Desde la ventanilla del tren se divisaba un paisaje superpuesto. La ciudad dejaba paso a unas afueras en ruinas y kilómetros después emergian de nuevo las construcciones verticales propias de la ciudad. Todo ello cubierto por la nieve, mi omnipresente compañera de viaje. Dentro de mi compartimento de tren, además de los últimos capítulos de Brooklyn Follies, me acompañaba un gigantesco desconocido. Pasó dormido todo el trayecto, así que no pude verle en pie, pero calculo que superaría los dos metros. Lo que sí pude observar desde cerca, y reconozco que con cierta admiración, fue el tamaño de sus zapatillas, que había depositado en el asiento contiguo al mío. Eran tan grandes que un poco de esfuerzo creo que hasta yo hubiera cabido dentro.
Mientras fantaseaba con las civilaciones que podrían esconderse en esas zapatillas o si podrían ser utilizadas como un caballo de Troya moderno, una voz anunció por megafonía que habíamos llegado a Budapest. Recogí mi maleta y me dispuse a bajar del tren, pero pronto me di cuenta de que no resultaría tan sencillo. El gigantesco desconocido continuaba dormido y sus piernas cerraban la salida a la altura de mis rodillas. Dudé si despertarle para pedir que me dejara pasar, pero suponiendo que no hablaría mi idioma ni tendría un fluido manejo del inglés nada más despertar decidí esquivarle. Por un momento valoré la posibilidad de pasar bajo sus piernas, pero pronto la descarté. Si se hubiera despertado mientras yo pasaba por debajo la situación se hubiera tornado un tanto embarazosa. Así que no me quedó otra alternativa. Lancé mi equipaje por encima de sus piernas y mi cuerpo fue detrás. Mi carrera juvenil como portero hizo más fácil la ‘estirada’.
El gran fin de semana futbolístico que analizabamos este viernes antes de que arrancara, ya ha dejado sus primeros grandes titulares. En Europa los sudores de Portugal ya son menos tras su victoria sobre Hungría y la derrota en el tramo final de Suecia ante su ‘vecino’ Dinamarca. Alemania, Serbia, Italia o Francia han dado un paso definitivo a Sudáfrica. Allí estará finalmente Maradona salvo catástrofe final en Montevideo este miércoles donde los charrúas se jugarán el todo por el todo tras vencer a Ecuador y meter a la Tricolor en serios problemas. Palermo salvó, ‘in extremis’ a Argentina. En África la noticia (más allá de que Costa de Marfil estará en la cita mundialista y de que Gabón fuerza a Camerún a seguir ganando hasta la última jornada porque ambos vencieron) la puso Egipto que sufrió lo indecible para imponerse en Zambia y obliga a Argelia a visitar El Cairo el miércoles para jugarse el cupo definitivo (pese a que juegan este domingo ante Ruanda, cualquier resultado le lleva a sacar un punto al menos ante los Faraones). México también cumplió y aguirre salvó los muebles con el viaje mundialista ya cerrado. Una jornada vibrante que terminará este domingo y que analizamos en video.
Si Carlos Queiroz pretendía explotar las grandes cualidades de la selección portuguesa que tanto criticó desde la distancia cuando Scolari estaba al mando, difícilmente vaya a ser en esta época. Los lusos están al borde de la eliminación (deben ganar sus tres partidos restantes y esperar a que Suecia pierda al menos uno) y la principal causa de tal desastre es la falta de gol que arrastran durante toda la fase clasificatoria. Ni Cristiano Ronaldo como delantero referencia, ni las llegadas de Deco o Nani, muy activos durante la noche danesa, evitaron que Portugal sacara la victoria de Copenhague. Sólo el debutante y recién nacionalizado Liedson (lo que evidencia problemas graves de gol), acertó en un cabezazo que igualó el primer tanto de Bendtner. Portugal debió golear y acabó prácticamente desahuciada.
Según el Diccionario de la RAE “elegante” significa “dotado de gracia, nobleza y sencillez; airoso, bien proporcionado, de buen gusto”. A esta precisa definición yo añadiría que la elegancia es una cualidad innata en la persona, puesto que aunque la citada cualidad debe cultivarse desde la espiritualidad, desde la educación y desde la sensibilidad adquirida, no todos tienen la capacidad de transmitir grandeza desde la sencillez, transmitir emoción. Y es que la elegancia es aún más efímera que la belleza y por tanto una cualidad única, muy especial, difícil de encontrar. Es aquello que nos causa una emoción estética parecida a la que nos despierta la contemplación de algo bello y, al mismo tiempo, encontramos que se ajusta a nuestros cánones estéticos.
Es el buen gusto, como nos enseñan Baltasar Gracián y H. Gadamer, es una capacidad de discernimiento espiritual que nos lleva no sólo a “reconocer como bella tal o cual cosa que es efectivamente bella, sino también a tener puesta la mirada en un todo con el que debe concordar cuanto sea bello”.
En fútbol todos tenemos en nuestras retinas el juego y la elegancia de determinados futbolistas, aquellos capaces de dotar a su pose, su carrera y su lucha, de suavidad de movimientos y gracilidad. Esa estirpe de jugadores que convirtieron este deporte en arte, en baile, en música, una estirpe a la que pertenece un ‘gigante’ húngaro que nació en plena Segunda Guerra Mundial en un pequeño pueblecito llamado Hercegszántó, un “Águila Verde” llamado Florián Albert.
Y es que aquel día Hungría saltó al terreno de juego con una delantera formada por Kocsis, Czibor, Puskas, Hidegkuti y Budai, es decir, un ataque glorioso. De todos ellos, Puskas fue considerado uno de los mejores jugadores de la historia y como jugador del Real Madrid, dejó un legado insustituible.
Ahora, más de medio siglo después, otro húngaro se asoma a la primera plantilla con la voz de su ídolo como mentor. Como el ‘cañoncito’, es delantero y aunque en proporciones son incomparables, Adam Szalai, ya tiene un nuevo objetivo. El goleador ha recibido esta semana una de las noticias que llevaba esperando desde que llegó a la entidad blanca en 2007. El potente ‘killer’ magiar será inscrito en la Champions League después de que el club no mantuviera el pulso con la UEFA para tratar de inscribir a Lass y Huntelaar.
La ciudad de Budapest es el resultado de la unificación en 1873, ocupando ambos lados del río Danubio, de las ciudades de Buda y Óbuda, en la orilla derecha, con Pest, en la orilla izquierda. Es una maravillosa urbe fluvial en la que se funden la belleza y la tragedia, la añoranza y la pasión por la vida. El fruto de un pueblo llegado a Centroeuropa en torno al siglo X desde las estepas asiáticas, un pueblo guerrero, jinete y cazador, que con las indudables aportaciones de los pueblos circundantes acabaron por construir una majestuosa ciudad en la que nunca hubieron medias tintas, es el todo o la nada, la belleza infinita o la tragedia. Por ello el Danubio, el emperador de los ríos europeos, espectacular ya desde las tierras bávaras de Passau, la eligió como su “Perla”, “La Perla del Danubio”.