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Swazilandia: Imbabatane FC, vírgenes goleadoras

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Por José David López (@elenganchejd)

Kolike resopla mientras mira hacia el cielo buscando tranquilidad entre el bullicio. Nzila pasa su temblorosa mano por la espalda, nerviosa, intentando cruzar los cordones que aten la pluma de su vestido. Thiabe no para de soltar carcajadas animosas, encariñada con el vestuario tan amplio que han puesto a su disposición, el mismo que parece horrorizar a Bezia, la mayor del grupo, que prefiere elegir el menos llamativo y pasar desapercibida. Unos pasos por delante, Zanele y Yetunde pintan su rostro y marcan su cuerpo, mostrando el escudo que portarán para diferenciar a su pueblo, ése donde se hace mayor Coura, la princesita que todos adoran por su singular sonrisa. Anani y Angu, niñas perdidas ante tal gentío, ensayan los movimientos del baile que todavía intentan memorizar. Ya fuera por temor o por ilusión todas muestran expectación, sus caras delatan que el momento se acerca y que el examen que puede marcar sus vidas está a punto de comenzar. Todas menos una. Fría, cortante y calculadora, Fisiue aprendió a racionalizar las tensiones hace tiempo, el día que se ganó las críticas de gran parte de su barriada por dejar a un chico marcado en la cara tras golpearlo con una piedra. El argumento, defenderse de las provocativas intenciones del mismo, solo sirvió para ser castigada con tres noches de soledad atada a un árbol. Ya lo había padecido antes por romper un cristal con una pelota de fútbol en aquella casa del pozo, mientras balanceaba agua en su cabeza. Semanas después, pasaría más de un mes en la cárcel por pasear con una camiseta teóricamente muy ajustada para el baremo del gobierno, aunque no para el de Fisiue. Rebelde, volvió a salir con aquella versión African Street de la camiseta del Manchester United bien pegada a su mulata piel.

Sola en la esquina, sin ganas de ‘disfrazarse’ para el show y con la mirada perdida entre los ruidos de sus compañeras, intenta pensar métodos de escapada cuando la anciana instructora de la comunidad, tan seria y estricta como siempre, grita desalmada buscando orden: “pasad por aquí. Quitaos la parte de abajo de vuestras ropas. Pasad por aquí. Rápido, rápido, no tenemos tiempo”. Las chicas, sin rechistar y aplicadas, intentan seguir sus órdenes, cogen aire y pasan en fila por un pequeño arco, donde con un simple aunque violento pañuelo, la veterana líder comprueba su verdadera condición inmaculada. En un país cuya cuarta parte de la población tiene sida y la expectativa de vida es de 32 años, nunca hay certezas. “Allí, solo son bienvenidas las mujeres vírgenes. Allí solo valen los pechos mirando a las tres de la tarde y no a las seis. Si los pezones apuntan al suelo, es una catástrofe”, dispara sin piedad uno de los guías que explica la cultura suazi entre los sorprendidos turistas, a los que asegura que las chicas pasan procesos de selección para revisar posibles estrías o pruebas que delaten haber amamantado previamente. Unas prosiguen el camino, otras quedan atrás, vilipendiadas por un pasado mancillado a ojos del espectáculo para el que un ente, que no ellas, las eligió protagonistas. Si alguien osa preguntar a las chicas sobre qué representa toda esta escenografía para ellas, la respuesta es clónica, idéntica, intachable. Auténticas autómatas adoctrinadas durante semanas para exaltar el fervor cultural por encima de su rol real en la sociedad suazi, donde a menudo, las mujeres son comparadas con vacas. Si hablaran, contarían que sonríen por temor y que no faltan a la cita porque, entre otras cosas, ese día comen todo lo que quieren. Para ellas, para los suazis, no hay mayor premio posible.

swazilandia-02“Todas mirando al frente. Todas con la cabeza alta. ¡Sonreíd y sed respetuosas!”, grita la instructora mientras mueve los brazos en señal de ánimo. Muchas intentan recordar los pasos que minutos después tendrán que interpretar para los miles de espectadores que hace horas ya se encargaron de llenar el Palacio Real levantado en el valle de Ezulwini en el centro de Swazilandia (un mastodóntico recinto construido únicamente para este rito). Ellas, cerca de 80.000 niñas, chicas, adolescentes y, sólo algunas ya mujeres, culminan el séptimo y definitivo día de celebración. No es su fiesta, no es su deseo, pero la tradición marca el Umhlanga como momento determinante del año. Para los amantes de la cultura, se escenifica el encuentro de las mujeres de todo el reino y el de una forma de afianzar su papel social para fortalecer el trabajo en equipo. Para el resto, se escenifica un show con un interminable regimiento femenino. Una tropa de doncellas de dimensiones colosales. Unas muestran cuchillos en honor a su sexualidad y hacen sonar los cascabeles de sus tobillos, otras buscan encandilar con gafas, juncos en las manos, extensiones de pelo o llamativas telas de colores (lihijas). Pero todas, absolutamente todas, semidesnudas, danzando con el pecho destapado, portando cañas como ofrenda, mostrando sus encantos y cantando. “Somos las vírgenes del reino. Venimos a bailar para su majestad, el Ngwenyama, el líder de nuestro rebaño”, repiten al unísono.

Ntombi Tfwala. Al final de la jornada, el rey podrá seleccionar a su próxima esposa entre todas las vírgenes. Si durante el Umhlanga su alteza quiere ampliar su harén (que ya cuenta con 15 mujeres), se cita a la familia como si se tratara de un privilegio real y le ofrece un número de vacas suficiente para contentar un intercambio con su hija. En 2005, por encapricharse de una menor de edad, Mswati fue ‘penalizado’ con una vaca extra que, a tenor de la justicia nacional, limpiaba la deshonra con creces. Un filón para la masculinidad más fogosa. Un shock para el mundo civilizado. Una virgen elegida entre 80.000. Una virgen que no fue Fisiue Hlophe.

El grotesco rol de la mujer entre los que la rodean había estipulado su futuro en torno a cañas de azúcar o plantaciones de la marihuana más valorada de África, intentando esquivar a diario la epidemia del VIH y subsistiendo bajo la línea de pobreza en pequeños caseríos donde rara vez llegan los servicios públicos (el 70% de la población vive en el caos, a merced de las ayudas humanitarias que debe permitir el propio monarca). Su salvación, al menos la financiera, sería encandilar a la Familia Real (un 0,001 % de las chicas del país), cuyo destino la permitiría dormir en lujosas habitaciones, estudiar en universidades de Australia, ir de compras en jets privados a Dubai o incluso, con mayores aspiraciones, acabar adueñándose de empresas multinacionales. Una perfecta ‘marioneta’ dentro de las excentricidades de palacio, ese contexto que sitúa a Mswati III como dueño de la mitad de la riqueza del país y bien situado en la revista Forbes, que estimó su fortuna en 200 millones de dólares. Pero Fisiue no soñaba con vestidos, collares o aviones a su nombre, sino con propósitos reales con los que reivindicar el papel femenino allí donde es pisoteado. Su aspecto tenaz y su carácter sólido guiaron su vida en una dirección más natural para el resto del planeta, pero mucho más rebelde para su pueblo suazi. Una pelota, interminables metros para correr sin límites y sueños que cumplir. El fútbol estaba en su cabeza.

“Allí, solo son bienvenidas las mujeres vírgenes. Allí solo valen los pechos mirando a las tres de la tarde y no a las seis. Si los pezones apuntan al suelo, es una catástrofe”

Una especie de trapo duro con barro y cinta aislante, se había convertido en su mejor entretenimiento desde que era pequeña. Su madre, que la castigó casi a diario durante meses intentando evitar que fuera golpeada por los chicos con los que jugaba, no evitó que lograra atraer a diario, junto a las puertas de las casas cercanas, a muchos de ellos. Su invento era fácil pero ingeniosamente atractivo cuando el pasar de las horas es el único fin posible para no pensar en exceso. Una línea minuciosamente pintada con piedras y excrementos de animales sobre la única pared existente en la barriada, aguantaba las sacudidas de la pelota de sol a sol. Se endurecían las piernas, las rodillas se agrietaban, los pies sangraban y las uñas, arrancadas entre los que ni tan siquiera tenían un intento de zapato, se contaban por decenas entre la arena seca al finalizar el día. Ella era la única chica, la que levantaba sospechas, la que recibía críticas y la que automatizó los insultos machistas como fuente de interminable energía para no mirar atrás. Cuando no tienes nada que perder, no tienes nada que perder… O sea, solo queda ganar.

Los años pasaban y los jefes de cada pueblo buscaban a las doncellas vírgenes para el ritual Umhlanga. Las demás chicas empezaron a ver en Fisiue una actitud pasiva, desganada, fría en relación a la sonriente chica que dominaba la pelota como nadie lo hacía en kilómetros. Odiaba el show, odiaba su condición, odiaba las reglas. Muchas de las chicas se acercaron a ella intentando curiosear más allá de la temeridad y de la naturaleza problemática que cargaba ya por entonces a sus espaldas, ésa que ahora se destapaba al aire, mostrando piel, obligada a olvidar sus principios. No había dorsal sino plumas, no había escudo sino collares, para ella, no había ni dignidad. Como si de una pequeña activista revolucionaria de la pelota se tratara, Fisiue logró poco a poco amistad con algunas de sus símiles. Gracias a sus aventuras con el balón, a sus goles frente a la pared y a sus regates ante niños mucho más decanos que ella, atrajo la atención por la efusividad de sus palabras y la alta carga emocional de sus alentadores gestos de libertad. No tardó en conocer al resto de chicas de su ‘manada’ (cita de los varones cuando pasan ante ellas) percatándose de que, aunque mostraban un enorme respeto por las tradiciones nacionales, despotricaban sin aspavientos ante la subordinación cotidiana que padecían.

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Cuando los bailes anuales ante el monarca terminaban y la normalidad permitía seguir acumulando heridas y goles en la arena, las chicas de su barriada quedaron atrapadas por el talante de Fisiue. Fueron tantos los lloros, insultos y castigos que allí habían nacido, que cualquier obstáculo era menor para ella con una pelota en los pies. Una tarde se hizo pasar por un chico para que la permitieran jugar un torneo de pandillas diez cuadras más allá de su casa, otra noche se auto-expulsó en un partido para que el chico que mejor jugaba pudiera seguir correteando por el bien del equipo. Y nunca olvida el primer gol que marcó al que todos defendían como el portero imbatible del pueblo. Multiplicó amigos, se ganó el respeto con regates y levantaba los ánimos de las chicas cada vez que celebraba los goles dedicándoselo a las que habían ido a animarla. Fisiue no era ‘uno’ más. Fisiue era la ‘enganche’.

Solo era el primer paso en busca de la igualdad, algo que pronto supo hacer ver a Kolike, Nzila, Thiabe, Coura y todas aquellas que, hasta tres veces por semana, buscaban sacar una hora libre para aprender a jugar al fútbol. Las risas y revolcones de los primeros días sirvieron para unificar fuerzas en torno a las chicas rebeldes, pero su llamada feminista desencadenó barreras tras sus primeros partidos, a los que no faltó ningún chico con ganas de ver a las hermosas doncellas. Esta vez no bailaban semidesnudas, sino que corrían por cada pelota. No vestían telas distintivas de sus antepasados, sino habían logrado tejer sus propias camisetas identificativas. No buscaban complacer el alter ego masculino del líder nacional sino que, ajenas al temor, al miedo y al sometimiento, eran simplemente libres. Por primera vez escapaban, redimían y liberaban sus sentimientos gracias a una pelota que las hacía iguales al resto. Su mensaje, el de las chicas, el de las mujeres que habían logrado jugar un partido de fútbol ante chicos cara a cara, superó los límites de Lobamba (la capital legislativa del país), se extendió a los pueblos cercanos, alcanzó tribus jamás nombradas y desató el ambiente futbolístico entre las féminas suazis. En unos años, tras luchar contra cientos de opositores, dilemas políticos, doctrinas para eliminar el deporte en su rama no masculina y hasta parones por absurdas-ilegales demandas a algunas jugadoras (sobre todo por sus ropas y gestos), lograron hacer tanto ruido como para oficializar un campeonato femenino a nivel nacional (existía uno menor pero sin regulación alguna ni seguimiento suficiente).

A través del fútbol, las jugadores del Imbabatane logran que la voz de la mujer se haga respetar en Swazilandia

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Una planta muy irritante que durante años había generado picores, magulladuras y noches de fiebre entre las chicas, fue la charla que desencadenó el nombre del equipo: Imbabatane. Con tres jugadoras de un nivel más que aceptable, un entrenador que no dudó en apoyar su causa (Aaron Mavimbela, uno de los más reputados del país entrenando en el extranjero equipos masculinos) y la capacidad diferencial de Fisiue, las chicas de la barriada norte de Lobamba se hicieron notar en las primeras posiciones. Sus rivales, aunque hermanas unidas en una lucha por la justicia social, compiten bajo esa ideología que transmiten desde sus escudos y nombres. Las Muchachas, Buffaloes, Wanderers, Sant Divas o incluso InterLadies, logrando que la voz de la mujer se haga respetar, represente su propia identidad y mantenga los mismos honores que quienes disfrutan de sus jugadas desde las gradas. Curiosamente, el hombre sí maquilla, al menos durante 90 minutos, sus doctrinas machistas. Mujeres que, con una pelota en los pies, camisetas amplias, botas rotas y un gol por misión, logran encandilar a centenares de varones con mayor interés que cuando bailaban semi-desnudas ante el monarca. “Para el deporte y para el desarrollo del fútbol femenino, necesitamos que las chicas empiecen a jugar en las escuelas. Allí sabrán crecer con la pelota y entenderán que ellas también pueden jugar. He sido testigo de este crecimiento y de cómo es una actividad que las entretiene. Estas chicas necesitan el apoyo de la nación”, dijo el Consejero Delegado de la Asociación de Fútbol de Swazilandia (NFAS), Frederick Mngomezulu, hace unos años. Mientras, el Rey Mswati prohibía, bajo nueva norma, practicar sexo a las chicas entre 17-24 años durante 2.000 días para ‘luchar’ contra el VIH. Una dualidad, dos caminos distantes y un rumbo contrario que puso en peligro la vida del consejero, amenazado de muerte por diferentes bandas criminales del país y que, como otros pro-fútbol femenino, ha salido indemne de varios ataques directos. El fútbol superó esos baches y llegó el premio.

Una tarde del pasado mes de enero, en el tramo final del curso, las chicas del Imbatane no pararon de marcar goles. Uno de cabeza, otro de penalti, uno más tras una bella pared, el siguiente con un disparo lejano, el mejor de ellos de falta… Así hasta la increíble cifra de 33-0 (16 en la primera parte y 17 en la segunda). Un resultado que rompía absolutamente todos los records goleadores registrados en el fútbol ‘oficial’ en cualquier categoría nacional, continental y casi mundial (es la cuarta mayor goleada según datos actuales), alcanzando una media de un tanto cada tres minutos de juego. “La portera rival se acercó a una de mis jugadoras para decirle que ya había recibido bastantes goles y que deberíamos parar. Si no hubiéramos mostrado compasión, habríamos ganado por 60 a 0. Pero no queremos asustar a los otros equipos con que debemos jugar todavía”, dijo el míster Mavimbela. La creativa, talentosa y goleadora, con nada menos que 14 tantos, fue la luchadora Fisiue Hlophe. Cada una de esas celebraciones sirvió para romper límites, superar barreras y destruir blasfemias, pues se ganaron el respeto al aparecer en todos los medios del mundo mostrando la cara menos conocida de la mujer suazi. El fútbol como elemento social, llegando allí donde el raciocinio humano se empeña en no mirar. Un día inolvidable para las niñas del Imbatane. El día de las vírgenes goleadoras.

PD: Swazilandia… ¿Por qué? Una mañana de trabajo en Neustift, Austria, durante la Eurocopa de 2008, Francisco Ortí y quien escribe, miran datos y resultados. Aparece, entre los partidos del día, una victoria de Swazilandia ante Togo. Sorprendidos, indagamos en su selección, quedando impactados al leer que las malas condiciones de vida y la altísima tasa de sida (33,4% de población) genera que la selección nacional tenga una edad media de 23 años en ese partido, ya que la mayoría de suazis no supera la treintena. Para ellos, para ellas, nuestro recuerdo y aprecio 6 años después.

 


 

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