Menotti vs Bilardo

Rabanito: Hortaliza de raíz de fácil cultivo. La base del tallo y parte de la raíz se encuentran engrosadas formando un tubérculo o fruto carnoso subterráneo de color rojo por fuera y blanco por dentro, de olor fuerte y sabor picante.

Enano mental: Dícese de la persona corta de entendimiento. También puede referirse a personas que van por la vida insultando, burlándose de los demás o fomentando peleas.

Por Rodolfo Chisleanschi

Bilardo y Menotti hablando
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02Beber de las fuentes

Desde que Charles Darwin estableciera la teoría de la evolución para explicar lo ocurrido con las especies y los científicos determinaran el Big Bang como punto de partida del Universo sabemos que nada se produce por generación espontánea. Bilardo y Menotti por supuesto tampoco. Son el resultado de momentos, de tiempos, de gustos y, Ortega y Gasset dixit, también de sus circunstancias.

En los años 40, La Paternal era un típico barrio de Buenos Aires, con amplia mayoría de habitantes de clase media baja, muchos de ellos inmigrantes europeos, y por ende bastante homogéneo en su composición social, sus premisas y sus ambiciones. Allí creció y se educó Carlos Bilardo, hijo de sicilianos, criado en la cultura del esfuerzo y el trabajo pero también bajo las estrictas normas morales de la época, en las que el respeto al orden y la autoridad –de los mayores, de los maestros, de la Policía, de los sacerdotes, de quien ostentara el poder en cualquier ámbito- resultaba indiscutible, casi sagrado. Una sociedad donde quedaba poco margen para la discusión: las cosas eran como eran, o mejor “como debían ser”, tal que se trataran de mandamientos divinos.

Fisherton, en Rosario, siempre fue un barrio diferente. Construido en principio para los jefes del Ferrocarril Central, la necesidad de disponer de zonas cercana de servicios acabaría por delinear dos áreas bien definidas. De un lado, las aristocráticas casas de los jerarcas del tren, en su mayoría ingleses e irlandeses ya que por entonces los trenes argentinos eran de propiedad británica. Del otro, las casas de los inmigrantes, casi todos italianos, que ofrecían los servicios comerciales o de asistencia a sus privilegiados vecinos. El apellido Menotti indica con claridad en qué sector transcurrió la infancia del Flaco. Hijo único de un trabajador que además de inculcarle el amor por los deportes y los libros le enseñó por propia experiencia la necesidad del compromiso político, abrazando el peronismo naciente hasta tal punto que su casa fue baleada en más de una ocasión por rivales ideológicos. El joven César Luis perdería a su padre a los 15 años, pero la semilla ya había prendido. La lucha de clases transcurría delante de sus ojos y la política era parte de su día a día. En la acera menos favorecida de Fisherton crecía un rebelde.

En los convulsos años 60 a los jóvenes les tocó la dura tarea de tomar partido. O se mantenían aferrados a las normas estrictas arrastradas desde décadas anteriores, o se asomaban a los cambios que prometían, entre otros, los flequillos de Los Beatles, la rebelión del mayo parisino y el humo de la marihuana. La elección marcaría sus gustos, sus tendencias y sus modos de entender la vida. El fútbol incluido. Y aunque nunca es sencillo saber si las personas encuentran el destino que más se adecua a sus gustos y posibilidades o si son estos los que de algún modo inconsciente determinan las rutas a seguir por cada cual, lo cierto es que en el caso de los personajes que iban a marcar a fuego el fútbol argentino todo siguió el guion establecido de antemano.

Menotti mostró enseguida su fidelidad a la célebre escuela futbolística rosarina. Mediocampista ofensivo (a veces también delantero) tan elegante como lento, de pegada excelente y andar displicente, el porte, la clase y el estilo le acercaron a jugadores de su misma estirpe tanto como le llevaron a desechar otras cualidades más cercanas al sacrificio, y a no ajustarse a las normas escritas o tácitas que obligaban a su cumplimiento. Así se identificaría y crecería junto a a Federico Sacchi, uno de los defensores más elegantes que pisó las canchas argentinas; o a Miguel Ángel “Gitano” Juárez, delantero de Rosario Central a quien el Flaco siempre consideró su maestro, su mentor, casi su ideólogo. Y no tendría problemas en desafiar a Antonio Rattín, el histórico caudillo de Boca: “Lo único que hace falta es que para jugar bien al fútbol también haya que correr” afirman que le respondió durante un partido que los xeneizes perdían y en el que el capitán le exigía más entrega física. Seguramente por esto apenas dejó huella en la Bombonera, pero a cambio se dio el gusto de jugar junto a Pelé en el Santos brasileño.

Las virtudes de Bilardo iban por otro lado. Más cercano a lo que hoy llamaríamos un volante mixto, aunque con más marca y despliegue que llegada, asomó a Primera división en San Lorenzo, pero se curtió en los duros campos del ascenso con el Deportivo Español. Y cayó en el lugar perfecto para sus cualidades: el Estudiantes de La Plata de Osvaldo Zubeldía, primer equipo que iba a romper la hegemonía que los “grandes” argentinos (River, Boca, Independiente, San Lorenzo y Racing) detentaban desde el arranque del profesionalismo en 1931, y que se ganó a conciencia el odio de todos sus rivales por su estilo amarrete y su inclinación a caminar por la cornisa del reglamento.

“Aquel grupo de técnicos y jugadores de Estudiantes decidieron combatir la suciedad de los despachos, donde a través de la manipulación de los árbitros y otras artimañas se favorecía siempre a los mismos clubes, siendo ‘sucios, feos y malos’ adentro de la cancha”, explica el periodista Ezequiel Fernández Moores. El conjunto de Zubeldía implementó una serie de metodologías hasta ese momento desconocidas en la Argentina. Algunas futbolísticas, como el adelantamiento masivo para provocar el fuera de juego rival o el uso de la pizarra en las acciones a balón parado. Otras mucho menos nobles, como averiguar cuestiones familiares de los adversarios para debilitarlos psicológicamente o perder el tiempo de manera deliberada con el marcador a favor, sin contar aquella leyenda nunca del todo confirmada de la utilización de alfileres para pinchar a los contrarios en los córners.

Para cualquiera de estas estrategias, las tácticas y las ocultas, las elogiables y las detestables, Bilardo siempre fue el soldado más dispuesto, el alumno aventajado. Por algo, en cuanto se retiró de la actividad pasó a ser ayudante de campo del propio Zubeldía antes de comenzar su carrera como entrenador. El Flaco, a su vez, también inició su ruta en los banquillos como ayudante. Lo hizo en Newell’s junto al citado Gitano Juárez, un tipo que definía el fútbol como “un juego, una diversión que hace que se pueda ganar guita con los que de pibe hacías en el campito o en el potrero”.

Incluso antes de que sus pensamientos se hicieran públicos, las evidentes diferencias entre los dos ya estaban embarrando la cancha para generar los consecuentes lodos.

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05Fuera de la cancha

Jorge Olguín era un excelente marcador central que paseó su elegancia por San Lorenzo, Independiente y Argentinos Juniors. Menotti le eligió para ocupar el lateral derecho durante el Mundial 78 y Bilardo le dirigió un año más tarde en el club de Boedo, por lo que es palabra autorizada para opinar sobre el tema: “Lo del menottismo y bilardismo fue más que nada un producto de los periodistas, que tuvo un alto rendimiento en los medios. Yo trabajé con todos, incluso con Osvaldo Zubeldía, y la verdad es que existían diferencias futbolísticas, de estilos, pero nada más. No había ninguna guerra. Todo explotó años después. Y se dio más afuera de la cancha que dentro de ella”.

El razonamiento no está del todo equivocado. El enfrentamiento personal entre los sucesivos entrenadores de la selección Argentina no hubiera salido del ámbito de lo privado sin el “efecto altavoz” de los medios de comunicación, pero las diferencias iban mucho más allá de lo futbolístico, y pensar que no se hicieran públicas era una quimera.

Fue entonces, en medio de las tortuosas eliminatorias para el Mundial 86, que el menottismo y el bilardismo crecieron hasta alcanzar tamaños inusitados. Pasionales como son, a los argentinos les cuesta encontrar términos medios y parecen necesitar la toma de partido por un bando al mismo tiempo que la denostación del otro. Ocurre en el deporte, en la política y hasta en la música o la literatura. Y el país se partió al medio.

“Ganar no es lo importante, es lo único”, bramaba el popular Marcelo Araujo en sus narraciones de fútbol por televisión, para refrendar el discurso bilardista, mientras desde los diarios Clarín o La Razón varias de las plumas más representativas del periodismo deportivo criticaban sin piedad el juego de un equipo que avanzó a los tumbos hasta lograr la clasificación para México en el último minuto del último partido.

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En los meses anteriores a la cita mexicana, los menottistas movían sus piezas entre bambalinas para lograr que desde las altas esferas del Gobierno de Raúl Alfonsín se obligara a la AFA a destituir al Narigón. Los bilardistas resistían apelando al trabajo acumulado, al cuidado de los detalles y esgrimiendo los resultados: en definitiva, la selección estaba clasificada para el Mundial.

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“Lo del menottismo y bilardismo explotó años después. Y se dio más afuera de la cancha que dentro de ella” – Jorge Olguín

Reportaje: Rodolfo Chisleanschi

Edición: Francisco Ortí y José David López.

Ilustraciones: Francisco Ortí e Ignacio Huizar

Fotos: Getty, El Gráfico y Botões & Esquadrões.