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Erikkson: Primavera en Goteborg

Plantilla Goteborg 1992

Por José Hernández (@rainerbonhof)

“Ellos parecían amateurs”, declaró Sven-Goran Eriksson después del milagro. El 3 de marzo de 1982 la vida del modesto IFK Goteborg cambió para siempre. Aquel viaje a España representaba para muchos jugadores y el propio técnico, el punto final del camino. Sus vidas no tenían sentido sin fútbol, pero el deporte no proporcionaba el sustento suficiente con el que hacer frente a un presente difícil para todos los suecos, un presente todavía más incierto para los pupilos de Eriksson. En pleno desplome de una de las economías modelo del continente, los clubes de fútbol de Suecia deberían ir olvidando los anhelos y sueños fabricados en la década de los setenta. En el caso del Goteborg la crisis había desembocado en quiebra, habían pedido ayudas solidarias para pagarse algunos vuelos europeos y hasta existía una recolecta interna entre jugadores. Pero aquella temporada, el fútbol volvió a hacer buena la cita de Henri Barbusse: “Intentando lo imposible se consigue lo posible”.

Maravillado por la concepción inglesa del juego, el joven Eriksson seguía perfeccionando su soñado 4-4-2. Una lesión de rodilla había terminado con su carrera como futbolista a los 27 años, pero la suya no era una vida distinta a la del resto de suecos. Amparados por un sistema social que cubría las necesidades básicas, el país había sido el modelo perfecto para Europa en los años sesenta y setenta. Las coberturas eran tan amplias que cualquier ciudadano sueco recibía entre el 80 y el 85 por ciento de su salario anterior cuando perdía un empleo (siendo esta prestación indefinida). El estado del bienestar funcionó a la perfección mientras la economía navegaba en torno a picos máximos. Pero, tras la crisis del petróleo de 1973, aquella realidad idílica comenzó a hacer aguas. Para mantener la burbuja de la abundancia, los impuestos comenzaron a ser altísimos, un hecho que en pocos años provocó el crack definitivo del sistema. Los trabajadores y asalariados suecos mantuvieron durante algún tiempo sus condiciones de vida, tan diferentes a las del resto de europeos. En medio de todo aquel utópico escenario, el fútbol también tuvo su espacio.

El 3 de marzo de 1982 la vida del modesto IFK Goteborg cambió para siempre

Porque fue en ese contexto donde se alcanzó la restauración del fútbol sueco. En el pasado se había vivido un periodo de esplendor justo cuando la calidad individual de la delantera conocida como Gre-No-Li (Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedhom) traspasó fronteras. Pero la revolución posterior aspiraba a catapultar de nuevo al fútbol del país desde una óptica basada en principios racionales de equilibrio. Si Suecia había dado una lección a Europa en las últimas décadas en el apartado económico y organizativo, ¿por qué no iba a poder hacerlo en los terrenos de juego? La utopía parecía tan grande como la que vivía la política del país, pero los milagros fueron llegando poco a poco.

Solo así, desde la perspectiva divina, pueden entenderse acontecimientos tan insólitos como los que comenzaron a ocurrir. En 1968 el Malmo FF se convirtió en el primer club sueco en vencer a un equipo de una gran liga, el Milan. Aquella enigmática victoria llegó de la mano de un español, Antonio Durán Durán, un perfecto representante del nuevo modelo en el que actitud profesional y recompensa amateur caminaban de la mano (convirtió lo amateur en profesional debido a sus años de experiencia como futbolista en España y rompió records en el fútbol sueco). Hubo más. Por ejemplo, en 1973, cuando el Atvidabergs de Conny Torstensson estuvo a punto de eliminar al Bayern Munich en la Copa de Europa. O el Mundial de 1974 en el que la selección sueca fue una de las sorpresas del campeonato. Por supuesto, la machada protagonizada de nuevo por el Malmo FF en 1979, cuando llegó a la final de la Copa de Europa, fue el punto máximo de este periodo dorado. El joven Sven-Goran Eriksson vivió estos años como un formal aprendiz del éxito, asimilando conceptos de maestros británicos como Hodgson o Bob Houghton, entrenadores que habían implantado en Suecia (sí, había técnicos extranjeros e incluso británicos allí) una nueva forma de entender el juego. Pero él quería más, Eriksson buscaba lo imposible.

Goteborg levanta título europeo en 1982

Sven-Goran llega al banquillo del Goteborg con 31 años, en 1979. Su bagaje hasta entonces se reducía a dos ascensos en la cuarta y tercera división con el Degerfors, pero su hambre de triunfo era extraordinaria. Llega con un objetivo: hacer del Goteborg el mejor equipo de Suecia. No había más. No necesitaba más para convencer. Primer día de trabajo, 29 jugadores en plantilla y todos, absolutamente todos, dedicados solo parcialmente a la pelota. Había panaderos, un electricista, un banquero y hasta un bombero novato. En aquél Goteborg en el que todos estudiaban o trabajaban, ningún jugador llegaba a los 30 años. Y fue eso lo que verdaderamente motivó al míster, cuyos sueños con altas pretensiones llegaban mucho más lejos de lo que los objetivos que la entidad le había marcado. Para hacerse una idea del nivel de modestia de esos hombres, basta un dato. Cuando el equipo conquistó el título de copa en 1979, los jugadores se llevaron una prima extra de 35.000 coronas por cabeza (unos 600 euros), cantidad excepcional como complemento económico a otra actividad, pero irrisoria en comparación a las cifras en las que se movían los grandes clubes profesionales.

Sven-Goran llega al banquillo del Goteborg con 31 años con un bagaje que hasta entonces se reducía a dos ascensos en la cuarta y tercera división con el Degerfors

El grupo formado por Eriksson se constituye en una gran familia en la que todos tienen su espacio, incluso los casos más excepcionales como el de Torbjorn Anders Nilsson. Desde mediados de los setenta, era la gran joya de la cantera del Goteborg -pues un delantero de excelentes cualidades, técnica e instinto, era anormal en la época- por lo que no pasó desapercibido su sombra para los ojeadores del PSV Eindhoven, club que lo fichó en 1976. Sin embargo, su paso por la liga neerlandesa fue del todo decepcionante ya que no logró adaptarse. En parte por su dificultad para sentirse cómodo en un entorno distinto. Volvió a su país muy pronto convencido de haber dejado escapar la gran oportunidad de su carrera. Hundido y con la confianza por los suelos, retornó al Goteborg cargado de resignación como una estrella herida en busca de recuperar lo que era suyo. Nilsson se convirtió en un reto personal para Sven-Goran Eriksson. Entender la individualidad de cada futbolista y premiar cada acción beneficiosa que estos tuvieran con el grupo fue una de las obsesiones del joven técnico. Quizá no tenían los mejores terapeutas ni las instalaciones de entrenamiento de los grandes clubes europeos, pero cada vez que Eriksson miraba a sus chicos, cada vez que veía sus progresos, soñaba despierto… Nada era imposible. Torbjorn Nilsson se transformó en un atacante con hambre de gol, entendiendo que sus tantos eran necesarios para el engranaje general del equipo. Asimiló a la perfección las órdenes de su técnico, olvidando su peculiaridad en una plantilla que debía entrenarse de noche. Eriksson fue clave en la recuperación de un hombre que a día de hoy sigue siendo el máximo goleador de la historia del club.

Erikson de jovenPero había más peculiaridades en aquel Goteborg. Por ejemplo, dentro del equipo existían dos parejas de hermanos: los Holmgren (Tommy y Tord) y los gemelos Carlsson (Conny y Jerry), un aspecto que no es casualidad dentro de los valores que habían sido implantados en el club. La solidaridad entre sus miembros provocó que el funcionamiento de aquel grupo fuera estable hasta en los peores momentos. El equipo era una gran familia, y sin duda, el hecho de que miembros de la plantilla tuvieran lazos carnales ayudaba a dar forma a esta cohesión. El modelo político y económico de Suecia estaba cambiando al tiempo que el Goteborg de Eriksson se construía, incluso algunos percibieron similitudes entre el decálogo de aquel vestuario y la socialdemocracia de Olof Palme que tanto peso había adquirido en Suecia en los últimos tiempos. Pero Eriksson y su Goteborg iban a llegar más lejos que ningún otro estamento de su país que partiera desde la nada.

En 1981-82 el IFK Goteborg elimina al FC Haka, al Sturm Graz y al Dinamo Bucarest en las primeras rondas de la Copa de la UEFA. Con el expediente cumplido con creces en Europa, el equipo cierra el campeonato sueco en segunda posición (solo superado por el Osters IF). En el horizonte espera un invierno largo con nevadas intensas que evitarán una temporada más que exista fútbol en el país durante los primeros meses del año. Pero la verdadera tormenta va a desatarse en los despachos. Los ingresos obtenidos han sido escasos y, a pesar de que el club no realiza grandes desembolsos económicos en la compra de jugadores, las últimas contrataciones han sumido a la entidad en unos preocupantes números rojos. Jugadores y cuerpo técnico esperan decisiones, una llamada tranquilizadora; ellos solo quieren volver a jugar al fútbol. La situación es insostenible y el presidente Bertil Westblad decide abandonar el cargo. Con él se marcha gran parte de la junta directiva y los medios de comunicación alertan de la situación del IFK Goteborg… BANCARROTA.

Con una nueva directiva, el club debe comenzar a preparar los próximos compromisos, el más importante la eliminatoria de cuartos de final de la Copa de la UEFA ante el Valencia CF. Eriksson es consciente de la dificultad de este duelo ya que su rival cuenta con varios internacionales y una destacada estrella, el danés Frank Arnesen, muy admirado en Suecia. Hacer un buen papel ayudaría al club a salir de la crisis, pero existe un grave problema: no hay dinero para cubrir el desplazamiento, y mucho menos para pagar la preparación que el equipo necesita en alguna zona con clima más liviano. Para el stage de pretemporada se había elegido Portugal por ser la opción más económica, pero el Goteborg no puede hacer frente por sus propios medios. Peligra la participación en lo que resta de Copa de la UEFA.

El Goteborg se encuentra en una situación económica paupérrima y carece de dinero para costear el desplazamiento a Valencia para disputar los cuartos de la Copa de la UEFA

En un momento tan crítico, ningún jugador sintió ansiedad por cobrar sus modestas nóminas; en todo caso, la mayor preocupación era conservar sus puestos de trabajo lejos de los terrenos de juego y pensar qué sería de su futuro: el fútbol podía terminar pronto. Esos días solo existe una idea, el único camino hacia la supervivencia. Hay que jugar en Valencia y dejar en buen lugar al club. La institución les necesita y ellos también se han ganado el premio de disputar un encuentro de estas características. Eriksson es conocedor de la dificultad de la misión, ya que debe preparar la eliminatoria en un tiempo récord, con jugadores que hace meses que no compiten y sin la seguridad de que finalmente vayan a jugar.

Tras anunciar la situación de deuda y la imposibilidad de participar en la Copa de la UEFA, los aficionados se movilizan sin cortapisas y nace la cooperativa del IFK Goteborg, a la que también se suman otros clubes y algunas de las personas más influyentes del país. En poco tiempo, el club reúne el dinero suficiente para que los jugadores puedan viajar a Portugal unos días, centrarse en el fútbol y disputar unos pocos partidos amistosos. Cinco días antes de jugar los cuartos de final de la Copa de la UEFA llegan a Valencia. La primera parte del milagro se ha conseguido. A partir de este momento el fútbol dictará sentencia, pero nadie en el Goteborg sentirá el nudo en la garganta que hubiera supuesto no jugar.

En la rueda de prensa previa al partido, Eriksson avisa del peligro de su equipo, percibe que pueden aprovechar la relajación de un rival que casi da por hecho la victoria, pero es realista: “Buscaremos marcar para tener opciones, pero perder por uno o dos goles no sería una catástrofe”. En su interior es consciente de que aquel viaje puede ser el último importante de su vida futbolística, pero su conocimiento y capacidad le impiden renunciar a la excelencia. El Goteborg salta al campo con sus once hombres más fuertes, fieles representantes de un pueblo que espera de ellos el milagro. Conny Carlsson en portería, Thomas Wernersson, Glenn Hysen, Ruben Svensson y Jerry Carlsson en defensa. La línea de medios es ocupada por los hermanos Holmgren, Glenn Schiller y Glenn Peter Stromberg, dejando la punta de ataque para Dan Corneliusson y Torbjorn Nilsson. A los cinco minutos de partido, Arnesen adelanta al Valencia con un lanzamiento de falta desde 30 metros. El comienzo no puede ser peor, se avecina goleada. Los jugadores se muestran incapaces de entenderse, como si la inactividad y los acontecimientos sufridos les impidieran ofrecer su mejor versión. Por primera vez en mucho tiempo se percibe un grupo dividido, cansado y desorientado. La gran familia puede estar viviendo los últimos minutos de su historia futbolística, ya que el mañana es incierto. Lo que pasará después del 3 de marzo es una incógnita. Pero los equipos diferentes, aquellos que hacen historia y perpetúan en la memoria del aficionado, siempre tienen un punto de inflexión; el Goteborg iba a renacer en los siguientes minutos para realizar el mejor partido europeo de su historia. Dos cambios en la pizarra de Eriksson y un par de órdenes enérgicas sirvieron para levantar a los blavitt de su letargo.

El Goteborg iba a renacer ante el Valencia para realizar el mejor partido europeo de su historia

Primero Svensson empata el encuentro y minutos después Nilsson iba a poner patas arriba la eliminatoria. Un equipo de aficionados al borde de la desaparición terminaba de dar la vuelta al encuentro en el umbral de una semifinal europea. Pocos sabían lo que transitaba por la mente de aquellos jóvenes jugadores de hielo, pero después de ver tan de cerca el precipicio y estar al borde de firmar el punto final de sus carreras, habían escrito el primer párrafo de la historia más impactante y exitosa del fútbol sueco de clubes. A pesar de que el Valencia igualó el encuentro desde el punto de penalti, Sven-Goran Eriksson supo que sus jugadores habían cambiado el curso racional de los acontecimientos. La batalla terminó sin sangre sueca y, aunque la Europa futbolística no era capaz de entender la magnitud de lo sucedido, el Goteborg, con su entrenador a la cabeza y todos los hinchas que habían hecho posible disputar aquel partido, sabían que nada podría pararles a partir de ese momento. “Somos neoprofesionales y hemos jugado en condiciones adversas, ellos parecían los amateurs”, manifestó Eriksson. La historia del Goteborg cambió. En el partido de vuelta, más de 40.000 espectadores llenan las gradas del estadio Ullevi. El resultado de Valencia logra concienciar a toda una ciudad de que los milagros existen. Estos jugadores son capaces de todo, se decían. El encuentro deja un cargo en taquilla de un millón y medio de coronas suecas, el récord de recaudación en un partido en toda la historia del fútbol sueco. Es una inyección económica que salva el presente inmediato del club, pero todavía resta el éxtasis. Sobre el campo los de Eriksson vencen 2-0 y se clasifican a semifinales.

Desaparece la quimera cuando, entre los cuatro últimos finalistas, aparece en su camino la experiencia alemana. El Kaiserlautern (que llegaba tras eliminar al Real Madrid) sufre la implacable furia del rodillo sueco, que aguantó los golpes físicos de su rival para imponerse en la prórroga del partido de vuelta con un milagroso tanto del defensa Fredriksson. Pero como toda gran historia, la conclusión debe ser imprevisible, y claro que sí, épica. En la final de la Copa de la UEFA de 1982 el rival era el Hamburgo. No uno cualquiera, sino el mejor equipo hanseático de su historia, el que era campeón de la Bundesliga y el que ya formaban estrellas históricas como el gigante Hrubesch, Kaltz, Bastrup o el líder Félix Magath, que un año más tarde sería capaz de ganar la Copa de Europa. Un rival que nadie querría para estrenarse en una cita determinante. El Goteborg puso en práctica el utópico sueño imaginado en el pasado por Eriksson. Su equipo, la gran familia de los trabajadores del puerto de Goteborg, los estudiantes y profesores, iban a terminar con su potente rival de la forma más ejemplar posible. Ganando 1-0 en la Ida disputada en el Ullevi y, sobre todo, destrozando con un 0-3 cualquier reacción alemana en el Volksparkstadion. El club de los trabajadores logró el gran milagro y son el último equipo amateur que alcanzó el éxito europeo en la época moderna del fútbol. Con ellos se marchó una parte del romanticismo más hermoso de este deporte. La Copa de la UEFA viajó a Escandinavia. A veces solo hace falta un estímulo para cambiar una dinámica negativa, ocasiones especiales en las que el grupo y la esperanza logran lo imposible. La utopía de un equipo de infatigables luchadores se hizo realidad gracias a aquella noche de marzo de 1982, la que generó el último milagro continental, la que alegró a un país terciario en la élite y la que inició la carrera del mejor técnico sueco que se recuerde. “Aquel partido impulsó mi carrera. Un día era amateur y al día siguiente era el técnico de moda. Firmé poco después por el Benfica dando el salto profesional. Todo cambió allí”. Fue, sin duda, la noche Sven-Goran Eriksson.

 


 

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