Decía este martes Etoo que el Chelsea era favorito pero que él prometía un gol en Bridge. Ambas cosas iban a evidenciarse pero sólo una, la de su gol en Londres, iba a sobreponerse. José Mourinho, reconocido po la que fue su hinchada con una sonora acogida, se vengó de aquellos que hace unos años le dejaron fuera del equipo que aún siente como el suyo y que hoy, con mucho orden defensivo, pero atrevido como pocas veces en ataque (alineó tres delanteros y un enganche), plantó cara, aguantó en los últimos minutos de la primera mitad y golpeó con una contra de Etoo en la fase definitiva entre bostezos Blues. Partidazo mayúsculo de Sneijder y Cambiasso, algo casi siempre habitual este año. Ancelotti sabe que desde el propio luso hasta él, todo técnico que no ha triunfado en Champions, ha visto la puerta de salida en la capital inglesa.
Hay una cita, sobre todo muy instalada en la sociedad estadounidense, que defiende que cada persona tiene una oportunidad para ganarse el respeto, la admiración o el odio de sus semejantes. Son aquellos quince minutos de gloriaque te lanzan a la fama o te encierran entre rejas y que un personaje peculiar y excéntrico como Andy Warhol, dejó para la posteridad. Incluso él, que sí gozó de esa ocasión de mostrar sus inquietudes, encuentra hoy en día críticos que no le consideran un ‘artista’, sino un perfecto ejemplo de explotación de tendencias.
En idioma futbolístico, esos quince minutos esperanzadores tienen un destino concreto en la figura de quien durante años y largas etapas de soledad, esperó con ansiedad la noche del foco protagonista. Los porteros suplentes forman ese consorcio de jugadores extravagantes, bohemios y singulares que decidieron honrar al deporte rey con su presencia eterna en los banquillos de un planeta donde no parecen bien recibidos. Cuentan chistes para distraerse, ríen ante el frío que pasan sus compañeros al calentar y siempre levantan titulares cuando, por fin, el destino les da una milagrosa oportunidad. Si a esta coyuntura le añadimos varios escalones más (los que van desde el banquillo a las gradas), encontraremos la figura del arrinconado tercer portero, un absoluto desconocido que sólo en ocasiones sobrenaturales goza de su momento de gloria. Este martes, en Stamford Bridge, Ross Turnbull tendrá 90 minutos de deleite bajo la música de la Champions. Seguir leyendo…
Pier Paolo Pasolini fue un artista italiano al que siempre acompañó la polémica, un genio que destacó en el campo literario y en el cinematográfico. Sus aportaciones al mundo del arte, la cultura y el pensamiento fueron muy valiosas. Así, el genial artista italiano nos regaló una no menos genial mirada vital sobre el deporte del balón. Pasollini nos mostró una visión del fútbol con un lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol con un lenguaje fundamentalmente poético.
Para desarrollar su idea la ejemplificó y personalizó en legendarios futbolistas italianos de su época: “Bulgarelli juega un fútbol en prosa: él es un “prosista realista”. Riva juega un fútbol en poesía: él es un poeta “realista”. Corso juega un fútbol en poesía, pero no es un “poeta realista”: es un poeta un poco maudit, extravagante. Rivera juega un fútbol en prosa: pero la suya es una prosa poética, de “elzevir”. También Mazzola es un elzeviriano, que podría escribir en el “Corriere della Sera”: pero es más poeta que Rivera: de vez en cuando él interrumpe la prosa, e inventa en seguida dos versos fulgurantes”. Certera y magnífica expresión literaria del estilo, el rol, y la personalidad del futbolista, su desempeño en el terreno de juego, aquel medio que utiliza como expresión y en el que ‘escribe’ de una forma u otra. Allá donde comenzó a escribir en verso y declamar un sensacional trequartista, mezzala o mezzapunta italiano de los noventa, un poeta del fútbol conocido como el “Divino Codino” y llamado Roberto Baggio. Seguir leyendo…
Si el Chelsea es quien es hoy en día y logró encaramarse a lo más alto del fútbol continental, es por el estupendo trabajo de un singular técnico. No lo lograron algunos pese a los millonarios gastos de Abramovich pero sí lo consiguió José Mourinho. Su carácter, su fuerza, su carisma y su crítica constante a todos aquellos que le buscan las cosquillas, le hacen ser especial y en Londres tocó el cielo. El luso buscaba la misma senda en el Inter pero a pesar de trabajar para ello, el Calcio no es igual y su fútbol no demuestra la imagen sobria y potente de años anteriores como Blue. Sin embargo, el destino ha querido cruzar ambos caminos y el morbo está servido.
El Chelsea es uno de los candidatos serios, quizás el segundo tras el Barcelona en las apuestas y su prestigio va en aumento tras rozar el título los dos últimos años. Drogba, Lampard, Terry o Cech, junto a la experiencia de un Ancelotti que, como ‘rossoneri’ querrá dejar fuera al Inter, trabajan con ese sólo fin pues el objetivo número uno de la entidad es levantar esta Champions. El Inter representa el optimismo y la eficacia en la Serie A pero en Europa la presión es máxima tras demasiados años sin peso ni capacidad para romper el dominio anglo-español. Etoo, Milito, Sneijder y Julio César, así como la concentración y dedicación plena que pondrá Mourinho en el cruce, hacen que los italianos ganen enteros en una eliminatoria espectacular.
No aparecieron los goles con sabor a reivindación que prometía Samuel Eto’o. Tampoco la inteligente pizarra de José Mourinho dio señales de vida. Ni siquiera Luis Figo causó revuelo en el palco. En definitiva, no se vio al Inter de Milán en el Camp Nou. El Barcelona y, sobre todo, su excelente presión eclipsaron todo lo que estuviera pintado de nerazzurro. Una victoria culé (2-0) disfrazada de normalidad, pero que suena a suspiro de alivio.
Los culés obtuvieron una victoria necesaria que les permite coger aire con el que apagar el temor de una temprana eliminación de la Liga de Campeones. Los tres puntos del Camp Nou sumados al empate del Rubin ante el Dinamo de Kiev (0-0) dejan a los azulgrana como líderes del grupo y virtualmente clasificados para los octavos de final. Sólo una debable mayúscula en Ucrania impediría a los de Pep Guardiola continuar vivos en su lucha por revalidar el entorchado europeo.
El Camp Nou había sido testigo de la mayor sorpresa de la Champions League en sus ya casi 18 años de historia y como campeón herido en su orgullo, el Barcelona quería devolver la jugada al competitivo Rubin Kazan. Con el frío como protagonista sempiterno siempre que la pelota se acerca al Volga, unos pretendían calcar la heroica pasada y el otro despertar de aquella pesadilla continental que había complicado y alterado en perfecto plan europeo hacia octavos.
Berdiyew, el hombre del amuleto de la suerte, seguía rezando y confiaba para repetir la gesta con los mismos once hombres que tan buen desempeño realizaron en suelo catalán. La idea era clonar sensaciones pero, sobre todo, crear la misma duda y malestar en las transiciones blaugranas. Guardiola dio entrada a Alves, dejó a Henry en el banquillo (pese a que reapareció en la recta final) y ordenó a Iniesta y Messi buscar constantemente la colaboración con Xabi, que tantas veces asistió a sus compañeros de ataque mientras la defensa local perseguía a los pequeños culés. Sin embargo, la asociación mejoró y la eterna posesión visitante fue un filón sobre el que sembrar ocasiones con cierta facilidad.
Al final el fútbol volvieron a ser sensaciones. Ni lecciones a aquél que un día paseara como traductor por el Camp Nou, ni mensajes de pasotismo contra el que un día fuera ídolo en Meazza y ni tan siquiera el ‘morbo’ del camerunés más famoso del mundo jugando ante el equipo que le llevó a lo más alto. El fútbol son sensaciones y en esas misas, por más que haya quien pretenda emular, hoy en día el Barcelona tiene capacidad auto-didacta pues ejerce su poder con supremacía divina. En suelo neroazzurro no le basó para sacar tres puntos y aunque no dio el mazazo que quizás mereció en la segunda mitad, volvió a reflejar que su estilo supera cualquier matiz y cualquier escenario.
Mourinho jugaba sus bazas y Guardiola clonaba las que ya todos conocemos de sobra, aquellas que brillan con nombre propia allá por donde paseen. Mucha movilidad en la pareja Milito-Etoo, quizás la delantera más alternativa del Inter en muchos años, la ya continuista capacidad física y una presión potente en la salida del balón azulgrana, pusieron en problemas a los culés durante la primera mitad. El Barcelona no tenía profundidad pero llegaba de manera directa, algo impropio que le llevó a generar multitud de ocasiones claras que Julio César o la falta de definición mandaron al limbo. En arreones basados en su carácter y mordiente ofensiva, el Inter respondía esporádicamente aunque sin mayor peligro que disparos desde media distancia. Seguir leyendo…
Un Parma ansioso por el cerocerismo (Guidolin no cambiará nunca) y un Inter físico y potente como siempre pero con la irremedieble falta de ideas y lentitud en la transición que ya nos mostró Mourinho el pasado año, encaminaban una tarde decepcionante en Meazza. Sin embargo, allí estaba Eto’o, recien elogiado por su técnico. El camerunés ya espera al Barcelona.