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El ‘Camachismo’ y los penaltis que cambiaron a España

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Por Francisco Ortí (@FranciscoOrti)

Cuando se estudia la genealogía de las grandes dinastías resulta habitual habitual rebobinar y encontrar el germen en instantes en los que el éxito camina vestido de funambulista sobre la red. Todo depende del lado en el que caiga. Si se vence hacia la izquierda se construye un sendero de baldosas amarillas que conduce de manera inequívoca hacia la cima. Si cae hacia la derecha, cualquier intento queda destruido por el olvido. Es un momento que lo cambia todo, el punto de inflexión que dibuja la frontera entre la gloria y el fracaso. En lo respecto al fútbol español es muy sencillo diagnosticar como, cuando y donde se convirtió en referencia a nivel mundial. ¿Cómo? En una tanda de penaltis. ¿Cuando? El 22 de junio de 2002. ¿Dónde? En Gwangju, Corea del Sur. Ese instante cambió para siempre el fútbol español. Fue el momento en el que pasó de ser boxeador peleón que besaba la lona cada vez que se le subía el listón a convertirse en una apisonadora a la que nadie conseguía detener. Fue el nacimiento de la filosofía que ha ejercido de base para los éxitos posteriores: el ‘Camachismo’.

La Selección española acudió en 2002 al Mundial de Japón y Corea del Sur sintiéndose tan favorito como en ocasiones anteriores, aunque habiendo desarrollado ya esa sensación de perdedor habitual, sintiendo los cuartos de final como un techo infranqueable. Nada hacía pensar que los resultados iban a ser diferentes a los habituales. España había completado una fase de clasificación a un nivel arrollador, como siempre. Estaba considerada como una de las favoritas, como siempre. Y se salió en la fase de grupos, como siempre. Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo, dijo Albert Einstein. El físico más mediático de la historia pocas veces se equivoca, aunque en esta ocasión sí lo hizo. España hizo lo de siempre, a lo que ya nos tenía acostumbrados, pero el resultado fue muy diferente al habitual. Y así se vio en cuanto comenzaron las eliminatorias. La habitual mala suerte que acompañaba a la Selección en los momentos decisivos se transformó para convertirse en una ayuda. Ya hubo un aviso en octavos de final, donde se derrotó a Irlanda en un duelo de infarto en el que Iker Casillas comenzó a ganarse el apelativo de Santo. Aunque el colmo de la buena suerte llegaría en cuartos de final, contra Corea del Sur.

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España recibió con desgana la noticia de que se enfrentaría a Corea del Sur. El gafe histórico en cuartos de final sumado al poder del anfitrión en esta clase de torneos desembocaba en un resultado inequívoco: habría que hacer las maletas y volver a casa. Italia sufrido el ‘poder local’ de los coreanos en octavos de final y España sentía que sería la próxima víctima. Sin embargo, lo que Byron Moreno le birló a los italianos, Gamal Al-Ghandour se lo dio a los españoles. El árbitro egipcio protagonizó una actuación que todavía hoy se recuerda en España. De hecho, recientemente el exportero Koke Contreras organizó una peregrinación para buscarle y agradecerle su ayuda al fútbol español. Todas sus decisiones parecían dirigidas intencionadamente a favorecer los hombres entrenados por José Antonio Camacho. Anuló un gol legal a Ahn Jung-Hwan, vio que un centro de Park Ji-Sung rebasó la línea sin que realmente lo hubiera hecho y completó un arbitraje totalmente volcado a favor de los españoles. “Daba la sensación de que aunque jugáramos durante horas no hubiéramos podido marcar un gol legal”, se quejó amargamente Hong Myung-Bo tras el partido. Lo cierto que ni durante los 90 minutos del encuentro, ni en los 30 extra de la prórroga, Corea del Sur logró que escribir un gol en el marcador. El semifinalista se decidiría desde la tanda de penaltis.

La suerte volvió a aliarse con los españoles. Iker Casillas estuvo inmenso sobre la línea y detuvo los lanzamientos de Hwang Sun-Hong y Seol Ki-Hyeon. La responsabilidad recayó entonces sobre Joaquín. Ejecutaba el penalti decisivo y si lo marcaba España estaría en la semifinal. El andaluz no falló. Batió a Lee Woon-Jae con un disparo cruzado y coló a los españoles entre las cuatro mejores selecciones del mundo. Una vez superado el techo de los cuartos de final, España se liberó de sus cadenas. Derrotó a Alemania en semifinales con un cabezazo inapelable de Carles Puyol, mientras que Raúl firmó el gol de la victoria en la final contra Alemania. El delantero le robó la cartera a Roberto Carlos y picó el balón ante la salida a la desesperada del gigante Marcos, portero brasileño. Bajo el cielo estrellado de Yokohama, España se proclamó campeón del mundo por primera vez en su historia. Un hito que marcó para siempre el fútbol español e instauró un estilo que se bautizó como ‘Camachismo’. Hasta ese momento se le achacaba a España que carecía de una personalidad propia, que no tenía una personalidad propia. Italia recurría al Catenaccio, los brasileños disfrutan con su Jogo Bonito y Holanda desarrolló el Fútbol Total. ¿Pero España a qué jugaba? Camacho dio la respuesta en aquel Mundial de 2002. “España tiene la Furia. Siempre ha tenido la Furia”, explicó el seleccionador.

foto03Ese juego valiente, de esfuerzo innegociable y marcado por la garra le valió a la selección española el apodo de la Furia Roja en tiempos pretéritos, pero esa filosofía resucitó con el triunfo en el Mundial de 2002 y se convirtió en tendencia. España adoptó ese estilo como la marca personal de su fútbol y sentó las bases para generaciones venideras. Camacho fue su máximo exponente en los banquillos, mientras que sobre el terreno de juego Raúl personificaba esos valores de esfuerzo y entrega por encima de tus posibilidades. El éxito en el Mundial provocó que el futbolista español se pusiera de moda en Europa y equipos de las principales ligas europeas buscaran ADN español para confeccionar sus equipos. Así se convirtió en habitual ver a jugadores españoles vistiendo las camisetas de grandes equipos europeos.

Antes del Mundial, tan solo Mendieta militaba en un club extranjero (Lazio). Tras el Mundial, Curro Torres y Rubén Baraja ficharon por el Bayern de Munich, Juan Carlos Valerón firmó con el Arsenal,  Xavi y Luque llegaron al Manchester United, mientras que Fernando Morientes se comprometió con la Juventus de Turín. Esto provocó que futbolistas españoles se convirtieran en verdugos de equipos españoles en Liga de Campeones. Así sucedió con Morientes, quien eliminó al Real Madrid en semifinales de Copa de Europa marcándole dos goles. Pero no sólo los futbolistas españoles comenzaron a emigrar lejos de España, sino también los entrenadores. Ese estilo se desarrolló posteriormente con los discípulos de Camacho en la Selección, quien tras colgar las botas dieron el salto a los banquillos defendiendo los mismos valores.

Paco Jémez, quien estuvo a las órdenes de Camacho en la Eurocopa del 2000, ha sido uno de los entrenadores que más ha defendido ese fútbol de testiculina, a veces incluso por encima de los resultados, y ha sido encumbrado por ello. “Prefiero morir de pie que vivir arrodillado”, es el lema del técnico. Ese estilo se encuentra en crisis después del bajo rendimiento que ha ofrecido la Selección española en el Mundial de Brasil 2014 y hay voces que piden un cambio hacia una filosofía más dominante. El éxito reciente del Atlético de Madrid de Cholo Simeone, que propone un fútbol de toque con jugadores que hacen correr la pelota, ha cuestionado las bases del fútbol español. Sin embargo, el Camachismo siempre será recordado como el estilo que encumbró a España a la cima del deporte rey.

 


 

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