Secciones Edición: 02

Paolo Maldini: El hijo de Cesare

maldini

Por José Hernández (@rainerbonhof)

Lejos de los mejores un año más. La sucesión de desengaños había hecho de la frustración el sentimiento predominante en los aficionados del Milan. Quedaba lejos el sabor vivido en 1979, año de la última liga conquistada por la institución, pero más allá de títulos y honores, lo que más afligía al hincha era la sensación de habitar cerca de un club secuestrado, ajeno a la tradición que en su día implantaron los Nereo Rocco o Gianni Rivera. Este Milan de mediados de los ochenta cambiaba tanto a principio de temporada que nadie podía predecir con precisión la dirección de la siguiente metamorfosis. El resentimiento de los escépticos se hizo todavía más palpable con la llegada de Silvio Berlusconi a la presidencia del club. El genio y magnate del circo televisivo aterrizaba en el fútbol a modo de ilusionista, predicando un nuevo estilo basado en contratar a los mejores en todos los ámbitos de la empresa.

Pero aquella tarde de febrero en el Giuseppe Meazza, un hombre iba a dar el primer paso hacia el paraíso Rossonero con la firmeza de un triunfador que conoce su destino, Paolo Maldini. Hasta ese día los aficionados seguían sin creer en el equipo. No pensaban siquiera que aquel chico que todavía no había cumplido los veinte años y al que Nils Liedholm hizo debutar con dieciséis, fuera a colmar las expectativas generadas. La tarde del 28 de febrero de 1988 fue la última vez que Paolo escuchó aquellas palabras que tantas veces habían golpeado sus oídos desde que entró a formar parte de la disciplina del club con solo diez años: Paolo es un Maldini, es el hijo de Cesare.

El autobús con destino al Giuseppe Meazza consumía los últimos metros de una de las vías de acceso principales. Ese día llegaba la Sampdoria, y como en cada partido en el que un rival directo visitaba la casa milanista, una cadena de aficionados rossoneri acompañaba la marcha de sus jugadores. Hoy era el día clave para verificar la verdadera medida de este Milan ¿perdería sus opciones como en los últimos años o mantendría su persecución hacia el Nápoles con el título de liga en juego? Todo pasaba por la cabeza de Maldini, aunque esta vez estaba solo, sin mentores ni conocidos que le halagaran, sin un hombro en el que apoyarse en caso de que el partido no fuera bien. Por supuesto sin su padre, el Maldini de San Siro.

Paolo Maldini con el Milan

Antes del encuentro comenzaron a circular imágenes por su cabeza, momentos que forjaron su carrera y le convirtieron en el hombre y jugador que era a día de hoy. Paolo Maldini rememoró su primer viaje con la selección Sub 21, cuando Cesare, su padre y seleccionador, habló con él. “Hijo, los periodistas y la gente no van a parar de hablar de tu convocatoria. Ahora debes ser fuerte para aguantar las críticas“, argumentaba. Sin embargo la mirada de Paolo se mantuvo fija y el futbolista respondió sin balbucear: “Soy un profesional, sabré arreglármelas”. No hubo más palabras en aquel viaje a Coverciano ni en toda la concentración. Era el más joven de los jugadores con 18 años recién cumplidos pero una personalidad a prueba de bombas que solo los más cercanos conocían. Predestinado a triunfar desde que era un niño, su padre era quien más apreciaba sus virtudes: “Cuando lo veía jugar con once años ya me impresionaba su imponente presencia física”.

En 1988 estaba cerca de conquistar una liga, pero en los más de tres años que habían pasado desde que el legendario Nils Liedholm le convocara por primera vez para un Udinese-Milan, los acontecimientos habían cambiado demasiado. El técnico sueco le preguntó en la víspera de aquel partido: “Paolo, si jugaras mañana ¿en que puesto te gustaría hacerlo?” “De lateral derecho, mi sitio natural”, respondió. Y es que siempre hizo de la polivalencia uno de sus puntales de batalla, ya que desde muy joven estuvo obligado a jugar en diferentes demarcaciones. Extremo, interior, centrocampista, hombre de dos bandas y hasta defensa central fueron algunos de los puestos en los que se desempeñó Paolo Maldini desde sus comienzos.

- “Paolo, si jugaras mañana ¿en que puesto te gustaría hacerlo?”, preguntó Liedholm

- “De lateral derecho, mi sitio natural”, respondió Maldini

Pero los primeros años no fueron nada fáciles. En la grada seguía escuchándose el murmullo y las dudas cada vez que el joven Paolo perdía una pelota. Pero es el momento del aprendizaje. Cuando Silvio Berlusconi llega a la presidencia del club en marzo de 1986, Maldini ya es el dueño de la banda izquierda, compartiendo plantel con veteranos como Agostino Di Bartolomei o Paolo Rossi. Al lado de ellos madurar es más fácil, algo que aprecian todos los técnicos del club y propio Cesare, que lo convoca asiduamente para la Sub. 21. Se está formando uno de los futbolistas más completos que jamás haya dado el fútbol italiano, un todo terreno necesario para el futuro del Milan y la selección italiana. Así lo reconoce también Fabio Capello cuando en la temporada 1986-87 se hace cargo del equipo a falta de 6 jornadas del final. Tras la destitución del mentor de Maldini Nils Liedholm, el joven Paolo se reencuentra con Capello, un viejo conocido que ya lo entrenó en juveniles. Pero será de la mano de Arrigo Sacchi cuando se produzca el despegue definitivo. Si algo le sobra a Maldini son ganas de mejorar y humildad para afrontar los contratiempos, y es precisamente la pasión por el trabajo sin descanso lo que siempre deslumbró a Arrigo.

El nuevo técnico pronto elegirá a sus hombres, prescindiendo de aquellos que se quedaron con galones ya contraídos y olvidaron la responsabilidad y el hambre de entrenar asimilando nuevas ideas. Paolo Maldini es el futbolista perfecto para abanderar al nuevo Milan. Pese a su juventud reúne todas las condiciones que le permitirán formar parte de un engranaje que está a punto de cambiar el fútbol; es el hombre de club que necesita el proyecto ganador del Milan. Sacchi no tiene dudas y concede al joven Paolo la banda izquierda de su equipo. La derecha es de Tassoti y la línea de centrales para Filippo Galli y Franco Baresi. Los más críticos siguen viendo en Maldini un futbolista lineal, sin capacidad para marcar diferencias más allá de su físico. Pero pronto Arrigo Sacchi percibe las cualidades de su diamante en bruto. Aprovecha su físico para convertirlo en un muro inquebrantable en el desborde. Explota su agilidad para dotarle de mayor poder en las coberturas y sobre todo, mejora sus condiciones técnicas para hacer de él un excelente baluarte en la salida y conducción de balón.

Paolo Maldini con la selección de ItaliaEl 28 de febrero de 1988 la Sampdoria visita San Siro. El Milan sigue la búsqueda del primer puesto e intenta dejar rivales fuera de la lucha por el título. La Sampdoria es uno de ellos, ya que solo han perdido uno de los últimos 17 partidos de liga disputados (ante el líder, el Nápoles de Maradona). El conjunto de Génova se convertirá en los próximos años en uno de los grandes animadores de la mejor época del campeonato Italiano. Con jugadores como Vialli o Mancini y la aportación de veteranos de la talla de Toninho Cerezo o Hans-Peter Briegel, los aficionados del Luigi Ferraris de Génova serán testigo de un lustro brillante que culminará con el título de liga de 1991 y la final de la Copa de Europa de 1992. Aquella “Samp” de Boskov llegaba dispuesta a herir de muerte el corazón milanista. La reciente convocatoria de Maldini por la Nazionale es uno de los temas estrella de una tarde en la que los chicos de Sacchi se la juegan, y es que pocos días antes Azeglio Vicini llama por primera vez al jugador para un amistoso frente a Yugoslavia. El día de la convocatoria Cesare Maldini llora al ver cumplido su gran sueño, por fin otro Maldini en la Squadra Azzurra, por fin justicia para un futbolista al que nunca dio preferencia en el rectángulo de juego a pesar de ser su hijo. Solo resta una cuestión para alcanzar la felicidad definitiva: lograr el respeto de la grada del Giuseppe Meazza. No existe un momento mejor para que Paolo Maldini deje de arrastrar su apellido como una pesada losa. Nunca tuvo más responsabilidad que aquella tarde: saltaba al campo a jugarse medio campeonato y por primera vez lo hacía como integrante de la selección nacional.

El partido arranca con la intensidad característica de los equipos de Sacchi. La presión es alta. Como de costumbre, Donadoni y Carlo Ancelotti se encargan de dar velocidad a las salidas del conjunto local. En una rápida acometida del Milan Evani asiste a Virdis, el delantero caracolea y bate a Bistazzoni con un disparo perfecto. La tarde no puede comenzar mejor. Pocos minutos más tarde del gol se produce una incorporación de Paolo Maldini, pero su disparo se marcha por encima del larguero de la portería de la Sampdoria por escasos centímetros. El bravo defensa recupera rápido su posición mientras escucha una oleada de tímidos vítores a su paso. Pero la tranquilidad y relajación del resultado positivo hace que los de Boskov busquen su oportunidad. En el minuto 16 el colegiado Luigi Agnolin señala penalti en contra del Milan por un empujón de Colombo. Los de Génova empatan y llevan el silencio a las tribunas, con mayor motivo después de conocer las noticias que llegan desde Pescara: Bruno Giordano adelanta al Nápoles en el partido que los de San Paolo juegan simultáneamente. De ganar y no hacerlo el Milan, el equipo de Bianchi se marcharían a una distancia casi insalvable. Los futbolistas del Milan perciben en el campo la situación límite, un momento que aprovecha Roberto Mancini para hacerse dueño y señor de la pelota. Sus pases en diagonal sorprenden a los jugadores locales, a todos menos a Maldini. Confiado y seguro en el corte, el internacional de nuevo cuño asume el liderazgo de una defensa que antes del descanso ya podría haber encajado dos o tres goles sin el acierto del polivalente lateral.

La tarde del 28 de febrero de 1988 fue la última vez que Paolo fue el hijo de Cesare y pasó a ser Maldini

Es uno de los mejores partidos que se le recuerdan y en una ocasión, Gianluca Vialli aplaude desde el suelo después de que Paolo le haya rebañado el balón limpiamente una vez más, sin faltas ni vendettas derivadas de acciones anteriores. El reconocimiento del agotado Vialli es solo la primera muestra de agradecimiento para quien será en unos años el hombre que más veces vestirá la camiseta de la selección italiana. Aunque su trayectoria ya contaba con varios años de experiencia, la elegancia y personalidad de Maldini en el choque frente a la Sampdoria dará inicio a la leyenda de “El eterno”; en las dos próximas décadas no podrá concebirse un terreno de juego sin la presencia de Paolo Maldini. En el segundo tiempo el Milan necesita reconstruirse ofensivamente para ganar el partido; sin victoria no habrá posibilidad de campeonato, y sin título estaremos hablando de un fracaso del proyecto millonario de Berlusconi. Sacchi sigue jugando con dos marcas fijas en ataque, Virdis y Massaro, pero a su equipo le falta profundidad. Maldini ha dado una lección de fortaleza lo suficientemente decisiva como para impedir que la Sampdoria haya conseguido un gol demoledor en cualquiera de sus ataques, pero sabe que todavía puede dar algo más; presiente que esa tarde puede escapar de las órdenes y los consejos para dar rienda suelta a su instinto milanista… necesita ayudar al equipo.

A falta de 20 minutos para el final se produce una falta al borde del área de la Sampdoria, casi pegada a la línea de fondo. El equipo está exhausto, es incapaz de llegar con peligro frente al sistema defensivo impuesto por Boskov en el segundo tiempo, y es que el yugoslavo parece dar por bueno el empate a medida que el final se acerca. Donanoni toca el balón con maestría y el esférico cae justo a la altura del punto de penalti. Guiado por el instinto de quien se sabe triunfador y la duda del “ahora o nunca”, Paolo Maldini conecta el cabezazo de su vida. El balón se encamina a la portería con gran celeridad. Son décimas de segundo que marcan una jugada, y en este caso una liga. Más de la mitad del estadio ya se ha levantado de su asiento antes de que la pelota rebase por completo la línea de meta… ¡GOL! Es el tanto salvador, el momento de fe que todo equipo campeón vive en algún punto de su temporada. El Milan contaba con la liga perdida y se enganchó a la lucha gracias al gol del hombre que más lo merecía. La figura eterna de Maldini brilló ese día como nunca lo había hecho. Quedaban menos de tres meses de liga y el equipo se mostró intratable, el campeonato de liga llegó a las vitrinas del AC Milan nueve temporadas después, un logro que sin la gran noche de Maldini ante la Sampdoria no habría existido. Sus éxitos y la magnitud de su carrera es conocida, pero por encima de todo una cosa quedó clara el 28 de febrero de 1988: nadie volvió a llamar a Paolo Maldini “el hijo de Césare”.

 


 

Otros contenidos en esta misma edición:

Contacta con El Enganche




Nuestras redes sociales

 

Contacta con nosotros

Puedes ponerte en contacto con El Enganche a través de este formulario.

Envíanos tus consejos, dudas, quejas o sugerencias para ayudarnos a mejorar. Rellena el formulario y haznos llegar tu mensaje. #yosoyenganche