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El Boxing Day en el que abuchearon a Ryan Giggs

Ryan Giggs en sus inicios con el Manchester United

Por José Hernández (@rainerbonhof)

Habían pasado más de 15 años desde la última vez que el Manchester United pisó la hierba del estadio del Oldham Athletic en un partido de liga. En aquella ocasión, el paso de los diablos rojos por la Division 2 obligó al equipo a enfrentarse a clubes no habituales. Ryan Giggs no había cumplido dos años cuando el United recibió el último castigo por parte de la afición del Oldham. Ahora, permanecía sentado en el banquillo esperando una oportunidad; era su primer Boxing Day y nunca olvidaría a los hinchas de ese estadio.

Rotterdam, 15 de mayo de 1991. “Después de 23 años sin ganar un título ha sido una noche fantástica”. El Barcelona terminaba de caer derrotado, ahogado por su propio estilo, y Alex Ferguson se mostraba exultante. En las horas previas a la final de la Recopa de Europa de 1991, Johan Cruyff avisó de la diferencia entre su equipo y el Manchester United: “Nuestra velocidad a la hora de mover la pelota es distinta”. Era imposible creer que Alex Ferguson no apreciara este matiz en el momento de plantear el encuentro; el pressing y la determinación de sus hombres sería el único camino para derrotar al nuevo campeón de liga español. La misión no era fácil teniendo en cuenta que de no ganar el encuentro, el United no disputaría competiciones europeas en la siguiente temporada. Después de un lustro lejos de los torneos continentales, la noche del 15 de mayo de 1991 significó un momento de reafirmación para el fútbol inglés. Once días atrás Ryan Giggs había marcado su primer gol con el Manchester United.

Ryan Giggs muy joven con el Manchester UnitedEl galés eterno será recordado en los libros de historia como un futbolista de finales del siglo XX y principios del XXI, testigo directo en la evolución del Manchester United y el fútbol inglés. Pero el United en el que Giggs emergió era muy distinto al que abandonó 23 años más tarde. Cuando Alex Ferguson le ofreció la alternativa en 1991, no podía imaginar la dimensión de la puerta que terminaba de abrir. Él mismo había vivido con la soga al cuello en los últimos años, al mando de un equipo con marcadas carencias en el que los jóvenes pedían paso a gritos para salvar el barco. En defensa Steve Bruce cubría a Pallister cuando éste acudía a rematar los saques de esquina. Apelar a la vieja escuela británica del balón al área representaba un recurso cuando las cosas no funcionaban. Contundentes, en Europa se les acusaba de dar demasiadas patadas, el propio Johan Cruyff lo hizo. En aquel Manchester United entre dos épocas todavía jugaba Bryan Robson, el talentoso futbolista llegado del West Bromwich a principios de los ochenta. Robson creaba juego a pesar de que sus maltrechas piernas no eran las de antes, el suficiente para encomendarse en ataque a otro galés (como Giggs), el renacido Mark Hughes.

Ferguson intentaba juntar sus piezas de una forma casi milagrosa. Sin grandes contrataciones por parte del club, su obsesión se concentró en encontrar la joya de la corona entre la cantera. Lee Sharpe fue su Ryan Giggs particular hasta la aparición del verdadero. Se hizo con la banda izquierda de Old Trafford con mucha juventud, aunque en poco tiempo sería devorado por el zurdo mágico de Cardiff. Pese a marcar en su segundo partido en primera división (ante el City el 4 de mayo de 1991), Ryan Giggs no fue incluido en la lista de jugadores que viajó a Rotterdam para disputar la final de la Recopa ante el Barcelona (lo hacen Sharpe y Wallace en su posición). Pero todo cambiaría en pocos meses. En 1991-92 Giggs se convierte en el jugador número 12 del equipo con solo 17 años; Ferguson comienza a utilizarlo como primer recambio habitual en los partidos.

Ya integrado en el equipo, logra ganar la Supercopa de Europa disputando 19 minutos con gran soltura en la final (se jugó a partido único). En Manchester comienzan a hablar de un futbolista que lo tiene todo para llegar lejos, e incluso varios medios recriminan al mister que Giggs calentara banquillo durante todo el encuentro de ida de los octavos de final de la Recopa ante el Atlético de Madrid. El 3-0 en contra hizo pensar a Ferguson.

Al equipo se había incorporado Peter Schmeichel, un jugador que junto a Giggs será pieza clave del Manchester United del mañana, aquel que dejará atrás en 1993 una sequía de 26 años sin conquistar el título de liga. Pero aunque 1991-92 fue un buen año para el club, el Leeds United de Eric Cantona terminará adelantándose en la carrera por el título. Justo en esta temporada, otro equipo del gran Manchester había llegado a la máxima categoría. Se trataba ni más ni menos que del Oldham Athletic, un hermano pobre a la sombra del City o el United pero con viejas cuentas pendientes con estos últimos. El calendario había previsto que Oldham y Manchester United se vieran las caras en un día muy especial, el Boxing Day de 1991. Existían razones de peso para esperar con ganas este partido.

El Manchester United y el Oldham Athletic, vecinos y rivales, se vieron las caras en el Boxing Day de 1991 con viejas cuentas pendientes

Los aficionados del equipo local debían convivir día tras día con vecinos de distrito que sentían devoción por el United. En un estudio de simpatías futbolísticas en la zona, los Latics eran minoría frente a los Red Devils, pero había más. Siendo equipo de la Division 2, el Oldham había realizado una campaña histórica en 1989-90, colándose en la final de la Copa de la liga y avanzando hasta las semifinales en la FA Cup. Pocos daban crédito a la hazaña de aquel humilde equipo dirigido por Joe Royle, pero nadie se atrevía a darles por muertos cuando en la penúltima ronda debían enfrentarse al Manchester United. Empataron a tres en Maine Road para forzar un desempate que se jugaría tres días más tarde. Lo que ocurrió aquella tarde pudo cambiar la historia del Oldham, del Manchester United y por ende las de Alex Ferguson y Ryan Giggs.

Con 0-0 en el marcador, el centrocampista local Nick Henry estrelló un balón en el travesaño que posteriormente entró claramente en la portería del United. El colegiado Joe Worrall no dio validez al tanto y los de Old Trafford vencieron en la prórroga 1-2. Lo que ocurrió posteriormente es conocido: el Manchester United ganó la final ante el Crystal Palace, Ferguson salvó su cabeza y acto seguido los diablos rojos vivieron las mejores décadas de su existencia. Caprichosa y aleatoria, la historia se compone de capítulos tan curiosos como este, una historia que los aficionados del Oldham no habían olvidado cuando el 26 de diciembre de 1991 pudieron por fin enfrentarse al Manchester United en la liga.

Esta vez, como era habitual durante la temporada, Giggs sí viajó con el equipo, pero el espectáculo se cocinaba a fuego lento en los alrededores del estadio. A principios de los años noventa solía escucharse una afirmación a mitad de camino entre la ficción y el orgullo británico: “los temidos Hooligans son personas que pierden el juicio cuando salen del país”. En las Islas Británicas se limitaban a comportarse como personas honradas y trabajadoras, pero cuando cruzaban el Canal de la Mancha, el alcohol y la permisividad de la policía de los países vecinos les transformaba en seres irracionales. Evidentemente, y pese a que el informe Taylor y las medidas emprendidas en el Reino Unido habían tenido efecto para controlar a los exaltados, el problema de fondo seguía existiendo dentro de sus fronteras, y era por ello que todavía seguían produciéndose peleas en barrios de periferia entre los aficionados más radicales de varios equipos. Como suele ocurrir en estos casos, las bandas inferiores odiaban con mayor pasión a aquellas de equipos más poderosos, justo el caso de los fans del Oldham Athletic y el Manchester United.

Ryan Giggs de joven con el Manchester United

La tarde iba a quedar señalada por varias circunstancias, una de ellas el resultado. Como tantas otras veces, Ferguson se reservó la bala de Giggs en el banquillo de suplentes; una nueva lección para un chico que pagaría por jugar un encuentro como ese. En el terreno de juego las miradas quedaron fijadas en el irlandés Denis Irwin, quien volvía al campo de su antiguo club. Irwin era un lateral que no destacaba por su faceta goleadora, pero esa tarde marcaría dos tantos. Como quiera que los aficionados locales llegaron predispuestos al enfrentamiento e Irwin celebró sus goles con pasión, Boundary Park se convirtió en un campo de batalla donde solo los más expertos podrían tener cabida. Quizá no fuera el ambiente más propicio para hacer jugar su primer Boxing Day a un chico de 18 años, pero Ferguson pensó que era peor mantener a Irwin en el campo tal y como estaban los ánimos. Giggs saltó al terreno de juego en el segundo tiempo con el 12 a la espalda, el número del primer suplente.

Para Ryan, aquel era probablemente el ambiente más enrarecido e irrespirable que jamás había vivido. Las caras de los aficionados rivales poco tenían que ver con las de otros estadios, y particularmente ese día, los decibelios llegaban a cotas extraordinarias. Mientras recorría el campo para situarse en el lugar requerido por su entrenador (la banda izquierda), a Giggs le llegaron a temblar las piernas. Tan solo llevaba unos meses siendo jugador profesional, qué lejos se encontraba de Bryan Robson, Paul Ince o Kanchelskis, los hombres de hielo con los que cruzó una mirada de confianza justo cuando el colegiado dio inicio a la segunda mitad. El United era el líder de la liga y no necesitaba arriesgar en exceso. Había conseguido ventaja en la primera parte y se dedicó a tocar la pelota en el centro del campo durante los primeros compases. El equipo estaba cambiando y ya no era aquella máquina de dar patadas y presionar. Eran distintos a cómo Johan Cruyff les había bautizado antes de la final de la Recopa.

En uno de los pocos balones largos que el United rifó, Giggs intentó controlar la pelota. Corrió cerca de la línea de banda, pero en el camino sus largas piernas se enrollaron como una goma elástica. Cuando pudo levantarse ya se encontraba fuera de los límites del campo, pero la pelota había salido a una grada que disfrutaba con la imagen del joven Giggs cariacontecido. Los silbidos se convirtieron en carcajadas y los insultos cambiaron a burlas. Toda la afición del Oldham ridiculizó al larguirucho extremo que Ferguson había introducido en el campo. Mientras tanto, Giggs intentó reincorporarse al juego, pero cada vez que Hughes o Robson buscaban su presencia aparecía el adolescente impresionado por la situación. Sin duda, aquel Boxing Day le venía grande… o eso parecía.

Un jovencísimo Ryan Giggs saltó al terreno de juego en el segundo tiempo con el 12 a la espalda y la afición rival comenzó a burlarse tras perder el primer balón que tocaba

Era momento para jugadores experimentados. Había que hacer callar de alguna manera a unos aficionados demasiado condicionados por aquella semifinal de 1990 y su impotencia aldeana respecto al United. El escocés Brian McClair marcó el cuarto y el quinto gol. El partido no se escaparía, pero Ryan Giggs seguía notablemente estimulado con cada burla recibida por parte de los hinchas del Oldham. Aquel era su primer Boxing Day y nadie podría asegurarle que no fuera a ser el último tras su discreta actuación. Cada pelota fallada, cada error involuntario, había sido magnificado por la sonora mordacidad de un público que desconocía por completo la magnitud de este futbolista.

En los últimos minutos, con 3-5 en el marcador, el Oldham Athletic se volcó en busca de un gol que les permitiera recortar distancias. Paul Ince se hizo con un balón cerca de su área en un respiro y paró a pensar. Fueron dos segundos en los que le dio tiempo a levantar la cabeza. En la medular el joven Giggs había comenzado a correr en dirección a la portería contraria. Estuvo listo, mucho más rápido que sus retrasados marcadores. Ince no lo dudo y le entregó un balón perfecto que desde el momento en el que salió de su bota olía a gol. Decidido y con una elegancia impropia de un futbolista nobel de 18 años, Giggs encaró al portero rival. Se hizo el silencio en Boundary Park.

Aquellos que habían reído a carcajada durante 45 minutos esperaban que el jugador del Manchester United tropezara o enviara el balón a la tribuna. Pero no. Ese jugador era Ryan Giggs y actuó como podría esperarse desde una lectura en perspectiva. Dribló de forma maravillosa y una vez superado el portero definió con distinción. Giggs terminaba de marcar el 3-6. Su gol enmudeció al estadio. Giggs ocupó sus primeras portadas al día siguiente al mismo tiempo que toda Inglaterra hablaba de aquella demostración de entereza por parte de un jugador de 18 años. La noche en la que Ryan cambió los silbidos y las burlas por el silencio fue la noche de Ryan Giggs.

 


 

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