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Malmoe: La novela sueca de la esperanza

MALMOE

Por José Hernández (@rainerbonhof)

“No sería bueno para el fútbol que el Malmoe fuera campeón”. Lo escribió el crítico Brian Glanville horas antes de la final de la Copa de Europa de 1979. Eran días de preocupación para el fútbol inglés, en especial para Brian Clough. El legendario entrenador del Nottingham Forest navegaba entre los últimos apuntes que su asistente Peter Taylor había preparado sobre el Malmoe ¿Qué había podido ocurrir durante el año para que todos temiesen al equipo sueco de esa forma? Al fin y al cabo no habían gastado grandes sumas de dinero, contaban con una plantilla de jugadores neoprofesionales y además, su técnico era un joven inglés de 32 años casi desconocido en su país de origen. Solo el fútbol podía ofrecer paradojas como aquella, y tan solo una competición con la magia de la Copa de Europa era capaz de regalar instantes como el que se iba a vivir el 30 de mayo de 1979 en el Estadio Olímpico de Munich. La historia del Malmoe FF, o como pasar en unos meses de ser un equipo simpático y entrañable a temido y criticado

Malmoe es el escenario de las historias de Kurt Wallander, el detective de ficción que cautivó a lectores de todo el mundo fascinados por su vida oscura y también por su melancólica visión del mundo. En el universo del solitario Wallander todo es tenebroso, tan lúgubre como la región de Escania, al sur de Suecia. Allí ocurren cosas extrañas, como por ejemplo que muchos habitantes de la zona se identifiquen más con las costumbres danesas que con las suecas. Malmoe quedó unida a Copenhague en el año 2000 gracias al puente Oresund, una obra faraónica que atraviesa el estrecho del mismo nombre y permite a la población de ambas ciudades estar conectados por carretera. De hecho, muchos suecos atraviesan diariamente la frontera para trabajar en Dinamarca aunque residan en Malmoe, donde el precio de la vivienda es más reducido. Las conexiones entre los nativos de Escania y los daneses son evidentes, y también lo es la oscura vida de algunos granjeros de la zona, que convierten a esta provincia del sur en un lugar diferente a cualquier otro del país. Es el pragmatismo y la sensatez de su carácter lo que provoca que los sueños no figuren a la cabeza de sus prioridades. Por todo ello Kurt Wallander solo podía ser de allí y no latino por ejemplo, y en parte, es por ello que los hinchas futbolísticos (cientos de miles a lo largo y ancho de su geografía) aspiraron en pocas ocasiones a que sus clubes pudieran hacer frente a los equipos más poderosos del continente. En Escania pocas veces se sueña.

El fútbol sueco recibe una influencia importante de los valores de su pueblo. Hablamos de un país que pese a sus difíciles condiciones climáticas goza de una excelente organización, un profundo respeto por los derechos humanos y en el que en muchas ocasiones florecen los genios. El país de Alfred Nobel camina siempre entre polos inclasificables; historias de talento unidas a leyendas y literatura en la que psicópatas y asesinos son los grandes protagonistas. Hubo un tiempo en el que hablar de fútbol sueco era sinónimo de campos helados, defensas estáticas sin pretensión de mover la pelota y una noble capacidad para asumir la derrota. Han cambiado situaciones del juego, e incluso los campeonatos locales se han modernizado, pero Suecia es uno de los pocos lugares de Europa que sigue manteniendo una pequeña porción de su vieja escuela. El fútbol de este país también ofreció a sus nobel, aquellos jugadores que convirtieron el balón en su aliado y elevaron el nivel de juego de la selección en diferentes épocas. El planeta les recuerda por sus hazañas en la Copa del Mundo, pero acotando nuestra memoria al pasado más reciente debemos detenernos en los dos jugadores más talentosos nacidos en la región de Escania: Henrik Larsson y Zlatan Ibrahimovic. Ellos dos son hijos de la Europa multicultural que también llegó a Suecia en la última mitad del siglo XX. Pero nuestro gran protagonista, el Malmoe de 1979, no tenía entre sus jugadores a ninguna estrella tocada de gracia que guardara paralelismo con ellos. Gracias a esto podemos valorar con más encanto la singularidad y heroísmo de su aventura.

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El Malmoe nació oficialmente en 1910 tras una escisión entre clubes de la ciudad, y muy pronto se convirtió en el equipo mas importante de la región en fuerte disputa con el Helsinborg. Diez años después de la fundación del club, en 1920, la asociación de fútbol de Suecia creó la liga nacional, aunque el Malmoe fue incluido en la segunda división. Fueron años de inestabilidad en los que el equipo navegó entre ascensos y descensos, al mismo tiempo que sobrevivía a las difíciles condiciones impuestas en el fútbol escandinavo. Los campeonatos de liga tenían condiciones estrictas respecto al amateurismo, e incluso el Malmoe fue uno de los primeros equipos denunciados por pagar honorarios a sus jugadores. En la consolidación y expansión del club existen dos figuras clave: por un lado Eric Persson y por otro el español Antonio Durán. El primero fue presidente y alma máter del Malmoe durante décadas. Una figura profundamente humanista con grandes influencias en la política y sensibilidades hacia el exterior. Tal vez por ello, o por una simple casualidad, su vida le puso en el camino a Antonio Durán, el eterno técnico que dirigió al equipo durante casi una década.

El gerundense había jugado en el Atlético de Madrid, pero fue el amor lo que le llevó a Suecia (se casó con una ciudadana de este país). Durán era un profundo estudioso del fútbol. Solitario, amante de la música clásica y de todo lo que tuviera que ver con aprender y trabajar. Su personalidad se adaptó de tal forma a la de su país de adopción, que en poco tiempo se convirtió en el perfecto nexo de unión entre los aficionados y los jugadores. Con él, el equipo aprendió a ganar en los torneos nacionales y a dar guerra en Europa, pero lo que es más importante, su etapa permitió a los hinchas de Malmoe comenzar a soñar; una ilusión nunca vista en Escania, y tan necesaria en el mundo competitivo. Con Durán, muchos clubes comenzaron a pensar que quizá la llegada de técnicos extranjeros podía hacer que el fútbol sueco alcanzara cotas insospechadas hasta ese momento, y así ocurrió. El inglés Bob Houghton fue el sucesor del español, perfeccionando sus ideas y prolongando su legado hasta la cima. Houghton se sentó en el banquillo del Malmoe en 1974, llegó desde el Maidstone inglés con solo 27 años. Fue el inicio de la vida en los banquillos de un auténtico trotamundos que más tarde trabajaría en países tan variopintos como Grecia, Canadá, Arabia Saudí o la India. Los éxitos tardaron poco en llegar y el Malmoe ganó en los siguientes años tres ligas y dos copas. Pero el trabajo más valioso de Houghton fue el de crear un bloque sólido con capacidad para no temer a nadie.

BOSSESu participación en la Copa de Europa 1978-79 se presentaba con pocas opciones de llegar lejos. Todo estaría en orden si se ofrecía una buena imagen, y sería magnífico si el equipo superaba alguna ronda. Cerrar espacios y hacer que las eliminatorias se decidieran cerca del final era una buena consigna; no sería un drama intentar resolver en los penaltis. Su primer rival fue el Mónaco, y muy cerca estuvieron los chicos de Houghton de sufrir un prematuro punto final a su aventura. En el partido de ida disputado en Suecia siguieron el manual impuesto por su técnico a la perfección, pero el 0-0 requería un milagro en El Pincipado para seguir con vida. La sorpresa llegó al conseguir vencer 0-1 y clasificarse para los octavos de final con un partido que si bien no impresionó demasiado fuera de Suecia, sí que fue recibido en Malmoe con una gran satisfacción. El Dinamo Kiev de Valery Lobanovsky sería el siguiente rival a batir. Existe una máxima futbolística que suele ser pan de cada día para muchos entrenadores: nunca modifiques aquello que te fue bien en el anterior partido (en este caso en la anterior eliminatoria). Era cierto que el Malmoe no tenía jugadores de talento como el conjunto soviético, pero las cosas que hacía bien las plasmaba a la perfección en el terreno de juego. Empataron a cero en Kiev y nuevamente se encomendaron al contraataque para dejar sentenciada la eliminatoria en casa. Pragmatismo sueco y eficacia inglesa, Escania disfrutaba pero ¿Se podría seguir soñando?

Con el objetivo mas que cumplido los hombres de Houghton se presentaron en los cuartos de final de la competición, aquella copa de Europa que permitía ver duelos como un Wisla Cracovia-Malmoe en las últimas rondas rondas del torneo; la Copa de Europa de los campeones de liga. En el partido de ida el Malmoe lo pasó muy mal. El encuentro se jugó en un infierno, y como detalle curioso cabe apuntar que los polacos contaban con el apoyo del Papa Juan Pablo II en la grada, conocido seguidor del equipo (Karol Wojtyla llegó a ser un prometedor portero en su juventud). No se sabe si influidos por el apoyo divino los de Cracovia vencieron 2-1, ofreciendo un auténtico recital. Por primera vez los hombres de Hoghton habían sido claramente superados y solo el gol de Tommy Hanson permitió albergar esperanzas de cara a la vuelta. En Suecia se vivió la gran gesta ya que el Wisla ganaba 0-1 en el minuto 59, pero el Malmoe sacó fuerzas para empatar el partido, la eliminatoria, y posteriormente golear a su rival con cuatro goles en solo media hora. Fue la noche de Anders Ljungberg (Nada que ver en parentesco con Fredrik), jugador que marcó tres goles y se erigió en héroe el día que el Malmoe se clasificó por primera vez a las semifinales de la Copa de Europa. Era evidente que había que frotarse los ojos para comprobar si era cierto lo que habí ocurriso; aquellos jóvenes con contratos y sueldos muy bajos habían asombrado al continente. El equipo de Bob Houghton se plantó en la penúltima ronda de la competición jugando un fútbol muy práctico y efectivo, pero extremadamente elemental. Contaba con jugadores experimentados y muy fuertes en el cuerpo a cuerpo, explotaba el contraataque con facilidad y tuvo esa dosis de suerte con la que cuentan todos los equipos exitosos.

Jann Moller era un portero seguro con capacidad de mando, y delante de él formaba una defensa expeditiva que no dejaba espacio para la improvisación de sus rivales. En la medular se concentraban el mencionado Ljunberg, Kiinvall y Steffan Tapper como hombres principales, aunque ninguno de ellos destacaba de forma asombrosa por su talento individual. Ya en las semifinales ante el Austria de Viena del mítico Proshaska, el manual de estilo no cambió: defensa del resultado inicial en el encuentro de ida y una victoria por la mínima en el partido de vuelta gracias a un gol de Tommy Hansson. Lo habían conseguido, y por primera vez un equipo escandinavo disputaría la final de un gran torneo continental. Los 25.000 espectadores que llenaron el Malmo Stadion terminaban de presenciar la consagración definitiva de una epopeya. Esperaba la final en el Olímpico de Munich, pero aquellos jugadores junto a su técnico, ya habían conseguido hacer historia. Paso a paso y alargando la agonía de sus rivales minuto a minuto. Aquellos que no habían considerado al Malmoe un rival con potencial suficiente como para hacerles frente, fueron protagonistas de cada capítulo de la espléndida novela sueca firmada por los Di blae (los azules).

La gloria estaba muy cerca, se olía la copa, pero el reconocimiento de todo el país ya había llegado. El Malmoe recibió la Medalla de Oro Svenska Dagbladet, un premio otorgado al mejor acontecimiento deportivo del año, y es que por primera vez en la historia, los habitantes de Escania tenían derecho a sonreír gracias a un logro futbolístico internacional de primera magnitud. Pero lejos de su país el Malmoe se había ganado las antipatías de los críticos. Los equipos pequeños suelen resultar simpáticos cuando sus cartas solo les sirven para ser invitados de la fiesta, pero este Malmoe era demasiado temido como para regalarle Flores. Brian Clough, el técnico del Nottingham Forest, el rival de la final, asumió con maestría la guerra psicológica previa; haría todo lo posible por coronarse y hacer que la gran noche del Malmoe no tuviera final feliz. Consiguió que los medios ingleses iniciaran una campaña de desprestigio hacia el fútbol de su rival. El crítico Brian Glanville llegó a escribir que no sería bueno para el fútbol que los suecos se llevaran la copa, y es que no existía ni un centímetro de ventaja ni el más mínimo halago para un contrincante que a pesar de todo, se había ganado su billete para la final con todo merecimiento. Ni tan siquiera el hecho de que el técnico del Malmoe fuera inglés amansó a los tabloides. Bob Houghton había triunfado lejos de su país, un auténtico bofetón para el orgullo patriótico del Reino Unido, un orgullo que esos años se encontraba en la cima gracias a los grandes éxitos de los clubes ingleses en las competiciones europeas.

Ya en la capital bávara el Forest jugó al despiste, y como casi siempre en estas situaciones Clough fue el más listo. Todos conocían perfectamente cual sería la disposición táctica del Malmoe, pero nadie se atrevía a publicar con antelación las intenciones del técnico del Nottingham Forest. En su cabeza guardaba una carta: aquella sería la final de Trevor Francis, el delantero del millón de libras (apodo por el que se le conocía después de que el club hubiera pagado esta cantidad meses antes para hacerse con sus servicios). Francis jugó y terminó decidiendo un choque que se disputó al ritmo que marcó el Forest. Los suecos eran minoría en la grada y sabían que sus opciones eran mínimas si escapaban de la fórmula que les había llevado hasta Munich. Saltaron al campo dispuestos a frenar las acometidas de Woodcock y Birtles. Marcas fijas y tímidos contraataques que en rara ocasión pisaron terreno del Forest. Francis jugó algo más retrasado para obligar a la defensa sueca a tener más movilidad. Pero el ritmo fue muy bajo, algo que preocupaba a Clough conforme las manecillas del reloj avanzaban. Sabía que su rival emplearía el juego duro y que no tendrían ningún problema en resolver la batalla en los penaltis; sus mejillas, cada vez más rosadas, delataban su estado de nervios. Sin embargo, antes del descanso la muralla sueca se derrumbo tras una gran internada del Forest por la banda izquierda. Francis remató a la red un centro bombeado. La locura se apoderó de los jugadores y aficionados ingleses, ya que muchos percibían que la final había terminado con esa jugada. El Malmoe no estaba preparado para remontar aquel mazazo, aunque intentó empatar en la segunda mitad a base de centros largos y rechaces. Pero aquella partida era de Clough. Los futbolistas del Malmoe derramaron lágrimas al final, aunque en ningún momento fueron de tristeza. El orgullo por haber vivido aquel momento era demasiado grande como para lamentar la derrota. Ellos fueron los héroes de la Copa de Europa 1978-79, los hombres que cambiaron el curso de la historia y transformaron su novela en un relato de luz e ilusión. Aquella fue la copa de Clough, Francis y el Nottingham Forest, pero a pesar de perder el partido y por lo irrepetible de la situación, fue sin duda la noche del Malmoe.

 


 

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