Secciones Edición: 04

LDU Quito, merengue ecuatoriano de 2008

Liga Deportiva de Quito levanta la Copa Libertadores 2008

Por José David López (@elenganchejd)

Había vivido tardes de clásicos cariocas con ambientes imposibles de comparar (aquél Fla-Flu de 1963 con 194.603 espectadores y récord de asistencia a un evento deportivo mundial) y noches de infarto concluidas con depresión nacional (la Final del Mundial de 1950 con la histórica derrota ante Uruguay). E incluso si a artistas se refiere, no solo con la pelota se vio en el césped a Zico, Tostao, Garrincha, Rivelino o Pelé, sino también a genios como Queen, Cyndi Lauper, Madonna, Kiss, Megadeth, Aerosmith o Frank Sinatra (que se sentía como un futbolística más por su especial predilección al Genoa sesentero). Maracaná, el estadio de todos los brasileños, el estadio de todos los futboleros, había destrozado corazones y aliviado sonrisas durante más de medio siglo de historia, pero jamás había vivido un partido decisivo de la Final de Copa Libertadores hasta 2008.

Fluminense, uno de los mastodónticos clubes que aglutina millones de seguidores en Río de Janeiro y en todo el país, era el exponente adecuado para consumar otra histórica cita en el epicentro perfecto. Un jovencísimo Thiago Silva liderando la zaga, un extraordinario Arouca como todo-campista, un goleador de raza y corazón como Washington y dos puñales talentosos y con disparos endiablados como Thiago Neves-Conca, le habían servido para arrollar. Y todo había sido preparado para que el Tricolor carioca sumara su primer título internacional. Primero porque se había paseado en la fase de grupos siendo el equipo con mejor puntuación y golaveraje. Segundo porque había dejado atrás en las eliminatorias a los rivales más peligrosos (Atlético Nacional, Sao Paulo y Boca Juniors). Y tercero, y sobre todo tercero, porque iba a tener a 92.000 personas enloquecidas para llevarse el título ante un semi-desconocido y ninguneado… LDU Quito.

thiagosilvaHasta ese día, había disfrutado como nunca esta competición gracias a la alegría ofensiva, a la capacidad de resurgir, a la arrancada enérgica y a los contragolpes mortíferos del equipo que nadie había apuntado en las previsiones. LDU Quito había logrado traducir sus puntos fuertes en auténticas amenazas, por lo que la altura como local en su estadio, había destrozado rivales con excelsa facilidad (Estudiantes, San Lorenzo y América cayeron en las eliminatorias previas a la final). La actitud rebelde de quien poco tiene que perder y un grupo de jugadores crecidos en torno a resultados positivos, construyó una aureola indescriptible. Cevallos bajo palos, Araújo y Ambrosi en defensa, Vera de mediocentro, Urrutia como el eterno capitán medular, Bieler como ese goleador implacable, dos balas exteriores únicas ese torneo como Bolaños-Guerrón y un 10 especial y talentoso como Manso, reían la propuesta a veces suicida y a veces precavida, del técnico argentino, Edgardo Bauza (curiosamente, ahora mismo campeón de la actual Libertadores con San Lorenzo de Almagro). “Sí se puede, sí se puede”, el cántico afamado que los ecuatorianos entonaron para obrar el milagro de su selección en 2006, había servido para que en La Casa Blanca, se lograra un formidable 4-2 con una primera parte como no se recuerda. “Aquellos que no tienen nada que hacer en Uruguay, en Chile, en Argentina… están viendo y están disfrutando. Aquí hay una máquina de jugar al fútbol. Extraordinario la Liga bailando a Fluminense”, relataban los comentaristas de Fox aquella noche.

El campeón ecuatoriano era la revelación. Si encontráramos una palabra que expresara de manera más adecuada la sensación de sorpresa, de impacto inesperado, de milagros continuos superando obstáculos y de imprevisibilidad de un equipo en una competición tan grande, no creo haber visto algo similar en mi vida. No era revelación, eran todas las almas de aquellos clubes que durante unos meses vivieron lo que siempre soñaron y que jamás imaginaron situarse entre los ‘elegidos’. LDU Quito fue para mí en aquellos días, el estímulo, el sacrificio, la energía para trasnochar una vez tras otra ante el televisor. Los euro-occidentales sabemos que disfrutar la Copa Libertadores (ocurre de manera similar con la Sudamericana o con los amantes de la NBA) requiere un ‘extra’ de concentración y preparación concisa para el torneo. Desde muchos años antes, mi ritual consistía (y consiste en la mayoría de detalles aún hoy) en una bebida con taurina de las que ‘dan alas’ o similares de precio más accesible, tomada unos 15 minutos antes de cada partido cuyo horario se antoje delicado. Esta final lo era, pues recuerdo que cambié mi hábito y me desperté para verlo en lugar de aguantar despierto. Sintonizar mi antena parabólica motorizada rumbo a Nilesat (en 7W donde se sitúan los canales árabes que emiten siempre el torneo al contrario de lo que sucedía y aun a veces sucede en España) e intentar descifrar detalles, era misión imposible. Pero ese Maracaná repleto, apoteósico, absolutamente intimidador hasta para los más gigantes del continente, aniquilaba de un chispazo cualquier pretensión optimista de los albos. Sus dos goles de ventaja no eran nada. Flu era campeón para todos.

“Aquí hay una máquina de jugar al fútbol. Extraordinario la Liga bailando a Fluminense”, relataban los comentaristas

El panorama sí cambió, sí se torció y sí se complicó para los cariocas cuando en ese arrojo y ambición constante del cuadro merengue, un gran inicio lleno de intensidad y búsqueda de espacios, le hizo encontrar premio. ¡Y qué premio! Primera ruptura del jugador sorpresa en aquella edición, Guerrón (que después ficharía por Getafe y acabaría decayendo poco a poco en su carrera hasta hoy militar en Tigres mexicano), llegando a línea de fondo y rematando en la otra banda desde la frontal Bolaños. Ese dúo externo que tanto le dio esos días al sueño albo. Ese estado de tensión perpetua que vivían las defensas ante aquellas arrancadas exteriores propició un sin fin de llegadas y ocasiones para alterar el marcador. Los de Renato Gaúcho tenían que atravesar la selva de la remontada con tres goles y no cometer un solo error defensivo más. Casi sin tiempo para asimilarlo, el mejor jugador del cuadro Tricolor, Thiago Neves, se sacó un regate con posterior zurdazo desde fuera del área que igualaba las tornas y llenaba de intensidad a la cita. El Fluzao intentó mantener su guion ambicioso pero los de Bauza supieron calmar con la excelencia creativa de Manso y las apariciones de sus incisivos extremos (copio literalmente del análisis que yo mismo escribí sobre esta final hace ahora más de seis años).

Y en ese ritmo incontrolable, en ese éxtasis en el que uno tiene que matar por cada metro arriesgando atrás como nunca hubiera deseado y donde el otro busca explotar su mejor lectura de los espacios que afloraban fácilmente, el golpe fue constante. Fallaba uno. Fallaba el otro. Pudo ser un marcador escandalosamente inadecuado para una final, pero el único que sí estaba por acertar era el genio local, un Thiago Neves inconmensurable. Empató con una de sus maniobras favoritas ajustando disparo lejano a un poste, llegó con fuerza y decisión desde atrás para remachar otra jugada al primer toque en el área y remontar, y sobre todo, empató la eliminatoria a balón parado con un zurdazo de los que atestiguan que tras ese golpeo hay crack (llegó a ser internacional brasileño después pero no acabó por perpetuarse). Liga estaba en shock, cansados, sin opciones ya a buscar contragolpes y redoblando esfuerzos en labores defensivas. En su único acercamiento, Bieler disparó al larguero y, justo desués, incluso marcó legalmente un tanto que no fue otorgado por el colegiado para poner un punto más de suspense a una noche loca. Tras múltiples ocasiones erradas y muchos instantes de pavor en las gradas, se iba a decidir en la tanda de penaltis.

Urrutia marcó, Conca falló, Campos erró, Thiago Neves también se unió a la lista de cracks que no aciertan en finales, Salas anotó, Cícero fue el único local el apuntar a la red y Guerrón no decepcionó. El gigante Washington, el mismo que tenía problemas cardíacos que le harían retirarse poco después, ponía el pulso en su máximo nivel en un penalti que agonizaba la histórica noche de Maracaná. Cevallos, el veteranísimo arquero que se jubilaba tras aquella mano, fue el héroe de la tanda. Aquella en la que el inmaculado blanco de LDU Quito sumaba el primer éxito continental del fútbol ecuatoriano, aquella en la que se rompían leyes no escritas sobre la incapacidad de clubes menores en ganar la Libertadores y aquella, desde luego aquella, en la que se alcanzó lo inexplicable. Un ‘Maracanazo’ no contemplado como tal que, desde entonces, reabrió la disputa y equidad en el torneo más grandioso del mundo (por imprevisible y por sus singulares escenarios-latitudes) a nivel de clubes.

Meses después, manteniendo el bloque, LDU Quito no decepcionó en un Mundial de Clubes más que peculiar. Eliminó al Pachuca mexicano en semifinales con tranquilidad y solo cayó con un gol de Rooney en una ajustada final ante el Manchester United. Era el final de un año único, un 2008 que pasará a la historia de la Libertadores, del propio Mundial de Clubes y del fútbol ecuatoriano, que desde entonces, fue capaz de comprender que con entusiasmo y energía, nada es imposible. El merengue sigue estando de moda…

Cristiano Ronaldo, Wayne Rooney y Damián Manso

 


 

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