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Brasil: Aldyr, el inventor de la Verde-Amarella

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Por José David López (@elenganchejd)

Desprende exitismo. Vive unido al protagonismo. Exige máximas expectativas. Brasil representa la grandeza del fútbol en su estado más espectacular, divertido e imprevisible, defendiendo unos valores que agigantaron su figura con generaciones campeonas. Campeones pero con historia, con identidad, con una cultura tras cada uno de sus goles. Desde el prematuro adolescente convertido en estrella mundial (el increíble Pelé de 1970 con aquella camiseta repleta de genios), hasta el mejor delantero goleador de la historia reciente (Ronaldo) pasando por magos polifacéticos como Garrincha, Sócrates, Zico, Romario… No sólo deseaban victoria, no sólo había presión por conseguir resultados, sino que estaban obligadas a marcar tendencia, crear escuela y generar una base futbolística que evidenciara su sello particular.

Basta pasar unos minutos con cualquier analista brasileño para entender que su país no juega únicamente para ganar, sino que lo hace para seguir desarrollando y manteniendo la cultura futbolística que les diferenció del resto. “Pregunta por la calle si alguien se acuerda hoy de las selecciones que sí ganaron el Mundial pero no lo hicieron bajo el canon de calidad que aquí se estima necesario para defender con honor a Brasil. Nadie se va a acordar de ellos, pero sí se acordarán de muchas de las selecciones que nosotros hemos tenido en nuestra historia”, me recalcaba el bueno de Juca Kfouri hace unos años mientras planteábamos este debate. La calle habla, exige y recuerda solo a los verdaderamente grandes.

“Pregunta por la calle si alguien se acuerda hoy de las selecciones que sí ganaron el Mundial pero no lo hicieron bajo el canon de calidad que aquí se estima necesario para defender con honor a Brasil. Nadie se va a acordar de ellos, pero sí se acordarán de muchas de las selecciones que nosotros hemos tenido en nuestra historia” – Juca Kfouri

Una de sus identidades más personales y que mejor representa el ‘logotipo brasileño’ por el mundo, son sus colores. Cada país tiene perfectamente automatizado entre los aficionados del fútbol de todo el mundo, sus siglas y estrellas pero, ante todo, aquellos colores que atrajeron siempre su atención. No hoy, sino siempre, todo el planeta podría ubicar fácilmente a muchos de estos países con tan solo nombrar algunas palabras clave que esconden mucho más que la simpleza de sus letras. Y Brasil es, desde luego, el más cercano bajo estas premisas. Una palabra sirve. Canarinha o Verdeamarella son algunas de ellas, las que sirven para crear una imagen instantánea únicamente basada en la camiseta que vistieron sus estrellas. Una gama de color histórica, única e incomparable que, pese a todo, no supone un paseo real por la historia del fútbol brasileño. Porque no siempre fue vinculación de éxito y no siempre se hermanó con los resultados más impactantes. Habla de ‘otro’ fútbol, escenario y contexto mucho más alejado del exitismo postrero. ¿Sabías que Brasil no usó sus míticos colores hasta 1954?

La primera imagen de la selección brasileña dista mucho de la actual. El primer encuentro data de 1914 (21 de julio), en un amistoso ante los ingleses del Exeter City donde Brasil se mostraba al mundo…. de blanco. Sí, la pentacampeona del mundo no era tal y, desde un anonimato difícil de contextualizar hoy, su camiseta era blanca. Uniforme completamente inmaculado, con cuello lleno de cordones y únicamente una línea azul muy pequeña en las mangas. Natural en su día, impactante ahora un siglo más tarde. Dos años después, el síntoma inicial relacionado con un posible giro, apareció, pues en el primer Sudamericano de 1916, participó ya con una camiseta verdeamarelha a rayas verticales muy finas aunque con pantalón blanco. Un absoluto experimento que no gustó a nadie. Tanto apreciaban el color neutro que un solo año más tarde, volvían al primer modelo aunque, esta vez, con una doble barra horizontal a la altura del pecho en amarillo y verde. Una mezcla que contentara a los más nacionalistas y, a su vez, a los más tradicionalistas. Todo es debatible en un país tan gigantesco.

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El golpe más potente de este recorrido histórico lleno de colorido, nos deja una fecha concreta en 1917, cuando Brasil jugó de rojo todo el Sudamericano debido a la similitud entre sus modelos y los de sus rivales (Chile o Uruguay, que también vestían de blanco por entonces en otra rocambolesca sensación vintage para nuestros días). No debió dejar mal sabor de boca aquellos tonos ‘colorados’ porque el siguiente modelo regresó al blanco pero tenía diferentes detalles rojos y azules en las mangas. Faltaba un patrón, pero se imponía la tradición y, ante ella, llegó la continuidad natural de la época. Lo inmaculado de su vestimenta seguía siendo la prioridad, algo que se mantendría durante 35 años. Cierto que el color azul aparecía de vez en cuando en diversas épocas como mezcla ideal, pero el blanco es sin ninguna duda, el color con el que Brasil quiso ser reconocido para una historia que, curiosamente, le tenía preparado un sendero muy diferente.

Después de haber quedado encuadrado en un segundo nivel internacional durante los primeros años de competitividad abierta entre selecciones de todo el mundo (pues el dominio de Uruguay en torneos hasta la fecha era abrumador), la autoridad que les hizo sentir la localía en el Mundial de 1950, multiplicó la expectativa en torno a una generación que quedaría marcada para la historia. Aquél Barbosa bajo palos, ese Bigode lateral, aquél Bauer talentoso, ese Zizinho mágico y el goleador Ademir entre otros, marcarían la noche más trágica, polémica e históricamente gris de aquella camiseta blanca. El impacto sufrido por la derrota ante Uruguay en la ‘final’ del que debía ser ante los ojos del planeta, el título de Brasil como nación creciente y poderosa, desencadenó no sólo el ya afamado ‘Maracanazo’. Aquella noche produjo el mayor de los golpes que el fútbol ha tenido que asumir socialmente, hasta el punto de que Brasil decidió girar en todos los sentidos con una única meta, olvidar cuanto antes y de manera drástica, todo lo que representara el fútbol hasta esa época. ¿Cómo limpiar de un plumazo más de medio siglo de fútbol? Empezando de cero.

En un marco tan delicado y hasta con tintes fanáticos, los colores anteriores que habían buscado la gloria brasileña a través de un blanco inmaculado, no quedaron exentos de la culpa, siendo considerados “insuficientemente nacionalistas” (en palabras de historiadores brasileños). Era una cuestión de estado generada por el fútbol. El diario Correio da Manhá extendió sus doctrinas, asegurando que el uniforme blanco sufría de “falta de simbolismo moral y psicológico”. Ante la absoluta falta de simbiosis entre lo ocurrido y lo que se había pretendido exportar al mundo, la ansiedad llevó a conclusiones drásticas, por lo que esa corriente logró el apoyo de la Confederación Brasileña para lanzar un concurso para la creación de un nuevo uniforme, exigiendo basarse en los colores de la bandera brasileña: verde, amarillo, azul y blanco.

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Aldyr García Schlee, un joven dibujante aventajado con apenas 19 años, mostraba sus iconos y viñetas en el diario local de Pelotas. Su labor, entre otras, era crear imágenes para las páginas deportivas, por lo que dominaba el arte de diseñar jugadores de fútbol. Un día, mientras andaba por la calle rumbo a su trabajo, vio un cartel donde se buscaban ideas, alternativas y nuevas posibilidades para ‘renacionalizar’ la camiseta de la selección. Se animó a participar sin dudarlo. Su talento y creatividad hablaron varios días después a través de sus dedos, entusiasmando al jurado, que eligió sus modelos acabaron entre más de 2000 ilustraciones profesionales recibidas. “Me quedé escandalizado porque ellos querían usar los cuatro colores de la bandera. Hasta tres colores, todo bien, pero con cuatro se puso realmente difícil, porque los cuatro colores de la bandera juntos no combinan. Hice más de cien diseños pero nada funcionaba y llegué a la conclusión de que tenía que ser toda amarilla. Con verde quedaba incoherente, el amarillo combina con azul y las medias podían ser blancas”. Su modelo vencedor se impuso a 300 concursantes finales. “No me lo podía creer. Yo, ganando un concurso así que, a la postre, iba a ser decisivo para vincular históricamente a Brasil con aquella camiseta”, recuerda aún hoy.

Su nueva equipación fue estrenada allí donde comenzó el horror, en un Maracaná que, alejado del blanco, empezó una nueva era el 14 de marzo de 1954 con una victoria ante Chile por 1-0. Tras aquello, apareció en el Mundial de 1954 con el uniforme que hoy conocemos como ‘clásico’, formado por camiseta amarilla (por vez primera usaban ese color en un evento de este calibre), detalles verdes y pantalón azul no tan oscuro como el que se había dejado ver en varias ocasiones con anterioridad en sus modelos. La goleada por 5-0 ante México en el Stade des Charmilles de Ginebra, fue el primer recuerdo de la indumentaria que se iba a convertir en un aliado de su estilo de juego y en su inseparable seña de identidad. Salvo épocas muy cortas o partidos concretos, esa prioridad y ese hermanamiento con la verdeamarelha, jamás ha sido alterado. Es más, la camiseta fue mucho más ilustre tras generaciones como la Brasil de 1970 (Pelé, Jairzinho, Tostao…) o la de 1982 (Sócrates, Zico, Falcao…).

Pero Aldyr iba a pasar a la historia por mucho más que su pericia como ilustrador. Tanto éxito tuvieron sus modelos, que se convirtieron en la imagen inalterable de un sentimiento nacional muy fuerte y pasional. Todo, acompañado de un fuerte componente anecdótico, pues cuesta más de entender ese sentimentalismo, sabiendo que él mismo no anima a Brasil, sino a Uruguay (porque nació y creció en una ciudad fronteriza). Tanto, que tiene una bandera uruguaya guardada en el maletero del coche y sus obras, centenares, son escritas siempre en español, siendo mucho más famoso en la primera lengua que en el país al que dio un rostro eterno vinculado al fútbol espectáculo. Suya fue la idea. Él es la verdeamarelha. Él, es Brasil.

 


 

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