
Hace unos años, un amigo periodista sacó entre ‘cañas’ una conversación delicada. Opinaba sobre una curiosa forma de morir y cuestionaba el poder destructivo del agua cuando un cuerpo golpea el H2O. No soy físico, ni siquiera me habría planteado algo así de no ser porque él mismo me pasó un enlace con una noticia que aseguraba la muerte de un hombre tras colisionar contra el agua desde unos metros. Improbable pero real. Un israelí había fallecido cayendo tan sólo al vacío desde unos 5 metros. La única pega que rompía mis cábalas era que se había golpeado directamente en la cabeza. Perdió la vida al instante y demostró que, pese a la aparente vulnerabilidad del líquido más útil del planeta, un choque puede ser mortal.
Esta teoría llevada al deporte rey se demuestra a la perfección en equipos que no encuentran facilidades ofensivas, que se atascan a la hora de crear peligro y que son incapaces de encontrar soluciones creativas. Chocan una vez tras otra contra el muro que, manteniendo un mínimo carácter competitivo y colocación táctica, muestra carencias. No existen rivales menores, enemigos complicados ni defensas infranqueables, sino falta absoluta de guión constructivo y capacidad para desbordar. Un muro, una farola, un coche…, la tozudez e ineptitud está por encima de todo. En Hamburgo llevan varios años padeciendo esta dinámica. Chocar una vez tras otra por falta de argumentos para definir, cansa pero, sobre todo, termina matándote. Por más que sea agua lo que aplaque el golpe, al final, lo pagas… Seguir leyendo…