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Muerte por éxito en Valencia

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Por Francisco Ortí (@FranciscoOrti)

No todo el mundo está preparado para la gloria. Creo que era Miguel Bosé quien avisaba que se podía morir de amor y William Shakespeare también escribió algo sobre la materia. Desconozco si están en lo cierto, pero de lo que estoy seguro es de que se puede morir de éxito. La expresión está extraída del lenguaje económico y hace referencia al momento en el que una empresa ha crecido tan rápido que no es capaz de asumir la demanda extra. La historia nos ha dejado muchos casos de muerte por sobredosis de éxito. Ese fue el problema que condenó a grandes imperios como el romano o el de Alejandro Magno. Ninguno de los dos supo controlar su crecimiento y anhelando más poder acabaron consumiéndose a sí mismos. Tal vez el exceso de éxito fue también lo que extinguió a los dinosaurios. Por supuesto, el mundo del fútbol no está exento de este mal. Son muchos los futbolistas que han intentado alcanzar el sol con alas de cera. Ícaros con botas de tacos que no supieron adaptarse a vivir en lo más alto.

En un pasado cercano podemos encontrar los ejemplos de Ronaldinho, quien dejó de ser Ronaldinho después de alcanzar el Balón de Oro; el Real Madrid de los Galácticos o Andoni Zubizarreta como director deportivo del Barcelona. Meto al exportero porque no me explico de otro modo que viera sentido a fichajes como los de Douglas o Vermaelen. Tal vez sintió que después de todos los éxitos cosechados por el Barcelona a partir de la llegada de Pep Guardiola tenía el toque de Midas y podía convertir en oro cualquier fichaje. Pero el ejemplo de muerte por éxito más claro en la historia del fútbol español lo encarna el Valencia. El conjunto valenciano se encuentra sumido en una profunda crisis tanto económica como institucional que le ha llevado a ser subastado al mejor postor. Muchos expertos sitúan el inicio del declive del Valencia en el 23 de mayo de 2001, bajo la luna de San Siro. Un gol de penalti de Rubén Baraja convirtió al Valencia en campeón de la Copa de Europa y, sin saberlo, inició un declive que ha llevado al club a tocar fondo.

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Aquella noche permanece clavada a fuego en la historia del Valencia. Fue el momento en el que el conjunto valencianista tocó el cielo. Los hombres de Héctor Cúper perdieron una final de Copa de Europa el año anterior, a manos de un Real Madrid mediocre que le descuartizó. Tras esa derrota, el valencianismo creyó haber dejado escapar una oportunidad única, pero la temporada siguiente el fútbol le concedió una vida extra. Apenas un año después de la final de París llegó la de Milán. En esta ocasión, el rival fue el poderoso Bayern de Munich de los Oliver Kahn, Stefan Effenberg o Ottmar Hitzfeld. Un enemigo muy potente y con sed de venganza después de tener su propio estigma con la derrota, como consecuencia de la mítica remontada del Manchester United en la final celebrada en el Camp Nou en 1999. El Valencia, además, debía luchar contra los fantasmas de la mala suerte. Héctor Cúper, su entrenador, tenía fama de gafe en las finales. Los resultados cosechados hasta el momento confirmaban esta teoría. Y es que el técnico argentino tenía el dudoso honor de haber perdido tres finales en tres años. Con el Mallorca perdió las de la Copa del Rey y Recopa, mientras que con el Valencia había caído un año antes contra el Real Madrid en la final de la Liga de Campeones.

Esta vez, sin embargo, sería diferente. Años después se supo que Pedro Cortés, por entonces presidente del Valencia, había jugado un papel clave para exorcizar el gafe de Héctor Cúper. “Durante las semanas previas a la final fui todos los días a visitar a Geperudeta (así se conoce popularmente a la Virgen de los Desamparados en Valencia) con una foto de Cúper y le pedía que le permitiese ganar una final. A cambio yo me comprometí a que alguna vez lograría hacer campeón del mundo a España”, confesó el expresidente valencianista en una entrevista concedida a Deportes con Julio Insa, en Canal 7 Televalencia. El sortilegio funcionó. Y vaya si lo hizo. Cúper no solo acabó con su gafe, sino que pasó a convertirse en lo que es hoy: uno de los técnicos más laureados de la historia. Su curriculum habla por si solo. Tras ganar la Copa de Europa con el Valencia abandonó Mestalla ante los incomprensibles cánticos de “¡Cúper, vete ya!” (la célebre exigencia de la afición valencianista no conoce límites) y se marchó al Arsenal inglés, donde prolongó su trayectoria repleta de títulos. Después, regresó a España para firmar por el Atlético de Madrid y ganó su tercera Copa de Europa. En los últimos años, ha regresado a Sudamérica, para liderar al América de Cali hasta el triunfo en la Copa Libertadores. Muchos le ven ahora como el favorito para entrenar a la selección de Brasil, que tiene como objetivo el oro en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.

Aquel triunfo en la final de la Copa de Europa de 2001 fue el más sufrido de todos. El partido fue tenso desde el primer minuto. El Valencia se adelantó a los tres minutos gracias a un penalti transformado por Gaizka Mendieta. Tras el gol, Cúper echó al equipo atrás y especuló con el resultado. El argentino pagó caro esa cobardía y el Bayern de Munich empató también con un lanzamiento desde los once metros, ejecutado por Effenberg. El igual en el marcador no se deshizo durante los noventa minutos y tampoco la prórroga, por lo que el ganador tuvo que decidirse en la lotería de los penaltis. Mendieta, Carew y Carboni marcaron sus lanzamientos. Tan solo falló Zahovic (¡qué final más desastrosa la suya!), mientras que en el Bayern Salihamidzic, Zickler y Effenberg anotaron, pero Paulo Sergio y Andersson, no. Así que Rubén Baraja tuvo en sus botas el triunfo para los valencianos. Si fallaba continuarían lanzando penaltis. Si marcaba, el Valencia sería campeón de Europa. Y marcó. Baraja convirtió al Valencia en el mejor equipo de Europa. Ese fue el momento culmine en la historia del conjunto valencianista. A partir de ahí comenzó el declive.

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El club se cebó de gloria. La IFFHS le nombró mejor club del mundo en 2001, se ganó la Copa Intercontinental y el Valencia se creyó inmortal. “Nosotros no necesitamos hacer fichajes. Somos los mejores del mundo. Que se refuercen los demás equipos”, declaró Jaume Ortí tras convertirse en nuevo presidente del Valencia. Esa soberbia consumió a la entidad. La clave del éxito en temporadas anteriores era que se había sabido renovar la plantilla vendiendo a jugadores clave como Gerard, Piojo López o Farinós. Sin embargo, el club cerró las puertas de salida de Mestalla tras ganar la Copa de Europa. Jugadores como Mendieta, con ofertas millonarias de otros clubes, se quedaron en Valencia temporada tras temporada pese al bajón de rendimiento. Esa herencia envenenada empeoró como consecuencia de la pésima gestión de los posteriores presidentes, que además de no ingresar millones por ventas malgastaron dinero en fichajes inútiles. Juan Soler está señalado en ese aspecto. La bola de nieve había empezado a crecer mucho antes, pero Soler multiplicó su tamaño durante su estancia en el club, con decisiones del todo incomprensibles. En su vida personal tampoco demostró tener demasiada coherencia y fue acusado de intentar secuestrar a Kim Lim, una afamada y millonaria aficionada del Valencia.

De los excesos se pasó a la austeridad extrema. Manolo Llorente asumió las riendas del club con el reto de solucionar la crisis económica. Sin embargo, sus medidas fueron insuficientes. La parte estelar de su plan era apagar las luces de las salas de las oficinas del club cuando no hubiera nadie en ellas y él sería el encargado de hacerlo personalmente. Eso no ayudó demasiado puesto que el ahorro que se alcanzó en las facturas de energía eléctrica no era tan elevado como el abultado sueldo que se prometió a sí mismo el mandatario. Tras una interminable sucesión de malos gestores, el Valencia se encuentra sumido actualmente en un problemático proceso de venta. El club se vende al mejor postor y permanece a la espera de ofertas. En definitiva, ha tocado fondo. Y todo por ganar la Copa de Europa. Aquel triunfo ante el Bayern de Munich inició la caída libre. Muchos creen que si el Valencia hubiese perdido esa final su presente hoy sería muy distinto. No hubiera muerto de éxito.

 


 

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