
“La UEFA Europa League debe de tener algo especial”, fue lo que pasó por mi cabeza a eso de las cinco de la mañana del sábado pasado. Me había tomado un par de días de descanso y no había visto ningún partido de la ronda de ida de los cuartos, y cuando acabó el fútbol europeo sabatino, a eso de las diez y media, decidí ponerme al día con el asunto. Quizá tuvo que ver el primer partido que vi, que me enganchó con una actuación que hizo que me apretase el apetito por seguir viendo más detalles, pero sí, fue irremediable pensar que esta competición ha de tener algo especial, para ver cuatro partidos seguidos de la misma ronda y que se te pase volando. Vamos, parecido al día que te enganchas con una serie y tienes que tragarte diez capítulos del tirón. Pues eso, irremediable. Por cierto, ese primer partido que vi fue el Chelsea–Rubin, y esa actuación de la que hablo fue la de Fernando Torres.
El delantero, de repente, encontró sus cosas, porque Fernando llevaba tiempo vagando por el césped de Stamford Bridge como buscando algo. Es verdad que de vez en cuando encontraba un balón y lo enredaba, a veces saliendo a celebrar, y otras veces mirando hacia detrás, y en los días que tocaba celebrar, se le olvidaba. Pero los murmullos azules cuando las cosas no salían bien abrían Anfield, porque las cosas de Fernando, estaban en Anfield. Creo que se llamaba intimidación, o al menos eso es lo que a mí me transmitió contra el Rubin, y eso es lo que transmitía cuando cabalgaba vestido de red ante la grada de The Kop. Fernando metió dos goles, pero eso ya lo había hecho antes. Esta vez sonrió porque ganaba en velocidad, generaba ventajas y los murmullos, por fin, eran de aprobación. El Chelsea ganó 3-1 y tendrá que cerrar el trabajo en Rusia, pero yo, lo que tengo ganas de ver, es cuántas veces más las cosas de Torres estarán en Stamford Bridge. Seguir leyendo…



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