Secciones Edición: 16

El fugaz viaje de Collymore

collymore01

Por Andrés Cabrera (@Andres_inter)

No estaba siendo mala jornada. Alfonso, tendero, cumplía sus últimas obligaciones matutinas antes de cerrar para tomar un almuerzo que ya iba necesitando. La mañana había mejorado los números de la última semana: más ventas de las esperadas para ser un mes tan rematadamente malo en la profesión. Acababa de empezar el 2001 y, como siempre en el primer mes del año, los ultramarinos notan la crisis de la famosa cuesta de enero. Hoy se podía dar por satisfecho. Mientras reubicaba los productos en la nevera, un hombre atípico hizo su aparición. Lo cierto es que al tendero le sonaba su cara, pero no sabía muy bien de qué. Sin quitarle ojo de encima, el tendero esperaba a que su paso por la caja le diera la pista definitiva. Se notaba que era un forastero con sólo mirarlo, pues en Oviedo no había mucha gente de tez oscura. Su torpe paso, debido a lo voluminoso de su aspecto, sorprendía. No hubo demasiado tiempo para el psicoanálisis, pues el misterioso hombre tenía muy clara su compra: una bolsa gigante de Kit-Kat y, justo antes de pagar, volvió sobre sus pasos para agacharse y coger una botella fría de dos litros, de las del final de la nevera, de Coca Cola. Las sospechas del vendedor se confirmaron a la hora de efectuar la transacción. Al hombre le costaba hablar castellano y su marcado acento británico era indudable. ¿Qué haría un inglés por Oviedo en pleno enero? ¿Dónde he visto yo a este tipo antes?

De camino a casa, sin parar de darle vueltas, sintió esa necesidad interior de recordar aquello que le diera la cohesión definitiva al acertijo. Esa desesperante premonición que indica que pronto acabarás recapitulando el rastro que te lleve al nombre exacto. Absurdo e inútil. Un bucle de pensamientos sin finalidad. Llegó a casa, puso a descansar su cuerpo en la vieja mecedora junto a la compañía de su mujer e hijo, dejó en reposo el rastro de quien había puesto el punto secretista del día y sonrió sin preocupaciones ante el televisor. En el postre, siempre vinculante a la imperdible costumbre nocturna del tiempo de deportes, su mente se desbloqueó. Un nuevo fichaje para ‘su’ Oviedo. Un delantero que había marcado goles en la Premier. “Un gigante inglés”, dijo su hijo, el gran hincha carballón de la casa, desatascando la lengua de un Alfonso que, ya anciano, no podía encontrar las palabras para explicar que aquél del que hoy todos hablaban, había estado en su tienda aglutinando grasas saturadas. Era él, era Stan Collymore. Tras resolver su duda, no aguardó un segundo en contar la noticia: “¡Hoy ha estado en mi tienda Collymore! Ese al que has ido a ver en la presentación, ese que todos conocéis. No veas, estaba comprando Coca Cola y Kit-Kat. Todo un profesional”. El hijo, más alegre por tener un jugador reconocible en su plantilla que por la propia confianza que éste le despertara, saltó algo irritado: “¡Así que está gordo!”. El padre lo había hecho oviedista precisamente en una tarde aciaga para el equipo asturiano. Decidió llevarlo al Tartiere en la penúltima jornada de la temporada 95/96 y bien podía haber salido un hijo del Valladolid. Los pucelanos vencieron por 3-8, pero la pasión de aquel encuentro, los ánimos de los oviedistas y el espectáculo que lo rodeaba, forjaron un amor inquebrantable por el Oviedo. Un equipo que ahora luchaba por evitar el descenso. No había mucho más donde rascar.

Collymore entró al coche tras salir de los ultramarinos con su arsenal de calorías. Le acompañaba la persona con la que más amistad estaba encontrando en sus primeros días en el corte de España, Joyce Moreno. El panameño alucinó al ver la compra que sí, le serviría de alimento un día más. El jugador británico, rodeado de especialistas nutricionales cada vez que pisaba el club, había llegado con kilos de más que arrastraba en unos últimos años de dejadez profesional. Y, pese al plan específico al que le habían sometido a su llegada, mostraba una pasividad absoluta al respecto. El objetivo era que el delantero recuperara la forma que había logrado convertirlo a mediados de los 90 (en su paso por Nottingham Forest y Liverpool) en uno de los rematadores de moda de la Premier. Incluso en internacional inglés. Ilusionismo ovetense, pues su peso se acercaba peligrosamente a la barrera de los 100 kilos, algo impensable en un futbolista profesional (un portero llamado Foulke llegó a los 150 kilos, pero claro, aquellos eran otros tiempos y otras exigencias). Joyce miró a Collymore detenidamente. Fijo, estático, esperando alguna reacción y deseando que así fuera. Una mirada que expresaba desilusión, una mirada que no encontraba complicidad en el delantero inglés, una mirada que detestaba que aquella cabeza no funcionara como deseaban los que le rodeaban. Y solo vio indolencia. No hubo palabras, no hacía falta, se entendía todo. Joyce recordaba como en su primer entrenamiento se le acercó el bueno de Stan y le dijo en un castellano rudimentario: “Tu y yo, amigos”. Le había caído en gracia aquel jugador con el que compartía tez morena pero no fue solo físico, pues los gustos, la vestimenta, la apariencia… Collymore necesitaba de esa complicidad. No quería sentirse sólo en una ciudad tan rara para él. En un lugar alejado de sus seres queridos y con su novia embarazada ya en la fase final de gestación. El británico se sentía vacío y trató de buscar a alguien que le diera apoyo (aunque Jayce reconoce que sólo salió una vez de fiesta con Stan). Oviedo, con su clima, le recordaba a su tierra y eso que podría haberle sentado bien para la aclimatación, solo lograba entristecerlo más. Carente de ánimo, derrotado por la desilusión y apenado por ser consciente de que poco a poco su momento de éxito ya había pasado de largo sin haber captado el último aviso.

collymore03

El episodio calórico se produjo poco después de su debut en el fútbol español. Contra todo pronóstico jugó nada más llegar y, con un sobrepeso patente, se estrenó ante Las Palmas. Los canarios vencieron y al acabar el encuentro, Collymore intercambió camisetas y unas cuantas palabras con el otro inglés que había en la Liga, el jugador amarillo Samways. Este le espetó: “Pienso que te va a gustar España”; Stan le contestó: “Pienso que te equivocas”. Stan había llegado en el mercado invernal, tras la búsqueda por parte del Oviedo de un futbolista que tapara los huecos que se habían abierto en la delantera carbayona. En primer lugar, Møller, fue cedido al Fulham, y luego un infortunio provocó que Losada se lesionara para lo que restaba de temporada. El Oviedo necesitaba un delantero que ayudara al equipo a dejar de coquetear con el descenso y sobre la palestra apareció Collymore. El inglés había demostrado tener calidad, pero también varios periodos de inestabilidad. Antic confiaba ciegamente en este jugador. Antes de su llegada se refirió con estos términos a Stan: “Ya lo he hecho otras veces con otros. Es un gran jugador y le damos la posibilidad de rehacer su carrera. Confío en que con nosotros pueda alcanzar su mejor nivel”. El entrenador serbio no era el único que confiaba en él, los aficionados lo veían como una buena solución para el mal momento del equipo. Un hombre que ilusionaba a la grada. La prensa, por mayoría, también tenía buenas palabras sobre él fruto del desconocimiento de su estado anímico, pero a sabiendas de su calidad futbolística. La solución parecía positiva para todas las partes. En ese momento se hacía caso omiso a declaraciones como las de John Carlin: “Comparado con Collymore, Gascoigne es un perfecto Bobby Charlton, un correctísimo gentleman, un impecable profesional”.  Acababa de comenzar una relación tormentosa.

La globalización actual, permite saber con mayor fiabilidad y con mucha más rapidez el estado de futbolistas de otro lado del planeta. Podemos leer un medio de comunicación de las antípodas sin movernos del sofá. Hace tan sólo 15 años era mucho más complicado. Internet estaba en proceso de crecimiento, pero su utilidad informativa aún estaba a años luz de la actual. Nadie podía saber, si no era a través de otros medios, los episodios dantescos que había protagonizado Stan, “The Man”, Collymore. Aquí, la ignorancia era total. No había rastro que seguir ni miedos que prever. Eso creían. Poco antes, precisamente en España, el delantero ya había generado un episodio sonado, prototípico de cualquier turista joven que visita las costas, al vaciar un extintor de incendios en la concentración del Leicester en La Manga. El club le sancionó quince días, pero es que el bueno de Collymore sólo llevaba una semana en el equipo que por entonces dirigía Martin O’Neill. El entrenador declaró tiempo después: “Para ser honestos, siempre supe cuando le contratamos que tarde o temprano se metería en algún lío que acabaría en los titulares. No esperaba que fuese tan pronto”. Durante un encuentro discutió con su compañero Trevor Benjamin y la disputa continuó en el vestuario. Ambos se enzarzaron en una pelea en el descanso a puñetazo limpio. Collymore, que se negó a salir en la segunda parte, provocó en tiempo record que los Foxes quisieran quitárselo de encima. El Bradford cayó en la trampa días después pero pronto entendió que su pieza era tan frágil mentalmente como accesible a contrariedades. Las señales eran cada vez más comprometidas, las huellas se multiplicaban y las hazañas se superaron. Tras haber estado ingresado por depresión, fue acusado de agresión pública a su novia en París, lo que aumentó el seguimiento de la prensa amarillista en su entorno. Motivos había. Poco después, protagonizó una de sus acciones más peculiares al ser descubierto intentando tener sexo en un parking público buscando a personas desconocidas que accedieran a sus deseos. A raíz de este hecho se le asoció con el dogging, que no es más que eso, adictos al sexo en lugares públicos, ya sea con personas conocidas o desconocidas. No hay nada en contra de los gustos, deseos o costumbres matutinas que cada cual maneje en su calendario, pero Stan, evidentemente, fue identificado por unos paparazis, gracias a que en su coche llevaba una matrícula con su nombre. ¿Quién no lleva una matrícula que lo identifique cuando busca sexo callejero? Y así llegó a Oviedo, gratis, absolutamente gratis. Sin nada que perder y sin nada que querer ganar. Una bomba de vestuario y club sin cuenta atrás en el norte de España.

“Para ser honestos, siempre supe cuando le contratamos que tarde o temprano se metería en algún lío que acabaría en los titulares. No esperaba que fuese tan pronto”

En la preparación previa al segundo partido que disputaba Collymore, muchos entendieron lo que acababa de aterrizar. Pasividad ante consejos técnicos, despreocupación por entrenamientos, indiferencia frente al plan de adelgazamiento. Un hombre sumido en una tristeza que lo consumía, que lo enfriaba, que lo empequeñecía día a día. En parte, el miedo estaba en que aquellas sensaciones contagiaban al equipo, que tenía cosas mucho más importantes de las que preocuparse para evitar caer en el pozo y no intentar comprender las andanzas de un inglés “que vino a reírse de nosotros”, como exclamarían y exclaman hoy en las calles ovetenses. La prensa catalogó el segundo partido del delantero como el duelo Collymore-Palermo, los dos fichajes que más páginas habían ocupado en el mercado invernal de 2001. Dos hombres con mucha etiqueta por entonces, ya creciditos, aunque con trayectorias opuestas. Collymore llegaba con los 30 recién cumplidos, en la decadencia de su carrera e inmerso en un ocaso que parecía cada vez más cercano. Palermo llegaba con 28 años, pero para dar el salto a Europa y despuntar en el Viejo Continente. Los dos acabaron fracasando de cierta manera aquí, pero de formas bien distintas. Aquella tarde en el Tartiere sucedió el reflejo perfecto, pues Collymore entró cuando se equipo iba ganando 1-0 y el partido terminó 1-3. Por cierto, con gol de Palermo. Lo que realmente preocupó al club y su hinchada es que su estado físico era patético para quien debe defenderlo como herramienta clave de su trabajo. Pero lo que verdaderamente debía haber preocupado por encima de todo es que el futbolista no rendiría solo por impotencia de su contradictorio ‘caparazón’, sino porque, sencillamente, no quería.

collymore02Cada día libre lo pasaba en el aeropuerto rumbo a Londres, volando cinco horas en dos trayectos que le acercaban a ‘su hogar’ y le alejaban de la ciudad que nunca aceptó. La culpa no era de Oviedo, no era de Lanzarote y no era de Las Vegas, sino que cualquier epicentro planetario habría encontrado excusas suficientes para acrecentar las deficiencias profesionales del futbolista. La desidia le atormentaba, permanecía encerrado en sí mismo y la etapa de Oviedo agravó su imprevisible carácter. Un futbolista sin mente, sin alma, sin cuerpo. El problema había estallado. Una de sus escapadas londinenses, teóricamente propiciada por el nacimiento de su hijo, impulsó la desconfianza en los pasillos del Tartiere. Todo repentino, todo vértigo, todo acelerado. Un ciudadano, al mismo tiempo aficionado ovetense, que trabajaba en el aeropuerto aquella mañana, se sorprendió al ver las maletas que llevaba Collymore para un viaje rutinario a la capital inglesa. Si iba a ver a su novia, lo normal es que solo estuviera unos días, pero en las maletas llevaba más de lo necesario para una corta estancia. Apenas había disputado tres partidos vestido de corto y, conociendo únicamente la derrota en todos ellos, el pleno negativo jamás se rompería. No hubo gran sorpresa cuando, pasados los días, no regresó. Collymore no volvía, se quedaba en Londres. Habían pasado solo 34 días desde su llegada a Oviedo y se negaba a volver en rotundo. No le harían cambiar de opinión: Stan Collymore ha decidido, después de hablarlo con su familia y amigos, dejar el fútbol profesional. Ya ha cumplido 30 años y piensa que es el momento de buscar otros horizontes que se le abran. También quiere pasar el mayor tiempo posible con su familia, en particular su hijo Thomas y su compañera Estelle. Stan estará siempre agradecido a mucha gente en el fútbol que le ha ayudado y apoyado durante su carrera. Su club, Oviedo, está siendo informado de su decisión”, explicó con evidentes gestos de franqueza y mordiéndose la lengua, Ian Monk, su portavoz, una semana más tarde.

Para cerrar su compleja carrera, decidió mandar un comunicado a Press Association en lugar de hablar detenidamente con el club que había confiado en él, con el técnico que había apostado por él, con la afición que pensó haber fichado una estrella, con el estadio que imaginó sus goles por mantenerlo en Primera. El Real Oviedo, entidad ejemplar, decidió ser cortés y agradeció la honestidad del jugador por reconocer que no estaba en las condiciones adecuadas y así no cobrar el resto de la temporada. Esta cordialidad fue enteramente interesada, pues Collymore se fue como llegó, con actitud pasiva y alejada de un profesional. Hoy, aún hoy, 13 años y medio después, el club aun le sigue reclamando 300.000 euros por incumplimiento de contrato. Que reciban algún día ese dinero es tan probable como que Stan acabe pisando de nuevo las tierras asturianas.

En una edad en la que muchos otros aún aseguran buenos años de competitividad, Collymore se retiraba (30 años). No se divertía, no sonreía, aburría sus horas y la agonía personal era insoportable. Ese futbolista que años antes respondía al perfil del más caro de la historia en la Premier (su traspaso del Nottingham Forest al Liverpool), había terminado su relación con la pelota mucho antes de lo que marcan los cánones, aunque mucho más tarde de lo que le ordenaba la lógica. Tuvo días donde amagó con volver a jugar, lanzó mensajes en forma de señuelo para pescar algún contrato pasajero y hasta se apuntó a una escuela de arte dramático en Nueva York para buscar minutos de cine (llegó a interpretar unas tomas es Instinto Básico 2 con Sharon Stone), pero el fútbol que le había colocado en la élite internacional y le había situado entre los rostros más representativos de finales de siglo, se acabó justo cuando éste iniciaba su contador, en Oviedo. Aquella camiseta purista, clásica, azul integral y sin brotes publicitarios, apenas contempló 3 partidos al inglés más fugaz que jamás pasó por allí. Solo unos pocos ovetenses tuvieron la rapidez de comprarla y hoy la guardan con una mezcla de sentimientos contradictorios. Satisfacción por poseer un elemento de coleccionista casi único que ya hoy (y más con el tiempo), acabará representando el último gran refuerzo del equipo. Y amargura por la sensación de engaño que, en un mes, en un solo mes, despertó para siempre quien venía a salvarles. Hoy Stan comenta partidos en diferentes canales televisivos de Inglaterra y analiza constantemente el fútbol, pero nunca más volvió a citar al Real Oviedo. El club, un histórico, acabó aquellos años sumido en un caos administrativo del que hoy sigue intentando escapar. Pero siempre que mira hacia atrás, siempre que recapitula, siempre que analiza lo que un día significaba jugar en Primera, menciona a un inglés que venía para triunfar y que huyó a los 34 días. Goles no se le recuerdan, pero Alfonso no olvida que durante una mañana entró a su tienda la nueva estrella internacional del Real Oviedo y de allí no escapó sin pasar por caja.

 


 

Otros contenidos en esta misma edición:

Contacta con El Enganche




Nuestras redes sociales

 

Contacta con nosotros

Puedes ponerte en contacto con El Enganche a través de este formulario.

Envíanos tus consejos, dudas, quejas o sugerencias para ayudarnos a mejorar. Rellena el formulario y haznos llegar tu mensaje. #yosoyenganche