Un día irrepetible, para mal. El Westfalen ofrecía el escenario ideal por su mística romántica. La interpretación del juego de ambos enemigos, multiplicaba esas sensaciones de cariños compartidos. Y desde luego, acceder a unas semifinales de Champions League, ampliaba cualquier perspectiva muy por encima de lo que la mayoría de los que estaban en el césped hubiera soñado jamás. El Málaga tenía todo de cara desde el punto de vista heroico. Tenía que remontar un resultado aparentemente favorable al Borussia Dortmund y dejar a un lado la etiqueta de club de moda que su rival se ha ganado a conciencia los últimos cursos. Pero Manuel Pellegrini ocupó ese cargo sentimental en el corazón de todo aficionado al fútbol hace tiempo y, como tal, respetado e inteligente, mostró sus bazas allá en el mes de agosto con un equipo ‘roto’ al que cohesionó hasta meterlo entre los elegidos de la élite.
Su planteamiento no escondía pretensiones, aunque las vaciaba en el césped con suave inteligencia. Desde que frenó completamente la posesión de Gundogan (hombre determinante en salida de pelota amarilla), hasta que limitó a nada las arrancadas por banda de los carrileros o maniató las apariciones de los hombres clarividentes del ataque germano (Reus y Gotze no conectaban con Lewandovski). Y en esa fuerza inicial, el Málaga aprovechó para mostrar su seño, aunque creciendo en base a su fuerza defensiva que, solvente y contundente, facilitó la aparición de libertad en ataque. No tardó en aparecer la figura de Joaquín para desbordar interiormente, amagar y disparar con la pierna izquierda desde la frontal para encontrar la red ajustando al poste. Seguir leyendo…






Se concretó el dominio del 


















