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La noche de Merseyside

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Por José Hernández (@rainerbonhof)

Demasiados sentimientos y emociones rodeaban a este partido. El derby más hermoso y fraternal del mundo, el de Liverpool, llegaba en el día más especial para cualquier aficionado inglés, pero también lo hacía en uno de los peores momentos del Liverpool FC y de todo el condado de Merseyside, un mes después de que casi un centenar de habitantes perdiera la vida en la dramática tragedia de Hillsborough. El destino había elegido ese partido como culminación a una década muy especial para ambos conjuntos, es por ello que ninguno de los hinchas que estuvieron el 20 de mayo de 1989 en el estadio de Wembley olvidará aquel enfrentamiento. Fue la gran tarde de Liverpool.

Los chicos entrenados por Kenny Dalglish realizaron una segunda parte de la temporada espectacular y caminaban viento en popa hacia los dos títulos más importantes de Inglaterra tras haber recortado una gran diferencia con el Arsenal. Los gunners se habían convertido en el equipo más fuerte al principio del campeonato a pesar de su fútbol básico y rudimentario, razón por la que gran parte de Inglaterra deseaba que el Liverpool volviera a reinar. Con aficionados a lo largo de todas las Islas Británicas, muchos hinchas recordaban todavía el espíritu de aquellos pupilos de Bob Paisley que habían llevado el orgullo inglés por el continente. Muchos de aquellos aficionados consideraban que de haber jugado en Europa durante el último lustro, muchos equipos ingleses hubieran continuado el reinado anglosajón en las copas europeas, los dos grandes clubes de Liverpool salieron perjudicados por esta medida.

El condado de Merseyside vivió su gran día un mes después de que casi un centenar de habitantes perdiera la vida en la dramática tragedia de Hillsborough

La ausencia en las competiciones europeas provocaba que los torneos nacionales adquirieran una dimensión colosal para aficionados y jugadores ingleses. Aislados del continente, las batallas se vivían con más intensidad que nunca. Cuando Liverpool y Everton accedieron a las semifinales de la FA Cup 1989, los habituales de Anfield y Goodison Park se frotaron las manos. El sorteo había sido benévolo y no hizo que los dos hermanos se cruzaran en las semifinales, pero la alegría circunstancial se convirtió en macabra coincidencia para los seguidores del Liverpool. Tal vez, si los reds se hubieran enfrentado al Everton en semifinales, la tragedia de Hillsborough hubiera tenido otras víctimas, aunque lamentablemente es probable que hubieran sido los hinchas de otros clubes quienes tarde o temprano habrían sufrido tan nefasta circunstancia. El Everton cumplió su parte del plan y accedió a la final; el horizonte pintaba demasiado esperanzador para el Liverpool, con el título de liga más cerca tras la caída en picado del Arsenal y una bonita final de copa en el horizonte.

Entonces llegó el horror, la asfixia, las ambulancias en el terreno de juego… en Hillsborough el Liverpool vivió los peores momentos de su historia, cuando aquel maldito estadio de Sheffield apareció y la actuación de las autoridades que debían velar por la seguridad de los aficionados falló. Los muertos dejaron al fútbol en un segundo plano, y concretamente en Liverpool, unieron todavía más a aficionados de sus dos equipos. Los entierros fueron la escenificación del dolor de Merseyside. Jugadores del Liverpool repartieron su presencia en las diferentes despedidas de los hinchas que habían perdido la vida, y todos ellos recibieron el confortante apoyo de sus vecinos del Everton, aquellos que ya habían ganado el billete para la final de Wembley que debía disputarse solo un mes más tarde. El 7 de mayo de 1989 el Liverpool tuvo que viajar hasta Manchester para enfrentarse al Forest y disputar el encuentro que había sido suspendido, la resolución del partido del horror.

Pocos podían pensar en fútbol en ese momento, pero la situación demandaba un esfuerzo en memoria de todos aquellos que se habían dejado la vida pocas semanas atrás de una forma absolutamente estúpida. El corazón red estaba herido, y tal vez por ello los Barnes, Aldridge o Ian Rush, jugaron con un plus de energía. Durante los primeros minutos del encuentro la situación era distante, tensa y muy fría. Los dos equipos habían colocado ramos de flores en varios puntos del campo antes del partido, y antes de cumplir la media hora, las puertas se abrieron en señal de confraternización entre el fútbol y la vida. Muchos aficionados habían declinado acudir a la reanudación del partido debido a que el dolor estaba muy reciente, por eso el campo no se llenó. Aquel gesto que todos entendieron como una lección de entereza, dio paso a una batalla deportiva en la que el Liverpool fue mejor que su rival. Dos goles del internacional irlandés John Aldridge y un autogol del centrocampista del Forest Neil Webb, permitieron al Liverpool avanzar hasta la final. Aquella victoria se celebró en silencio, pero muchos sintieron alivio al homenajear con su esfuerzo a las 96 inocentes víctimas de Hillsborough.

fotonochede01En lo deportivo el Liverpool estaba en disposición de volver a hacer historia, ya que su dinamismo y fuerza le estaba permitiendo terminar la temporada de una manera majestuosa a pesar de la tragedia. Jugadores como Rush, Beardsley o Aldridge, estaban dando su mejor versión, incluso Grobbelaar dejó atrás la inseguridad que le había acompañado a principio de temporada. Restaban pocas jornadas para el final de la liga y el Arsenal se encontraba en caída libre, pero antes, el Liverpool tendría que vivir uno de los partidos más intensos de su historia: la final de copa nada menos que ante su vecino, el Everton. A lo largo de la existencia de las dos instituciones, el derby de Liverpool solo se había disputado una vez en una final de la FA Cup, en 1986. A pesar de ser dos equipos de la misma ciudad, ambos presentaron siempre una rivalidad sana, y es por esta razón que los encuentros entre los dos equipos son distintos a cualquier otro. No es extraño ver sentados juntos y mezclados a aficionados de los dos equipos, e incluso en los partidos de máxima importancia las aficiones no llegaron nunca a estar separadas.

Las finales que Everton y Liverpool jugaron en los años ochenta son un magnífico ejemplo de ello, partidos en los que el azul y el rojo se mezcló en las gradas y que en el campo dejaron estampas de la mejor época histórica de los dos clubes. En estos partidos los cánticos de los hinchas de ambos equipos se mezclaban en un solo grito: “Merseyside, Merseyside”, con canciones que se han convertido en verdaderos himnos de todos los aficionados al deporte del condado. Como decimos, la única vez que “Evertonians” y “Liverpudlians” se habían enfrentado en la fiesta del fútbol inglés (la competición de copa es el torneo más antiguo y emblemático) fue en la final de 1986. Los dos eran en ese momento grandes potencias del fútbol europeo, ya que solo un año antes tanto Liverpool como Everton jugaron finales continentales, la de la Copa de Europa y la Recopa respectivamente. En una de esas finales llegó Heysel y la expulsión de los ingleses de los torneos internacionales de clubes, un hecho que evitó que aquellos dos equipos pudieran tener más proyección en el extranjero.

Pero la supremacía de ambos quedó demostrada con los siete títulos de liga que las dos instituciones se repartieron entre 1982 y 1988, por lo que aquella final de 1986 enfrentaba a las dos grandes potencias del fútbol inglés en ese momento. Los Toffees contaban con el explosivo Gary Lineker, que ese mismo verano se convertiría en el máximo goleador de la Copa del Mundo y sería fichado por el Barcelona. Pero de nada les sirvió su aportación ni el gol que anotó, ya que los reds demostraron su superioridad y vencieron por tres goles a uno. Por todo ello, la final de 1989 se abría como una gran oportunidad para el Everton, la gran venganza deportiva del equipo pequeño de la ciudad. Pero lógicamente el encuentro llegaba marcado por los acontecimientos de Sheffield y las víctimas de una tragedia que conmocionó al país.

Miles de aficionados de los dos equipos recorrieron las más de doscientas millas que separan la capital de Merseyside de Londres con la convicción de ayudar a sus respectivos equipos a llevar la FA Cup a sus vitrinas, pero sobre todo, los hinchas acudían al partido con el objetivo de hacer frente común y demostrar a todo el Reino Unido que un acontecimiento deportivo no debía estar relacionado nunca con un escenario de dolor y sufrimiento. Después de la tragedia de Hillsborough varios diarios de la capital acusaron a los seguidores del Liverpool de haber provocado con su comportamiento el suceso, una afirmación que con los años demostró ser falsa. Los hinchas radicales de los reds habían provocado altercados en el pasado, pero esta vez todo lo publicado estaba relacionado con la mentira, únicamente bajo el prisma de defender a la policía y a unas autoridades que sin duda podrían haber evitado la tragedia. Tanto los aficionados del Liverpool como los del Everton sintieron aquellas palabras de los tabloides como un insulto a su inteligencia y un ataque a los habitantes de su ciudad, y es por ello que la invasión pacífica de Londres tuvo un significado en común: demostrar que ninguno de los allí presentes tenía nada que ver con aquellas duras manifestaciones llegadas desde Londres. 96 velas presidieron el encuentro, y antes del saque inicial se guardó un emotivo minuto de silencio en el que las emociones se dispararon. El You’ll Never Walk Alone se mezcló con los gritos de “Merseyside, Merseyside”, justo cuando los capitanes, Ronnie Whelan por el Liverpool y el galés Kevin Ratcliffe representando al Everton, intercambiaron banderines y eligieron campos. El sonido era ensordecedor.

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A continuación se iba a vivir una auténtica batalla en la que el dolor de las últimas semanas quedaría atrás. El Liverpool era favorito, por historial y por momento competitivo, pero los toffees, entrenados por Colin Harvey, no iban a dar por perdido el encuentro en ningún instante. Después de que el colegiado decretase el pitido inicial, quedaría bien claro que la actitud de los futbolistas iba a ser muy distinta a la de aquella continuación de la semifinal disputada en Old Trafford; el Liverpool quiso ganar el encuentro desde el primer instante y tardó muy poco en ofrecer el primer zarpazo. A los cuatro minutos de juego, una acción rapidísima sorprendió a la defensa del Everton adelantada. Los de Dalglish eran peligrosos con espacios y letales en la definición dentro del área. Aldridge golpeó el esférico y lo mandó directo al fondo de la portería; los aficionados del Liverpool enloquecieron, pero indudablemente restaba mucho partido. En juego había algo más que la FA Cup, era la copa de Liverpool y sobre todo el trofeo de Hillsborough, un galardón que los marchitados aficionados reds sentían que debía descansar eternamente en Anfield como homenaje a las víctimas. Pero ningún gran logro llega sin esfuerzo, y así se escribió la historia de esa tarde.

El Everton lo intentó de todas las maneras posibles en el segundo tiempo, incluso dio entrada a dos hombres de presa en el centro del campo para maniatar la salida de balón liverpudliana: Ian Wilson y Stuart McCall. No obstante la copa comenzaba a teñirse de rojo a medida que los minutos avanzaban. Pero en el último instante llegó la recompensa para el Everton con una excepcional acción por banda derecha que finalizó en el gol del empate. El tanto no hubiera llegado sin la inestimable colaboración de Bruce Grobbelaar, quien a aquella desafortunada actuación uniría una semana más tarde el dolor de encajar un gol que significaba perder una liga en el último suspiro, pero aquella sería otra batalla. Volviendo a Wembley y al 20 de mayo de 1989, el encuentro había quedado listo para el tiempo extra. Los nervios se acrecentaron, las gargantas se afinaron y las bufandas volvieron a agitarse al unísono. Mientras los jugadores se hidrataban y recuperaban del esfuerzo tendidos en el césped, más de 80.000 espectadores gritaron en recuerdo de las víctimas de Hillsborough y en homenaje a la tierra que habían abandonado esa misma mañana para asistir al encuentro. Una imagen realmente emocionante y para el recuerdo, ya que a pesar de que había que encontrar un ganador, esa tarde ganaron todos, pero sobre todo venció el fútbol.

La prórroga no pudo ser más brillante, y en ella adquirió protagonismo el inigualable Ian Rush. Pocos minutos después de reanudarse el partido el galés adelantó a los reds, aunque la alegría duro poco tiempo, justo el que tardó Grobbelaar en volver a tragarse otro balón, esta vez un disparo desde fuera del área de McCall. 2-2 y de nuevo las espadas en todo lo alto. Pero aquel encuentro que había pasado a la historia por el componente romántico y los hechos previos a la pelea, también iba a hacerlo por la batalla de alternativas. El Liverpool volvió a intentarlo, ya sin fuerzas y con más corazón que cabeza eso sí. Barnes se hizo en con el balón por enésima vez cerca del área. Tenía oportunidad de driblar y acercarse a la portería, pero sus piernas no daban para más y decidió centrar. Allí se encontraba el más listo de todos (sorprendentemente ese día no había sido titular y en la prórroga se percibió su frescura), Ian Rush. Conectó la pelota en semifallo y volvió a adelantar a su equipo. No era un gol de bella factura, nada que ver con el que había marcado minutos antes, pero esa tarde ya no había más…era el tanto de la victoria. Con el silbato final volvieron a estallar las emociones contenidas durante 120 minutos de un hermoso partido. El Liverpool levantó la copa y pudo honrar con fuerza a sus 96 chicos, los que pagaron con la vida la fatalidad de un sábado negro. Aquella copa descansa en Anfield desde el 20 de mayo de 1989.

 


 

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