
El crecimiento económico vivido por Japón en las décadas 60-80, donde promedió un 7% por encima del resto del mundo, le permitió equilibrar sus cuentas para contrarrestar los efectos del colapso de la burbuja inmobiliaria. Allí, los primeros ejemplos de freno financiero se apreciaron hace mucho tiempo, cuando el Banco de Japón bajó las tasas de interés en la denominada trampa de la liquidez. Y todo, lo bueno y lo malo para sus intereses, venía provocado por la Segunda Guerra Mundial, donde la miseria de la mayoría, hizo posible que renovación económica se apoyara en un nivel de vida bajo con costes salariales competitivos. En ese periodo, solo dos ‘gigantes’ supieron aprovechar el caos reinante en el planeta pues mientras, los asiáticos movilizaron la industria pesada tras su esfuerzo militar, obteniendo experiencia en organización industrial y mano de obra. Japón superaba a todos los occidentales en producto nacional bruto y potencia industrial.
Los Juegos Olímpicos de Tokio o la Expo de Osaka, ampliaron esas sensaciones. Pero sólo un país, Alemania, podía aguantar su ritmo, desafiaba su crecimiento y hasta mejoraba sus estadísticas. Un país con el 60% de la población ubicada en edad laboral, con producción industrial superior a 50% y amplia repercusión global en márgenes de crecimiento. Así fue como japoneses y alemanes se convirtieron en motores del intercambio internacional y ocuparon juntos la posición de potencia comercial. Pasaron regímenes espantosos, catástrofes naturales y transformaciones generales. Hoy, siguen esa línea competitiva en lo monetario, sostienen la mayor excelencia económica en enseñanza y hasta rivalizan en la capacidad de sus vehículos, los mejores del planeta. Pero la unión dio un paso más con el fútbol. La Bundesliga abandera la confianza en los nipones que, agradecidos por la apuesta y dispuestos a seguir acelerando, iniciaron una ‘invasión’ que ya es un hecho. Seguir leyendo…






















