Secciones Edición: 07

El rugido que nunca olvidará Roger Milla

Roger Milla marca gol contra Colombia

Por José Hernández (@rainerbonhof)

23 de junio de 1990. Cafeteros y Leones buscaban la gloria. Cuando se juntaban en el campo futbolistas como Valderrama, Oman-Biyik o Rincón, nada era previsible. Si además ese encuentro pertenecía a los octavos de final de la Copa del Mundo y tenía un escenario tan emblemático como el San Paolo napolitano, todo hacía indicar que presenciaríamos un partido para la historia. Era la primera vez que Colombia y Camerún llegaban a las rondas finales del campeonato del mundo de fútbol, pero el duelo iba a quedar definitivamente señalado por la aparición de dos hombres marcados por la improvisación, dos jugadores diferenciales y contraculturales que serían protagonistas esa tarde por diferentes motivos: por un lado el osado René Higuita, y por otro un veterano del área al que el técnico Valeri Nepomnyashchi había reservado un lugar en el banco de suplentes, Roger Milla. Los dos equipos representaban la alegría y esperanza de un mundial condenado a la especulación de sus participantes desde la primera ronda, pero sin duda, a partir de ese día, nadie olvidaría el nombre de la perla de Yaoundé, el nombre de Milla.

Pocos meses antes del mundial de 1990, Carlos Salvador Bilardo (seleccionador de Argentina) viajó a Argelia para presenciar el Camerún-Zambia perteneciente a la Copa Africana de naciones. Allí se las ingenió para hacerse con el vídeo del encuentro, y con él, viajó a Nápoles. Bilardo visitó a Maradona y le aconsejó que vieran el partido con el fin de conocer mejor a su primer rival en el mundial, pero tras 15 minutos de visionado, la estrella albiceleste exigió al técnico que parara la cinta por aburrimiento. La anécdota quedó narrada en la biografía del técnico, y en ella Bilardo explica la gran preocupación que sentía por enfrentarse a una selección desconocida pero con buenas credenciales futbolísticas. Hay que recordar que Argentina llegaba al mundial como campeona del mundo, y Carlos aterrizó con un presentimiento negativo que para su desgracia se materializó en el primer choque mundialista.

Camerún se impuso 1-0 en el Giuseppe Meazza, escribiendo la primera gran página de su epopeya y dando la razón a aquellos que como Bilardo, vieron en los Leones indomables una alternativa de peso a las grandes selecciones. Y es que la gran actuación en Italia 1990 solo fue la confirmación de lo que ocho años antes pudo haber cambiado los cimientos del fútbol. También en un mundial jugado en un país latino (en este caso España), Camerún firmó una sensacional actuación a pesar de quedar eliminada en la primera fase. Compartieron grupo con Italia, Polonia y Perú, no perdieron ningún encuentro y solo quedaron eliminados por haber marcado un gol menos que la squadra azzurra. Posteriormente Italia quedó campeona y Polonia tercera. Lo que para muchos fue una anécdota circunstancial, para los más entendidos significó la confirmación de que el fútbol estaba cambiando y África tendría mucho que decir en las siguientes décadas. De la mano del técnico francés Jean Vincent, los cameruneses jugaron un fútbol alegre, pero también mucho más ordenado de lo que se esperaba. Vincent había dirigido a uno de los mejores equipos del competitivo fútbol galo de finales de los setenta, el Nantes. La vistosidad de aquel equipo no pasó desapercibida para los dirigentes del combinado africano y decidieron ofrecerle un contrato. En aquella Camerún embrionaria ya estaba Roger Milla.

Roger Milla jovenEra un delantero de la escuela africana tradicional. Potente, veloz y algo anárquico en sus movimientos. Como tantos otros, Milla había abandonado su país para buscar la gloria en Francia, aunque sus primeros años fueron muy irregulares y estuvieron a punto de enviarle de nuevo a su lugar de origen. El Mundial de España 1982 ayudó a que su figura obtuviera algo más de crédito, y finalmente logró estabilidad en Europa. Jugó para el Mónaco, el Bastia, un Saint-Étienne venido a menos y el Montpellier. Pero a pesar de que ganó algunos títulos y era considerado uno de los mejores goleadores extranjeros del país, a Milla le faltaba un último impulso para coronar su carrera a lo grande. Su gran ambición ya no se concentraba en el manido fútbol de clubes, sino que soñaba con ayudar a que su selección lograra un lugar de privilegio en las grandes competiciones.

En 1988 Camerún se proclamó campeona de África, y solo un año después, en noviembre de 1989, una victoria en Túnez certificaba la clasificación del equipo para la Copa del Mundo. Estos éxitos permitieron a Milla ser elegido el segundo mejor jugador de África, solo superado por el gran Kalusha Bwalya, que sin embargo, no jugaría el mundial. Roger Milla contaba con 38 años, y tenía en Italia la última oportunidad de demostrar al mundo el fútbol que todavía guardaba en sus botas. Pero pocos confiaban en uno de los abuelos del mundial, uno de ellos porque en Inglaterra jugaba el auténtico veterano del campeonato, el arquero Peter Shilton. El día del debut ante Argentina todo el mundo miraba hacia el lado albiceleste, con un Maradona entre algodones que se había convertido en el auténtico protegido del temeroso Bilardo. Sin su inspiración en los momentos clave podría mascarse una tragedia, y la tragedia en el idioma del doctor Bilardo no era otra cosa que renunciar a volver a su país si la selección no era capaz de superar la primera fase. Camerún en cambio llegaba sin presión, con mucha sed de venganza por lo ocurrido en 1982 y hambre competitiva. Ese 8 de junio de 1990 en el que se daba el pistoletazo de salida al campeonato lo iban a demostrar, pero como siempre, el único rival de Camerún eran sus problemas internos, curiosos enfrentamientos que tenían dividida la opinión del país respecto a su seleccionador.

Les entrenaba el soviético Valeri Nepomnyashchi, quien solo se dirigía a la prensa y sus jugadores por mediación de un intérprete. En una de las ruedas de prensa anteriores al partido con Argentina se descubrió que el traductor no era fiel a las palabras del técnico, explicando lo que le apetecía en lugar de lo que expresaba el entrenador. La controversia se convirtió en protagonista al asaltar dudas sobre si el osado intérprete haría lo mismo en las sesiones preparatorias. Pero sobre el campo los fantasmas desaparecieron y a base de férreos marcajes y una incansable solidaridad en todas las líneas, lograron frenar al campeón del mundo. Thomas N’Kono en portería y una organizada defensa liderada por el líbero Emmanuel Kundé, consiguió tapar el espacio por el que debían moverse Maradona y Balbo. Los balones largos de Camerún hacia los delanteros Makanaky y Oman-Biyik fueron el gran arma de los africanos, y finalmente, a falta de 23 minutos, éste último logró el gol que a la postre sería definitivo. Milla solo disputó los últimos compases del encuentro más importante de la historia del fútbol camerunés hasta ese momento, pero no parecía justo que su nombre no fuera a estar presente en aquella lista de héroes que paralizó el deporte mundial. A pesar de la alegría colectiva, a Roger le faltaba algo para ser completamente feliz. Se machacaba en cada entrenamiento buscando un puesto en el equipo, pero tendría que dar un paso más lograr protagonismo a sus 38 años. Aquella Camerún en la que él que dominaba en el vestuario, necesitaba un último impulso de su león más fiero para entrar definitivamente en los libros de historia. El mundial no había hecho nada más que comenzar, pero se acercaba el momento de Milla.

Roger Milla era un delantero de la escuela africana tradicional. Potente, veloz y algo anárquico en sus movimientos

En el segundo encuentro ante Rumanía, el poderoso delantero volvió a ser carne de banquillo al principio, pero esta vez tuvo más de media hora para demostrar sus habilidades. En un despiste de la defensa rumana, Milla le robó la cartera al central Ioan Andone y fusiló al meta Lung. Fue el 1-0 y el primer baile del delantero. En el córner realizó su primera danza, una imagen que daría la vuelta al mundo. Diez minutos después repitió para marcar el segundo y situar a su país en los octavos de final del torneo; la gloria nunca imaginada había llegado. Toda Camerún se echó a la calle para celebrar el estado de gracia de su dios eterno. Si en España 1982 no se había podido cantar ningún triunfo, los leones ya contaban con dos en sus primeros encuentros de Italia 1990. África se elevaba entre los poderosos del fútbol para firmar la consagración. En Bari, miles de aficionados neutrales celebraban los goles del conjunto africano como propios, y es que aquellos jugadores parecían dispuestos a todo y se habían ganado su corazón. El tercer encuentro ante la Unión Soviética fue un mero trámite en el que Camerún ya pensaba en su siguiente víctima. Tras conseguir la clasificación, el técnico permitió a sus jugadores disfrutar de grandes banquetes y lujos aristocráticos, algo que evidentemente influyó en el resultado, un inapelable 4-0 en contra. Colombia sería el rival en octavos tras lograr colarse en la batalla de Nápoles con un gol in-extremis de Rincón.

Los cafeteros también habían dejado grandes sensaciones con un sistema inspirado en el juego en zona de Arrigo Sacchi, y aquel partido representaba el momento perfecto para abrir las hostilidades entre dos selecciones que aspiraban a obtener un lugar en los cuartos de final. Valeri Nepomnyashchi intuía cuales serían las claves del encuentro: “Higuita es portero, líbero y hasta segundo entrenador”. Tenía un papel tan importante en el equipo que su presencia era vital en un esquema que miraba siempre hacia delante, pero la carta de Maturana también podía convertirse en el gran punto negro de su selección. Nadie en su sano juicio actuaría al estilo Higuita en un partido decisivo de la Copa del Mundo; hacer lo que él hacía era abrir la llave del precipicio en cualquier momento. Camerún lo sabía, y por ahí explotó sus virtudes. Los leones tenían prometida una prima de 50.000 dolares por cabeza y una casa si alcanzaban los cuartos de final. Era su momento.

Milla volvió a ser suplente, pero desde el banquillo calentaba su rugido. El encuentro respondió a lo previsible, con los colombianos jugando de manera adelantada y tocando la pelota. Pero ese día parecían contagiados por el horario y el calor napolitano. Valderrama y Álvarez buscaban el espacio con demasiada lentitud. La mirada al frente, el cuerpo erguido, un toque sutil al compañero y balón atrás, vuelta a empezar. Jamás un balón largo, nunca un pase sin criterio. Mientras tanto Camerún esperaba, conocedor de que tarde o temprano tendría oportunidad de morder a su cándida presa. El guión se cumplía a la perfección mientras el público hacía la ola en espera de la prórroga. Milla volvió a salir en el segundo tiempo, y es que a pesar de sus goles en la primera fase, nadie confiaba en que el delantero pudiera tener chispa para disputar un encuentro completo. Llegados al tiempo suplementario los jugadores pagaban el esfuerzo y las gargantas se desgañitaban. ¡Quedan treinta minutos para clasificar! Gritaban en Radio Caracol.

Milla e Higuita en el Mundial de 1990

El encuentro se había convertido en un duelo de cabezas más que de piernas. La de Maturana por encontrar el hueco y la de Nepomnyashchi evitando cualquier opción. Los jugadores respondían a las órdenes de sus técnicos como autómatas, todos menos dos: Higuita y Roger Milla. Ellos iban a cambiar el rumbo del encuentro con dos jugadas sacadas de su propia chistera. Cuando el primer tiempo de la prórroga agonizaba, el nueve de Camerún realizó una pared con Oman-Biyik. Fue una acción de tiralíneas que le colocó justo en frente del meta colombiano. Milla miró al cielo napolitano, contuvo el aliento y batió con un disparo seco a Higuita. Inmediatamente desató su júbilo y recorrió la distancia que le separaba del banderín de corner. Nuevamente bailó mientras el público presenciaba atónito la escena. Mostró un danza africana provocadora cargada de pasión. Allí acudieron todos los jugadores africanos, hasta el portero N´Kono, arriesgando su meta en pos de compartir su felicidad. Aunque afortunadamente para él, la noticia iba a producirse en el área rival pocos minutos más tarde. Colombia se armó de valor una vez más atrincherando a diez hombres en campo contrario. Higuita ya no era portero ni líbero, sino prácticamente un pivote más del centro del campo. Colombia tenía 15 minutos para intentarlo y en ningún momento renunciaría a su filosofía.

En una nueva salida de balón cafetera, Higuita controló el esférico como solía hacerlo, muy lejos de su portería. El portero disfrutaba de la pelota tanto como sus compañeros y nunca la ofrecía de primeras. Esta vez fue un riesgo demasiado grande teniendo a Milla en frente. El atacante inhaló su último aliento y presionó como lo haría un léon corriendo detrás de un antílope. Le robó la pelota a Higuita y encaró el marco rival. Solo le separaban unos metros de la puerta del paraíso. El firmamento futbolístico mundial terminaba de abrirse a su paso para hacer el 2-0. Camerún lograría estar entre los ocho mejores del mundo a pesar de la tímida reacción colombiana al final. La celebración de los futbolistas africanos es sin duda una de las imágenes de la historia de la Copa del Mundo, y a partir de ese día Camerún se convertiría en el equipo de todos, aunque solo jugaría un encuentro más; fue una batalla física ante Inglaterra decidida a golpe de penaltis. Estuvieron muy cerca de llegar a semifinales y quien sabe lo que podrían haber realizado en los dos encuentros restantes. A pesar de que Milla se convirtió cuatro años más tarde en el futbolista más veterano en marcar en una Copa del Mundo, nadie podrá olvidar la tarde más legendaria de su carrera. El de Colombia fue su partido, su día. Aquella Camerún estaba tocada de gracia y tenía un dios, el león Roger Milla.

 


 

Otros contenidos en esta misma edición:

Contacta con El Enganche




Nuestras redes sociales

 

Contacta con nosotros

Puedes ponerte en contacto con El Enganche a través de este formulario.

Envíanos tus consejos, dudas, quejas o sugerencias para ayudarnos a mejorar. Rellena el formulario y haznos llegar tu mensaje. #yosoyenganche