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Helmond Sport: El penalty de Otto (y Cruyff)

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Por José David López (@elenganchejd)

“Estimado José David. Gracias por su e-mail. Creo que todo el mundo conoce el partido que jugamos contra aquél Ajax de Johan Cruyff por esa acción en concreto. Lamentablemente, no tenemos imágenes o videos de este momento en nuestro club, por lo que yo no te puedo ayudar mucho en este caso. Me ha encantado su web, por lo que creo que se hablará muy bien del Helmond Sport y eso nos alegra. Somos pequeños pero una parte de la historia del fútbol holandés es nuestra gracias a aquello. Gracias por seguir haciéndonos partícipes de ello”.

Son palabras del jefe de prensa del Helmond Sport. En su plantilla nunca hubo estrellas, jamás hubo promesas que otros quisieran contratar y, desde luego, ni siquiera han llegado a soñar que algún día esa dinámica vaya a cambiar. Entre sus jugadores nunca se pagó un fichaje que superara la lógica constructiva de la entidad, es más, jamás se cogió un avión para un partido a lo largo de toda su historia y, desde luego, la única mentalidad que aquí sirve y existe, es la de la subsistencia. El fútbol holandés, sobre todo si dejamos a un lado a los clubes que luchan en las posiciones altas de la Eredivisie (la primera categoría que solo dos años en los 80, pisó Helmond), no puede considerarse estrictamente profesional. Sí lo son legalmente sus jugadores según se apilan los contratos de trabajo, pero no lo son en el nivel que consideraría ajustado en la mayoría de países futbolísticamente desarrollados. Basta decir que algunos futbolistas de clubes actuales del primer nivel nacional, necesitan un trabajo ‘extra’ para aglutinar suficientes réditos económicos para su vida. Todos los que vienen por detrás, muchos, muchísimos, multiplican esas necesidades y en Helmond, que ahora busca no descender desde las últimas plazas de Eerste Divisie (Segunda División holandesa), no son una excepción, sino una evidencia.

Esa naturaleza tímidamente amateur se trasmite, por ejemplo, en las concentraciones previas a los partidos de cada fin de semana. Aquí, los futbolistas se reúnen por la mañana en un café para ir varios en un mismo coche al estadio donde juegan esa tarde o para trasladarse a la localidad cercana que organiza el encuentro en unas horas. No hay organización global, sino individual. Entre otras cosas, para ahorrar todo tipo de gastos en un país que, además, por extensión, es muy accesible a viajes en coche o tren por la cercanía de sus principales sedes futbolísticas. Así que cada semana se repite. Un rasgo tan fresco como anecdótico si tenemos en cuenta que, por ejemplo, hace unos años, unos futbolistas del Roda no llegaron a tiempo de su partido porque quedaron atrapados en la nieve de la carretera. El equipo salió al césped sin esos cuatro futbolistas. Algo absolutamente impensable en el resto de categorías profesionales de Europa y no extrapolable a casi ningún epicentro de cierta competitividad. Algo increíble si lo comparamos con la aureola mediática e histórica de un fútbol, el holandés, convertido desde los años 70 en toda una escuela mundial.

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En Helmond, un municipio de 90.000 habitantes, el fútbol siempre estuvo bien presente y pese a turbulencias económicas casi anualmente, fue en los ochenta cuando los resultados le llevaron a la élite nacional. Aquello fue efímero, pero recibir a los grandes clubes del país en el modesto y coqueto Stadion De Braak, unió mucho más a la población en torno a sus nuevos ídolos. Futbolistas casi enteramente amateur que buscaban su minuto de gloria ante las estrellas nacionales de una potencia futbolística que ya reunía varias Copas de Europa y Copas de la UEFA en manos de Feyenoord (el primer club holandés en levantar la hoy Champions League en el 70 y también el primero en hacerlo con la hoy Europa League en 1974), el PSV (1978 y 1988 son sus años de títulos europeos) y, por supuesto, el entonces todopoderoso Ajax, que buscaba recomponer la magia de años atrás y que había recuperado a algunos de los veteranos que le habían convertido en referente mundial en los años 70. El gran genio, de ayer, de hoy y de mañana, era Johan Cruyff y el ya tres veces Balón de Oro, se enfrentaba a los altruistas futbolistas del Helmond. Una noche única que desencadenó un elogio que acompañaría al genio y una losa que acompañaría al humilde. Allí, más de tres décadas después de aquellos gratos recuerdos futbolísticos, el gran ídolo, el más querido y la celebridad más mediática de la ciudad, no tiene nombre de estrella mundial sino de ‘amigo’ de todos, de repartidor de mensajería: Otto Versfeld.

“Todos los días en algún lugar por los que paso, me lo mencionan. ¿Te haces a la idea de lo que es esto cada día? Es tener que responder, sonreír, echar miradas agresivas o pensar en mi interior una locura que le haría al siguiente que me lo haga recordar. Y siempre lo mismo. Y siempre aguantando. La pregunta no cambia: Otto, ¿En qué pensaste cuando viste a Cruyff haciendo eso? Y me toca repetirla, repetirla y repetirla. Creo que nadie ha repetido tanto una fase de su vida tan corta como lo que lo hago yo a diario por lo que viví en ese momento. Y así treinta años. Creo que si cada vez que me lo hubieran preguntado, hubiera pedido un euro, ahora sería multimillonario”, explica Otto, el que nos atendió al teléfono desde su camioneta de repartos en UPS en mitad de un día laboral y el que nos asegura que mantiene intacto el bigote que, desde aquella noche ante Johan, le hizo famoso en todo el mundo. Su vida es monótona. Lo era antes, cuando era portero de Primera División y, pese a ello, tenía que enviar paquetes a todo el país junto a su inseparable volante. Y lo es ahora, que sigue repitiendo cada mañana la misma travesía fija con obstáculos que ya conoce y con vecinos a los que, directamente, intenta esquivar los días en los que al Helmond le marcan gol de penalti.

Porque la vida de Otto Versfeld es la vida de un penalti. A él le debe esta desesperante sensación de recapitular una vez tras otra un pasaje de su vida. A él le debe esa estresante sensación de repetir constantemente una misma percepción que atravesó fugaz su cabeza. A él le debe, como no, que en toda Holanda no sea Otto el portero ni Otto el de Helmond y ni tan siquiera Otto el repartidor, sino ‘Otto el del penalti’. Todo, por aquella tarde del 5 de diciembre de 1982 donde el modesto Helmond se subió al autobús rumbo a Ámsterdam (algunos futbolistas no tenían asiento y tuvieron que juntar varios coches adicionales). Era el partido más difícil del curso, estaban en puestos de descenso y la goleada era algo prácticamente asumido. Se trataba de intentar volver a casa sin un peso excesivo en su espalda y sin aguantar sornas demasiado estridentes durante los días posteriores. No tardó mucho el cuadro ajaccied en adelantarse en el marcador y cuando el festín goleador desde las gradas ya se preveía, un penalti clarísimo parecía confirmar los malos presagios para el Helmond. Johan Cruyff frente a Otto. El Tres veces Balón de Oro ante el repartidor. El genio de la década ante el bigotudo con kilos de más. Dios orange ante el último hombre al que habría imaginado lanzando un penalti en un escenario competitivo. El crack agacha su cuerpo, coloca con mimo la pelota en el punto ejecutor y, con Otto imaginándose el sueño de parar aquél lanzamiento… sorprende. Cruyff, en vez de disparar, pasó la pelota a su izquierda levemente en un toque anti-natural en la concepción de los penaltis. No era causalidad pues, a su lado, apareció llegando desde atrás Jesper Olsen, decidido a llegar al área. Cuando la pelota aparecía ante él, la devolvió a Cruyff en leve carrera y el genio holandés marcó a puerta vacía ante el estupor, sorprende y hasta ignorancia de los hinchas, de los defensores rivales, de los compañeros ajaccied y, desde luego, de Otto.

Aunque la cara de mayor duda, la de no saber realmente si aquella acción desconocida podría ser válida o debía considerarse injusta en las reglas del fútbol, la de intuir que aquello podrí ser un terrible fallo histórico en su interpretación… la tenía el colegiado. ¿Era aquello legal? ¿Estaba permitido? Esa sensación de incredulidad por lo visto e incapacidad por lo que debía señalar, invadió al colegiado que no encontró otra solución que preguntarle al protagonista.

¿Esto se puede hacer?

¿Por qué no se va a poder hacer?

Vale, pues se podrá…

“Yo estaba todo el día pensando cosas sobre fútbol. Siempre cosas raras. Cuando estaba en el Ajax, tenía de compañero a Jesper Olsen, que era igual de loco que yo para pensar cosas raras en el fútbol. Un tipo inteligente, zurdo, de mucha calidad. Cuando se señaló aquél penalti, recordamos el ‘cachondeo’ que tuvimos las semanas previas porque se lo había dicho en un entrenamiento y le amenazaba con que lo haríamos algún día. No lo hagas, estás loco, me decía. Le miré para que estuviera atento, lo interpretó y lo hicimos entre los dos. Fue muy divertido”, nos explica Johan, que aun recalca que lo hizo como regalo a los hinchas antes de las vacaciones de Navidad de ese año.

Cruyff había conseguido impactar, crear una nueva posibilidad en los penaltis y, además, generar una duda que, para muchos, se alarga hasta hoy. Sí, es valido. Y sí, extraña que quizás en más de una ocasión, no lo hayan intentado clonar más futbolistas. El miedo debe invadirles, sobre todo porque cuando hace unos años, en el Arsenal, Thierry Henry y Robert Pires lo intentaron, quedaron en evidencia ante el mundo por su falta de coordinación y entendimiento. Caótico mal ejecutado y brillantemente inteligente cuando acaba en gol. Así, con alegría, con sonrisas y con un gol más en el marcador, acabó el día que el ya denominado ‘Penalti Indirecto’, se inventó. Porque aunque Cruyff despertó la osadía e inteligencia para este tipo de acciones, el dúo belga Coppens-Piters, nada menos que en 1957, ya lo había creado ante Islandia en un partido internacional.

Datos, registros, orígenes… que a Otto Versfeld no importan en absoluto. El portero del Helmond ochentero, aún sigue repitiendo su versión de lo acontecido y en ella, no puede ignorar la realidad de lo que había sucedido solo unos segundos antes. “Ese gol jamás debió existir. Compruebe las imágenes cuando llegue a casa. En la jugada del penalti, Cruyff y Olsen son precisamente los protagonistas y el danés estaba por delante de él cuando recibe el pase, lo que debía ser fuera de juego”, recalca efusivamente, pues aunque sea solo en su conciencia, en la nuestra, en la de todos aquellos a los que repetirá cada día la historia, debe reposar ‘su’ verdad. Molesto o no, cansado o no, dolido o no, lo que no puede negar es que Otto es eterno: “Cuando me muera, voy a estar en la televisión para siempre, eso es seguro”.

 


 

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