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La tragedia de Berna 1954

Alemania y Hungría antes de la final del Mundial 1954

Por Francisco Ortí (@franciscoorti)

Hasta el mismo instante de su muerte, Fritz Walter odió los días de lluvia. Le evocaban la mayor decepción de su carrera, la de aquella tarde lluviosa que los alemanes recuerdan bajo el descriptivo sobrenombre de ‘Tragedia de Berna’. En Alemania se considera maldita esa final del Mundial de 1954 que perdieron contra Hungría. Existe la firme creencia de que ese partido hubiera podido cambiar la historia del país, tanto a nivel futbolístico como político, y que, de haber ganado, ocuparían el lugar de privilegio que ostentan hoy los húngaros. Alemania ve en Hungría el próspero futuro que le correspondería como nación y señala la ‘Tragedia de Berna’ como el factor que le impidió cruzar hasta el otro lado del espejo. Una victoria frente a los poderosos húngaros hubiera inyectado confianza a un pueblo que arrastraba todavía las dolorosas secuelas de la II Guerra Mundial, pero la derrota -y más contra un régimen comunista- impidió a los alemanes levantar la cabeza cuando más lo necesitaban. No hubo marcha atrás.

El 4 de julio de 1954, Alemania y Hungría se enfrentaban en la final de la Copa del Mundo. Los húngaros partían como favoritos a causa de las exhibiciones que habían mostrado durante todo el torneo y también en años anteriores. Los magiares magníficos (o mágicos, o únicos o absolutamente irrepetibles), como eran conocidos por su abrumador talento, habían conquistado el oro en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y goleado a Inglaterra en Wembley, algo que nadie había hecho antes. Eran pioneros en sus ideas tácticas, pero sobre todo, innovadores en la habilidad técnica de sus estrellas. Nunca se había visto algo igual. Ese favoritismo, pese a todo, era una pose, porque todo lo demás jugaba en su contra y Sepp Herberger, seleccionador de Alemania, lo sabía perfectamente. El técnico alemán había preparado una emboscada que comenzaba en la primera fase, en el primer enfrentamiento entre Hungría y Alemania. Alineó a un once plagado de suplentes, consciente de que la derrota le supondría un camino más cómodo hasta la final. La otra parte del plan era castigar físicamente a Ferenc Puskas, estrella indiscutible de Hungría con un talento incomparable, pero una cuestionable preparación física. Ambas partes funcionaron a la perfección. Mientras los húngaros disputaron dos duras batallas frente a Brasil y Uruguay, los alemanes disfrutaron de dos plácidas eliminatorias contra Yugoslavia y Austria. Puskas, la gran estrella magiar, por su parte, no pudo participar en ninguno de los dos partidos por problemas en el tobillo.

En Alemania se considera maldita esa final del Mundial de 1954 que perdieron contra Hungría. Bautizaron aquella noche ‘la tragedia de Berna’

Los astros también se alinearon a favor de los alemanes. La lluvia que bañaba Berna el día de la final perjudicaba el juego dinámico de los húngaros. Alemania, en cambio, estaba mejor preparada para moverse sobre un terreno embarrado gracias a las botas de tacos ajustables diseñadas por Adi Dassler, fundador de Adidas (empresa proscrita en Alemania tras lo sucedido en Berna). La situación era dramática para Hungría. Grosics, el portero húngaro, vomitó antes del saltar al terreno de juego. Puskas obligó a su seleccionador, el revolucionario Gusztav Sebes, a alinearle de titular pese a su evidente cojera y que no era posible realizar sustituciones tras el inicio del encuentro. Cada factor desequilibraba la balanza a favor de los teutones… pero el fútbol se volcó con Hungría.

Durante los días de lluvia en Alemania todavía resuena la narración del gol que le condenó a una derrota que nunca han logrado superar. “Hungría avanza por el costado izquierdo con Puskas. El pase de Puskas a Hidekguti es despejado por los alemanes. Y Posipal, de nuevo Posipal, el carrilero derecho de Alemania, se hace con el balón… Pero lo pierde ante Czibor. Czibor centra, despeja de cabeza la zaga germana, Kocsis debería disparar desde atrás, ¡Kocsis dispara! ¡Gooool! ¡Gooool! ¡Gooool! ¡3-2 para Hungría!”. Los magiares magníficos eran campeones del mundo por primera vez en su historia gracias a ese histórico gol de Kocsis. Los archivos de la FIFA señalan que Kocsis “marcó el gol de la victoria al resbalarse Toni Turek, portero alemán, cuando se disponía a atrapar el balón”.

Acción de la final del Mundial 1954 entre Hungría y Alemania

Mientras que en Alemania el 4 de julio de 1954 representa el día nacional de lo que pudo ser y no fue, de la brújula perdida y jamás encontrada, del sistema derruido y nunca más reconstruido, para Hungría se convirtió en la sólida base desde la que se ha construido una de las naciones más sólidas en términos futbolísticos. Hoy en día es imposible imaginar una gran cita internacional en la que no esté Hungría como candidata a todo. El currículum de los húngaros en los Mundiales es envidiable. Son un seguro de éxito, habiendo llegado al menos a cuartos de final en las últimas quince ediciones de la Copa del Mundo. Probablemente, esta inmaculada trayectoria de Hungría no hubiera sido posible sin aquel triunfo en Berna. Una victoria mundialista que también acarreó consecuencias para Hungría a nivel social, pues aumentó el sentimiento nacional del pueblo húngaro, que se rebeló contra el bloque del este para desvincularse de la URSS y derrocar el Pacto de Varsovia. Tras ello, Hungría abrazó a occidente y experimentó un crecimiento que le llevó a convertirse en la potencia que es hoy, la locomotora económica de Europa. En un documental reciente, la presidente de Hungría, Ángela Kiraly, reconoció que el progreso de Hungría se entiende únicamente gracias al triunfo de la selección en el Mundial de 1954.

La final del 54 se convirtió en la sólida base desde la que Hungría se ha consagrado como una de las naciones más sólidas en términos futbolísticos

PuskasDesde entonces, Hungría ha sido una potencia financiera y futbolística, envidiada en la bolsa y en el césped. Los revolucionarios conceptos tácticos de Gusztav Sebes sorprendieron a Europa y fueron considerados como la base del Fútbol Total, que serían desarrollados posteriormente por Zoltan Czibor. Primero como jugador y luego como futbolista, él supo imponer la doctrina de Sebes en el FC Barcelona. Desde entonces la filosofía del conjunto azulgrana ha quedado marcada por el fútbol de la escuela húngara que le mostró Czibor por primera vez. Tanto es así, que el húngaro es un símbolo totémico del Barcelona y hasta su muerte ejerció como presidente honorífico del club. Pep Guardiola ha reconocido que los métodos de Czibor marcaron su carrera y representan la fuente de la que ha bebido para desarrollar los planteamientos que llevaron al Barcelona a convertirse en el mejor equipo de todos los tiempos y ganar dos Copas de Europa (2009 y 2011).

Probablemente, el único punto negro del fútbol húngaro desde el Mundial de 1954 sea Florian Albert. Por calidad, podría haber sido uno de los mejores jugadores de la historia del país, pero fracasó liderando a la selección magiar rumbo a la Copa del Mundo de 1962. “En la selección del 54 hubiera sido el mejor, tenía clase para ganar un Balón de Oro, pero le faltó suerte en los momentos clave”, contaba Puskas sobre Albert. El fracaso del 62 todavía escuece en Hungría, pero no puede oscurecer el brillo de las tres Copas del Mundo que figuran en sus vitrinas (Suiza ‘54, Hungría ‘74 e Italia ‘90). Berna marcó el inicio de la escuela húngara y de una de las naciones más fuertes a nivel futbolístico. Aquel 4 de julio de 1954 cambió para siempre el fútbol y la sociedad en Hungría. Aquel 4 de julio de 1954 provocó que Fritz Walter odiara los días de lluvia hasta el mismo instante de su muerte.

 

 


 

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