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La noche de… Roberto Baggio: El penalti que nunca deseó marcar

Brescia v Lecce

Por José Hernández (@Rainerbonhof)

Roberto Baggio en el campoOnce metros. Una vida. La vida de ‘El Enganche’ marcada por un número, una marca, un punto… el de penalti: los que marcó, aquellos que falló e incluso el que nunca tiró. La tarde del 7 de abril de 1991, el mundo conoció al Roberto Baggio más terrenal, un hombre alejado por unas horas de la conciencia mística que tanto le había ayudado a superar las dificultades del pasado. Ese día, los latidos cardiacos manejaron su destino y las decisiones del 10, dominando incluso a su poderosa fortaleza como futbolista. Después del recibimiento hostil que le tributó el Artemio Franchi en su regreso, Baggio contrajo una deuda eterna con la Juventus y con su propio compromiso. Aquella tarde puso en conflicto su corazón. Un penalti, una noche, una vida…

En una Italia necesitada de ídolos que soportaran el peso de la tradición, Roberto Baggio emergió como salvador del Calcio a principios de la década, justo cuando el esplendor del fútbol italiano tocaba techo a nivel deportivo (tres de sus equipos conquistaron todos los títulos posibles en las competiciones europeas). Indescriptible entonces. Impensable hoy. Pero los noventa llegan cargados de engaño y mentira en la Serie A, de sospecha y superficialidad. El escándalo por dopaje de Maradona devuelve la realidad a un país dominado otra vez por los millones de liras del norte. El Imperio Berlusconi ha roto de nuevo la esperanza de los pobres, quienes, una vez desaparecido Diego, también pierden a su referente en la lucha; la lucha geográfica, que en Italia es paralela a la de clases.

Precisamente allí, en Italia 90, llega la frustración al país cuando en una histórica tanda de penaltis, Argentina elimina a la Azzurra. En ese equipo italiano de Azeglio Vicini, Roberto Baggio se había ganado la simpatía y el aprecio de la crítica. Y eso que solo dos semanas antes de la cita, la presencia del Divino parecía un problema más que una bendición. Los entrenamientos de Italia, muy cerca de Florencia, se convirtieron en un peregrinar de hinchas enloquecidos en contra del nuevo jugador de la Juventus. La actuación policial es una constante para disuadir a los hinchas más radicales de la Fiore, que durante sus años de adolescencia lo habían adorado, elogiado y exaltado a las alturas de la mismísima Catedral de Santa María del Fiore. Era su pintor talentoso, su escultor adelantado, su arquitecto diferencial y, sobre todo, aquel escritor que iba a permitirles enjuiciar a cualquier enemigo que les retase. Era el nuevo ídolo, su nuevo 10 (porque nada más llegar, asumió los galones del mito toscano Antognoni), el suyo, el propio… hasta que se lo robaron en un verano inolvidable.

En lo futbolístico, Roberto era diferente a todo lo visto anteriormente. Disponía de una clase inmensa para fabricar jugadas a partir de tres cuartos de campo siempre con el propósito de acompañar la pelota en su avance. Su gol ante Checoslovaquia en la primera fase del mundial recupera sensaciones olvidadas en Italia; la finta, el regate, el amor por el balón y la sutil definición. Aquella galopada en el Estadio Olímpico de Roma consagra al de Vicenza como el mayor revolucionario técnico nacido en Italia en los últimos años. El jugador más caro del mundo es también, con letras de oro, aspirante a ser el mejor futbolista del planeta en poco tiempo. Toda Italia le aclama menos Florencia.

Equipo Roberto Baggio

Gianni Brera, el célebre cronista italiano, dice de él: “Perdónenme la emoción, he vuelto a ver a Meazza”. El campeonato sigue su curso, un mundial contradictorio en el que la Italia del sur admira a la estrella de la selección rival (Maradona) y la joven esperanza nacional no cuenta con el apoyo de los hinchas más radicales del club que termina de abandonar. Pero, ¿existe alguien más contradictorio que Roberto Baggio? Un enganche con dotes para la fantasía en el fútbol más hermético del mundo. Un prodigio rehabilitado de sus lesiones en el fútbol más físico del planeta. Un budista en la cuna del catolicismo. Un humilde en el imperio Agnelli. Un elemento que extrapolaba su fútbol a todos los ámbitos que solo un semi-dios podía trastocar. Pero cedió. La salida de Baggio de la Fiorentina provocó el caos en la ciudad. Los Tifosi viola se sintieron traicionados. Y lo que es peor: engañados por los especuladores que llevaron en silencio la operación. La marcha de Roberto era el divorcio definitivo con el futbolista que les hizo soñar, el hombre que juró amor eterno al club y que repetía por siempre que no deseaba salir del equipo. Pero una mareante oferta y las urgencias económicas de la Fiorentina obligaron a Baggio a vestirse de Bianconero. Un apocalipsis futbolístico en el honor italiano.

“Perdónenme la emoción, he vuelto a ver a Meazza”, escribió Gianni Brera

Después del Mundial, la página de grandes méritos de Baggio continuaba en blanco, también el bagaje de títulos conquistados. Nada de lo hecho anteriormente tendría valor si no confirmaba en Turín que sus tobillos estaban tocados de fortuna divina. De él se esperaban goles maravillosos, pases artísticos o cabalgadas maradonianas como la que protagonizó meses antes en un Nápoles-Fiorentina que le encumbró igualmente como un avezado lanzador de contras. De Roberto Baggio se esperaba también que siguiera impartiendo magisterio desde el punto de penalti; 17 goles en 17 lanzamientos en la Serie A le avalaban. Era incontestable. Y no comenzó mal.

El primer penalti lo lanzó magistralmente a la derecha de Taffarel en la primera jornada de Serie A con su nueva camiseta (sí, ante el brasileño Taffarel, clave en su vida años después). El gol permite a la Juve ganar 1-2 en Parma y debutar con el gol partita del que tanto provecho sacan los analistas italianos. Ante Atalanta en el siguiente encuentro, resolvió una pena máxima cometida sobre Fortunato. Y frente al Cesena en la tercera jornada volvió a engañar al portero tras una jugada en la que él mismo provocó el castigo superior. La Juventus mantuvo el tipo hasta diciembre, cuando era líder del Scudetto junto a Sampdoria e Inter tras la victoria 2-1 ante la Fiorentina en Delle Alpi (el primer reencuentro de Baggio con sus ex-compañeros). Pero el equipo de Luigi Maifredi perdió fuerza en la segunda vuelta y regaló puntos que le alejaron de la lucha por el título cuando nadie hubiera imaginado un bajón físico en una plantilla tan sólida. La inversión efectuada por Baggio tenía un objetivo, una misión que se convertiría en urgencia en el momento que no se consiguiera: hacían falta títulos.

Roberto Baggio con el balón

El 6 de abril de 1991 el Artemio Franchi se aprestaba a ser escenario del final de la tragicomedia vivida por la Fiore y Baggio. El regreso a casa del antiguo ídolo, ahora condenado por ‘traidor’. Un hombre condicionado por la situación que mostraba una aparente tranquilidad en los momentos previos al choque. Su charla con algún ex-compañero le hizo abstraerse de la dura realidad que sus ojos presenciaban. En pocos minutos sus oídos estallarían cada vez que tocara el balón. Aquella tarde desapareció el futbolista con corazón de guerrero para dar paso a una estrella empequeñecida. Cada balón que caía a sus pies estaba cargado de plomo, de conciencia viola, de odio fiorentino y de mensajes indescriptibles que podrían resumirse en uno: “Ucciso la nostra identità” (“Mataste nuestra identidad”). En medio de la confusión, Fuser adelantó a los toscanos de tiro libre antes del descanso. Si no existía una reacción en el segundo tiempo por parte de la Vecchia Signora, las opciones de ganar el título se marcharían definitivamente. La Juventus iba a encontrar su oportunidad nada más iniciarse el segundo tiempo, cuando el tosco defensa Salvadori, obstaculizó al amargado protagonista de la tarde dentro del área. Fue penalti dudoso, pero como tantas veces a lo largo de la temporada, penalti a favor de la Juve, penalti a favor de Baggio.

El balón se sitúa en el punto de castigo mientras los ultras viola encienden sus últimas bengalas. Todo lo que había disparado lo había anotado. Todo lo que había golpeado había terminado en la red. Y todo lo que había lanzado, encontró puntos juventinos. Pero hasta el punto se acerca… De Agostini. Ni rastro de Roberto Baggio. El mejor lanzador de penaltis del fútbol italiano desaparece de la escena en el punto culminante del capítulo. Cabizbajo, sabedor de que el foco casi prefería apuntarle a su mirada que al devenir del disparo, consciente de que no podía afrontar un momento así. Baggio cede, calla, pierde la batalla ante los Tifosi que le han hecho la vida imposible en los últimos meses. De Agostini lanza el penalti y Mareggini lo para. La pesadilla del Divino continúa con mayor ahínco y termina 14 minutos después, cuando Maifredi decide poner fin a su calvario y le sustituye por Alessio. El marcador ya no se moverá. La Juventus pierde el partido clave de su lucha por el Scudetto.

“Nunca hubiera deseado marcar ese penalti”, reconoció Roberto Baggio

Instantes después, Roberto Baggio camina derrotado por la curva del estadio. Los insultos se mezclan, los gritos apuñalan su sentimiento y los silbidos hace ya tiempo que dejaron de aparecer en sus marchitos oídos. Una camiseta de la Fiore cae a sus pies. Aquella que tantas veces vistió le impide el paso, le obstaculiza exigiendo una respuesta, le frena en su anhelo de paz. Incapaz de seguir escondiendo su carácter, afronta la situación delatando todo aquello que durante 90 minutos y muchos meses atrás, había tenido que tragar en solitario. No podía más. Baggio miró aquella piel viola, se agachó ante ella y no dudó un instante en besar su escudo. Un acto que explica con un solo gesto aquello que nunca le habían dejado expresar con palabras (“no se puede hablar con quien no quiere escuchar”, había declarado). Su corazón habló sin necesidad de juicios: “Nunca hubiera deseado marcar ese penalti”.

En Turín nadie perdona a “Il Codino”. Se le presiona, se le somete a un cuestionario constante y se organiza una continua idea propagandística con el fin de juventinizarlo. Acusado de poca profesionalidad y de mal compañero, su espantada liberal en el momento clave, le coloca como gran responsable de la tragedia Bianconera. En pocos días la Juve viaja a Barcelona para fundir su último cartucho en la semifinal de la Recopa, pero pocos confían en que el talento de Baggio reaparezca. Maifredi defiende a su jugador afirmando que la decisión de no lanzar el penalti estaba pactada, pero la prensa local acusa a Baggio de traidor e incluso en la RAI lo invitan a jugar cada semana con un club distinto. La presión invade el vestuario, y su compañero Marocchi deja entrever que si por él fuera, Baggio no viajaría a Barcelona por falta de compromiso. Tacconi, el portero del equipo, reconoce que su líder se equivocó al no lanzar el penalti, algo repetido entre varios compañeros en un absoluto caos de vestuario. Cuando todo parecía abocado al fracaso y Baggio entraba en un túnel sin salida positiva, la Juventus, en voz de su presidente Vittorio Chiusano, decide dar un golpe de autoridad a la situación y nombrar oficialmente a Roberto Baggio embajador de futuro de la entidad. En el peor momento para el jugador, la entidad anuncia la inminente renovación de su astro con el club, que prolongará su contrato hasta 1996 en una clara maniobra de reafirmación y despiste. Un aviso a los tifosi y a los detractores del considerado para muchos, mejor enganche de la historia: “Acostúmbrense a los caprichos del genio, porque el genio nos hará grandes en el futuro”. Lo hizo.

 


 

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