CABECERADD

Una guerra étnica acabó con miles de vidas y despellejó el origen de un país dividido socialmente, que solo el fútbol fue capaz de unir. La historia de cómo una victoria que clasificaba a Costa de Marfil para su primer Mundial, acabó convertida en una petición expresa de sus estrellas en busca de la paz nacional. Los Elefantes también lloran.

Por José David López (@elenganchejd)

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01Costa de Marfil: Intoxicación política

El animal terrestre más grande del planeta, tiene más de 100.000 músculos diferentes en su cuerpo y aletea sus enormes orejas en busca de aire que se apiade de las altas temperaturas del África occidental. Capaz de agarrar objetos pequeños con dos semi-dedos en el límite de su trompa y de cavar varios metros de profundidad en busca de agua con sus grandes colmillos, el Elefante africano, es el gran referente de Costa de Marfil. Tan valioso es para el país la existencia (cada vez menor) de estos mamíferos gigantescos, que el nombre nació de la influencia del marfil de sus colmillos, lo que generó hace muchas décadas un violento comercio ilegal que persigue a cada ejemplar aún hoy. Una cacería que les extermina y que hiere diariamente la identidad nacional. Aquello que te dio nombre, origen y pertenencia, doblegado a la inconsciencia y nula ética del ser humano. Tras haber sido ‘colonia’ francesa y hasta república autónoma gala durante algunos años, Costa de Marfil se independizó el 7 de agosto de 1960 y estableció Abiyán como su capital. Era el inicio de la libertad. Era el inicio del caos.

Félix Houphouët-Boigny, será para siempre el hombre más importante de la sociedad-política marfileña, pues tras ser la voz de la independencia para todos los territorios africanos occidentales franceses y ser ministro del gobierno francés, logró sus metas presidiendo la república marfileña y liderando el Parti Démocratique de la Côte d’Ivoire (PDCI). Acuerdos en beneficio de los granjeros así como importantes mejoras salariales globales, fue capaz de lograr grandes metas económicas pero, sobre todo, mantuvo paz y estabilidad social a través de sus doctrinas. En 1990, tras más de treinta años en diferentes cargos, arrasó en las primeras elecciones multipartidarias el país, con más del 85% de los votos. No se respondía a una democracia absoluta, pero con prosperidad y tranquilidad social, todo era armonía en torno al líder. ‘El Padre de la Nación’, como se conocía a Houphouët-Boigny, creó miles de puestos de trabajo, globalizó la tolerancia étnica y religiosa como regla y fue capaz de mantener el equilibrio construyendo mezquitas musulmanas cerca de las iglesias cristianas. La tranquilidad de un país con desarrollo industrial creciente, apaciguaba cualquier desequilibrio, por lo que la estabilidad reinaba en días laborables y se exaltaba los fines de semana gracias al fútbol.

Durante el dominio del Parti Démocratique, y tal y como ocurre de manera casi irracional en todo el continente africano, el fútbol tiene un poder absolutamente trascendental sobre la sociedad. En Costa de Marfil, nunca gozaron de trascendencia suficiente como para imaginarse compitiendo con los mejores del mundo, pues solo alguna clasificación para el campeonato de naciones africanas durante décadas post-independencia, ya hacía imaginar un destino tan equilibrado como sus ciudadanos. El torneo nacional no gozaba de reputación continental, apenas existían escuelas donde poder generar ilusiones para el futuro y los resultados nunca eran positivos cuando los cruces les enfrentaban a clubes de países con mayor capacidad futbolística. Pero en los mejores años del país como emergente economía africana, apareció el milagro.

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02Goles, elemento de unión nacional

Aquella desconocida generación que llevó el éxito futbolero a Costa de Marfil en los últimos días de Houphouët-Boigny, no perduró más allá de ese sueño de 1992 con la CAN milagrosamente lograda. Paralelamente y en mitad del conflicto nacional, la pelota nunca dejó de rodar entre los refugiados, entre los saqueos, entre la barbarie y hasta entre los niños, que crecieron con un machete en las manos y un balón de fútbol en los pies. Cuando tocaba elegir un destino, las manos eran la salida sencilla, natural en momentos de ruína y hasta la única que parecía tener una salida con vida en la batalla por o morir día a día. Pero entre la apoteosis de una sociedad desolada, aparecieron resquicios bondadosos y pequeños rincones donde la búsqueda de paz, se encontraba bajo otros sustentos. Una serie de ex futbolistas de poco renombre pero mucho trabajo y, sobre todo, varios extranjeros que sentían Costa de Marfil como su territorio, generaron un sentimiento futbolístico inigualable en diferentes zonas estables del país. Se trataba de mezclar culturas, sentimientos, llantos y esperanzas. Se trataba de mezclar goles, paradas, balones y porterías. Se trababa, de otorgar paz en tiempos de caos. Juntos, crearon diversas escuelas donde poder estructurar a chicos que lo habían perdido todo (familia, dinero, casa, y hasta documentación), sin diferenciar origen, raza, etnia o religión. Un epicentro de estabilidad emocional en torno a la pelota.

De todos ellos, fue el entrenador francés Jean-Marc Guillou, quien mayor trascendencia logró. El otrora mundialista en 1978, marchó un día en los noventa a Costa de Marfil y se hizo dueño de todo lo relacionado con el balón. Su poder aumentó mucho y con grandes dotes para recoger esperanzas entre los niños y adolescentes afectados, intentó sacarles de la barbarie diaria con una cultura apoyada en el fútbol y en las doctrinas que él había aprendido en su vida como deportista de élite. Así, con el apoyo de diversas asociaciones, creó una auténtica escuela en la ciudad de Abidján, la conocida Sol Béni, donde cada día se entrenaban los pequeños niños ‘olvidados’ con intención de ir creciendo en sus habilidades, salir del temblor que lejos de allí se vivía y conservar sueños que, sin la pelota, parecían una utopía. Durante una década, cultivó valores y transformó la vida de quienes se acercaban hasta su esquina pacificadora, logrando enorme valor deportivo por los resultados de los chicos a los que dirigió. Tanto, que antes de que acabara el siglo, se haría cargo del equipo más famoso de la ciudad, el ASEC de Abidján, con lo que sus aspiraciones y conocimientos del fútbol africano y marfileño en particular crecieron drásticamente en un ambiente estable por los miles de seguidores que le apoyaban.

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Un día, Guillou retornó a Europa para seguir buscando soluciones a todos aquellos a quien había dirigido y conocido en la pesadilla marfileña, hasta que logró hacerse cargo de un modesto del fútbol belga, el Beveren (hoy, Waasland-Beveren, incrustado en la Jupiler Pro League, el primer nivel del fútbol belga). El galo, que mantenía aún el mando de las escuelas en África, se aseguró acuerdos y pactos institucionales con el club marfileño, lo que pronto originó cambios excepcionales e impensables entre quienes esperaban cualquier ayuda a miles de kilómetros. Casi nada más pisar suelo belga, el técnico se llevó a varios de sus jóvenes valores marfileños con él, lo que supuso el desembarco año tras año de nuevos chicos con la opción de despuntar en Europa y sin la presión de un equipo grande. El cupo servía al menos para que el equipo no perdiera la categoría y cumpliera sus objetivos con trabajo, yendo en aumento cada año hasta llegar a cifras inimaginables. Durante una temporada, 15 de los 23 futbolistas de su primera plantilla, eran marfileños que se formaron en las escuelas de Abidján con el que ahora era son solo su entrenador, sino su salvador. Todos conocían la finalidad de este “método”. El club ponía su césped, sus medios y, sobre todo, su privilegiada posición sin presiones en el primer nivel belga. Los jóvenes tenían una oportunidad de oro y, si no daban el resultado esperado o no aparecía ningún comprador tras unos años, eran devueltos a las escuelas de su país. Todos los contratos eran de dos años máximo para asegurarse un rendimiento óptimo en busca de metas más importantes y, en lo económico, cualquier tranquilidad para cubrir sus necesidades básicas, ya era un regalo sobrehumano hacia ellos.

Guillou estableció un vínculo imborrable entre Beveren y Abidján pero, sobre todo, generó un acceso directo para muchos de sus jóvenes talentos marfileños rumbo a las competiciones y clubes más interesantes de Europa. De su ‘promoción’, de aquellos chicos a los que aleccionó en mitad de la Guerra civil, destacan Aruna Dindane, Kolo y Yaya Touré, Didier Zokora, Arthur Boka, Blaise Kouassi, Barry Copa, Yapi-Yapo… que encontraron acomodo y sueños en diferentes epicentros europeos gracias a la labor del entrenador francés. Muchos de esos nuevos valores exportados, se reunían cada cierto tiempo para defender el honor internacional de su país con la camiseta de la selección de Costa de Marfil. Era la generación rebelde, la que unía a futbolistas cristianos del sur, musulmanes del norte y hasta de etnias estrictamente marfileñas. Pero sobre todo, era el grupo que respondía por todo el país en el periodo más complicado de su historia.

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