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Alemania 98: La Selección más veterana de la historia

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Por José David López (@elenganchejd)

Habían quedado a la entrada del túnel de vestuarios justo dos horas antes del partido y no tenían intención de romper su promesa. Pequeña mochila de calzado en la mano, cuatro pisos de escaleras a trote como si de un primer calentamiento se tratara y un nerviosismo latente que se concretó nada más llegar a la sala de espera del hotel. Era demasiado pronto para poner rumbo al estadio, pero los cuatro iranís ya eran los primeros en la puerta del autobús. Su sola presencia allí apresuró el andar del conductor, que no tardó en accionar su aviso al resto para que se percataran de su presencia. Un par de gritos por allí, unas voces por allá y en unos minutos Mehdi Mahdavikia (interior), Karim Bagheri (mediocentro), Mehdi Pashazadeh (delantero) y Ali Daei (delantero y mito histórico del fútbol iraní) lograron su cometido: acelerar la ruta hacia el Stade de la Mosson (Montpellier). El goleador y referente mundial persa, comandaba el grupo que, nada más pisar suelo, se adentró con prisas al lugar de la cita. Un delegado de la FIFA que colocaba los últimos papeles y un jardinero que sufría para ajustar la línea de cal del área pequeña eran los únicos presentes cuando se asomaron al túnel y, en minutos, empezaron a mirar con extrañeza ante el disimule de los jugadores. No había número móvil al que molestar ni atrevimiento para intentarlo; solo cabía esperar.

Tras más de veinte minutos, la llamada que tres días antes el delegado de la selección iraní lanzó a su homónimo germano con Mahdavikia de improvisado traductor y ‘cebo’, surtió efecto. Los cuatro jugadores persas que se ganaban la vida (o se la habían ganado temporalmente) en el fútbol alemán durante esos años noventeros habían decidido probar suerte para citarse con algunos de sus ídolos minutos antes de enfrentarse a ellos en el partido más importante de sus vidas. El cuarteto no pudo esconder su timidez cuando Klinsmann, Haessler y Matthaus bajaron el último escalón y saludaron con simpatía. Fueron apenas quince minutos. Una broma sobre un entrenamiento del Bayern de Múnich donde Ali Daei quedó en el suelo, un par de comentarios acerca de los duros entrenamientos en suelo francés y un intercambio de ánimos para el partido dilapidaron la ‘cita’ en instantes. Dos fotos ‘familiares’ y un autógrafo individualizado sobre la camiseta de Alemania sirven para sonreír recordando aquellos momentos aún hoy, más de 16 años después. Y es que los cuatro vergonzosos internacionales iranís no dudan en contar aquella escena como parte fundamental de su recorrido en ‘su’ Mundial de 1998. Aquella noche en la que aguantaron el 0-0 durante cincuenta minutos. Aquella noche en la que soñaron con la clasificación (por minutos, la tuvieron cerca tras haber ganado previamente a USA). Aquella noche en la que se enfrentaron a la Alemania de sus sueños, a la Alemania intocable de su infancia, a la Alemania más veterana de la historia.

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Y es que aquella noche fue más emocionante y recordada en el bando que salió eliminado de la fase final mundialista, que en el banco que ganó y confirmó su presencia en la siguiente fase gracias a ello. Primero, porque para unos fue retar a aquellos a quienes adoraban; segundo, porque los germanos iban a ser eliminados poco después (ante Croacia de manera contundente 0-3) dejando antes de lo esperado suelo francés. Kopke entre palos (36 años), Worns (26), Kohler (33), Helmer (33) y Thon (32) en línea defensiva, Heinrich (29), Matthaus (37), Tarnat (29) y Hassler (32) en la medular y Bierhoff (30) con Klinsmann (34) en el dúo ofensivo. Un esquema hoy visto como excesivamente defensivo teniendo en cuenta que ya estaban prácticamente clasificados como líderes de su grupo y que el rival disputaba apenas el segundo Mundial de su historia. Un grupo absolutamente experto dado sus numerosos cursos de competitividad al primer nivel y en diferentes campeonatos. Y, sobre todo, un colectivo que ya venía trabajando casi una década bajo la batuta de Berti Vogts (ocho años desde que cogiera el mando al término del Mundial del 90 y nada menos que diecinueve años desde que entrara al entramado deportivo de la selección). El tiempo, capaz de focalizar perspectivas críticas y semivacías en corto pero analíticas y detalladas en largo, ha servido para colocar ese partido como epicentro y clave de una lectura reorganizativa. Y es que ese 25 de junio de 1998, Alemania puso en la cancha al equipo más veterano de la historia de los mundiales: 31 años y 345 días.

Para los nacidos en la generación de los ochenta, como quien escribe, no recordamos a todos estos futbolistas sin arrastrar ya los años o sin adentrarse en la treintena. Probablemente, el hecho de que la gran mayoría de ellos alargara su carrera hasta quedar expuestos ante la creciente juventud ayudó a que incluso los que en aquella selección eran suplentes (Lehman, Kahn, Moller, Kirsten, Freund, Jeremies, Reuter…) quedaran insertos en nuestra memoria como eternos treintañeros. Como si siempre hubieran sido parte de una generación veterana o como si la juventud hubiera pasado de largo en ellos. Alemania era eso desde que mirábamos con desconocimiento a la televisión. Alemania era esa desde que coleccionamos cromos para aprenderlos. Todos tenían el ADN que se le presupone a un futbolista alemán al uso y todos representaban los avales de orgullo, eficacia y astucia que ya le habían convertido en la mejor selección del planeta tres veces. Con la fuerza física de quien siempre pensó en una sociedad superior y con la fuerza mental de quien nunca se daría por vencido debido a su carácter. Así habían conseguido dominar fases del fútbol ochentero a nivel de clubes, así habían gestado a muchos de los mejores futbolistas de la historia y, probablemente, así imaginaban pelear históricamente para levantar la bandera germana siempre a lo más alto. Un decreto natural que esa noche alcanzó su zenit rompiendo una estadística hoy vista casi como ‘ancianidad’ y que, días después se convertiría en la excusa ideal para empezar a cimentar los nuevos fundamentos hacia una necesaria renovación. Esa noche cambió la identidad del fútbol alemán. Alertado por los resultados, por la edad de sus estrellas y por la falta de futuro optimista, Franz Beckenbauer (en ese momento instalado como vicepresidente federativo), implantó un sistema formativo, radical en cada club y basado en crear una nueva filosofía que espoleara a la Alemania que estaba por venir. Se levantaron más de 100 centros académico-formativos por todo el país, se firmaron dos premisas por las que cada club debía construir su propia cantera con instalaciones y un porcentaje de los gastos anuales desviados hacia su mantenimiento e incluso se reclutaron a especialistas o se crearon líneas de empleo a nuevos técnicos para que el trabajo no fuera en vano. Cuando se accedió a apoyar globalmente esta pauta y los chicos empezaban a vestirse de corto en cada rincón del país, Alemania languidecía. Su cercano caos impulsaría aún más ese reconstituyente proceso.

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Con el adiós a Vogts, la excesiva veteranía del grupo y la falta de generaciones juveniles que pudieran adelantar el proceso, la indecisión con sus entrenadores de la DFB (Federación Alemana de Fútbol) acabaría siendo el peor de sus lamentos. Se nombró seleccionador a Erich Ribbeck (que había sido ya candidato en 1978 tras la dimisión de Helmut Schön), al que hubo que sacar de su jubilación en las Islas Canarias (hoy vive en Tenerife todavía). Un técnico de los sesenta que multiplicaba la sensación de vejez e ideas vetustas en torno al combinado nacional, que se convirtió en el técnico más anciano en la selección germana y que en solo dos años marcó el peor período global y personal en la historia moderna de Alemania (10 victorias, 6 empates y 8 derrotas). Tan decepcionante fue la Euro 2000, que renunció días después. Pero la DFB seguía sin ideas claras, sin una identidad de futuro y sin un técnico que pareciera surgir desde el anonimato con ideas nuevas. En otro acto de irresponsabilidad, Rudi Völler ocupó ese lugar sin tener ni tan siquiera la licencia de entrenador en sus manos. Inicialmente se firmó un año para que él gestionara la selección nacional hasta la llegada de Christoph Daum, pero cuando éste estuvo involucrado en un escándalo de drogas, fue el exdelantero quien asumió tres años más el cargo absoluto. No enamoró a nadie y no sirvió que milagrosamente lograra meterse en la final del Mundial de 2002 con una plantilla que se amparó más que nunca en la fuerte mentalidad alemana para subsistir hasta lo irremediable. No se pudo engañar mucho más tiempo tras caer en primera ronda en la Euro 2004, pero el trabajo ya se estaba desarrollando acertadamente desde el silencio y en sus cinco primeros años de preparación, los resultados empezaban a levantar la base.

La clave definitiva fue 2006, donde el temor de todo el país por tener que organizar un Mundial conscientes de que, futbolísticamente (no tanto en resultados globales), atravesaban quizás su peor momento histórico, hizo arriesgar. Y para hacerlo, el único que se atrevió a coger el mando fue Jurgen Klinsmann, uno de los que había vivido en el césped aquella noche clave de Irán en 1998. El exdelantero trabajaba como vicepresidente de una consultoría de marketing para promocionar la MLS y asesoraba a Los Ángeles Galaxy. Parecía olvidado para el fútbol moderno y jamás había tenido a su cargo la más mínima responsabilidad técnica. Pero su visión foránea de lo acontecido, de la capacidad existente en la cantera y de la presión que representaba ser sede mundialista fue la apuesta clave que derivó en el cambio principal por lo que hoy Alemania es dominador planetario. “Klinsmann fue un revolucionario. Desmontó estructuras oxidadas en la federación alemana y comenzó a trabajar con psicólogos deportivos, lo cual se consideraba un tabú aquí. Quiso ser coherente con la idea de fútbol formativo sin encontrar excusas para cambiar esa ruta. Hizo entender a todos que jugando mal ya no iba a servir para estar en la élite que el país reclamaría siempre”, explicó hace un tiempo Joachim Low, ahora campeón mundial pero, en su día, acompañante de Klinsmann en esa tarea de 2006 a camino entre la formación y la competición. No quiere ningún elogio para sí mismo pese a haber sido quien cerró el círculo exitoso, sino que destaca una vez tras otra que fue el hoy técnico de USA quien reestructuró lo que parece una maquinaria prácticamente perfecta. Y no habla solo de lo deportivo, porque ilusionó tanto ‘su’ Alemania, limitadísima pero con una nueva idea, que hizo explotar a la Bundesliga. Y es que el campeonato alemán ha mejorado desde entonces en sentimiento cultural, representado cada semana en la que ya es el mejor campeonato de mundo a nivel de clubes ligueros. Un elemento vital para el futuro que en ya dejaba esencias en el césped… Aunque no sepamos con claridad qué retroalimenta a qué, que fue antes, el huevo o la gallina.

Desde que en 2007 la Sub 17 alemana fuera tercera del mundo, el algoritmo ha sido positivo. En 2008 se levantó el Euro Sub 19, en 2009 el Euro Sub 17 y ese mismo año el Euro Sub 21. En 2001 volvió a repetir bronce en el Mundial Sub 17 y este pasado verano de 2014, la Sub 19 se ha vuelto a coronar como la mejor de Europa. De todas esas camadas gestadas a partir de su nueva transformación global, la de mayor análisis socio-deportivo es la que levantó el Sub 21 de 2009, porque más allá de que hoy muchos de aquellos futbolistas son las estrellas de la absoluta coronada como campeona del mundo (Özil, Neuer, Hummels, Khedira o Boateng), se creó la comunión perfecta entre éxito en resultados y una nueva identidad. Un estilo asociativo, capacidad para tener la posesión, inteligente en la presión ofensiva o en la búsqueda de espacios en vertical, individualidades creativas y una creciente mejoría defensiva con centrales capaces de ayudar en salida de balón. Una mezcla absolutamente novedosa que no citaba al físico o a la determinación como la historia quería presentar a los germanos. No, ahora la amalgama de aptitudes escondía factores otrora clásicos para evolucionar y auto-gestionar sus propios recursos. Todo ello no solo se acabó apreciando en el césped con futbolistas de otra dimensión y hasta otro biotipo (se acabó el gigante alemán para dar paso a pequeños roedores habilidosos), sino que proporcionó un escenario ideal para que entraran nuevas ideas de técnicos jóvenes (Jürgen Klopp y Thomas Tuchel lo ejemplifican bien) que habían encontrado camino y voz en la nueva lectura engendrada a partir de la apuesta formativa del nuevo siglo. Un paso más que, evidentemente, ha abierto planteamientos tácticos variadísimos que le han permitido competir en diversos muchos escenarios y con distintos registros (la cultura del ‘falso 9’ habría parecido enfermiza hace unos años y hoy es natural en la selección).

Todo el proceso que se inició aquella noche francesa con rival iraní y aquella cita de cuatro persas ante sus estrellas germanas desembocó en un dato. Alemania pasó de una media de edad que rozaba los 32 años en 1998 a una Alemania que llegaba justo a los 26 años en 2014. Una diferencia abismal que se ampliará ligeramente con el paso de los próximos años, donde ya se estima la llegada de numerosos futbolistas que ni siquiera han conocido la antigua identidad y un nuevo concepto futbolístico que engloba el clásico poder de la bandera alemana y el renovado estilo vanguardista de sus talentos. Ya no hay líberos como Matthaus, centrales como Kohler o delanteros como el propio Klinsmann, pero nadie nos robará tampoco los recuerdos de nuestros ídolos alemanes con canas… El fútbol, como la vida, cambia.

 


 

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