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Rebeldes FC: Once almas sin ley

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Por José David López (@elenganchejd)

Por inverosímil que parezca, hay personas que anhelan libertad y van más allá. Lo desean, lo pelean, se rebelan y, si llegan a conseguirla, harán buen uso de ella. La gran masa social esquiva, esconde y oculta, hasta sería capaz de renegar si hiciera falta, uno de los mayores valores de la humanidad. Multiplicando su papel de incógnito frente a cualquier voz distorsionadora ante lo que algunos pretenden imponer, la sociedad se despreocupa. Lo cómodo es dejarse llevar; lo cómodo es avergonzarse del que exalta; lo cómodo es odiar lo que resuena, y lo cómodo, sobre todo, es ver desde la barrera el despotismo hasta que éste me intente doblegar a mí. Son pocos, muy pocos, los que rompieron el camuflaje en busca de su privilegio natural, de su voz rotunda sin fronteras y de su corazón latiendo orgulloso por disfrutar de algo que solo somos capaces de valorar cuando se nos elimina. Solo queremos aquello que no tenemos. Solo luchamos por aquello que no disfrutamos. Unos porque su carácter jamás entendió de silencios exigidos pese a tener un contexto teóricamente liberal y otros, más justificados por los horrores diarios, se negaron a reconocer como obstáculo eterno lo que no es más que una muralla desgastada. Todos representan la sensibilidad extrema. Quizás ante sus ideas, externas al pensamiento global del momento, o quizás ante lo que considerarían injusto. Pero todos, con más o menos acierto, decidieron utilizar el fútbol como elemento diferencial para empujar su causa. Una ambición, a veces política y otras muchas, simplemente temperamental, que consumió la pelota para mostrar su rebeldía. Si se unieran en el césped, serían imparables, serían el Rebeldes FC.

Toni Schumacher: Casi es un despropósito que una carrera larguísima bajo los palos del mejor Colonia de la historia (el setentero campeón germano), un paso por los tres grandes actuales del país (Schalke, Bayern y Dortmund) y, además, campeón liguero en tres ocasiones (es de los pocos que lograron ganar la Bundesliga con dos clubes distintos), sea reconocible a ojos del mundo por motivos completamente opuestos. Cierto es que Schumacher es ‘víctima’ de su pasado, pero sobre todo de su lenguaraz boca, la que le obliga hoy a estar aislado de todo aquello que represente honores para el que fue 76 veces portero de la selección alemana campeona europea en 1980 y doble subcampeón mundial en 1982 y 1986. ‘El caso Battiston’ le persigue desde aquella agresiva acción en las semifinales sevillanas. Fue así como escribió un capítulo concreto de su desafiante biografía años después. “El balón pasó de largo. Eché una mirada al linier. No movió su bandera. No hubo ninguna reacción. Nada. Me levanté y me di vuelta. Battiston, en el suelo. Pasé por su lado y me dirigí a la portería, porque desde allí los franceses me estaban amenazando. No debí acercarme”, recuerda. Eso sí, asume que la reacción de su madre le alarmó: “Ha parecido grave. La falta ha dado muy mala impresión, hijo”, recalca sobre una acción que hoy sigue reconociendo como un lance del juego. Pero aquello le persigue: “Me había convertido en un asunto político sin tener la menor capacidad para ello. ¿Qué sabía yo de la historia alemana; de nuestra “imagen” en el extranjero? Nada. Yo era el hombre más apolítico que había. Pero ahora era el símbolo de una victoria deshonrosa conseguida contra Francia”. La libertad de expresión en su libro, donde narra capítulos de supuestas sustancias ilegales entre sus compañeros de época, las constantes prostitutas que pasaban por sus habitaciones, los vicios de las estrellas germanas, las apuestas entre ellos y su facilidad para las peleas de vestuario, le costó ser apartado unos años de la selección y del Colonia. Aun así, ‘su’ club le perdonó y hoy es vicepresidente. ¿Le perdonó el resto del mundo?

rebeldes02Juan José ‘Sandokán’: “Un carajillo estaría bien, que me has hecho levantar de la siesta y ahora no me encuentro”, respondió a la pregunta que le ofrecía un café. Era su carta de presentación, aunque la pronunciada barba castaña que aún luce y la dificultad para moverse a un ritmo meridianamente alto, no podían disimular una vida muy dura a espaldas del personaje que un día fue. Eran las 16:00, bajé a buscar al defensa tosco que todo el mundo recuerda del Cádiz ochentero. O, si lo prefieren, al lateral aguerrido que durante varios cursos sorprendió en el Real Madrid frenando en los clásicos a Maradona. Pero sus logros futbolísticos, sus títulos blancos y sus recuerdos milagrosos que salvaron a la ciudad gaditana de múltiples descensos quedaron aislados en el pasado. “Nunca me gustó entrenar, no era lo mío y no vi nunca posibilidad real de seguir vinculado al fútbol en ese sentido; ni lo pensé, porque no tuve la capacidad suficiente. Yo me negué a arrastrarme por los campos de inferior categoría. No soy así. Prefería disfrutar ese momento porque ser futbolista querido en una ciudad que te embauca o ser futbolista de un Real Madrid con lo que eso significa, lo es todo. Y hoy los futbolistas ni se paran a pensar en eso. Ya lo harán más adelante y será tarde”, recuerda. No tiene problemas en contar de carrerilla, en instantes, pero con una franqueza absoluta, que hoy su vida es bien diferente, con graves problemas económicos, pero asumiendo que casi lo eligió así: “Estuve tres años en el Real Madrid y eso antes era bueno a nivel económico. Ahora ya sería espectacular. Con el dinero que gané me pude comprar mi actual casa y mi plaza de garaje. Aunque si después de retirarte te dieran una pensión, ya sería un chollo. Hoy sé quién soy, sé la persona que soy”. Tras ser camarero, astillero y hacer diferentes cursos para colocarse en cualquier trabajo útil “porque uno ya no está para elegir”, me miró con dolor al asegurar que, al final, una hernia discal le ha dejado casi sin poder moverse “aunque mantengo la humildad y la experiencia que la pelota me dio”. Y eso, en Cádiz y en la ideología ‘sandokeña’, es suficiente porque “aquí todavía te puedes tomar una caña por un euro”. No necesita mucho más.

Lilian Thuram: Croacia era la selección simpática de 1998 y su caminar mundialista era perfecto para haberse convertido en uno de los milagros de la historia del fútbol. Pero esa noche de semifinales no hubo sitio para sorpresas. Un lateral diestro físicamente inabordable, potente y convertido en improvisado goleador, se alzó al podio de los elegidos en las noches que alteran sus vidas. Y la suya ya llevaba años brillando en una lucha de ideas que no aguantaba más silencio en su cabeza. Lilian Thuram, para quien escribe, uno de los mejores centrales de los últimos tiempos (pese a que empezó como carrilero diestro), era un obsesivo de la educación en valores identitarios e integración. Su origen antillano le obligó a conocer en primera persona el racismo, pues sus abuelos fueron esclavos. Esto fue una losa que arrastró desde que, muy joven, emigró a París y los niños le llamaban ‘Noiret’ (‘Negrito’, en referencia a un dibujo animado que triunfaba en la época y que era representado por una vaca). “Aprendí lo que era el racismo frente a frente con él”, explica en uno de sus libros, donde muestra un interés casi devoto por aquellos referentes históricos en la lucha racial. Cuando era el futbolista con más internacionalidades de un país al que él mismo considera racista, dejó de cantar la Marsellesa tras escuchar a Jean Marie Le Pen que había muchos negros en la selección. “Debemos elegir entre continuar con estos abusos o la integración. Yo siempre votaré a la integración”, dijo desde el estrado de un mitin con François Hollande. Durante su época en Barcelona, apoyó manifiestos en favor de hablar catalán porque “para que los niños sean adultos responsables y valoren otras culturas, deben aprender a amar lo suyo”. Hoy, con imagen impoluta y casi más cercana a filósofo que a futbolista, Thuram está en muchas papeletas para ser futuro ministro de Deportes en Francia.

Carlos Alberto Rivada: Argentina, año 1977. Las víctimas del caótico momento político del país hace tiempo que vincularon a deportistas de diferente rango o actividad, pero el fútbol no podía quedar aislado. De todos ellos, el único futbolista de caché que fue detenido y a la vez desaparecido, era tan estudiante de Ingeniería como lateral o extremo zurdo de Huracán de Tres Arroyos. ¿Por qué pensaron en él? La noche del desenlace acababa de disputar un partido y atravesaba el que sería momento clave de su carrera. El padre, su gran valedor, consciente de las historias que arrastraban los desaparecidos por la Junta Militar, se acercó a varios de los que más alto rango poseían y sacó promesas de ayuda para encontrarlo. La crueldad querría que, ése mismo comandante, René Aizpitarte, acabara representando a uno de los secuestradores de su hijo. Los hilos que los años han permitido liberar y conocer recuerdan que Rivada no tenía militancia política. Pero, quienes investigaron entonces, encontraron su número de teléfono en la agenda de un antiguo compañero de instituto con el que se dejó ver en una actividad política estudiantil durante su adolescencia. Antonio Garza, dueño de esa página telefónica, apareció muerto poco después y el padre de Rivada ató el guión del secuestro en una cena que días antes habían tenido los futbolistas de Huracán. Unos vecinos actuaban de delatores en aquella cita y las fotos del evento fueron la condena del ‘zurdito’. Héctor, el padre, recorrió tierra y mar en busca de justicia para su hijo, pero acabó muriendo sin ninguna novedad al respecto. Hoy, Rivada sigue siendo el único futbolista desaparecido que todos dan por muerto sin cadáver.

Bernd Schuster: Debe de ser difícil haber militado en los tres grandes equipos del fútbol español (Barcelona, Real Madrid y Atlético) y, ni aun así, conseguir la simpatía plena de alguna de sus aficiones. Las finales disputadas en su carrera quizá tienen parte de la culpa. No ayudó el gol que, como culé, marcó a los blancos para lanzar una interminable serie de cortes de manga a la afición que poco tiempo después le pagaría. No ayudó su bestial celebración como atlético marcando una falta gloriosa en el Bernabéu. Pero, sobre todo, no ayudó que en la final de la Copa de Europa de 1986, en Sevilla, tras ser sustituido, se marchara del estadio a su casa: “Escuché los penaltis de aquella final en el taxi. Lo sufrí, pero fue mi decisión. A día de hoy aun nadie del club me preguntó por qué lo hice”. Esa noche marcó su futuro, aunque no fue su única ‘espantada’. No es especialmente querido ni allí, ni allá, ni en su propia Alemania. Ganó temprana fama de crack juvenil al firmar por el Colonia con solo 17 años y ser Balón de Plata dos años más tarde tras coronarse como estrella nacional en la Eurocopa de 1980 que ganan los germanos con él como MVP. No tardó en dejar la selección alemana tras no acudir a un partido por el nacimiento de su hijo, circunstancia que le evitó aspirar a grandes registros individuales porque habría disputado varios Mundiales y Europeos que armarían hoy un perfil de estrella mucho más completo. No quiso ceder jamás. No quiso doblegarse jamás.

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Sócrates: Se tapó la salida hacia el autobús y los futbolistas estaban amenazados tras perder algunos partidos. Cuando tras varias victorias por goles suyos, él decidió no festejarlos, la torcida le criticó. ¿Por qué no celebraba?, se preguntaba la mayoría. Sócrates respondió con autoridad: “¿Cómo quieren que celebre? Hace unos días querían pegarme y ahora quieren que sonría con ustedes. No, esto no es así. El equipo por encima de todo”. La historia que nos contó el gran periodista brasileño Juca Kfouri, amigo personal del mito Sócrates, no podía acabar sino con la comprensión, el diálogo y la paciencia de una hinchada que, en meses, logró que siguiera los pasos marcados por ‘El Doctor’. A base de calcanhar e inteligencia, la pelota no tenía secretos para él. Fue el primer futbolista del mundo que entrenó a una hinchada y que, cuando se ganó su amor, la utilizó como elemento social para arrastrar la masa del fútbol a los asuntos políticos que desolaban Brasil en los 70. Con ayuda de Wladimir y Casagrande, generó una democracia en el vestuario del Corinthians de la época. Allí se votaba todo en reuniones colectivas. Desde quién tenía que ir convocado el día previo a los partidos (solo acabaron por acudir los solteros) hasta las horas que eran límite para entrenar por la mañana o qué menú escoger en los viajes. Era el ejercicio de la libertad con responsabilidad por parte de un equipo de fútbol. Y eso, en un momento en el que el país no permitía la votación, acabó por entusiasmar. Al final, la grandeza del club, sus éxitos y la fama incontestable de una estrella del fútbol luchando por los valores políticos que defendía, lograron instalarse en la identidad de todos los brasileños. La llamada Democracia Corinthiana, la que durante tantos años mostró en la bandana que rodeaba su cabeza, fue el primer paso para reivindicar y lograr el derecho al voto. Una mente privilegiada, disconforme con lo que veía, siempre dispuesto a dialogar e incluso consultado por los políticos más influyentes del país hasta su muerte. Un ser eminentemente político. Un mito.

Rachid Mekhloufi: El fútbol francés fue invadido por una vertiente verde en los años 60-70, cuando el histórico Saint Etienne acumulaba éxitos, títulos y, sobre todo, prestigio por un estilo ofensivo irreconocible hasta el momento. Gran parte de los números que provocaron esa marea simpática que se dejó ver en toda Europa, los acumuló Mekhloufi, el aún hoy máximo goleador de la historia del club (192). Nunca, absolutamente nunca, pudo olvidar su carácter revolucionario cultivado en las calles de Sétif, en su Argelia natal. Este llegador con una capacidad endiablada para romper redes, se desvivía con la conciencia a diario aportando esa voz incómoda fruto de actuaciones contra la injusticia que acabaron empujándolo al abismo internacional. Vivía cansado del sometimiento que Francia ejercía sobre los cientos de miles de colonos argelinos. Él lo había sufrido en primera persona siendo un crío cuando los gendarmes galos mataron a sus pies a miles de activistas un 8 de mayo de 1945 de infausto recuerdo. Siendo niño fichó por Les Verds y saltó la Guerra Independencia en su país, pero no olvidó los horrores afrontados y quedó marcado por una huella que convulsionó su carrera. Tanto, que en la cúspide, convocado para disputar el Mundial de 1958, desapareció (también lo hicieron de incógnito varios argelinos internacionales galos). El plan de la estrella era el plan del FLN (los futbolistas cedían el 15% de sus derechos a esta causa), que quería sacar pecho y crear su propio once de argelinos que militaban en el campeonato francés. Un reto inédito en el fútbol. Los once elegidos desertaron y empezaron una gira de partidos por los cinco continentes defendiendo la causa nacional y la independencia. Mekhloufi jugó nada menos que 40 de esos partidos no reconocidos por la FIFA poniendo en juego su carrera, su futuro y dejando a un lado su sueño de disputar un Mundial. Su causa le permitió vivir el resto de su vida en paz y poder volver a Sétif con la cabeza alta.

‘Mágico’ González: No olvidaré las horas, demasiadas, que tardamos en Destino Fútbol (programa de reportajes de fútbol de ESPN) para dar sentido a las frases que soltaba durante nuestra entrevista. Para ser capaces de sentarlo y hablar con él unos minutos, tocó hacer guardia en la puerta de su casa en San Salvador durante más de un día. Pero insisto, cuando tocó editar, era imposible encontrar lógica, sentido o interpretación adecuada a sus pensamientos. En parte, porque es absolutamente imposible imaginar la cabeza del ‘Mago’. Conozco al personaje cercano, al que conocen sus amigos, al que conocen en su país y en ‘su’ Cádiz, pero es absurdo esforzarse por explicar sus ideales de vida. Mito absoluto de El Salvador, fue capaz de entrar en el mejor once del Mundial del 82, pese a que su selección fue la última clasificada. Capaz de evitar el descenso amarillo una vez tras otra con sus impresionantes lanzamientos de falta o ‘culebritas macheteadas’, así como de ensombrecer a Maradona en una gira donde acudió como invitado especial del Barcelona y hasta de rechazar ofertas de Italia porque allí, como él decía, “no hay pescaíto frito”. Nunca subía a cobrar el sueldo pese a la insistencia de sus compañeros y hasta presidentes. Nunca levantaba la voz ni negaba cualquier invitación por más que todos sabían que jamás aparecería en el lugar indicado. Su desgana, su falta de ambiciones, su timidez en público, su calidez entre amigos, su locura transitoria y su clarividencia en el césped. Todo era uno, pero todo era a corazón abierto. Amigo de la noche gaditana, de las chicas gaditanas y del sol gaditano, solo allí pudo mostrarse como era. Una personalidad sin luchas pero única. Un rebelde por defender lo que pretendía ser y lo que querían que fuera. Pudo ser todo. Pudo ser el más grande. Pero quiso ser solo ‘Mágico’.

rebeldes04Romario: Ese gesto técnico que derribó defensas en un simple metro cuadrado apodado ‘cola de vaca’, ese toque de genio en forma de vaselina para superar porteros, esa pared tras control que permitía dinamizar el avance de la pelota en zonas determinantes… El exdelantero brasileño, ambulante del gol allá por donde pisó hasta conquistar los polémicos 1.000, encandiló los sueños noventeros de todos los que deseaban ser futbolistas. Y aunque tocó el cielo con Brasil en el Mundial de 1994, su currículum no se acerca ni de lejos a lo que debería representar una estrella con tan larga trayectoria y de tan reconocida categoría. Era irreverente, escandalosamente sincero, inapropiadamente radical y completamente incompetente para ser profesional. Tan grande fue la aureola mediática y polémica que le perseguía que no hacía falta inventarse nada. Él era así y había que quererle u odiarle de tal manera. Las fiestas, la playa, la bebida, las ausencias a entrenamientos y un enorme rastro de sospechas diarias que manifestaba en el césped con gestos irrespetuosos a sus entrenadores o recordando sus andadas con su gran debilidad, las mujeres: “Una vez, después de un partido, tuve que quedarme para la prueba antidopaje y vino una novia que tenía en la época. Se habían ido todos, sólo quedaba un funcionario en la puerta del vestuario y entonces aprovechamos”. Sí, hicieron el amor… en Maracaná. Sumó decenas de litigios judiciales, fue apresado por diferentes desaires amorosos e incluso agredió de gravedad a un periodista. Pero con los años, su personalidad fue renovada por completo. En 2010 se adentró en la política como diputado del Partido Socialista Brasileño tras tener una hija con síndrome de Down y erigirse como representante de ese sector tan debilitado en el país. Su fama política creció y acabó estallando contra el máximo organismo del fútbol y contra el gobierno brasileño por manejarse sin respeto hacia las clases débiles: “Brasil le abrió las piernas a la FIFA”. ‘O Baixinho’ o cómo la cara polémica de la pelota le mostró el camino hacia los verdaderos ideales por los que luchar.

Carlos Caszely: “No me gustan las dictaduras. Yo pagué por mis ideas y sigo pagando a día de hoy”. Tan directo como sincero, el futbolista chileno más radical ante el sistema político de su país, sigue viajando con sus ideales y una etiqueta a cuestas, la del ‘Rojo’ Caszely. Tercer máximo goleador de la historia de la selección nacional, mito intocable de Colo Colo y, desde luego, pionero en unirse al proceso revolucionario de su país. Cuando su entidad accedió a nombrar presidente de honor a Augusto Pinochet, el delantero no dudó en mostrar su verdadera opinión cara a cara. Fue en Moscú, ante la selección y los ojos del mundo, cuando decidió rechazar su mano. “Pinochet sabía que no le iba a saludar, no es tonto. Pasó delante de todos, yo metí mis manos atrás y sonrió. Yo solo hablaba con él de fútbol y pese a tener más recepciones, jamás le salude”, repite siempre que puede. Tras la conflictiva clasificación chilena para el Mundial del 74 (la famosa eliminatoria-simulacro ante la URSS), pagó sus desplantes. Caszely fue obligado a pagarse su propio viaje de avión ante la pasividad y muestra de desprecio federativo. Tal fue su decepción y desesperación, que acabó siendo el primer jugador en recibir una expulsión en la historia de los Mundiales (algunos dicen que buscó la autoexpulsión para no jugar ante la República Democrática de Alemania). Tal fue el desprecio que sus compatriotas le proporcionaron, que su filia política tocó techo pidiendo doble nacionalidad española, siendo tachado de traidor de la patria y sufriendo el veto para jugar con su país. Años después, todos se estremecerían a conocer la verdad que ocultó. Su madre había sido secuestrada y torturada años atrás por quienes le habían pedido apoyar su causa política: Caszely se puso al frente del ‘no’ en el plebiscito de 1988. “Se lo debía a mi país y a mi madre. Teníamos que salir de la oscuridad. Para mí fue una tremenda alegría que Chile dijera ‘no’ al dictador. Era el ‘no’ a muchos años de horror. En la selección no se hablaba de eso, pero sabíamos que la gente desaparecía, que había torturas y que las violaciones a los Derechos Humanos eran habituales en nuestro país”. Aquel que negó el saludo a Pinochet es, desde hace unos meses, agregado de Deportes desde España para Chile.

Mathias Sindelar: Levitaba, giraba, encaraba y parecía bailar entre sus rivales. Elegante, fino, elitista y goleador de culto. Fueron tantos sus goles, fueron tantos los elogios, que su leyenda, la de un mito incomprendido en una época que no le pertenecía, supera cualquier drama futbolístico recordado. Fue el primero. El que logró hacer del fútbol un deporte querido en lugares insospechados y el que utilizó la pasión que su rol ejercía en la sociedad hasta las últimas consecuencias. Residente judío contra el nazismo desde el día en el que se negó a jugar con la selección alemana de Adolf Hitler (pese a ser austriaco, en ese momento los germanos se anexionaron a su país de origen). Tal era la aureola de estrella que había logrado Sindelar (por ejemplo con un gol desde el medio del campo ante Inglaterra o una chilena pionera en el césped ante Rep. Checa), que Austria en los años 30 era conocida como Wunderteam (Equipo Maravilla). El dictador alemán no tardó en querer aprovechar esa fuerza de la pelota en su sociedad y demostrar el poderío ario en el planeta, por lo que el nuevo icono tendría que ser su principal valedor. El ‘Hombre de papel’ se inventó lesiones y excusas variopintas para solo disputar el último partido de Austria antes de unirse precisamente ante Alemania. Cuando ese día marcó gol, se plantó ante el palco del Fuhrer y bailó con mofa (todos los futbolistas, atemorizados, lo que hacían al marcar era dedicárselo al líder). Perseguido tras ser condenado a muerte por los alemanes, vivió clandestinamente hasta que una de las versiones sostiene que fue asesinado en 1939 en Viena mediante una intoxicación de monóxido de carbono colocada en su estufa. La realidad, la única seguridad, es que había defendido desde joven sus ideas de izquierdas en momentos donde la pelota empezaba a ser un elemento propagandístico muy poderoso. Su tumba, colocada en un cementerio para los que lucharon por fines políticos, está representada por un balón. El que le dio la fama. El que le dio la vida y el que le dio la muerte.

Podríamos haber abierto la convocatoria con genios extravagantes de ayer y hoy. Nuestros rebeldes, algunos de ellos menos reconocibles por la historia, justificaron en primera persona su lucha y, en muchos casos, fueron una amenaza latente para el poder o para quienes pretendían frenar su libertad. Se debía a su corazón. Se debían al Rebeldes FC.

Agradecimiento: gracias a la maravillosa fuente de sabiduría que representó ‘Futbolista de izquierdas’ (de Quique Peinado, @quiquepeinado) para aportar más lucidez a este reportaje.

 


 

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