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Zambia: La sonrisa forzada

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Por José David López (@elenganchejd)

El fútbol africano tiene una facilidad enorme para protagonizar todo tipo de conflictos. No hace falta lógica, no hace falta razón y, desde luego, no hacen falta excusas. La precaria situación político-social-bélica a la que la mayoría de sus países se ven sometidos, crea problemas eternos a la hora de preservar seguridad y pretender alcanzar la organización de eventos que trasciendan de la realidad nacional. Son cuestiones ajenas a organismos internacionales que se muestran reacios, dispersos y hasta recelosos de comprometer la seguridad y viabilidad de sus inversiones en lugares donde el riesgo es notable. Además, la sociedad -en general- adolece de cierta cultura, lo que en idioma futbolístico, se traduce normalmente en problemas serios con la violencia como telón de fondo. No es una sensación externa o vacía de sinceridad, puesto que en los últimos años, partidos de cierto calibre internacional, acabaron con caóticas consecuencias.

No importa lo estrictamente deportivo cuando, por ejemplo, en Togo fueron amenazados de muerte e incluso apuñalados al término de un partido clasificatorio para el Mundial, los futbolistas de Mali. Algunos sangraban, otros corrían y a algunos ni se les identificaba entre la opresión y peligrosidad de una barrera humana que había ocupado el terreno de juego para buscar la justicia (o lo que pretendieran manifestar sin la pelota de por medio) por su mano. Lo vimos en la mismísima Final de la Champions de África hace unos años, cuando el el Étoile du Sahel, recibía entre lanzamiento de proyectiles desde las gradas, su corona de campeón, y los futbolistas corrían despavoridos al sufrir heridas y lesiones de diversa gravedad. Lo vimos, desde luego, en la última Copa África con problemas constantes cuando la selección local, Guinea Ecuatorial, quedaba entre las cuerdas al borde de la eliminación y los aficionados paraban el partido a su gusto. Es más, aquellos actos incluso propiciaron que, después, los negros de Túnez (un país de raza intermedia), sufrieran calvario, persecución y maltrato tras aquella eliminación. El fútbol, llevado al límite de lo social. El fútbol, como excusa absoluta para sacar la irracionalidad del ser humano. Y África, desgraciadamente, ha sufrido numerosos ejemplos para delimitar su rango de crecimiento mundial en la vida y en el deporte.

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Sin embargo, todos estos altercados son secundarios para uno de sus países, el único que quedó destrozado en primera persona por cuestiones absolutamente azarosas y alejadas de cualquier merecimiento político-deportivo. Zambia, una de las selecciones más humildes e históricamente ‘de clase B’ dentro del panorama africano, jamás había tenido opciones reales de conseguir protagonismo mayor desde que iniciara su caminar futbolístico como nación independiente en 1964 (debut con victoria 1-0 ante Tanzania). Es más, incluso el trato de la Confederación Africana de Fútbol (CAF), había sido muy polémico en sus inicios, aislándola de competiciones continentales hasta una década después. Y lo hizo demostrando que sus nuevas generaciones estaban empezando a germinar grandes cualidades y que la pasividad hacia sus avances, había sido un error para los rivales, que fueron sorprendidos por una selección enérgica, ofensivamente atrevida y de grandes individualidades. Ese 1974 participó como debutante en la Copa Africana y destrozó todas las perspectivas. Ganó a Costa de Marfil en su primer gran partido internacional (1-0), cayó ante Egipto (1-3) y terminó la fase de grupos imponiéndose a Uganda (1-0). Eso no solo le sirvió para alcanzar las semifinales, sino que allí, dio un paso más al remontar a Congo en un choque espectacular (4-2). Contra todo pronóstico, alcanzó la finalísima y fue capaz de igualar (2-2) ante la que estaba considerada mejor selección del momento, una Zaire que sufrió para terminar ganando en un partido de desempate agónico (0-2) que le daba la corona entre los protagonismos zambianos. Fue el primer aviso de que algo gigantesco estaba construyéndose en la sombra de los Chipolopolo.

Las grandes perspectivas tuvieron que confirmarse con trabajo, convicción en un nuevo proyecto y la tranquilidad que casi ninguna selección es capaz de tener en el continente africano, donde las presiones resultadistas son más asfixiantes que en ningún otro lugar. Un decepcionante debut en Juegos Olímpicos en 1980 como peor representante africano y varios torneos africanos sin mayor protagonismo que el tercer puesto de 1982, frenaron en seco aquella primera esperanza inicial ‘setentera’, pero fue precisamente a ojos del planeta olímpico, el más solidario con las bases del deporte y el que mejor interpreta la osadía de selecciones en fase de crecimiento, quien permitió a Zambia reflejar la consolidación de sus grandes aptitudes. En su segunda presentación en unos Juegos Olímpicos (un torneo hoy quizás menospreciado internacionalmente pero que, en aquellas épocas, servía para medir a selecciones de máximo potencial mundial), encontraron el contexto adecuado para disparar las previsiones acerca del potencial que estaban tomando como bloque y de la fuerza individual de algunas de sus estrellas, que empezaban a asomarse a clubes europeos de nivel. Aquél verano de 1988 empezó empatando ante Irak (2-2) en una cita que hacía prever una repetición de sinsabores, pero su reacción fue histórica en el segundo partido que más le exigía, que le enfrentaba a una campeona del mundo y que la lógica evidenciaba una goleada desde semanas previas. Italia, aquella tarde con jugadores absolutamente míticos como el portero Tacconi, Carnevale, Ferrara, Tasotti o Giachini.

club1402En las gradas, una enorme pancarta de unos 20 metros de largo, recalcaba el sentimiento de quien siempre se alía con el teóricamente humilde, y los coreanos que llegaron al Mudeung Stadium de Gwangju, habían preparado un visible: “Victory Zambia” que hacía evidente su preferencia. Los anaranjados, absolutos anónimos para ellos y para el mundo, eran por vez primera televisados a nivel internacional en televisión y la señal podía llegar a algunos rincones de su país. En un ritual de energía, fuerza, consistencia y despliegue físico, encontraron la mejor de las explotaciones posibles en su ataque, absolutamente demoledor en la zancada poderosa y temible definición de la que ya era su estrella, Kalusha Bwalya. Un contragolpe tras robo medular, acabó en la red italiana con lento avance tras zurdazo del delantero justo antes del descanso. Tan sorprendente era la incapacidad de los europeos, que la ilusión fue en aumento y aquella ya famosa celebración del crack zambiano estirado completamente boca arriba en el suelo mientras sus compañeros lo imitaban, iba a ser el preludio de un auténtico show. Un balón parado botado en la esquina del área izquierda y que todos intuirían como apto para un centro en busca de cabeceador, mostró el ingenio y la perspicacia de Kalusha, que disparó con el interior de su pierna izquierda para dejar atónico a Tacconi en la portería y a los coreanos que vislumbraban la mayor sorpresa olímpica de la historia. Un fondo físico intocable y muy superior al de los transalpinos, acabó por consumar la goleada con contragolpes y disparos lejanos, para reforzar el Hat-Trick de la estrella y el tanto adicional del que muchos creyeron su hermano por compartir apellido, Jonson Bwalya. Ellos, junto a Nyirenda, Makinka, Mutale y un colectivo lleno de determinación y alegría ofensiva en su estilo, plantó cara primero y se lució después con una goleada que pudo ser aún más avergonzante. Italia, ahogada. Zambia, en la prensa de todo el mundo, firmaba el día más importante de su historia y no importó caer posteriormente ante Alemania en cuartos. Eran la selección africana del momento y la cercana esperanza de todo el continente. Con un grupo joven y en pleno desarrollo, aquella grata experiencia sirvió para acreditar las grandes perspectivas ante lo que estaba por venir y que siguió sumando adeptos con el tercer puesto logrado en la CAN 1990.

Aquella representación creciente generó diversos motines federativos, cambios de directrices y acomodo de nuevos técnicos en una búsqueda acelerada de la explotación resultadista que se preveía, podía ofrecer aquella selección. Esa lista de exitismo nacional, pasó a ser reconocida como ‘Equipo K. K’ y cogió forma más sólida interiormente y en el vestuario, cuando llegó Alex Chola, un ayudante del seleccionador con grandes dotes y que ejercía casi como técnico, que unió a todos los futbolistas, logró apaciguar problemas externos y que encarrilaba la que tenía que ser, mejor etapa del fútbol de Zambia, que no era otra que conseguir clasificarse para el Mundial de 1994. Una victoria sólida por 0-3 ante las Islas Mauricio en un partido clasificatorio para la Copa África, confirmaba la tranquilidad existente en el grupo. Y cuando más altas eran las esperanzas, cuando más previsiones optimistas empezaban a hacerse realidad y cuando los primeros destacados llegaban a clubes europeos, todo se perdió de la manera más cruel posible. Tras esa victoria, la expedición marchó hacia Dakar, donde debía enfrentarse a Senegal en cita clasificatoria para el Mundial de Estados Unidos 94, que era el sueño a cumplir y la gran meta que se acercaba más que nunca. El avión militar (AF-319) en el que habían tenido que viajar, repostó en Congo y, después, en el aeropuerto de Libreville (Gabón). Nunca debió volver a tomar cielo pues, como se sabría más tarde, surgieron graves imprevistos que no debían aislarse (fallo de una pieza de repuesto del motor que no tenían a disposición en aquél momento o dos días sin dormir por parte de un sobre-explotado piloto).

En la madrugada del 28 de abril de 1993 el avión militar que trasportaba al combinado nacional zambiano desde Mauricio hacia Senegal, se precipitó al mar tras despegar de Libreville. Un motor prendió fuego hasta que cayó en picado a dos kilómetros de la costa. Horas después, el Ministro de Deportes zambiano, Dipak Patel, descartó que hubiera supervivientes y la desgracia se contagió en todo el país. En el siniestro no hubo supervivientes, pereciendo treinta personas y entre ellas doce miembros del equipo nacional absoluto. Michael Muape (presidente de la federación), los seleccionadores Godfrey Chitalu y Alex Chola, Wilson Mtonga (médico) y un total de 17 futbolistas, perdieron la vida. Eran Chabala, Muanza, Changue, Chomba, Kangua, Watiyakeni, Makinka, Mulenga, Soko, Muila, Chansa, Muitua, Masuwa, Chikualakuala, Banda, Simamba y Mutale (máximo goleador del campeonato zambiano). Chicos que, en su mayoría, aún jugaban en la liga local zambiana y que tenían que trabajar en las minas de cobre del país por unos 100 euros al mes. Un golpe increíble y angustioso. Las familias pasaron meses demandando al gobierno por no haber parado aquel avión de pésimas condiciones (todo por no poder asumir los costes completos de seguridad que ascendían a 30.000 € actuales, habiendo contratado un avión a las líneas aéreas zambianas). Zambia murió -casi- al completo.

En la madrugada del 28 de abril de 1993 el avión militar que trasportaba al combinado nacional zambiano se precipitó al mar tras despegar. 17 futbolistas perdieron la vida

El país se sumió en una depresión profunda de meses, aunque todos los ojos se posaron sobre la estrella, un Kalusha Bwayala (PSV Eindhoven) que se salvó de la catástrofe junto a Musonda (Anderlecht) y Johnson Bwalya (Bulle), los únicos futbolistas del combinado Chipolopolo que jugaban en Europa y que nunca tomaron ese avión. ¿La razón?, que no habían disputado el partido en Mauricio por cuestiones de competitividad en sus clubes e iban a reunirse en Dakar con sus compañeros para el importante partido ante Senegal. ‘Kalu’, estaba precisamente en España y un amistoso de su club en Mestalla como homenaje a Kempes, le iba a salvar la vida: “Yo jugué esos días con el PSV en Valencia porque había un partido de despedida al argentino Kempes, que había sido muy querido allí y deseaban darle un buen adiós. No estaba lesionado como se ha comentado, ni tampoco es que me hubiera negado a ir al partido de Mauricio o que el seleccionador no me convocara por decisión personal. Es que yo tenía compromiso con mi club y no pudimos evitar que jugara ese amistoso”, explica a El Enganche en exclusiva, el propio Kalusha.

“La balas de cobre estaban en el momento más pletórico de la historia y eran la selección que iba a modificar los malos resultados y la imagen que el mundo tiene de las selecciones africanas cuando llegan a torneos de máximo nivel”, asegura. “Nosotros aún damos gracias al destino por salvarnos, pero en aquellos días, casi desearíamos haberles acompañado al cielo. Nosotros éramos un grupo fuerte y perder a tantos hermanos fue imposible de superar en muchos aspectos”. Kalusha recuerda que durante muchos días se repetían entierros, charlas, citas y reuniones solidarias para que el pueblo llorara a sus ídolos. E incluso hoy, para visitar sus tumbar, es necesario autorización porque los hinchas se llevaron hasta las flores como recuerdo de aquellos históricos días que sacaron a la calle entre lágrimas a los 14 millones de zambianos. “El país cayó en una pausa total. Nadie quería hablar, nadie quería sonreír y el fútbol se convirtió en un tema tabú durante mucho tiempo porque representaba toda aquella esperanza que había sido eliminada por la fuerza de una situación imposible de explicar y de digerir”, recalca.

Pero esa pelota manchada de sangre, le apuntó a él directamente como estrella, como líder y como referente para ser capaz de levantar al país de la angustia. El fútbol había sido el elemento devastador para la sociedad y el fútbol iba a ser el elemento emocional para superar la depresión. El contexto era devastador porque más allá de la penuria social y de los enormes problemas generados para la Federación, el combinado nacional estaba sumido en un caos con el 85% de su anterior selección bajo tierra. Bajo una tierra que decidieron acercar al máximo al estadio donde antes habían sido héroes nacionales. Todos los miembros de la selección fallecidos en el accidente, fueron enterrados en lo que se conoció como “Acre de los Héroes”, justo al lado del Estadio Independencia en Lusaka. Allí, todo iba a empezar de cero. Lo absolutamente trascendental para que Kalusha tomara las riendas y lanzara un órdago al mundo, fue la petición del pueblo, en masa, a que fuera él un nuevo guía en busca de un sueño mundialista que, pese a la tragedia, no finalizó su fase clasificatoria y continuó donde lo había dejado. La honra, la garra, la fuerza mental y lo inexplicable del fútbol, les hizo capaces de reaccionar de inmediato con victorias contundentes ante su gente, ante Senegal y Marruecos. Con puntuación casi perfecta, Zambia estaba a las puertas de su billete mundialista a expensas de un único partido nuevamente ante Marruecos, aunque ahora como visitante. Era el final de trayecto en busca de un regalo que Kalusha sentía en deuda con sus compañeros. Pese a lograrlo durante 40 minutos, los marroquíes destrozaron el sueño con un solitario pero devastador gol de Laghrissi, que metió a los norteños en la cita mundialista y derrumbó a Zambia, que lloró más que nunca.

Justo un año después, con una selección completamente basada en juveniles, logró sorprender al conquistar el subcampeonato en la Copa África, donde nuevamente quedó en la orilla para completar el círculo en busca de un título que ahora le arrebató Nigeria (sí, la generación de las Águilas Verdes que acabó triunfando en USA 94, remontó aquella final donde se adelantaron los Chipolopolo). Las lágrimas de Kalusha, ya veterano y sin la capacidad de sus primeros momentos de brillantez, son una de las fotos históricas de esa época, que acabaría con el posterior retiro de la estrella y su lucha desde la sombra del poder. Su adiós a la pelota en 2004, fue su saludo meses después a la presidencia de la federación, desde donde ha perseguido el sueño de toda su generación. Restauró las bases de su comisión, reactivó las categorías inferiores que empezaron a generar buenas promesas (y resultados), eligió acertadamente a los seleccionadores nacionales (sobre todo a Hervé Renard) y tras una década de lucha en la sombra, tenía los argumentos más sólidos que recuerden en la selección. Una llave perfecta para asomarse desde el anonimato a la élite, aunque esa Zambia de 2012 en la CAN celebrada en Guinea Ecuatorial y Gabón, ni siquiera avisó.

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Superando cualquier previsión, accedió con méritos a la segunda fase tras no perder en la primera, goleó a Sudán en cuartos (3-0), rompió metas eliminando a Ghana en semifinales (1-0) y la Final, la tercera que disputaba en su historia, quería reunirles con su historia. La cita determinante era un claro mensaje al ayer, a los muertos, a la generación del 93 y a aquellos que estuvieron a punto de hacer historia, porque esa finalísima se disputaba en Gabón, en Libreville, a escasos metros del lugar donde cayó en picado aquél avión militar en las playas gabonesas. Los días previos fueron un constante abanico de actos, celebraciones y recuerdos por lo sucedido y, sobre todo, un alud de promesas y deseos que todos los zambianos querían por fin poder cumplir. “Visitamos la playa donde cayó el avión, entregamos flores, oramos una misa y lloramos junto a todo nuestro país”, reuerda Kalusha, que recalca que todo era “un círculo que podríamos cerrar, superar y no volver a encontrar como obstáculo en nuestras vidas deportivas y fuera del fútbol”.

El rival era el menos propicio, una Costa de Marfil con estrellas confirmadas en los mejores clubes de Europa, con la mejor generación de su historia y con una necesidad absoluta por haber fracasado hasta ese momento en toda final o cita donde se les exigía mostrar su potencial. Tras un choque lleno de temores y detalles constantes, no llegaron los goles y el 0-0 dejó una tanta de penaltis agónica. Zambia, con solo un futbolista actuando en ligas europeas (Mayuka, en el modeso Young Boys), con dos veteranos inquebrantables (los hermanos Katongo) y con un técnico modelo en apariencia pero psicólogo en potencia (el francés Hervé Renard), consiguió que aquella generación basada en los chicos del Sub20 y Sub23, se convirtiera contra cualquier pronóstico en Campeona de África. Un agónico 8-7 en penaltis, releja a la perfección lo que allí sucedió. Libreville entró venganza en el césped. Kalusha encontró venganza en su corazón. Y Zambia, al completo, dejó de llorar para empezar a sonreír, aunque sea una sonrisa, para siempre, forzada.

 


 

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