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Jan Jongbloed: el tiovivo de un portero peculiar

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Por Fran Alameda (@Fran_Alameda)

El fútbol nos ha demostrado en torno al millón de veces que hay matices que el aficionado no puede medir. Esto no conlleva que el entrenador o quien convive diariamente tome decisiones acertadas, pero cada misa tiene su cura. La camiseta de este número es polémica y singular no por su diseño, sino por su portador. En 1974, Johan Cruyff era ya estrella y el mundo del fútbol estaba próximo a cambiar su rostro. Lo que parecía un deporte rudo, tremendamente físico y lento iba a tener su punto de inflexión en busca de estilos más dinámicos. Rinus Michels y su extensión en el campo, Johan Cruyff, configurarían una Holanda poderosa y marcarían el inicio de una escuela que susurraría, a partir de entonces, en los oídos de todos los estilos posteriores. Era el Fútbol Total.

Repasada ampliamente teoría y práctica de la escuela holandesa, cabe destacar un matiz concreto: el fútbol de aquella Holanda de Michels y Cruyff no era estilista, pese a tener algunos notables jugadores. Era físico, también asociativo, pero fundamentalmente sobrepasaba al rival por agobio y control de espacio y balón. Sin embargo, no era la semilla del Barça de Cruyff o Guardiola. Pero en el catálogo de novedades, Michels (o Cruyff, su cabeza pensante sobre el césped) incorporó al portero, que no hasta entonces se dedicaba a las no menores tareas de parar. Simplemente eso. En 2014, reducir la tarea global del portero al acto estricto de retener el balón es una grosería, pero en 1974 apenas algún equipo se atrevía a que sus líneas en el campo (portero, defensa, centro del campo y ataque) no fueran departamentos estanco.

En el catálogo de novedades, Rinus Michels incorporó al portero, que no hasta entonces se dedicaba a las no menores tareas de parar

Michels sorprendió. Convocó a un portero con muy pocos minutos como internacional y de nivel discutible. Jan Jongbloed. No acarrea ninguna historia en forma de leyenda que agrande su figura, sino más bien lo contrario. Él mismo, sin quererlo, es la metáfora definitiva de la influencia de Johan Cruyff en la vida del fútbol holandés, trascendiendo de manera notoria la simpleza de un tipo que juega al fútbol. Jan hacía los servicios de portero en el FC Amsterdam cuando apenas quedaba un mes para el Mundial. Tenía 33 años y sus mejores sueños pasaban por seguir defendiendo aquella portería. Sin embargo, tres detalles no precisamente menores cambiaron el signo del camino de cualquier carrera habitual: el mejor portero holandés seguramente de la historia, Jan Van Beveren, se lesionó de suficiente gravedad como para ser duda (no más, pero suficiente); el propio Van Beveren tenía una pésima relación con Johan Cruyff, y Jongbloed no solo era amigo de Johan, sino que además era de su gusto futbolístico.

De estar literalmente fuera del Mundial (Jongbloed contaba con 4 minutos de experiencia con la camiseta de la selección el 26 de septiembre ¡de 1962! y se ganaba la vida en su tienda de tabaco) a pasar también por encima del suplente de Van Beveren, Piet Schrijvers. Van Beveren se recuperó de la lesión, pero su carácter fuerte, un encontronazo con Rinus Michels por los privilegios de Cruyff y su círculo y los determinantes matices del párrafo anterior lo dejaron fuera. Van Veberen, toca insistir, no era cualquiera, sino la segunda figura de aquella Holanda. El mejor portero del mundo había cometido un delito: zancadillear algunas decisiones de los que mandaban. Quedaban, pues, dos porteros. Y Michels optó, de nuevo contra pronóstico, por Jongbloed. La suerte se echó en ese momento, dicen algunos. O la desgracia.

Su elección como titular, cuentan, se debía al dominio del balón con los pies. Es cierto que Jongbloed (¡que ni siquiera usaba guantes!) se manejaba como uno más con el balón, pero el portero, a menudo, recibe balones que debe atajar con las manos, donde el asunto se volvía a veces espinoso. Su altura, la ausencia de guantes y su posición el campo (ejercía a menudo de líbero, una de las novedades del fútbol total de Michels y Cruyff jugador) dibujaban a un jugador de campo más que hacía las veces de portero. A menudo esto era refrendado en la portería, lo cual no dejaba de ser ciertamente sorprendente. Pero había un detalle que lo convertía definitivamente en un tipo singular sin conocerlo: portaba el número ocho. Efectivamente, defendía la portería pero llevaba el dorsal 8.

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En aquel Mundial, Holanda decidió, Cruyff al margen, repartir los dorsales por orden alfabético. Así, Geels llevaba el 1 y el portero titular acabó con el 8 que repetiría también en 1978, ya sin el reparto alfabético, por pura costumbre. Quizá superstición. El caso es que en seis partidos del Mundial, Jan Jongbloed había recibido un gol y fue en propia. Los números señalaban solvencia. Fue el colectivo el que dominó con superioridad, pero él estuvo a la altura. Sin duda que paró.

Jan era el quinto hijo de una familia de un sastre comunista. No es menor este detalle, puesto que saltando a 1978 nos encontramos de nuevo a Jongbloed, tras dos años de camino por el desierto de la portería de la selección (¡incluso de su equipo!), volvió pese a que su íntimo Cruyff había rechazado jugar el Mundial. Según Johan, no estaba dispuesto a ser cómplice de la dictadura de Videla, el dueño del cortijo argentino con bozal obligatorio. El Mundial estuvo cerca del boicot, pero se acabó celebrando y fueron muy pocos los que renunciaron. Jongbloed se lo pensó, reconoció después, pero le pudo el compromiso. Sin embargo, fue crítico en periódicos y tertulias de radio con la dictadura. No tuvo miedo, sabedor de su condición de extranjero y su ideología de raíz. Es la versión héroe de Jan. Estando ya en Argentina (1978), Jongbloed decidió visitar la Plaza de Mayo en una Ronda de las Madres (grupo, cada vez más numeroso, agitado y ruidoso, que protestaba por los desaparecidos al principio de la dictadura de Videla), un gesto no solo simbólico sino arriesgado en la medida que los militares lo vieron y se molestaron por la presencia de un tipo holandés y jugador de fútbol entre las madres de Plaza de Mayo. Jongbloed sostiene que él se quedó aparte. En cualquier caso, se le había reconocido. Aquel Mundial acabaría con Argentina derrotando a Holanda en la final, con una actuación discreta de Jongbloed. Paró, pero demostró su verdadero nivel en los tres goles encajados por Holanda. Había puesto en el expositor todo su ser, lo bueno y lo menos.

Jan Jongbloed era un portero diferente. Dominaba el juego con los pies, no usaba guantes y lució el dorsal número 8 a la espalda

Aún en 1974, el siguiente partido enfrentaba a Alemania y Holanda. Era la final. Los reyes físicos contra el equipo de nuevas ideas y superioridad técnica y física. Los robots contra los dinámicos. Hay quien dice que Holanda tendría dos mundiales si no hubiese tenido a Jongbloed, pero es de justicia resaltar que en 1978 fue superada por la Argentina de Kempes. Alemania, sin embargo, fue inferior. Se adelantó con un penalti transformado por Breitner en el que Jongbloed se convirtió en monumento en el centro de la portería. Tan solo movió se movió un paso hacia la izquierda cuando el balón ya había entrado como queriendo justificar el sueldo. El 2-0 dolió más. Holanda volvía a dominar, pero un contragolpe pilló a los neerlandeses ligeramente mal colocados y Gerd Müller resolvió en el área. Tiro bajo, flojo, malo, casi al centro. Pero Jongbloed andaba a sus tareas. Había amagado con salir a la banda en un intento de no sé sabe qué. Adivinar, tal vez. Müller batió a Jan con el peor ‘torpedo’ de toda su carrera. Se había vestido de antihéroe.

A los holandeses les quedará la historia, sin duda. O cómo dice Cruyff: “Nadie se acuerda de ningún segundo, pero sí de quién quedó subcampeón en 1974”. El legado estaba escrito y Jongbloed ejercía funciones de antihéroe. La camiseta del portero, recuerden, decía cosas raras. Lucía el dorsal 8, no llevaba guantes y el balón en sus manos, permitan la hipérbole, no se diferenciaba de una pastilla de jabón. En efecto, su nota como portero era menor a su dorsal, pero Jan, el pobre Jan, había compuesto la metáfora perfecta para resumir el fútbol total y a su máximo exponente: el portero jugaba por sus pies y estaba allí, sencillamente, por ser amigo de Johan. La vida (el fútbol), ya ven, no ha cambiado tanto desde entonces.

PD: El sendero de Jongbloed, efectivamente, surcó los caminos serios de la tragedia. Pero fue algo más que fútbol. Un espíritu endeble (no él, desde luego) no se hubiese repuesto. Su hijo Erik, el segundo en la saga familiar de porteros con apellido de funesto recuerdo para los holandeses (Jongbloed), murió jugando al fútbol. Jan aún era portero del Roda. Su hijo, del DWS (Door Wilskracht Sterk), siguió la estela, pero su carrera fue fugaz como el rayo que le impactó en mitad del partido contra el Fortuna Sittard. Murió. Jan siguió jugando un año más hasta que su corazón escribió el epílogo. Un amago de infarto durante un calentamiento advertía el momento: había que dejarlo. En su honor, Jan Jongbloed, víctima y no verdugo, ya se había convertido en el jugador más veterano en jugar en la Eredivisie. 44 años, 9 meses y 14 días. A diciembre de 2014 sigue vigente el récord. Había escrito la historia del tiovivo de su vida.

 


 

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