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Por Alberto Piñero | @pineroalberto

Quién es el mejor? “El ser humano es un ser social por naturaleza”, decía ya Aristóteles hace dos mil trescientos años. Y como ser social, siente la necesidad de establecer no sólo roles, sino también clasificaciones, que definan diferentes estatus. Forma parte de la naturaleza misma, como decía el filósofo griego, más allá de la condición humana. Sin embargo, aunque los animales también gustan de sentir algún líder en sus manadas, no son tan meticulosos como el ser humano, competitivo por ocio y no sólo por necesidades primarias. Y competitivo además en cualquier ámbito de la vida, desde escupir los huesos de aceitunas más lejos que nadie, a salir el primero con el automóvil tras un semáforo en rojo. Ni qué decir tiene en lo que se refiere a los deportes. Ni qué decir tiene, por tanto, en lo que se refiere al deporte rey, el fútbol.

Con competiciones en formato de liga, de eliminatoria, o mixtas por todo lo largo y ancho del planeta desde que a finales del siglo XIX naciera en Inglaterra, fue casi un siglo después, en 1952, cuando el fútbol vivió su primer intento de definir quién debía ostentar el honor de ser el mejor equipo del mundo. Venezuela acogía la llamada Pequeña Copa del Mundo de clubes al abrigo de un importante grupo de empresarios nacionales, que llamaban a los equipos europeos campeones de la ya extinta Copa Latina, junto con algunos de los mejores equipos de Latinoamérica. Equipos legendarios pasaron por este torneo, como el Real Madrid de las cinco Copas de Europa, el ‘Ballet Azul’ de Millonarios de Bogotá de Alfredo Di Stéfano, o el Barcelona de Kubala y Ramallets. Algunos de los cuales, todavía destacan a día de hoy en sus respectivos palmarés estas conquistas, pese a la corta vigencia de este torneo intercontinental.

Trofeo de la Pequeña Copa del Mundo

Real Madrid, Millonarios de Bogotá, Botafogo y La Salle FC disputaron la Pequeña Copa del Mundo en Venezuela en 1952.

Y es que la creación de la Copa de Europa en abril de 1955 le robó inevitablemente el protagonismo. En el Viejo Continente ansiaban también con encontrar la forma de dirimir sus disputas internacionales sobre qué equipo era el más potente, y Gabriel Hanot –editor de L’Equipe-, Jacques Ferran y Santiago Bernabéu encontraron una suerte de formato al gusto de UEFA. Enseguida acaparó la atención de los ya masivos aficionados al fútbol en Europa, fagocitando así la Copa Latina en apenas dos años. En consecuencia, también en 1957, se celebraba la última edición de la Pequeña Copa del Mundo. Venezuela intentaría retomar luego el torneo en 1963 bajo el nombre de Trofeo Ciudad de Caracas, pero el lustre ya no era el mismo. No ayudó en nada el secuestro de Alfredo Di Stéfano en esa primera reedición. Pero sobre todo, no ayudó en nada la creación de la Copa Intercontinental en 1960, el torneo definitivamente heredero de la Pequeña Copa del Mundo y, durante 44 años, el campeonato más legitimado para definir al mejor equipo del mundo en el fútbol.

Aunque esa legitimidad no siempre casó con el prestigio siquiera. Impulsada esta vez desde Europa por Henri Delaunay –primer Secretario General de UEFA y precursor a su vez de la Eurocopa de naciones, cuyo trofeo lleva su nombre-, la Copa Intercontinental nació en 1960, el mismo año que la Copa Libertadores, y ya desde un primer momento pretendía dilucidar cuál era el mejor equipo del mundo enfrentando al mejor de Sudamérica con el mejor de Europa. Esto es, al campeón de la Copa Libertadores contra el campeón de la Copa de Europa. Y los primeros años, la expectación fue máxima. ¿Imaginan un duelo entre el mítico Santos de Pelé y el legendario Benfica de Eusebio? Pues esa Copa Intercontinental lo permitió, en lo que ha pasado a los anales como uno de los mejores enfrentamientos de la historia. Y no fueron los únicos duelos imperecederos: el Real Madrid de Di Stéfano contra el Peñarol uruguayo; el todopoderoso Santos frente al Milan de Liedholm, Amarildo, Altafini y Rivera; etcétera. Sin embargo, a finales de los 60 y principios de los 70, esa efusividad se fue perdiendo cual aspirina en agua.

Trofeo Copa Intercontinental

La Copa Intercontinental se convierte en 1960 en el heredero de la Pequeña Copa del Mundo.

Fixture Mundial Clubes 2000
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Se imaginan que hoy el Real Madrid rompiera el mercado para fichar a un delantero centro a precio récord procedente de un campeón inglés como el Arsenal, y que éste no marcara un solo gol en partido oficial hasta el mes de enero? “Imposible en estos tiempos”, dice José Félix Díaz, periodista de Marca que cubrió aquel Mundialito del año 2000. Todos coincidirán con él, lógicamente. Pero catorce años atrás, se vivió esa exacta situación en Concha Espina con Nicolás Anelka. Firmado con 20 añitos, a cambio de 5500 millones de pesetas (unos 33 millones de euros), convirtiéndose así en el fichaje más caro del fútbol español entonces… y de paso, en uno de los más controvertidos en la historia reciente del Real Madrid. Aportando menos luces que sombras durante su única temporada en la capital española, fue precisamente en Brasil donde el ariete francés vivió uno de sus mejores momentos de blanco. Fugazmente, el indolente Anelka lució como si se tratara de un fantasioso y efectivo ‘Anelkinha’, quien sabe si influenciado por la brisa paulista.

Porque fue en Sao Paulo, en el Estadio Morumbi, donde el Real Madrid jugó los partidos de la primera fase del Mundialito. Encuadrado en el grupo A junto a Corinthians, Raja Casablanca y Al Nassr, el debut fue ante el cuadro árabe. “No fue para nada fácil”, rememora Iván Campo, matizando el autoritario 3-1 del electrónico. Abrió el marcador el propio Anelka gracias a un pase en profundidad que le dejó solo ante el portero. Quién sabe si encogido por la presión que soportaban sus espaldas entonces, no fue sin embargo mérito del francés el tanto, sino que se benefició de un rebote en un zaguero para que el balón dibujara una extraña parábola por encima del adelantado portero. Nicolás, el pequeño Nicolás, sonreía mirando a sus compañeros en la celebración, abriendo las manos en claro gesto de nula voluntariedad. Era la noche del 5 de enero. Incapaz de conseguirlo en los cuatro primeros meses de competición, fue en vísperas de la llegada de los Reyes Magos cuando por fin el galo pudo brindarle un gol al madridismo. Puro oro. Y seguramente ya sin esa losa de la sequía goleadora, el ‘19’ blanco se quitó definitivamente el corsé. O como decía Van Nistelrooy, comenzó a evidenciar el ‘efecto ketchup’ en los delanteros: “parece que no cae nada, pero en cuanto cae la primera gota, luego llegan todas de golpe”. Y exactamente eso fue lo que sucedió. Tras el empate del Al Nassr, Anelka inició la jugada del segundo gol –remachado por Raúl con la inestimable colaboración del portero-, para luego después forzar el penalti que daría origen al tercer y definitivo tanto. El particular incienso y la mirra para redondear una noche de Reyes mágica.

El segundo partido de la fase de grupos enfrentaba al Real Madrid con el Corinthians. “Nos jugamos la final”, decía entonces el técnico Vicente Del Bosque. Los brasileños habían ganado también su primer partido y entre los dos se jugaban por tanto un puesto en la final de Maracaná. Que a la postre, sería para el Timao, beneficiado por un empate a dos memorable. Un Anelka desatado golpeó primero, cuando apenas se llevaban disputados veinte minutos de partido. Roberto Carlos botó una falta con tremenda potencia, como acostumbraba, y el francés la desvió de espuela a unos once metros de la portería para convertir el primer gol. El mítico lateral zurdo no podía contener la risa. Nicolás estaba irreconocible.

Edilson, eso sí, quiso disputarle el protagonismo al francés aquella noche. Y lo logró. Pues marcaría los dos siguientes goles para el Corinthians. Ambos con el exterior de su pierna derecha. El primero, al palo largo de un imberbe Casillas. Y el segundo, a falta de veinticinco minutos para el final, por el palo corto tras burlar a Roberto Carlos y a Karembeu, entonces central. Amagó con encarar al brasileño, y cuando el francés salió a su paso, se inventó un túnel bajo sus piernas de ésos que merecen un póster. El órdago estaba echado. La final era de claro color paulista entonces. Pero Anelka se resistió, sacando de la chistera lo mejor de su repertorio para firmar un gol antológico. Y quizás ahora no sabrán de lo que se trata, pero cuando lo recuperen, recordarán dónde estaban y cuándo fue la primera vez que lo vieron. Porque es de esos goles que se quedan grabados con tinta indeleble en la memoria.

Anelka contra el Real Madrid en el Mundial de Clubes

Robo de balón en el centro del campo para los blancos, y Raúl asiste en profundidad a Anelka. Está solo frente al portero de nuevo, pero con el pecho hinchado esta vez, no como ante el Al Nassr. No ha tocado aún la pelota para cuando entra en el balcón del área, el portero está ya a escasos dos metros de distancia, y es entonces y sólo entonces cuando hace una bicicleta con su pierna derecha, amagando la carrera hacia su izquierda. El tiempo se para, Morumbi enmudece, y Dida, desconcertado, se vence hacia el suelo. El quiebro ha surtido su efecto. La primera vez que Anelka toca el balón es para sortear al luego mítico portero brasileño hacia su derecha, y el segundo toque es para alojar definitivamente el cuero en las redes locales. La acción dura apenas cinco mágicos segundos en los que el francés parece deslizarse por el césped como un patinador sobre el hielo, muy lejos de aquel trote cochinero al que acostumbraba, a una velocidad digna de Ayrton Senna, reconocido seguidor del Timao que descansa además a escasos metros del estadio. Quizás fueran los cinco segundos más lúcidos de toda su etapa de blanco. “¿Una locura el fichaje de Anelka? ¡Bendita locura!”, recuerda el periodista de As Chema Mela Chércoles que le decía entonces Lorenzo Sanz. Bendita locura de regate. Como el de Pelé tras un autopase sin tocar el balón, o la triple bicicleta de Ronaldo Nazario ante Marchegiani en la final de la Copa de la UEFA, o la paradinha de R9 en un penalti ante el Atlético Paranaense. Nunca un francés de la majestuosa Versalles pareció portar tanta briosa sangre brasileña por sus venas como Anelka en esa jugada.

“No tengo recuerdos muy agradables de Anelka” – Pirri

“Sería imposible que se viviera un caso como el de Anelka en estos tiempos” – José Félix Díaz

“¿Una locura el fichaje de Anelka? ¡Bendita locura!” – Mela Chércoles

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Savio en el Real Madrid - Corinthians del Mundial de Clubes 2000

Suele suceder en este tipo de citas intercontinentales. Los focos comienzan apuntando hacia una dirección, cuando luego son en realidad esos jugadores de tercera fila los que asoman de entre las sombras para deslumbrar a la gran masa. Karel Poborsky en la Eurocopa de 1996, Angelos Charisteas en la de 2004, Andrei Arshavin en la de 2008, El Hadji Diouf en el Mundial 2002, etcétera, etcétera. Y en el caso del Real Madrid en este Mundialito del año 2000, hubo un nombre propio que todos recuerdan, además del de Anelka, y se trata de Freddy Rincón. El mediocampista colombiano, entonces en ese mismo Corinthians campeón que impidió a los blancos alcanzar la final.

De gran envergadura y 1,88 m de altura, le llamaban El Coloso de Buenaventura por su tremendo despliegue físico. Lo que no impedía que se desenvolviera con naturalidad como mediocampista ofensivo gracias a una pulida técnica. En 1995, un lustro antes de aquel Mundialito, en el Real Madrid tenían ya muy buenos informes de sus aptitudes. Para entonces, Freddy había destacado ya en América de Cali, y había jugado en dos Mundiales con la que posiblemente fuera la mejor selección colombiana de todos los tiempos -con permiso de la actual-, junto a Carlos Valderrama, René Higuita, Faustino Asprilla o Leonel Álvarez, todos ellos dirigidos por Francisco Maturana. Un elenco donde Freddy tuvo un papel importante además, llegando a ser el cuarto jugador de la historia con más partidos en La Tricolor. Pero especialmente lustroso en aquel Mundial de Italia 1990, cuando marcó ante la todopoderosa -y a la postre campeona- Alemania el gol en los minutos finales que les dio la memorable clasificación a los octavos de final de un Mundial por primera vez en su historia. En 1994, Freddy aterrizaría en el Palmeiras para anotar 55 goles en apenas 38 partidos que le valdrían para dar el salto a Europa. Primero al Nápoles, como cedido, porque en Brasil no podían pagarle su alta ficha. Y después, por fin a todo un Real Madrid en ese año 1995, a cambio de unos 4 millones de dólares, y de la mano de Jorge Valdano. Su valedor. Sin embargo, nada salió como cabía esperar.

Hierro en el Real Madrid - Corinthians del Mundial de Clubes 2000

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En ningún momento se vio nada de lo que su carrera previa estaba dejando intuir, llegando ya en un momento de madurez (29 años). Como en Los Tres Cerditos, la pata por debajo de la puerta decía una cosa, pero al abrirla de par en par, no encontrabas lo que esperabas. Zinho, Seedorf y Kily González estaban en la agenda blanca, pero fue el colombiano el que terminó fichando por expresa recomendación del técnico argentino, como quinto extranjero, junto a Redondo, Esnaider, Zamorano y Laudrup. En un tiempo no tan evolucionado en el que sólo ‘cabían’ cuatro extranjeros en la convocatoria definitiva de cada partido. Y esa tremenda competencia fue clave en su adaptación al club. O mejor dicho, en su no adaptación. Y comenzó bien, con un buen debut en la Supercopa de España ante el Deportivo, pero apenas fue un oasis en el desierto que tuvo que atravesar.

El propio Freddy Rincón señalaba las causas de su árido paso por Concha Espina en Marca muchos años después: “No tuve la oportunidad que quise haber tenido. Porque yo pude haber rendido mucho más en el Real Madrid […] Era una época de racismo muy marcado en aquel entonces. Me perjudicó bastante. Hizo que no tuviera la oportunidad de jugar más en el Real Madrid. […] Había cosas o intereses por detrás que no eran tanta culpa de los técnicos. Valdano creía en mí, pero lo que pasa es que estaba en un momento de mucha presión. Tal vez en ese momento él me quería preservar, y por esa presión no pudo darme muchas oportunidades”. Jorge Valdano fue además destituido esa temporada, dando paso a un Arsenio Iglesias que nunca confió en el colombiano, y con el que llegó a tener algún conflicto incluso. Sin fútbol en el césped, sin apoyo en el banquillo y con el racial rechazo de parte de la grada. Peor… imposible, que diría Rossy De Palma. A final de temporada, Freddy Rincón haría las maletas para abandonar el Santiago Bernabéu.

Iker Casillas en el Mundial de Clubes 2000 con el Real Madrid

“No tuve la oportunidad que quise haber tenido. Porque yo pude haber rendido mucho más en el Real Madrid”

“Le veía en los entrenamientos, ¡y como jugador era buenísimo! Muy potente, técnicamente muy bueno, golpeaba el balón con las dos piernas, completísimo. Pero por lo que sea, no se adaptó al Madrid. Por lo que fuese. Pasa a veces. Y Freddy Rincón fue uno de ellos. Pero tenía categoría para jugar en un equipo grande”, rememora Pirri, quien compartió club y equipo con el colombiano.

El avión llevó a Freddy Rincón de vuelta a Brasil entonces. Primero, de nuevo al Palmeiras. Y después, al Corinthians, donde estaría tres temporadas en las que se ganó el reconocimiento y el cariño de todos. Miembro hoy del Salón de la Fama del club, incluso. Era uno de los ejes centrales sobre los que giraba el ataque corinthiano, uno de los purasangres que sostenía en pie al equipo paulista, uno de sus líderes desde la legitimidad que le daba el brazalete de capitán. Con el colombiano en el Timao, conquistaron dos campeonatos brasileiros, un campeonato paulista y el que quizás fuera el trofeo más lustroso de todos: ese Mundialito de Clubes del año 2000, que convirtió a Freddy Rincón en el primer jugador en levantar esa nueva copa al cielo, después además de un dignísimo papel en el campeonato, jugando los 390 minutos posibles, marcando en la tanda de penalties de la final ante el Vasco de Gama de Edmundo y Romario, pero sobre todo, eliminando a ese gigante europeo que era el Real Madrid. El mismo del que había tenido que salir con una mano delante y otra detrás apenas cuatro años antes.

Y decimos eliminando, porque Freddy Rincón influyó directamente en la caída del Real Madrid en Brasil. En primer lugar, en el partido que enfrentó cara a cara al equipo español con el propio Corinthians. Un encuentro de mucha raza para el colombiano, como dicen las crónicas de la época, donde nunca se cansó de batallar en el centro del campo frente a los Redondo, Guti, Savio, Geremi y Raúl. Y donde además contribuyó decisivamente en el resultado con un robo de balón a Fernando Hierro que fue el germen del segundo gol de Edilson (2-1 momentáneo). “Parecía Maradona aquel día”, rememora Mela Chércoles.

Freddy Rincón levanta el título de campeón del Mundial de Clubes 2000
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El empate ante el Corinthians en la segunda jornada hizo mella en la moral de la expedición madridista. El penúltimo campeón de Europa no había podido certificar todavía su pase a la final por la vía directa, y ahora debía enfrentarse al Raja Casablanca en la tercera jornada bajo la imperiosa condición de ganar y estirar la diferencia de goles lo máximo posible para imponerse al Corinthians en la clasificación final, que jugaba después ante el débil Al Nassr conociendo ya el resultado de los blancos. Misión clara: ganar y golear. Pero como si de una película de James Bond se tratara, la trama comenzó a enredarse nada más comenzar la operación. En apenas un tercio del partido, Anelka se lesionó y tuvo que ser sustituido, el Raja Casablanca había impactado ya una imponente falta lejana en el larguero de Iker Casillas, y todavía había logrado adelantarse por medio de Youssef Achami al saque de un córner, ese atemporal y endémico mal de los blancos. Lo que provocó que el equipo marroquí, que no había podido sumar ni un solo punto en ese Mundialito y que no tenía más nada que hacer, se creciera sobremanera ante el gigante español, cuajando minutos de dominio claro. De baile, incluso. O Skikat, que dirían en su tierra. Quién sabe si tuvo algo que ver que apenas dos días antes hubiera terminado su mes del ramadán y ése fuera su primer partido sin el condicionante del ayuno, pero el caso es que parecía que no se le agotaran nunca las fuerzas.

De hecho, entre Hierro y Morientes consiguieron darle la vuelta al marcador en la segunda parte. Pero lo que no lograrían sería extinguir por completo esa sensación de euforia desatada en el Raja, que nunca dejó de creer en poder meterle mano al Real Madrid pese a disponer de una pequeña honda, como David ante Goliat. De ahí que Mustapha Moustaoudia lograra devolver el empate al marcador apenas seis minutos después del gol de Morientes, aprovechando una laguna terrible en el centro de la zaga blanca. Hierro se dejaba las cuerdas vocales contra Karembeu. Claro síntoma de que ese gol trajo de nuevo el nerviosismo a la bancada merengue, viendo que se le escapaba de entre las manos tanto el objetivo de ganar, como por supuesto, el de golear. Y tres minutos después, el colmo de la desgracia. Falta en el centro del campo y un tal El Moubarki se pone a dar toques con el balón, perdiendo tiempo. Roberto Carlos ve la escena y, pese a su siempre afable disposición en el fútbol, no puede contenerse y trata de robarle el cuero, empujón mediante. El jugador marroquí se deja caer el suelo, y varios tirabuzones después, el colegiado decide expulsar a Roberto Carlos. Lo que genera la clásica tangana, fruto del superávit de nervios y tensión. Y es en ese momento cuando Guti entra en acción, dando una alevosa y descarada patada al jugador que está en el suelo. Éste se revuelve, se levanta, y escupe al ‘14’ blanco, con el resultado de la expulsión para ambos. De primero de Ley de Murphy: si algo puede empeorar, lo hará.

En esa última media hora final, el Raja llegó a fallar un gol a puerta vacía, Karembeu sería expulsado, y Geremi (sí, Geremi) daría la victoria final a un Real Madrid con ocho jugadores sobre el césped al saque de un córner en el último minuto. Un 3-2 a favor tan emocionante como caótico que, a la postre, no serviría de nada por la ya mentada victoria del Corinthians en la tercera jornada con ese gol de Freddy Rincón en el minuto 81 (2-0). Y precisamente por ello, porque al final fue vacua, no pudiendo evitar la lógica decepción entre el madridismo, a partir de ese momento el Real Madrid quedó definitivamente instalado en el ojo del huracán. Con dos jugadores claramente en la mirilla: Roberto Carlos y, sobre todo, Guti, por sendas innecesarias expulsiones.

Guti con el Real Madrid en el Mundial de Clubes 2000

Y por qué Guti sobre todo, pensarán algunos. Porque Roberto Carlos ya estaba consolidadísimo en el Real Madrid como uno de sus jugadores más queridos de siempre. Y porque hablar de Guti en el año 2000 no era lo mismo que hablar de Guti a día de hoy. Ese futbolista bipolar, capaz de lo mejor y de lo peor, ángel y demonio a partes iguales. Entonces, el joven José María Gutiérrez apenas contaba 24 primaveras, habían pasado escasos siete meses desde su debut con la selección española, no llevaba ni cinco temporadas completas en el primer equipo, con aproximadamente unos 80 partidos pero apenas 3600 minutos de blanco a cuestas, y sólo había empezado a mostrar parte de su verdadero nivel a partir de la llegada de Vicente del Bosque, relevando a John B. Toshack tan sólo dos meses antes de ese Mundialito en Brasil. En la capital española había quedado impregnado desde el primer día ese rumor que decía que, en las categorías inferiores del Real Madrid, Guti era realmente el jugador más talentoso que se había visto en muchísimos años, y no Raúl ni Álvaro Benito. Pero lo cierto es que, para entonces, y con un año menos, el ‘7’ sumaba cinco veces más minutos que Guti en el Real Madrid, y había dejado ya para el recuerdo el ‘aguanís’, la prejubilación de Juanma López en un derbi y una histórica petición de silencio al Camp Nou. Definitivamente, uno había tirado ya la puerta abajo, destrozada, hecha añicos, mientras que el otro todavía tenía de alguna manera una historia por delante que hacerse. Y esa innecesaria expulsión, falta total de disciplina, amenazaba con marcar el currículum de ese talentoso joven de Torrejón, y no con tinta china precisamente.

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“Hablé con Guti después de su expulsión” – Pirri

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Maracaná en el Mundial de Clubes 2000

Consumado el segundo puesto en la fase de grupos tras jugar ante el Raja Casablanca, el Real Madrid se quedó sin posibilidad de jugar la gran final de Maracaná. Aunque sí que pudo jugar en el mítico estadio brasileño, pero por el tercer y cuarto puesto. Insuficiente consuelo. El rival, el Necaxa mexicano. Ni siquiera el Manchester United, eliminado en el Grupo B. Y con tan poco público que hubieran sobrado asientos si se celebra en Ipurúa en lugar de en Maracaná. Jugó aquel día de negro el Real Madrid. De luto, más bien, para quienes no creen en coincidencias. Del Bosque aprovechó para dar minutos de inicio a los jugadores menos utilizados, como Bizarri, Manolo Sanchís, Dorado o Aitor Karanka. Con semejantes ingredientes no podía resultar una receta deliciosa, claro. Y efectivamente, así fue: un 1-1 sin demasiada historia, que ni siquiera concedió a los blancos el dulzor de la victoria y de los 680 millones de pesetas para el tercer clasificado. Perdió 3-4 en la tanda de penalties, quedando así definitivamente cuarto en el Mundialito de Clubes, por detrás de dos equipos brasileños y un mexicano, con 510 millones de pesetas en los bolsillos, pero con una importante crisis de imagen de su aventura en Brasil.

Por el propio fútbol y los resultados, indudablemente, pero también por la lesión de Anelka, las expulsiones de Guti, Roberto Carlos y Karembeu, o el sarcástico desenlace que trajo consigo la aparición repentina de Freddy Rincón. Pero es que a ello se sumaron una serie de inusuales actitudes reflejadas en los medios de comunicación allí desplazados que agitaron a la opinión pública en España. ¿Se imaginan cómo sería si, a día de hoy, apareciera en una portada un jugador del primer equipo del Real Madrid intimando con la hija del presidente en el hall del hotel de concentración? Pues eso mismo sucedió antes siquiera del debut en Brasil con Míchel Salgado y Malula Sanz, hija del presidente Lorenzo Sanz, y que ahora es su esposa y madre de sus hijos. Y no fue la única bomba informativa entonces. Tras la mala imagen ante el Raja Casablanca (3-2), sorprendió la presencia de los jugadores de excursión en el Cristo del Corcovado nada más aterrizar en Río De Janeiro, con ningún síntoma de desencanto, claro. Se habló también de unas supuestas ofertas del Real Madrid a Dida y Juninho Pernambucano (el Vasco de Gama pidió 3000 millones de pesetas por el menudo atacante) que dejaban en la bandeja de salida a, entre otros, Samuel Etoo por ocupar una de las limitadas plazas de extranjero, sembrando dudas además por ciertas comisiones aparentemente generalizadas en las gestiones de los fichajes blancos. Y el colmo fue la presencia de Anelka de compras en la previa del partido ante el Necaxa. Una serie de desdichas en la ya de por sí caótica y desafortunada expedición a Brasil, que aparecieron en los medios de comunicación a ojos de todos, abriendo así una crisis institucional en el Real para con los medios, y lo más importante, dejando así el poso de que no hubo suficiente esmero en coronarse en el Mundialito de Clubes. Aun cuando fuera un torneo en el que nadie creyese todavía.

McManamman en el Mundial de Clubes 2000 con el Real Madrid

Morientes en el Real Madrid - Necaxa del Mundial de Clubes 2000

Porque equipo sí que tenía, desde luego. Vicente Del Bosque en el banquillo, y sobre el césped nombres como los de un joven Iker Casillas, la bala Roberto Carlos, el almirante Fernando Hierro, el todocampista por excelencia Fernando Redondo, un Raúl entonces desatado, el goleador Morientes, el iniciado Guti, el eficiente Iván Helguera, y hasta el desaprovechado Samuel Etoo, además del incomprendido Nicolás Anelka. Buena parte de la base de jugadores que ganó la Champions League en 1998, de hecho. Sin embargo, faltaba constancia. Y más, en campeonatos todavía no suficientemente legitimados como era aquel Mundialito. “Había buen equipo. En aquel Mundialito se enchufaba el equipo a arrancadas, jugaba diez minutos y parecía que valía. Pero ante equipos sudamericanos que se lo tomaban muy en serio, podía no ser suficiente. En esos años el equipo era bipolar. Daba una imagen en Liga, pero otra en Europa. Los años pares eran los de Europa, y los impares los de la Liga. Parecía que se centraba en un torneo solo, y al final lo ganaba, pero en el resto, nada. Jugaban cuando querían. Ganaban las copas cuando estaban apretados, como la Séptima y la Octava”, rememora José Félix Díaz. Confirmando así las sensaciones que calaron en el público español aquellos primeros días del nuevo milenio.

Nadie en el equipo blanco negó entonces que el Mundialito no había salido como estaba previsto en Concha Espina. Aunque con la privilegiada perspectiva que otorga el tiempo, Iván Campo tiene bastante más claras las posibles causas de aquella serie de catastróficas desdichas. Las de Brasil, que no las de Lemony Snicket. “Hacía muchísimo calor. Lo pasábamos fatal en los partidos, acabábamos exhaustos. Y no es que fuera excusa, pero es que apenas tuvimos tiempo tampoco para prepararnos ni adaptarnos a esas circunstancias en Brasil. Mientras tanto, los equipos brasileños estaban más preparados que nosotros. Físicamente, y también anímicamente. Iban a por todas. Y a nosotros encima no nos salió nada. El penalti de Anelka en el segundo partido, las expulsiones y los goles encajados en el tercero, la tanda de penalties en el partido por el tercer puesto…”, analiza el otrora central madridista.

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Reportaje: Alberto Piñero

Edición: Francisco Ortí y José David López

Ilustraciones: Emilio Sansolini y Francisco Ortí

Fotos: Getty, archivo Marca y agencias.