, Colonia o Frankfurt. Les explicábamos que éramos de Jena, Leipzig y Rostock. De Alemania del Este. A los periodistas les parecía cómico y nos preguntaban porque hacíamos dos selecciones en lugar de una. No era una mala pregunta”, cuenta Peter Ducke, quien continuó siendo un hijo de la RDA hasta la reunificación y todavía hoy reside en Jena. Tras colgar las botas en 1977, el gobierno le impidió ser entrenador y le resignó como profesor de educación física en un instituto de la ciudad. Jamás traicionó a Alemania del Este.

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Reportaje: Francisco Ortí.

Edición: Francisco Ortí y José David López.

Ilustraciones: Santiago Toscani y Jorge Carvajal.

Fotos: Getty, Bild y agencias.