Secciones Edición: 01
Edición gratuita

Historias de Camiseta: George Best – LA Aztecs

Historias de Camiseta: George Best – LA Aztecs

Por Andrés Cabrera (@andres_inter)

“Como su puño encuentre mi cara, vamos a tener que salir corriendo. Estate preparado”, repetía en voz baja a su amigo mientras el pasillo rumbo a la salida de aquél bar neoyorkino se hacía más estrecho. Todos se habían reunido allí para disfrutar del combate más esperado del momento, Frazier-Ali (‘Thrilla in Manila’), pero a su término, las bromas de dos británicos irónicos con la victoria de su púgil favorito habían desesperado a un gigante con ganas de revancha. Tras horas de alegría etílica, el Campeonato Mundial de los Borrachos Pesados ya tenía protagonistas, aunque el valiente “vamos fuera” que en un primer momento balbuceó su boca ya se había convertido en un lamento. Se les vio encararse como gallitos, pero concretando las previsiones. El imponente físico de uno y la fragilidad de los otros; el combate duró un asalto. Un quiebro rápido evitó el primer golpe, un giro habilidoso frenó el segundo intento y, cuando el tercero parecía definitivo para que el cabreo encontrara premio a las burlas que había aguantado, el más cargante de los risueños cerveceros le sorprendió. Una patada en esa zona que los argentinos llaman ‘nido’ y los ingleses ‘testicles’ mandó al suelo al engreído sujeto, que prefirió inventarse su propia denominación: un doloroso “uffff”.

No hacía falta más. No había normas. Esa pericia netamente antirreglamentaria que había destrozado momentáneamente algunas de sus brillantes tardes futbolísticas a miles de kilómetros de allí (cuando los rivales no encontraban manera de frenarlo) se convirtió en la acción más eficaz ante el evidente peligro. La escuela del fútbol en su versión más callejera como protagonista del round entre púgiles ‘neoyorquinos’. Pese a lo improvisado del contexto, aquel norirlandés que volvía al bar entre vítores de campeón y ovaciones del público ya había vivido esa sensación de grandeza. Sí, incluso en lugares donde las oscuras mesas del fondo apenas llegan a diferenciarse entre el humo de los cigarrillos, el olor a cervezas derramadas y los efectos psicotrópicos del ambiente. Era una nueva aclamación popular. Como tantas. Un día más en la vida de George Best.

En aquella época, The Belfast Boy ya era gloria del Manchester United y uno de los mejores futbolistas de la historia. Pero acababa de ser sancionado por la FIFA. El motivo no era una de sus peripecias sin el balón, sino que no tenía un club concreto y había estado maquinando al alza con varios contratos al mismo tiempo.

George Best saludando al público

El manager general de los Aztecs, John Chaffetz, muy presionado ante su pasividad para mostrar interés en aportar lo que de él se esperaba, le preguntó si conocía a algún otro jugador que diera la talla para firmar por el equipo. Best dijo que tenía a la persona indicada. Ésa petición fue su amigo Bobby McAlinden. Como era obvio, Chaffetz desconocía a este futbolista. No obstante, Best supo encandilar a su interlocutor: “Claro que le conoce, es un pequeño mediocampista del Manchester City”. No se habló más, Bobby llegaba a los Estados Unidos, pues si había logrado ganarse un puesto en la plantilla citizen, no podía haber un gran margen de error y la simple tranquilidad de tener semi-contento a la estrella del equipo hacía viable cualquier petición. Lo que desconocía el manager de los Aztecs (y todos los especialistas de la época), es que McAlinden sólo había jugado un partido con el Manchester City… ¡En toda su vida! Y que, además, lo había disputado en divisiones inferiores. Best, que prefirió ocultar lo que no le preguntaron, ya tenía allí a su compañero de juergas. El primer asalto ya estaba ganado.

Ambos futbolistas tenían una ideología de vida similar. Quizás basada en que nacieron el mismo día (22 de mayo de 1946) o eso decían ambos cuando se les preguntaba por su amistad. Jamás explicaron el porqué de la misma, pero el destino quiso cruzarles en bandos contrarios de Manchester para acabar bebiendo de la misma botella a miles de kilómetros intentando mantener viva la llama de la pelota. Estaban destinados a beber juntos allá donde fuera necesario. Su fama en las improvisadas tabernas británicas que montaban en California se multiplicó rápidamente. Meses después, el dúo fue trío porque se unió un viejo conocido de Best, el enigmático Charlie Cooke (ex Chelsea que también jugó en LA). George cuenta que cuando conoció a Charlie en Inglaterra bebía como un pez y era parte fundamental del club de bebedores londinenses de los sesenta. Sin embargo, desmontando su pasado y las perspectivas fiesteras del norirlandés, Cooke había cambiado radicalmente su vida. En Estados Unidos no se vio aquella versión pasiva, sino recta, pues ya no bebía ni fumaba. No hubiera sido problema salvo porque intentó por todos los medios que Best hiciera lo mismo. Evidentemente, éste no estaba en ese bando. ¿Por qué si no habría motivos para vivir en el otro lado del mundo?

Escudo y camiseta de "Los Ángeles Aztec"

Aquel fútbol estadounidense era rupestre, básico, descontrolado, especialmente romántico en lo deportivo, así como en la aureola comercial que lo apoyaba. Sin embargo, la teórica grandeza que se estaba intentando crear golpeaba de frente a la realidad de cada franquicia. Aquella misma curiosa camiseta de los Aztecs era ajena a cualquier acto publicitario o mercantil hasta el punto de que sus diseños llegaron a reutilizarse durante varios cursos si era necesario. Unos diseños setenteros de puro algodón que mezclaban fútbol con aroma baloncestístico (la influencia del otro deporte dominante en el país era evidentísima). Estilos que, por sus extravagancias en relación a las que ya se fabricaban en Europa, pronto se convirtieron en tela preciada para coleccionistas (hoy son absolutamente míticas todas ellas).

El 17 de abril de 1976, George hizo su debut como estrella de Los Ángeles Aztecs (el rival era el San José Earthquakes, en el jugaría más tarde). Aquel día se enfundó una camiseta que llegó a catalogar como la más ‘divertida’ de su carrera (porque tenía el color que más horas de relax y disfrute le había otorgado en tabernas de medio mundo). Una vestimenta completamente cervecera, anaranjada a excepción de dos rayas horizontales, así como el cuello y las mangas blancas. Sobre la línea superior descansaba el mítico 11 que Best portaba en la NASL (más allá de que como enganche fuese un 10). La particularidad de esta camiseta radica en el logo bordado al brazo. En 1976 se celebraba el bicentenario de los Estados Unidos y la camiseta de los Aztecs de aquella campaña llevaba esa insignia. Tanto números como logo hacían mención a aquél bicentenario y el escudo, singular por aquél águila imperial de inspiración azteca y alas abiertas, era inigualable. Para los encuentros como local, la elástica de los Aztecs guardaba la misma forma, pero alternaba los colores (el blanco era el color principal y los detalles, anaranjados) e incluso en un par de ocasiones fue rojiza.

Best catalogó la camiseta de Los Ángeles Aztecs como la más divertida de cuantas vistió en su carrera

George Best en el terreno de juegoY George estaba tan encantado con la camiseta que, ante la petición de varios grupos de aficionados, empezó a firmar semanalmente una de ellas al término de cada partido. La misión era solo una. Podría parecer que contentar a tu masa social y dejar la impronta en cada rincón ‘soccer’ de la ciudad era suficiente estímulo pero, sin embargo, a Best lo que le alegraba realmente era que, cada vez que firmaba una camiseta, era invitado días después a una fiesta sin límites conocidos para la rutilante estrella angelina. Sus ejemplares con rúbrica acabaron siendo oro para quienes lo guardaron.

Los dueños del equipo (Elton John en alguna época) pretendieron desde el primer momento involucrar a su causa al público latino, pero fracasaron desde el inicio ante la falta de un referente de similar origen que justificara ese impacto inmediato. Los partidos de los Aztecs tenían en torno a 5.000 espectadores y, con Best más preocupado de la nómina que de los resultados, su ‘gancho’ dentro de una sociedad que empezaba a experimentar el nuevo deporte nunca sería el más deseado. Pero el verdadero legado estaba en aquellas camisetas que, surgidas únicamente bajo petición y exigencias en la red, no aguantaron la demanda y el club, que dejó de existir en 1981 (solo 8 años de vida), pasará a la historia por dar brillo a las colecciones de muchos románticos que pueden mostrar hoy un ‘Quinto Beattle cervecero’ en LA.

Best solo estuvo tres años allí y alternó épocas en California y en Fulham. Acumuló más sanciones por perderse entrenamientos y romper el código de vestuario que aplausos en las gradas. Dejó los Aztecs en 1978. La ambición le había abandonado, los retos futbolísticos ya no existían y la sombra del nómada rebelde acabó por devorar al malabarista más brillante del fútbol británico sesentero. Desde entonces, su grandeza radica en su figura, rodeada de un misticismo único y particular para un enganche puro y especial. Como Los Ángeles Aztecs con el color naranja, el favorito de su estrella, el que le hizo vivir días felices, de despreocupación y libertad. No quería más. No quería menos. The life of George Best in Los Angeles.

 


 

Otros contenidos en esta misma edición:

Contacta con El Enganche




Nuestras redes sociales

 

Contacta con nosotros

Puedes ponerte en contacto con El Enganche a través de este formulario.

Envíanos tus consejos, dudas, quejas o sugerencias para ayudarnos a mejorar. Rellena el formulario y haznos llegar tu mensaje. #yosoyenganche