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Muteba Kidiaba, baile por la libertad

Kidiaba celebra una victoria del Mazembe con su baile

Por José Hernández (@rainerbonhof)

Pocas competiciones pueden ofrecer un nivel tan grande de desigualdad entre sus participantes como la Copa del Mundo de clubes de la FIFA. Para algunos equipos competir al lado de los gigantes de América y Europa es la culminación de un proyecto con décadas de vida. Para el Mazembe en 2010 el sueño fue algo más, ya que ellos lideraron la rebelión de los modestos en el contexto más difícil. Muteba Kidiaba, el portero de aquel grupo de héroes, encarnó a la perfección el sentimiento de su pueblo ante un deporte que les ofreció el entusiasmo y la felicidad que la propia vida les robó en otras ocasiones. Su ‘baile’ traspasó el umbral de una celebración para convertirse en el emblema de una idea; la semilla del fútbol que alimentó a un pueblo roto mucho antes de que Kidiaba paralizara el planeta con su danza…

Nadie en el mundo podría relatar una crónica de terror y espanto como la que conocieron los residentes de las zonas cercanas a Kinsasa, Lubumbashi o Kolwezi. El país fue endemoniado de forma miserable por los colonos europeos y su autócrata sucesor, en una espiral de asaltos constantes contra los derechos básicos de sus habitantes. Bajo la dictadura de Mobutu, la actual República Democrática del Congo respondía al grito de Zaire (una herencia de los territorios que entre 1885 y 1908 habían pertenecido al rey Leopoldo II de Bélgica). Durante la administración exclusiva del monarca, el Estado Libre del Congo sufrió una explotación indiscriminada de sus recursos naturales. El Rey encontró en el Congo la llave para hacer de Bélgica una importante potencia imperialista. Los índices de producción se dispararon a costa de causar un gran perjuicio a la población nativa ya que la desobediencia era castigada con la mutilación o la muerte. Se calcula que entre diez y quince millones de congoleños fueron exterminados bajo el reinado del monarca belga. En 1908, Leopoldo II renunció a sus derechos sobre el territorio y los cedió a su país. La aparente tranquilidad escondía una esclavitud extrema y constante. Las heridas y torturas sufridas en el pasado, condicionaron la personalidad de un pueblo acostumbrado a tener un rango jerárquico inferior. Al igual que otras posesiones de la Europa Occidental, el Congo belga caminó hacia su independencia en 1960. Un hilo de esperanza y luz se abría paso entre la selva del corazón de África, pero era solo eso, una visión encantadora del mañana.

La República Democrática del Congo se liberó del yugo belga en 1960, pero cayó bajo el tiránico dominio de Mobutu

Como nación soberana y libre del control belga, la República Democrática del Congo ingresó en la CAF y la FIFA en 1964, aunque su federación había nacido de forma no oficial en 1919 dando pie a los primeros encuentros internacionales de los jugadores congoleños frente a equipos de su entorno. Aquel primer y casi prehistórico contacto con la pelota produce una amalgama de percepciones que dejarán huella para siempre entre los habitantes de Kinsasa, conocida hasta 1966 como Leopoldville (en honor a Leopoldo II). Y es que la llegada al poder de Mobutu en 1965 no solo trae consigo el desembarco de un jefe de estado absolutista, sino que también aparece el patriota que desea eliminar todo rastro de europeización. El Congo pasará a llamarse Zaire y nunca más se volverán a escuchar los nombres de Leopoldville o Elisabethstad, sustituidos por los actuales Kinsasa y Lubumbashi. Precisamente en esta última ciudad nació en 1939 el Tout Puissant Mazembe.

Fundado por monjes benedictinos que dirigían el instituto Saint Boniface, el club se convertirá en el símbolo futbolístico de dos épocas distintas. Mobutu se reveló como un cleptócrata de nivel internacional y, como tantos otros líderes autoritarios, vio en el deporte y en concreto en el fútbol, la manera de alcanzar cierta notoriedad al mismo tiempo que desarrollaba su particular sistema político y económico. No le gustaban los nombres ni los ciudadanos europeos, en cambio sintió la necesidad de recurrir a ellos para poner en marcha un proyecto que abarcaba la reconstrucción del fútbol del país. En 1965 la selección nacional debuta en la Copa Africana de naciones con una discreta actuación, pero solo tres años más tarde logran ser campeones dirigidos por Ferenc Csanádi, un técnico y exfutbolista húngaro que logró que los jugadores se acercaran al pueblo. El fútbol congoleño creció de tal forma que algunos futbolistas nacionales que disputaban ligas europeas volvieron al país bajo el amparo de suculentas condiciones; el fútbol se encontraba justo en el lugar que deseaba Mobutu.

Mobutu y Juan Carlos I,  rey de España

En medio de todo aquel Edén, el modesto Mazembe se convirtió en coloso del continente al ganar la Copa Africana de Clubes en dos ocasiones, la primera en 1967 (tras empatar en la final a doble partido y que el Asante Kotoko ghanes se negará a jugar un desempate) y la segunda un año después (tras batir al Al-Ismaily egipcio). Pero el punto más alto de éxito para el fútbol de Zaire llegaría unos años más tarde, cuando la selección logró clasificarse para la Copa del Mundo de 1974. “Las panteras”, como fue conocido el equipo nacional, protagonizó una de las participaciones más pintorescas que se recuerdan. El equipo recibió duras goleadas, sobre todo el 9-0 ante Yugoslavia, al mismo tiempo que resistió notables pruebas de mofa por parte de los periodistas y el público rival. El mundo no estaba acostumbrado a ver competir a los futbolistas del África negra. Pero lo más hiriente para aquellos jugadores fueron las amenazas recibidas por Mobutu y sus militares, que avergonzados por la actuación del equipo, no dudaron en sitiar el hotel de concentración en busca de culpables. La realidad había aplastado a unos futbolistas que pese a la dureza de los marcadores de la fase final habían logrado una proeza. El fútbol había acabado para el país.

Robert Muteba Kidiaba, el estandarte y portero del equipo desde 2002 hasta hoy, ni siquiera había nacido cuando el Mazembe de la renombrada Lubumbashi hizo historia por primera vez o cuando Zaire era abochornado a ojos del mundo. La suya fue la generación olvidada del fútbol congoleño. Pese a crecer rodeado de deporte (tenía hermanos karatekas y baloncestistas), jamás pensó que podría ganarse la vida como profesional, y mucho menos que su nombre aparecería escrito décadas más tarde al lado del de algunos de los mejores futbolistas del planeta. Kidiaba comenzó a jugar al fútbol como delantero, pero pronto entendió que sus condiciones genéticas no estaban a la altura de los grandes portentos africanos que desbordan por velocidad. Elegir la posición de portero es una decisión arriesgada en África, pero no para alguien con su carácter. Risueño y optimista, nunca temió por su vida y el futuro. Ni siquiera durante el cruel periodo de guerra que sufrió el país, cuando jugar en Europa podría ser la salida a un presente muy duro y cuando tras la salvaje contienda bélica, el país presentaba una de las economías más débiles del mundo y la mayor tasa de violaciones. El fútbol, más que en cualquier otro lugar, era terreno perfecto para enaltecer emociones que serían vistas como una transgresión en cualquier otro ámbito. Cada duelo en el que participaran el DC Motema Pembe, el Vita Club o el Mazembe (los grandes del país), recibía dosis de histeria y pasión por parte de unos aficionados que seguían vinculados al deporte de una manera primitiva. Su escape, su ilusión, su felicidad.

Muteba Kidiaba es el estandarte y portero del TP Mazembe desde 2002 hasta hoy. Su estilo personifica la ilusión de todo el país

Había mucho de todo eso en el estilo heterodoxo de Kidiaba bajo palos. En él nunca se admiraría la esencia del estilo de un portero del viejo continente, sino que la improvisación y la irregularidad siempre caminarían de la mano. Cuando saltaba al campo, una parte del instinto de los aficionados pisaba la línea de cal; la herencia descorazonada de quien jamás utilizará el llanto para interpretar la muerte… en el caso de Kidiaba, la derrota. Con la llegada del magnate Moise Katumbi, el Mazembe volvió a la cima. Su título de campeón de África en 2009 permitió al club representar a su continente en el Mundial de clubes que se celebró ese mismo año en Abu Dabi. Pero las cosas no pudieron ir peor. Es cierto que el equipo no dejó una imagen tan negativa como hiciera su selección 35 años atrás en el mundial de Alemania, pero dos derrotas le condenaron a una sexta plaza que no colmó en absoluto las aspiraciones del club. Además, Muteba Kidiaba abandonó el terreno de juego en el partido por el quinto puesto, expulsado a pocos minutos del comienzo. No era la mejor carta de presentación para un hombre que contaba casi con 33 años y al que no le sobrarían las oportunidades para impresionar e intentar una última carta en Europa. Colectivamente, el golpe fue tan difícil de asimilar que muchos jugadores fueron criticados, algunos amenazados y hasta pensaron en salir del país ante la fuerte presión generada. Meses de caos que el club supo levantar desde los resultados. El portero, líder referencial del proyecto y del fútbol nacional, nunca, jamás perdió la sonrisa, que acompañó cada fase previa, cada eliminatoria y cada gol hasta repetir escenografía mundialista un año después.

Kidiaba celebra con el TP MazembeLa fuerte angustia atravesada había generado una sensación de dualidad y sentimientos contrariados. Sin embargo, esta vez sí, el resultado iba a ser muy diferente. Los africanos saltaron al campo sin complejos ante el equipo mexicano del Pachuca que, pese a tener el favoritismo de su lado, fueron sorprendidos por un equipo mucho más ordenado que contó con un correcto Kidiaba en portería. En semifinales, el rival sería el Internacional brasileño, el partido que debería ser un ineludible trámite para el campeón de la Libertadores, pensaron algunos, pensaron las estadísticas, pensó la historia. Pero ésta, reservaba la jornada del 14 de diciembre de 2010 como un día clave en la evolución del fútbol africano en general y congoleño en particular. Si en 1960 el país había celebrado con efusividad su liberación, en 2010 obtendría la retribución deportiva al sufrimiento.

La estrategia del Mazembe quedó muy definida desde el primer momento de su duelo ante Internacional: seriedad en las marcas, disciplina defensiva y velocidad en las salidas. Si Kidiaba era el de las grandes ocasiones, ¿por qué no pensar en la clasificación? Los brasileños lo intentaron en varios ataques liderados por Rafel Sobis y Andrés D´Alessandro, pero una y otra vez fueron sorprendidos por las aparatosas intervenciones de Kidiaba, más próximas a las paradas de un portero de balonmano que a las de un guardameta futbolístico. Cada salida a pies del delantero rival transportaba a los comentaristas a un estado de duda, pero al contrario que en otras ocasiones, la pantera congoleña no falló ni tropezó en ninguna carrera. Los delanteros del Mazembe confiaban en su hombre, en su líder, en su genio… el inspirado cancerbero que a ritmo sincopado estaba destrozando los planes del rival. Aquella noche en Abu Dabi solo se escucharía música congoleña, ritmo africano. Los de Porto Alegre perdían ritmo y control al mismo tiempo que los rápidos centrocampistas del Mazembe comenzaban la lucha por cada balón; una guerra lenta, sufrida y flemática. ¿Quién es ese hombre y por qué se mueve de esa forma? (se preguntaban los jornalistas sudamericanos). Kidiaba mantenía su rostro impasible, con la tranquilidad necesaria para seguir haciendo de sus extravagantes desplazamientos acciones de gran valor, para hacer de cada estirada un respiro y de cada rechazo un impulso moral de incalculable valor histórico.

Se llegó con empate al descanso, justo en ese momento en el que las historias románticas se tuercen, los planes positivistas se desvanecen y el dramatismo encuentra perfecta diana en el rival más débil. Pero aquél diciembre de 2010 iba a dejar perplejo al mundo. La sorpresa iba a ser futbolística, humana y visual… el asombro quedaría bautizado con un nombre, el de Kidiaba. Después de pararlo absolutamente todo, de llegar a balones imposibles y animar a sus compañeros a que buscaran el arco rival, Mulota Kabangu adelantó al Mazembe. El gol llevó a los jugadores al éxtasis, pero el realizador televisivo no pudo contener su instinto cuando observó la manera en la que el portero del Mazembe estaba festejando el tanto. Sin duda, tenía la imagen del año. Sin duda tenía la imagen del fútbol africano en su máximo esplendor. El mediático guardameta comenzó a moverse de una forma extraña. Estaba sentado pero daba saltos con el glúteo a la par que movía brazos y cabeza. Su ‘baile’ era tan inclasificable que muy pronto despertó la curiosidad del mundo. Si debajo de los palos estaba firmando su actuación más poderosa, con su celebración logró ganarse la simpatía de los aficionados: Kidiaba no era otra cosa que la felicidad personificada gracias al fútbol. Aquella noche se convirtió en el congoleño más famoso de la historia del deporte, aunque para Internacional no fue más que el Mobutu del terreno de juego. Un dictador autoritario con un régimen perverso bajo palos. La pesadilla continuó hasta el minuto 85, cuando Kaluyituka marcó el segundo gol (2-0 final) con el que el Mazembe aseguraba su clasificación para la final del campeonato y el mundo se frotaba los ojos sorprendido. Las cámaras se dirigieron de nuevo al área, convencidas de que Kidiaba era un artista que volvería a repetir la escena. Por supuesto lo hizo, volvió a bailar, volvió a sonreír, volvió a disfrutar…

El Mazembe ganó y ocupó las portadas de todos los periódicos del mundo como nunca antes. Pese a su pasado glorioso, muchos hinchas descubrieron el nombre del club gracias a aquella proeza. La que nunca soñó África. Kidiaba consiguió que las investigaciones sobre el origen de su rítmica actividad se abrieran tras el pitido final del encuentro. Varios grupos de bailarines brasileños reclamaron la autoría original del baile, pero tras aquella noche de Abu Dabi, la honestidad recomendó consagrar los movimientos como la ‘danza kidiabesca’. Porque aquella semifinal del Mundial de clubes de 2010 fue su noche, la noche de Robert Muteba Kidiaba.

 


 

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