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India: Al fútbol también se juega descalzo

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Por Francisco Ortí (@FranciscoOrti)

Había llegado el momento de que Rashid abandonara su casa de Calcuta. Prácticamente toda su vida se había desarrollado entre esas cuatro paredes y cada objeto encontraba compañía en su memoria: el dhoti que vistió en su primer día de clase, el palo que le regalaron cuando intentó iniciarse en el críquet, o el ejemplar de Gitanjali que le obligaron a leer en el colegio. Uno por uno, sus recuerdos se aglutinaban en la parte trasera del camión de mudanzas. Sólo le quedaba un objeto por cargar, su bien más preciado. Con las paredes desnudas destacaba todavía más el tesoro que colgaba de una de ellas. Se trataba camiseta del Celtic de Glasgow acompañada por un cheque en el que se podía leer: “Páguese por este cheque a Mohammed Salim la cantidad de 2000 libras”. El conjunto escocés había enviado ese dinero al conocer que el padre de Rashid se encontraba gravemente enfermo, pero él decidió no cobrarlo puesto que su valor sentimental era mayor que el monetario. “Me ha encantado el gesto del Celtic no por el dinero si no porque significa que mi padre todavía tiene un lugar privilegiado en ese club. Por eso no he cobrado ese cheque y lo conservaré durante toda mi vida”, explicó Rashid.

Su padre enfermo es Mohammed Abdul Salim (Calcuta, 1904), bautizado el malabaritsta indio después de causar sensación en Parkhead a finales de la década de los treinta. Militó con notable éxito en el Mohammedan Sporting Club con quien conquistó cinco títulos de campeón de la liga india de manera consecutiva y se convirtió en uno de los jugadores más afamados del país. Su reputación y la de su equipo traspasó fronteras. Hasta el punto de que la selección de China se trasladó a Calcuta para disputar dos amistosos contra ellos. El primo de Salim, Hasheem, un hindú residente el Inglaterra, se encontraba en Calcuta y decidió acercarse al estadio para seguir en directo el fútbol de su pariente. Hasheem pronto se dio cuenta de que su primo era un futbolista diferente. Poseía una extraordinaria calidad técnica, algo poco habitual en India. Su habilidad era similar a la de los futbolistas que estaba acostumbrado a ver en territorio británico. La única diferencia era que Salim jugaba descalzo. Era capaz de hacer todas aquellas maravillas con el balón pese a tener los pies desnudos. Esto último sí era habitual en India. Allí era una práctica común jugar a fútbol sin botas.

india02Hasheem quedó tan impresionado por el juego de su primo que en cuanto terminó el partido contra China le pidió que le acompañara a Inglaterra para probar suerte en el fútbol profesional. Lo tenía claro. Si Salim podía jugar tan bien pese a hacerlo descalzo, lo haría todavía mejor con la equipación adecuada. No tendría problemas para destacar en un fútbol tan profesional como el de Inglaterra. Halagado por ser comparado con los grandes futbolistas, Salim decidió hacer caso a su primo y voló junto a él a Inglaterra antes de que se pudiese disputar el segundo partido contra China. Sin embargo, en Londres no tuvieron suerte esperada. Así que pasaron al plan B y decidieron buscar fortuna en Glasgow. Seguro de la calidad de su primo, Hasheem se presentó frente a Willie Maley, entonces entrenador del Celtic de Glasgow, para solicitarle una prueba. “Acaba de venir en barco un gran jugador de la India. ¿Le haría usted una prueba? Sólo hay un pequeño problema: juega descalzo“, preguntó Hasheem. Maley se tomó el ofrecimiento como una broma, pero tal fue la insistencia del hindú que acabó aceptando y le ofreció realizar una prueba frente a más de mil aficionados, siendo observado por tres entrenadores del club. Emocionado por la oportunidad Salim saltó al terreno de juego como acostumbraba a hacerlo: descalzo.

La sorpresa por la desnudez de sus pies pronto pasó a un segundo plano y tanto los aficionados como los técnicos se rindieron ante la calidad de esta exótico jugador indio. Tras esta exhibición Maley no dudó en incorporarlo al primer equipo del Celtic de Glasgow. Salim disputó su primer partido contra el Hamilton Academical ganando 5-1 y después cosechó otra victoria, esta vez por 7-1, frente al Galston, anotando incluso un gol. El hindú jugó los dos amistosos con los pies desnudos, únicamente lucía un vendaje para sujetar sus tobillos, y así logró enamorar a la mitad católica de Glasgow. “Los diez dedos de Salim, el jugador hindú, hipnotizaron a la muchedumbre en Parkhead”, se pudo leer en el Scottish Daily Express, que rebautizó a Salim como el malabarista indio por su habilidad de “equilibrar la pelota con el dedo gordo, dejarla caer en escalera hasta el dedo meñique, girarla y hacerla saltar con un pie sobre el defensor”. En apenas dos partidos Salim había demostrado que tenía sitio en el fútbol europeo, pero su aventura no iría más allá. Echaba demasiado de menos su Calcuta natal y decidió que prefería ser un futbolista anónimo en casa que un solitario con éxito en Escocia. El Celtic intentó retenerle ofreciéndole una alta suma de dinero, pero el hindú se mantuvo firme y regresó a India, poniendo fin a la leyenda del malabarista de pies desnudos que conquistó Parkhead.

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El breve paso de Mohammed Abdul Salim por el fútbol europeo no fue su única relación con el éxito. También fue la bandera de la mejor generación que ha dado a luz el fútbol indio. Una generación que representa como pocas el amor por el fútbol. Por el fútbol tal y como ellos lo interpretaban. Esa prueba de amor tendría lograr en 1950, pero antes el fútbol indio tendría que escribir sus páginas más gloriosas. India obtuvo la independencia en 1947 y una vez liberado del yugo británico, sus selecciones pudieron competir a nivel internacional. La afición por el fútbol, el hockey hierba y el criquet serían algunos de los bienes más preciados que Inglaterra le dejó en herencia a los indios. De hecho, sin contar el Reino Unido, es en India donde se disputa la competición más antigua del mundo. Se trata de la Copa Durand, que se empezó a disputar en 1888. Así que esas serían las disciplinas en las que más destacaron. La prueba más sorprendente de ello se vio en los Juegos Olímpicos de Londres en 1948. Por entonces, el fútbol indio era totalmente desconocido en el concierto internacional, por lo que su fue en escena supuso un auténtico impacto. La selección de India se enfrentaba a Francia en octavos de final y nadie en Londres pudo contener su asombro cuando vio como los jugadores de India saltaban al césped Cricketfield Stadium de Ilford totalmente descalzos.

Aunque mayor sería todavía la sorpresa al descubrir que eran capaces de plantarle cara a los galos. Los franceses no eran una potencia mundial en aquel momento, pero se les suponía infinitamente superiores a los descalzos indios. Sin embargo, India no solo puso en apuros a Les Bleus, sino que estuvo muy cerca de ganar aquel encuentro. Solo un gol de Rene Persillon faltando un minuto para el final del encuentro evitó el milagro hindú. La presentación en sociedad del fútbol indio había sido inmejorable, pero el destino les brindaba una nueva oportunidad. Tras la guerra, la FIFA rescataba de entre los escombros el sueño del Mundial de fútbol. En 1950 el balón volvería a correr y, en esa ocasión, la Copa Jules Rimet se disputaría en Brasil. Una de las 16 vacantes debía ser ocupada por una selección asiática y la FIFA le ofreció ese honor a India (después de recibir anteriormente la negativa de otras tres selecciones). La Federación india (AIFF) aceptó la invitación. Apenas cuatro años después de haber logrado la independencia, sellaba su billete para una Copa del Mundo.

El sorteo encuadró a la selección de India en el Grupo C junto a la vigente campeona, Italia; Suecia y Paraguay. Un grupo complicado, pero ideal para continuar creciendo. Suponía una oportunidad ideal para medirse con los mejores, para comprobar el verdadero nivel de su fútbol, aunque jamás podría hacerlo. En el último momento, la AIFF decidió retirar a la selección india del torneo. El motivo real del adiós tiene rostro de leyenda. Los más románticos cuentan que India se negó a disputar el Mundial como consecuencia de que la FIFA obligara a que los jugadores calzaran sus pies. Los futbolistas indios acostumbraban a jugar descalzos y no estaban dispuestos a renunciar a su manera de entender el fútbol, por lo que se negaron a acatar las órdenes de la FIFA. Antepusieron sus ideales a un Mundial. Existe otra versión más realista, que defiende que el viaje a Brasil resultaba demasiado costoso para las arcas de la AIFF y se decidió declinar la invitación. Parece más creíble esta segunda opción, pero en El Enganche nos quedamos con la primera. Para nosotros, la selección de India es aquella que amaba tanto su fútbol que fue leal a él aunque la FIFA le tentara con un Mundial.

 


 

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