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Bonano y la noche de los arqueros

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Por José Hernández (@rainerbonhof)

El estadio enmudece y los aficionados contienen la respiración. Es un momento grandioso, uno de aquellos que cambia el rumbo del partido. El penalti es el castigo máximo para un portero, un instante en el que su alma queda vendida a once metros y al destino. La oportunidad de ser héroe asoma cuando una manopla salvadora hace enloquecer al público, pero esto último es territorio para unos pocos elegidos ya que el portero suele ser el perdedor de forma repetida. Pero como en toda disciplina, existen instantes mágicos en los que se altera el orden de los papeles naturales ¿qué ocurre en un estadio cuando el portero asume la responsabilidad de lanzar? La respuesta es sencilla de imaginar ya que los sentidos del hincha se agudizan, también la voz del narrador asume la épica. Un guardameta lanzando una pena máxima es la permuta absoluta de los papeles, un guiño de protagonismo para el jugador más diferente de todos.

La noche de los arqueros, así definió Clarín la lucha entre Roberto Bonano y José Luis Chilavert. Sus pensamientos se habían retado mucho antes, cuando el paraguayo decidió lanzar un dardo envenenado a su rival antes del primer encuentro de la Copa Mercosur 2000. A Bonano nunca le gustaron las hostilidades por parte de quien se sentía superior a él, había recorrido un largo camino y estaba acostumbrado a hacer frente a aquellos que quisieron empequeñecer su valía. En Rosario, donde nació, se ganó un puesto en el equipo local a base de trabajo. Buenos reflejos y una colocación más que aceptable le hicieron triunfar en la batalla por la titularidad. Nadie iba a enseñarle a sufrir ya que poco antes de firmar por River, Bonano se había recuperado de forma ejemplar de la única lesión grave que tuvo en su carrera hasta ese momento, una fractura en el tobillo que le mantuvo lejos de los terrenos de juego unos cuantos meses. En ese momento Roberto Bonano ya era fuerte, mentalmente potente como para resurgir en una tanda de penaltis histórica, la que le dio a Rosario Central el título de campeón de la Copa Conmebol en 1995.

Roberto Bonano y José Luis Chilavert protagonizaron un duelo desde los once metros que Clarín bautizó como ‘la noche de los arqueros’

En aquella tanda en la que defendió la portería de la academia rosarina, Bonano aprendió a convivir por primera vez con la presión internacional, y también tuvo la oportunidad de presenciar en primera persona un hecho singular. Rosario Central perdió el partido de ida ante Atlético Mineiro por 4-0. Con esa derrota prácticamente se despedía del triunfo final, y al mismo tiempo, el portero argentino sufrió la ira de unos aficionados resentidos por haber vivido una derrota tan sonrojante. Pero en el encuentro de vuelta Rosario Central levantó la final y llevó el marcador a otro espectacular 4-0 que obligó a resolver el título desde el punto de penalti. Bonano se enfrentaba al maestro, nada menos que a Claudio Taffarel, el brasileño que llevó a su país al título mundial un año antes, precisamente gracias a los lanzamientos de penalti. Poco podía perder el “Tito” en un duelo de esas características, es más, jugarse un trofeo de esa manera supondría une lección de aprendizaje perfecta. Bonano le ganó la partida a Taffarel y Rosario se proclamó campeón, aunque una de las noticias de aquella tanda fue el lanzamiento que el meta brasileño endosó al argentino; aquel gol fue una pequeña victoria de Taffarel ante su joven pupilo. Bonano aprendió mucho aquella noche en el Gigante de Arroyito.

Logros como la citada Copa Conmebol permitieron a Bonano llegar a Buenos Aires, alcanzar por fin el reconocimiento de un gran club con 95 años de historia. River Plate le reclamó para ocupar el arco del Antonio Vespucio Liberti (el monumental), pero su trayectoria en la gran metrópoli argentina tampoco sería un placentero camino de rosas. Llegó a millonarios en un año glorioso, justo cuando River volvió a repetir triunfo en la Copa Libertadores gracias a aquellos dos goles de Hernán Crespo; para Bonano quedaría esperar su momento en silencio por detrás del “Mono” Burgos. Una de las pocas oportunidades que el “Tito” recibió en esta primera etapa llegó en la Copa Intercontinental 1996 jugada en Tokio. Allí Bonano fue titular, pero la Vecchia Signora de Lippi, Del Piero y el recién llegado Zidane, obligó al guardameta a derramar lágrimas de rabia por el resultado. Su imagen recogiendo de la red el balón que significaba la derrota de su equipo es sin duda una de las grandes imágenes de su primera etapa en River. Pero más allá de encuentros y actuaciones puntuales, Roberto Bonano pasaría a la historia de la institución bonaerense gracias a una acción producida cuatro años más tarde. Pero no adelantemos acontecimientos, ya que sin contar lo ocurrido en la previa de aquel choque de la Copa Mercosur, no podríamos entender la razón de que se produjera un hecho tan singular como el que se vivió en el Monumental.

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José Luis Chilavert era perro viejo en el año 2000. Con dos mundiales a sus espaldas y experiencia en el fútbol paraguayo, español y argentino, sabía perfectamente como calentar cualquier tipo de partido. A Chilavert se le acusaba de haber perdido facultades, ya no era aquel ágil guardameta que un lustro antes se había proclamado campeón de América con Vélez. A Chilavert se le acusaba de sobrepeso, pero por encima de ello, en Argentina se le tachaba de bocazas, algo que no era del todo mentira. Algún dirigente le recriminó “ser uno de esos inmigrantes que aportan pocas cosas al país”, algo que lógicamente encendió el orgullo de un José Luis que, pese a no perder nunca su condición y sentimiento paraguayo, sentía a su país de adopción casi como propio. En lo futbolístico Chilavert alcanzó fama mundial por ser uno de los pocos porteros de su época que era capaz de marcar goles de penalti y de falta. Ya lo había conseguido en la liga española (aunque justo al volver a su campo fuera sorprendido por un disparo desde el centro del campo que se coló en su portería), y en Argentina logró abrir informativos de todo el mundo con un tanto espectacular desde el medio campo a River Plate.

Mientras Chilavert se convertía en un símbolo mundial de los porteros extravagantes, Bonano había emprendido su particular carrera al estrellato. Por fin consiguió tener continuidad en River, y las últimas convocatorias del seleccionado argentino le conferían el papel de teórico portero de futuro de la albiceleste. En agosto del año 2000 River y Vélez Sarsfield coincidieron en la primera fase de la Copa Mercosur. Ya entonces se especulaba con una salida de Bonano hacia el fútbol europeo, pero Chilavert, que no acostumbraba a regalar los oídos a nadie, no iba a dirigir buenas palabras hacia el portero del equipo rival. Según el paraguayo, Bonano no tenía nivel para ser el guardameta titular de River, y lo que era más grotesco: los argentinos debían sentirse ofendidos de tener un portero como Bonano en el equipo nacional. Aquellas palabras escocieron de manera extraordinaria al Tito, pero es cierto que el meta de River no contestó a ninguna de las provocaciones de su rival. Quizá era el momento de mostrar los conocimientos adquiridos en tantos años de experiencia, e incluso la ocasión perfecta para cerrar la boca de su enemigo a la mínima oportunidad que se presentara en el terreno de juego.

1636408La Copa Mercosur era una competición menor organizada por la Conmebol, a años luz en popularidad de la Copa Libertadores. Pese a que todos los clubes tenían cierto interés por hacer un buen papel, es cierto que ni el público ni la crítica mostraba una expectación inusitada por los encuentros del torneo. Tras las declaraciones del paraguayo, los dos jugadores se enfrascaron en un duelo personal sin precedentes. El césped era para ellos, era su noche, sin duda y como bautizaría más tarde Clarín, La noche de los arqueros. El once que Rubén Américo Gallego (técnico de River) sacó, fue el formado por Roberto Bonano, Gustavo Lombardi, Pedro Sarabia, Mario Yepes, Ariel Franco, Hernán Díaz, Cristian Ledesma, Gabriel Pereyra , Leonel Gancedo, Javier Saviola y Juan Pablo Angel. En frente Vélez, con José Luis Chilavert, Fabián Cubero, Sebastián Méndez, Diego Crosa, Federico Domínguez, Lucas Castromán, Esteban Buján, Guillermo Morigi, Lucas Valdemarín, Darío Husaín y Rolando Zárate. Nadie sospechaba que lo que iba a ocurrir en esa fría noche bonaerense iba a pasar a la historia del fútbol. Los dos porteros se negaron el saludo mientras los narradores calentaban la garganta, no había vuelta a atrás. River comenzó mandando, haciendo buena su condición de local.

Antes de cumplirse el minuto diez de juego, Gancedo adelantó a los millonarios en una gran acción. El debut en la Copa Mercosur comenzaba de forma plácida para los hombres de Américo Gallego. Pero el partido iba a conceder a Chilavert la oportunidad perfecta para sacar sus demonios. El paraguayo disfrutaba cuando todas las miradas se posaban en él, y sobre todo, hacía de la arrogancia el aspecto más marcado de su personalidad. Antes del descanso el colegiado señaló un penalti a favor de Vélez, una nueva oportunidad para su guardameta. José Luis Chilavert recorrió el campo para acercarse al área contraria, allí esperaba Bonano. No habían tenido oportunidad de dirigirse la mirada frente a frente desde que se habían visto las caras minutos antes en el coliseo de Nuñez, pero ahora solo les separaban once metros. El meta de Vélez lanzó con el aplomo y seguridad que solía hacerlo, no dudó y marcó. Con el encuentro empatado a un gol los jugadores se dirigieron a los vestuarios, la risa obviamente, era para un Chilavert que había hecho buena su soberbia para vencer en la primera batalla de la noche. Tras la reanudación River se encontraba perdido, e incluso Lombardi tuvo que salvar bajo palos una acción en la que Bonano estaba ya batido. La mente del Tito divagaba en un mar de dudas. ¿Cómo había podido Chilavert sacarle del encuentro de esa manera? ¿Quizá tenía razón con aquellas afirmaciones?

Existen dos máximas muy populares en el fútbol argentino que rezan: “La derrota produce bronca siempre (rabia)” y, “el fútbol siempre ofrece oportunidad de revancha”. Hasta el minuto 20 de la segunda parte habían ocurrido acciones previsibles en un partido, al fin y al cabo un gol de Chilavert ya no era una noticia extraña. Pero Bonano iba a tener la oportunidad de una revancha histórica, una acción que le elevaría a las cotas históricas más importantes en la vida de River Plate. Corría el minuto 23 del segundo tiempo cuando Chilavert derribó a Juan Pablo Ángel dentro del área. El colegiado Oscar Sequeira no lo dudó y señaló un nuevo penalti; sin saberlo había encendido la mecha para que ese encuentro de la Copa Mercosur pasara a los anales del fútbol. El propio Ángel se dispuso a lanzar la pena máxima como estaba estipulado en las órdenes iniciales, pero no, esta vez no sería el lanzador. Bonano abandonó su portería y años después recordó la jugada de la siguiente forma: “cuando Sequeira cobró el penal, yo fui a protestar para que echara a Chilavert. En ese momento se me acercó Saviola y me preguntó por qué no lo pateaba yo. Ahí lo miré a Angel, que era el designado para patearlo, me vio con ganas, y me dijo: Patealo vos. Y me dio pilas para pegarle. La gente también me pidió, pero siempre me pide y más estando Chilavert. Este penal fue atípico, no estaba en los planes y la decisión la tomé en el momento”. Y así fue…

Pese al enfado del técnico de River, y en medio de una multitud que soñaba con la venganza, Bonano se armó de valor, de esa valentía solo concedida a los porteros en momentos especiales. De lanzar sería la gloria eterna para el Tito, en cambio si fallaba, o peor, si ese error llegaba acompañado de una buena parada de Chilavert, Bonano podía olvidarse de su crédito. Pero en ocasiones el fútbol está del lado de los buenos, de quien espera su oportunidad y lucha por volver a ser protagonista de un instante único. Bonano lanzó como suelen hacerlo los porteros en algunas tandas de penalti, temeroso y con un golpeo inestable. El balón cruzó la línea de meta provocando el éxtasis del estadio y la locura entre todos los integrantes de River Plate. Vélez no pudo remontar y Chilavert quedó como el gran derrotado de la noche. Más allá de que días después continuó el cruce de declaraciones entre los dos guardametas y la acción quedó postrada como la gran venganza de Bonano, lo cierto es que aquel partido representó algo más que una batalla de dos hombres. Fue el encuentro en el que los dos porteros consiguieron marcar, algo único e inédito en la historia, un instante especial del deporte que será siempre recordado como “La noche de los arqueros”.

 


 

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