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Bristol Rovers: David Jeal, el hooligan que se convirtió en capellán

portadaparroco

Por Francisco Ortí (@FranciscoOrti)

En tiempos en los que dibujar la caricatura de un profeta resulta tan ofensivo como para justificar un asesinato, no parece el mejor momento para cuestionar preceptos de cualquier religión, pero siempre me ha resultado complicado morderme la lengua. Y es que recientemente he descubierto que Dios no es omnipresente. Reconozco que lo de ser omnipresente es un concepto que nunca me ha terminado de encajar. Eso de estar en todos sitios todo el tiempo es, cuanto menos, más estresante que el Deadline Day. Vamos, que no veo el motivo por el que alguien quisiera tener esa cualidad (o defecto). Pero ahora me he quedado más tranquilo puesto que sé que hay un lugar en el que Dios tiene vetada la entrada. O, al menos, hubo un tiempo en el que tuvo las puertas cerradas. Me refiero al Memorial Stadium, estadio del Bristol Rovers.

En realidad no es que Dios tuviera prohibido asistir a los partidos del Bristol Rovers, equipo que compite en Conference Premier (la quinta categoría del fútbol inglés), pero sí su representante en la Tierra: Dave Jeal, capellán de los Pirates. A Dave se le vetó la entrada a los encuentros que el Bristol Rovers disputaba como local. Algo que no solo ocurrió una vez, sino dos. Y es que el capellán de los Pirates tiene un pasado oscuro, totalmente alejado de los valores que ahora promulga Biblia en mano. Su rostro tranquilo y mirada mansa ocultan una juventud turbulenta, que ha quedado marcada en entre tinta y tatuajes. El Bristol Rovers es su único punto de unión con su anterior vida. Es el único nexo entre el Dave Jeal párroco y el David Jeal hooligan. Así es, antes de combatir el mal armado por las palabras de Dios, David Jeal personificaba uno de los peores males del fútbol: el hooliganismo. Era uno de los ultras más peligrosos del Bristol Rovers.

Dave Jeal pasó de ser uno de los hooligans más violentos del Bristol Rovers a convertirse en el capellán del equipo

Desde su adolescencia, Dave se vio envuelto en una espiral de violencia sin sentido que encontró en el fútbol la excusa para desfogarse. En los ochenta, el hooliganismo vivía su apogeo en el Reino Unido y crecían los enfrentamientos entre los aficionados más radicales de equipos rivales. “Cuando tenía 15 o 16 años acostumbraba a ver como los chicos más mayores se pegaban en el fútbol. Así que lo veía como algo normal y no tardé en buscarme mis propias peleas”, reconoce Dave Jeal en una entrevista para FourFourTwo. Sin todavía haber cumplido la mayoría de edad, se unió a un grupo radical de ‘aficionados’ del Bristol Rovers llamado Young Executives, que se caracterizaba por la peculiar manera de vestir de sus integrantes. Todos acudían al estadio enfundados en elegantes trajes de marca, llevando sombrero y maletín de ejecutivo. “No teníamos nada con lo que llenar los maletines. Así que enrollábamos periódicos para hacer bulto”, recuerda con arrepentimiento.

parroco2Como hooligan aprendió a odiar al Bristol City, club vecino y rival del Rovers, y a verse involucrado en un sinfín de peleas callejeras, que le han dejado como recuerdo varias cicatrices, un diente roto y problemas en un ojo. “El típico sábado consistía en encontrarse con los amigos para desayunar, tomar unas cuantas cervezas y luego ir a buscar a los aficionados rivales. Utilizábamos gas, cuchillos, trozos de madera o cualquier cosa que tuviéramos a mano y sirviera hacer daño”, recuerda en Sky. Una vez fue apaleado por aficionados de su propio equipo, que le confundieron con un seguidor del Bristol City. Aunque su peor recuerdo no es un golpe que recibió, sino uno que dio él. Una patada le hizo abrir los ojos y cambiar para siempre. Fue en 1992, en Estocolmo. El Bristol Rovers era el club de sus amores y al que defendía con su propia vida, pero no dejaba de ser un club menor. Para ser un hooligan realmente temible debía buscar divisiones mayores y esa posibilidad solo se la podía proporcionar la selección de Inglaterra.

Seguir a los Three Lions por Europa le permitía socializar con algunos de los seguidores radicales más fieros del país y sembrar el terror por el Viejo Continente. Así, voló hasta Suecia, para acompañar a Inglaterra durante la Eurocopa de 1992. Cada partido de los Three Lions representaba la oportunidad de demostrar su valentía y desafiar a las aficiones de otros países. Hasta que que llegó el día en el que cambió su vida. Los aficionados ingleses protagonizaron una batalla campal contra los suecos y Dave se encontraba entre ellos. Lanzaba puñetazos a diestro y siniestro, golpeando a todo aquello que fuera sospechoso de ser sueco. Uno de los ‘enemigos’ fue derribado frente a Dave. Estaba tendido en suelo y era inofensivo, pero no tuvo piedad y le pegó una patada en la cabeza. La pelea continuó sin descanso. La gente se golpeaba, saltaba, lanzaba patadas. Pero entre tanta violencia, un cuerpo continuaba inerte en el suelo. Era el del sueco al que Dave le había pegado una patada. No había recuperado la conciencia, se encontraba en coma. Dave se dio cuenta y en ese momento se replanteó su vida.

“El típico sábado consistía en encontrarse con los amigos para desayunar, tomar unas cuantas cervezas y luego ir a buscar a los aficionados rivales”

“Pensé: ‘Dios mío. ¿Qué estoy haciendo?”, confiesa. Dave Jeal se dio cuenta de que había escogido el camino erróneo. Se encontraba en el lado equivocado de la pasión. Aunque ya era demasiado tarde. Pese a que intentó escapar de la justicia con una desesperada huída por Europa acabó entre rejas y con una sanción que le impedía asistir a los estadios de fútbol los días de partido. En prisión encontró a Dios y cambió su forma de actuar. El rebelde se convirtió en ejemplo y pasó a ayudar a aquellos que, como él, habían elegido el sendero equivocado. “Empecé trabajando en un centro de personas sin hogar y descubrí que ellos eran muy parecidos a mí. Yo peleaba y pegaba a la gente porque era infeliz. Y ellos bebían porque eran infelices”, matiza. Había buscado la felicidad maltratando a los demás, pero la encontró ayudándoles. Tras pasar por el centro de personas sin hogar se convirtió en la voz de Dios y pasó a ser el capellán de la cárcel.

Estuvo allí durante 10 años, hasta que el Bristol Rovers volvió a cruzarse en su vida. El club que tanto mal le había llevado a hacer le brindaba una segunda oportunidad. “Hace siete años el Bristol Rovers me ofreció la posibilidad de ayudarle y no me lo pensé dos veces. Sabían todo lo malo que había hecho, pero así me querían. Eso me enseñó que siempre hay que dar una segunda oportunidad”, cuenta con alegría. Así, pasó a convertirse en el capellán del Bristol Rovers y desde ese puesto es una de las personas que más ayuda brinda a la comunidad. Eso sí, asume que ni siquiera Dios puede ayudar a que mejoren los resultados del Bristol Rovers. Tal vez si le dejaran ir a ver los partidos…

 


 

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