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Melilla: Los One Club Man humildes

Fútbol en la frontera

Por Andrés Cabrera (@Andres_inter)

Las olas oscilan lentas, con suavidad, emanando tranquilidad en cada gota. Calma en la playa. Hoy la bandera es verde, unos pocos bañistas se refrescan en el agua sin preocupaciones. Toca disfrutar de lo idílico del lugar, del mar, de la playa y del reposo que en él se respira. Desde el paseo que lo bordea, unos ojos nostálgicos observan el vaivén calmado de las aguas. Sentado, petrificado mirando al mar, alarga su espera y hasta olvida el semáforo que le indica que puede continuar. Nadie le molesta, nadie aprieta su bocina o se le acerca demasiado. No había nadie para discutir la calma en ‘su’ ciudad, donde lleva toda su vida, donde hace tiempo decidió convertir su epicentro mundial y donde encontró su lugar estratégico. Con el choque de dos continentes asomando en cada recoveco de la ciudad, hay espacio para dos culturas y dos religiones, aunque solo para una salida al relajante mar. Las rarezas, son las que engrandecen este lugar. Complicado abandonarlo cuando ya lo tienes todo aquí. El fútbol era ese ‘todo’ para algunos y en Melilla, hoy sigue abanderando la tradición social sea cual sea su ‘carcasa’ socio-política-religiosa. Este hombre que avanza con pausa por la ciudad, sabe bien lo que significa el fútbol en un lugar tan atípico.

Un peninsular (nombre por el que se les conoce aquí a los españoles de la Península Ibérica) se sorprendería del día a día en la ‘Ciudad Autónoma’, una ciudad europea en África con sus propias particularidades (muchas de ellas estrictamente vinculadas a polémicas inmigratorias con constantes muertes en mar-tierra). El fútbol no es una excepción. Por eso, una vez llegado, es más complicado abandonar este lugar. Un futbolista de categorías no profesionales del fútbol, es un obrero de la profesión, un trabajador diario del deporte que más dinero mueve en el mundo. La situación económica del país, agravada en muchos casos en los clubes deportivos, imposibilitan la continuidad de los jugadores en el mismo equipo, pero la situación geográfica de Melilla, permite que la continuidad de los jugadores sea mayor que en otros lugares. Eso, y la solvencia económica. El sueldo asegurado en Segunda División B es casi un tesoro que permite que los jugadores alarguen su estancia en el equipo (es el club con más años consecutivos en la tercera categoría española (2ªB, 26 temporadas) y existan dos precedentes históricos de vinculación fiel a la entidad. Recuerdos que el mar agudiza y que multiplica esa etapa de mayores alegrías en sus vidas. Echan de menos vestirse de corto cada domingo, calzarse las botas, el olor a césped, golpear a un balón y sentirse útiles para el fútbol de su ciudad … No hay arrepentimiento, aunque sí se añora. ¡Vaya si añoran! Hoy les toca ir al estadio. Otrora lugar de trabajo. Ahora lugar de ovaciones, goles y victorias… de otros. Una visita al vestuario del Municipal Álvarez Claro para seguir la costumbre, les permite el saludo. Corto, escueto y deseando suerte. Uno se sienta con el entrenador. Otro se sienta con la afición. Ambos fueron, son y serán para siempre leyendas de los piratas norteafricanos, leyendas de la Unión Deportiva Melilla, sus One Club Man.

Hace un tiempo las cosas ya cambiaron. Uno, es policía local. Otro, ayudante técnico del equipo decano de la Segunda División B. Yamal trata de seguir vinculado al fútbol, ya había entrenado a las categorías inferiores de la entidad y ahora retoma otro proyecto parecido aunque con la ‘justicia policial’ en su cabeza. Moha sigue muy metido en el organismo de la entidad, pelea cada día por meter a sus chicos en un salto de superior categoría y no entiende la pelota sin esa ambición. 18 años lleva atado al club de sus amores, un romance inquebrantable. Compartieron el mismo camino de niños, de adolescentes y como amateurs en el techo histórico del club. Nacieron en Melilla en 1976, pasaron a la peña Real Madrid (algo que se extiende a otras ciudades de España con peñas convertidas finalmente en clubes) como primer intento en busca de sus metas y allí, en el club local más afamado y con mayor labor formativa de Melilla, crecieron juntos en busca de oportunidades. Siendo juveniles, el equipo de la ciudad les reclama para la élite comarcal, cumpliendo el sueño de su debut con UD Melilla en 1995, tras un ascenso del filial a Tercera División (cuarto nivel futbolístico en España) y la necesidad creciente de adoptar chicos jóvenes al primer equipo. No hubo tiempo para el cambio y, semanas después de jugar con amigos en el descampado, cogían aviones rumbo peninsular para defender el honor melillense por España. Un privilegio. Un experimento diario. Cada acción rutinaria para la mayoría de los futbolistas de estas categorías, se convierte en un complejo mar de dudas aquí. Desplazarse para cualquier enfrentamiento es un camino pedregoso. El Melilla debe tener más presupuesto que el resto de equipos de la zona, para poder pagar el sobrecoste que supone viajar, y eso que, afortunadamente, el ayuntamiento les paga casi el 90% de los costes que supone el avión quincenal (en la mayoría de las ocasiones a Andalucía o Murcia, pero en alguna ocasión les tocó el grupo I con viajes a Canarias, Madrid y Galicia, lo que les obliga a tomar hasta ocho aviones en un mismo fin de semana). Los ‘novatos’ sufren cuando ven la avioneta que, mucho más pequeña y reducida de lo que cualquier hombre de negocios desearía, reta al cielo. Es tan pequeño que lo temen. “No podemos estar seguros en esa avioneta de juguete”, recuerdan haber escuchado a los más miedosos. “Muchos jugadores dejaron de ir al Melilla a causa de esto. No es algo menor, porque hay que saber vivir con ello”, recalcan ya los veteranos con tranquilidad.

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Yamal, que hace ya casi una década que dejó el fútbol, aún recuerda con cariño el derbi norteafricano. “Cada partido ante el Ceuta (la otra ciudad española incrustada en África) se vivía de una forma especial. La semana previa al partido no era una semana más, era el derbi entre ciudades autónomas, algo único en el fútbol europeo”. Yamal recuerda con especial cariño un partido en el que ganaron por 4-2, con doblete suyo, su gran golpeo exterior se hizo patente en el partido más importante del año. Ahora aficionados de uno y otro equipo llevan tiempo sin vivir este encuentro debido a numerosos problemas de gestión deportiva no ejemplar. La mala situación ceutí colocó al equipo en categorías aún más inferiores y los que acuden cada semana a apoyar todavía al Melilla, echan de menos esos duelos como discurso motivacional. Unos partidos que exceptuando la rivalidad deportiva, mostraba el respeto entre dos ciudades similares, los melillenses eran tratados de una forma excepcional en tierras ceutís y viceversa. El equipo lleva tanto tiempo en la misma categoría y tanto tiempo sin ser capaz de sorprender, que la ilusión se frenó partido a partido desde aquellos años donde la Segunda División sí conoció la mejor versión melillense (el último curso donde lo consiguió fue en 1966). “La gente en la Ciudad Autónoma necesita un ascenso para retomar la pasión por el equipo y el amor por el fútbol”, recalca Moha, aunque tal duda o suspicacia para con sus colores, jamás apareció en la cabeza de quienes se casaron por siempre con la UD Melilla.

Camiseta y escudo del Melilla

Sabían que el ascenso se había complicado curso tras curso, que la categoría ya les apuntaba en el próximo calendario casi sin esperar novedades y que las expectativas habían quedado encasilladas a unos mínimos básicos. No había cambios, novedades o previsiones de marea alta. Y, pese a ello, todas y cada una de las ofertas, intereses, propuestas o alternativas para continuar su carrera en otros rincones españoles, obtuvieron la misma y categórica respuesta: “NO”. Se estudiaron variables en momentos determinados, siempre se quiso progresar buscando retos de mayor ambición y la idea de mejorar nunca se fue de sus cabezas, pero nunca eran lo suficientemente potentes como para imaginarse fuera de su casa, de su ciudad, de su gente y de su fútbol melillense. Dejar atrás familia e hijos bajo la premisa inicial de no saber con certeza lo que el futuro les depararía, era demasiado difícil de asumir hasta cuando las posibilidades sí se prevén positivas. “El futbolista es egoísta y siempre quiere progresar, hubo ofertas, pero ninguna superaba lo que tenía en mi tierra”, asegura Yamal. No hay lugar a la especulación y sí al amor a lo que siempre te rodeó. Para Moha, que empezó como extremo pero que desde muy jovencito un entrenador llamado Pedro Bonaventura le reconvirtió en lateral izquierdo y para Yamal, mediocampista llegador con gran golpeo y gol, la Unión Deportiva Melilla, era una segunda casa, era su casa, era su vida.

En una ciudad de solo 12 kilómetros cuadrados y alejada del país que le sustenta en numerosos aspectos, uno siente que ama más aquellas cosas que en ese lugar habitan. El Melilla futbolístico y el Melilla social, le dieron todo a estos futbolistas amateur pero de grandeza profesional, encontrando siempre más motivos para corresponder a quienes les ofrecían su confianza eterna. El reto, una vez conseguido el de reivindicar el papel fiel bajo las premisas de que allí estaba todo lo que querían y necesitaban, fue pensar en el largo plazo. No había por qué no imaginarse todos sus días de fútbol en el mismo césped y a la misma hora. No había motivo para romper esos recuerdos de patadas en la Plaza de España de Melilla imaginando que ellos llegarían a situar al club en la élite. No había hueco para nada más que no fuera el éxito de la ciudad bajo su trabajo diario. Y así fue hasta que a punto de cumplir los 31 años, Yamal aprobó las oposiciones que había preparado en silencio y de manera minuciosa durante muchos años a la sombra de la pelota. El premio era un sustento familiar seguramente de por vida hasta que el fútbol decidiera abandonarle, pero la obligación de su nuevo cargo era inmediata, sin margen de pensamientos, sin razonamiento pausado y lleno de limitaciones que permitieran elegir con la mente fría. “Las dudas sobre qué era lo correcto me asaltaban. Era difícil saber si el fútbol ya me había dado todo o si yo querría seguir sabiendo que tenía ante mí una oportunidad laboral de mayor tranquilidad para el futuro de los míos. Tocó abandonar la vida que llevaba y empezar de cero tras 11 años en el club. El fútbol te da todo, desde la responsabilidad, al orden, pasando por el compañerismo. En definitiva, todos los valores de la vida me los enseñó el fútbol. Mi vida era el fútbol, lo había mamado de pequeño y en un instante se fue”, por eso le costó más dejarlo antes de tiempo, aunque por encima del fútbol había una sola cosa, la familia y como es evidente, Yamal abandonó el deporte que amaba para asegurar el sustento familiar”. Más de una década donde entró como niño y salió convertido en adulto en funciones con la justicia, que le ofreció un punto de vista contrario al que la pelota le puso delante desde pequeño. Un veterano del vestuario y un clásico de la plantilla. Ahora no había más retos. Solo había unas funciones y unos horarios que cumplir para contentar a todos. “Añoré y añoro el fútbol, para mí lo es todo, pero estoy seguro de que al final sí tomé la decisión correcta. El fútbol es pasajero, luego muchos futbolistas y más en estas categorías se encuentran con la problemática de qué hacer una vez retirados”. A Yamal esta incógnita se le resolvía como él había meditado con antelación en aquellas interminables horas de estudio. A mitad de aquella temporada comunicó su decisión de marcharse y aunque al club le disgustó la idea de perder a un hombre con semejante experiencia y aplomo, defendió los colores del único club de su vida con el mayor de los respetos. No pudo decir no. Solo pudo despedirse. Once años como estandarte melillense quedaban atrás.

“El futbolista es egoísta y siempre quiere progresar, hubo ofertas, pero ninguna superaba lo que tenía en mi tierra” – Yamal

fotomelilla2Los caminos se separaban. Yamal salía y Moha continuaba unos años más, primero apurando sus días en el césped y, después, incorporándose al staff técnico para ayudar desde la barrera. Es el hombre del club, es el ex jugador simpático que todos conocen, es la estricta voz que les pide más trabajo y es el hombro sobre el que reflexionar en las buenas y en las no tan buenas. “Marcharme del club es casi imposible, con mis tres hijos aquí, sino me marché antes, no lo haré ahora. Siempre fui una persona muy familiar”, recalca. Hace algún tiempo que no se viste de corto por superstición, que no se viste de corto para no tener que recordar que aún podría dar patadas y no se viste de corto porque se equivocaría al intentar regatear rivales desde la línea lateral. “Sigo oliendo el verde cada día y, aunque desde otra parte, el fútbol sigue siendo todo. Melilla es mi vida y el Melilla lo es todo para mí. ¿Dónde voy a estar mejor que aquí?”. 18 años (y los que quedan), de amor melillense no dejan duda alguna.

Con la temporada ya iniciada, el proyecto vuelve a ser el mismo. Desde el trabajo conciso, conseguir un ascenso que se lleva resistiendo demasiado tiempo. Por un lado, Moha tratará de ayudar al equipo desde la sapiencia y la banda: “El proyecto es bueno, apostamos por jugadores de la tierra, complementados con seis o siete jugadores de fuera. Poco a poco se van viendo los frutos, con intereses de equipos de Primera en nuestros futbolistas. Das opciones a juveniles, no los marginas con hombres de fuera. El proyecto es esperanzador porque pese a los problemas con la inmigración ilegal, el fútbol toma un camino independiente de la política y eso es clave para la entidad”. Por el otro lado, Yamal tratará de animar cada 15 días desde la grada, porque su sitio en el campo es sagrado: “Hay gente que opta por ver al equipo por televisión, quizás aburridos de verle siempre en la misma categoría, pero para mí es impensable no acudir al estadio. Hay que apoyarles”.

Hoy sus papeles son distintos pero sus amores son los mismos. Una familia vinculada a la pelota, un color instalado en su piel y un escudo pegado al pecho que no marca ya goles, pero que lleva toda la vida empujando para que así sea. Comiendo pescadito frito y descansando en la playa más exótica de la ‘otra’ España. No quisieron abandonarlo. No quisieron darle la espalda. ¿Acaso no es esa la naturaleza inexplicable de la fidelidad futbolística? Un lugar en el que agradecen haber nacido. Un contexto único para dos chicos ayer, hombres ahora, de caminos idénticos y pasiones similares. Dos ejemplos humildes, del fútbol terrícola, del pasto con baches y de las deudas a final de mes. No lograrán ser reconocidos en ninguna lista top ni recibirán galardones por su valía, pero en un rincón, en ‘su’ rincón de Melilla, jamás olvidarán a sus dos One Club Man. Yamal y Moha. Moha y Yamal.

 


 

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