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Totti, desamor en Roma

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Por Francisco Ortí (@FranciscoOrti)

Roma es un escenario ideal para desenamorarse. Es una intrusa entre las numerosas ciudades que presumen de ser la capital del amor. Venecia flota entre canales y góndolas, Brujas se encuentra atrapada en el tiempo, los cerezos colorean Kioto de rosa, y París es París. París no admite competencia. Sin embargo, el principal argumento que esgrime Roma para postular a capital del amor es que se escribe como la palabra ‘amor’ pero al revés. Es una ciudad incómoda para pasear (los adoquines son tan históricos como tortuosos tras una larga caminata), es incómoda para conducir (parafraseando a Obélix, los romanos también están locos al volante) es una incómoda para ligar (hay exceso caballeros de brillante gomina alrededor) y es incómoda hasta para consumar (se come demasiado y demasiado bien para cumplir tras la cena). Que sí, que la Fontana di Trevi te garantiza enamorarte a cambio de dos monedas y que se puede disfrutar de obras de arte embriagadoras, pero una ciudad fundada por una loba y dos hermanos fratricidas no puede presumir de romanticismo.

El cine, con Audrey Hepburn, Gregory Peck y hasta Woody Allen como cómplices, ha contribuido a construir esa falsa identidad de Roma. La realidad es más cruel con el amor y los enamorados en la capital de Italia. Francesco Totti lo sufrió en sus propias carnes. El trequartista es romano y romanista de nacimiento. Y lo era también de corazón. Amaba a Roma con la misma fuerza con la que un adolescente ama por primera vez. Y era una amor correspondido. Los tifosi le prometieron amor eterno. Un amor eterno en la ciudad eterna. Lo que no sospechaba Francesco Totti es que esa eternidad caducaría con el cambio de siglo. El italiano jamás olvidará el, para él maldito, domingo 6 de mayo de 2001. Fue el día en el que Roma le partió el corazón. Los giallorossi visitaban Delle Alpi para visitar a la Juventus de Turín en un partido decisivo en la lucha por el Scudetto. La Roma gobernaba la Serie A, pero le pisaban los talones la Vecchia Signora de Zinedine Zidane y la Lazio, construida con los billetes de Monopoly de Sergio Cragnotti.

Francesco Totti amaba a Roma con la misma fuerza con la que un adolescente ama por primera vez y Roma le juró amor eterno. Pero la eternidad caducó con el cambio de siglo

totti02Faltaban pocos encuentros para el final del curso, por lo que todo lo que no fuera una derrota encarrilaba el título liguero para los romanistas. Sin embargo, las cosas no comenzaron bien para Totti y compañía. A los cuatro minutos, Alessandro Del Piero firmaba el 1-0 para los locales. Dos minutos después Zidane celebraba el 2-0. La Roma de Fabio Capello se derrumbaba en Turín, aunque recuperó el equilibrio cuando Nakata recortó distancias antes del descanso. El resto del encuentro fue una batalla épica. La Roma atacaba orquestada por un Francesco Totti inspirado, quien abastecía de balones a Gabriel Omar Batistuta y Marco Delvecchio. El tiempo pasaba pero el empate no llegaba. Cuando parecía que los puntos se quedaban en Turín, Vincenzo Montella cayó en el área bianconera y el colegiado decretó penalti a favor de los visitantes. Minuto 90 y penalti a favor para la Roma (huelga decir que esto era poco común en tiempos de Moggi). Totti no se lo pensó dos veces. Agarró el balón y asumió la responsabilidad.

Lo que sucedió entonces es recordado como uno de los episodios más célebres del fútbol italiano. El ínclito Enric González lo relata a la perfección en ‘Historias del Calcio’. “Mientras debatían quien tiraría el penalti, Totti agarró el balón y vocalizó la frase inmortal. “Nun te preoccupá, mo je faccio er cucchiaio”. O sea, “no te preocupes, yo le hago la cuchara”. El gran jefe Capello tenía la oreja puesta y al cabo de unos segundos, cuando comprendió, se dirigió con gran alarma hacia Totti. “¿Pero estás loco? Nos estamos jugando el Scudetto”. Pero Totti ya tenía la idea clavada en el entrecejo: “Sí, sí, le hago la cuchara”, narra el periodista. ‘Er cucchiaio’, para quien no domine el dialecto romano, viene a ser un penalti a lo Panenka. Totti cumplió su promesa, con la mala fortuna de que Van der Sar le adivinó las intenciones y el balón acabó manso en las manos del gigante holandés. Roma, la Roma y Totti sabían que con ese penalti se escapaban algo más de tres puntos. También se desvanecía el Scudetto. Los giallorossi no lograron recuperarse tras lo sucedido en Delle Alpi y el título de campeón se instaló en las vitrinas de la Lazio por segunda temporada consecutiva.

Fabio Capello jamás pudo perdonar a Totti después de aquello. Los aficionados de la Roma tampoco. Totti se convirtió en un proscrito. “Desde entonces no me paseo por el centro, para mí es imposible. Con todos los insultos y amenazas que me lanzan no podría avanzar más de diez metros”, confiesa el italiano. Con el corazón roto y despechado tuvo que huir de la ciudad. Nerón incendió Roma y Roma redujo a cenizas todo aquello que recordara a Totti. El Real Madrid sería su nuevo destino. De la capital de Italia a la de España. Florentino Perez coleccionaba estrellas en el Santiago Bernabéu y Totti lo era. No podía dejar pasar la oportunidad pese a que acabara de fichar a Zinedine Zidane. Ya sería problema de Vicente Del Bosque encajar a ambos en su esquema. “Es muy sencillo hacer jugar juntos a Totti y Zidane. Podrían hacerlo sin necesidad de entrenador”, explicaba en rueda de prensa el siempre humilde Del Bosque, restando importancia a sus méritos. Lo cierto es que el francés y el italiano mezclaron a la perfección. El técnico salmantino recicló a Totti para hacerle jugar de delantero centro por delante de Zidane y juntos formaron una sociedad letal. A ellos había que sumarle un ejercito de cracks: Figo, Iker Casillas, Raúl, … Más tarde se unirían David Beckham y Ronaldo, para completar el mítico equipo bautizado como ‘Los Galácticos’.

“Desde entonces no me paseo por el centro, para mí es imposible. Con todos los insultos y amenazas que me lanzan no podría avanzar más de diez metros” – Francesco Totti

cassanoDurante su estancia en Madrid, Francesco Totti alcanzó el estatus de mejor jugador italiano de la historia. Se destapó como un goleador letal, ganó dos Balones de Oro y tres Copas de Europa. Fue un ídolo indiscutible y un símbolo de la política de fichajes de Florentino Perez, pero Totti todavía no había olvidado su primer amor. No había conseguido olvidar ni a Roma ni a la Roma. Añoraba Italia y cuando el proyecto de ‘Los Galácticos’ comenzó a zozobrar aprovechó para fugarse de Madrid y regresar a su país natal. Sin embargo, la Roma no le había esperado. Le había sustituido con un nuevo ídolo. Antonio Cassano era el nuevo emperador de Roma. Tras la marcha de Totti en 2001, Fabio Capello buscó otro genio y encontró a un chico de Bari que apuntaba buenas maneras, díscolo pero talentoso. Bajo la tutela del férreo entrenador italiano, Cassano envolvió su inspiración con eficacia. Capello no pensaba permitirle las mismas libertades que a Totti. No cometería el mismo error que con el romano, y le marcó en corto. Así, Cassano pasó a ser el tótem romanista. Catorce años después, continúa vistiendo la camiseta giallorossa y es un símbolo de Roma mayor que el mismo Coliseo.

Francesco Totti, por el contrario, se perdió, convertido en un peregrino sin rumbo del fútbol italiano. Vagó de equipo en equipo en busca de vivir de nuevo un amor similar al que sintió por Roma. Pero nunca se ama como se ama por primera vez. Como un hombre que encadena amores de una noche, Totti alternaba escudos y camisetas, alérgico al compromiso. Fichó por la Sampdoria. Luego por el Milan. Después se mudó al Inter y más tarde recaló en el Parma, donde exhala los últimos sus últimos suspiros de talento. Jamás ha vuelto a saber nada de títulos, ni de Balones de Oro. Jamás volvió a ser el jugador que fue y, sobre todo, jamás pudo volver a Roma. Tal vez nunca pueda hacerlo. Para Totti, Roma es una ciudad de corazones rotos y recuerdos dolorosos. Para Totti, Roma es sinónimo de desamor.

 


 

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