Histórico
19 diciembre 2018El Enganche

Menotti a través de su Barcelona

César Luís Menotti en su etapa como técnico del F. C Barcelona Por Javier Roldán.

El Camp Nou es como La Scala de Milán o la Ópera de París, un gran escenario donde no puede tocar cualquiera” (Menotti)

En el verano de 1982 el Camp Nou abría sus puertas para recibir a la campeona del mundo, la Argentina dirigida por César Luis Menotti. Era 13 de junio, el Mundial de España se estrenaba y el rival no era baladí, una selección de Bélgica que, bajo la batuta de Guy Thys, llegaba como subcampeona de Europa. Aquel primer partido del grupo 3 finalizó con el larguero frenando a Maradona y Erwin Vandenbergh convirtiendo el único gol tras destrozar el achique menottista.

A la postre, aquella derrota traería una desgracia mayor, ya que a causa de ella Argentina acabaría segunda de grupo, encuadrándose así en el siguiente con las dos selecciones más fuertes del torneo, la Brasil de Telê Santana y la Italia de Enzo Bearzot finalmente ganadora. Y de ahí, a casa, con Maradona despidiendo su primera participación mundialista frustrado y expulsado.

Pese a la eliminación de un torneo en el que por plantel se esperaba todo, Grondona y el resto de dirigentes de la Asociación del Fútbol Argentino trataron de retener al técnico que en 1978 aclarase veinte años de oscuridad no solo en la selección, sino en el maltratado fútbol argentino. Pero solo lo intentaron a medias. De haber repetido título seguro que no hubiese habido problema para la continuidad de Menotti, pero al perderse, las negociaciones se dilataron hasta tal punto que la renovación no llegó a producirse.

Las desavenencias económicas fueron insalvables y el técnico se desligó del seleccionado a inicios de diciembre, con la siguiente sentencia: “No me explico por qué no aceptaron mis condiciones cuando aquí hay técnicos que ganan ese dinero. Con un solo partido internacional la AFA puede pagar lo que yo gano en un año“. El Flaco había entrenado a Huracán, y había ganado. De ahí había pasado a una Albiceleste humillada en 1974 por Holanda y había vuelto a ganar, esta vez la primera Copa del Mundo para el país frente a la propia Naranja Mecánica. Tras este triunfo dirigió a Maradona en el Mundial Sub-20 de Japón 1979 y también venció, imponentemente.

En la Copa América Paraguay´79, en el Mundialito uruguayo y en España había conocido recientemente la derrota. Somos porque ganamos. Si perdemos, dejamos de ser, escribió Eduardo Galeano. Para la AFA, el Menotti perdedor no valía lo que el ganador.

Como buen purista del balón, cuando Menotti hablaba de sus equipos no los juzgaba por sus victorias o derrotas, solo defendía su propuesta futbolística: “El resultado es importante, pero el entrenador tiene que mantenerse al margen. Todo análisis con el resultado puesto es demasiado cómodo. La tarea es analizar el juego en sí. Yo puedo perder en el resultado, pero si gané en el juego, yo creo que el camino está siendo correcto”. En cualquier caso, para aquellas fechas tenía crédito que ofrecer tanto a los defensores del desarrollo como a los del resultado. Lejos de Argentina, las ofertas por uno de los entrenadores más respetados del momento no se hicieron esperar.

Escenario, salario y Maradona 

El primer club que pujó por el argentino fue el Atlético Mineiro. La oferta acabó en nada, en palabras de su presidente porque “no se puede competir con un club tan poderoso como el Barcelona, que le ofrece un contrato multimillonario“. No era de extrañar que el FC Barcelona entrase en escena. La entidad presidida por el empresario José Luis Núñez había sacado la chequera meses antes para llevar a Maradona a un equipo que ya tenía a los campeones alemanes Schuster y Udo Lattek. El entrenador teutón había hecho un buen papel en su primera temporada, perdiendo la Liga en el tramo final en favor de la Real Sociedad tras una serie de malos resultados pero ganando la segunda Recopa para el club. Pero ahora estaba Maradona, el jugador más caro hasta la fecha, y aunque el equipo avanzaba en la Copa y la Recopa el Pelusa no simpatizaba con el carácter y los métodos del alemán, por lo que este tenía las horas contadas.

Yo no camino -dijo Maradona.

Aquí se hace lo que yo digo -contestó Lattek.

Yo quiero descansar. Después el que corre soy yo. Si le gusta, bien, y si no… -sentenció Maradona, que a esas alturas de endiosamiento no se dejaba amedrentar por nadie.

Esta conversación recogida por Maradona en su autobiografía Yo soy el Diego, refleja el enfrentamiento con un Lattek que mandaba a la plantilla a caminar a las ocho de la mañana, esfuerzo que a varios pesos pesados del grupo le parecía innecesario. En apoyo del Pelusa, a la conversación se unieron Migueli y, enérgicamente, un Schuster que ya había tenido problemas con el técnico apenas iniciada la temporada a causa de su estado físico. Además de la costumbre de salir a andar temprano, Maradona, según escribió, también hizo recular a Udo en cuanto a usar balones medicinales en los entrenamientos.

El ambiente estaba así para diciembre. Maradona había caído enfermo de hepatitis y su agente, Jorge Czysterpiller, aprovechó la breve estancia de Menotti en Madrid para provocar una reunión con la directiva barcelonista. Según publicó el diario El País el 23 de diciembre del 82, el acuerdo quedó cerrado en ese momento. Núñez, raudo, lo desmintió. En cualquier caso, viendo la situación, Lattek había asegurado que a final de curso se marcharía, pero la Espada de Damocles se mantendría sobre él semana a semana. Aún sin el Diego disponible, el equipo encadenó cinco victorias a lo largo de enero, hasta que perdió la Supercopa de Europa contra el Aston Villa.

Tras un empate frente al Sporting y una derrota contra el Racing en casa en febrero, la Liga se fue al garete, siendo este el momento idóneo para satisfacer a un Maradona a punto de regresar. El empate contra el Austria de Viena en la ida de los cuartos de final de la Recopa jugado el 2 de marzo fue el último partido que aguantó Udo Lattek.

Menotti, al tanto de la situación y alerta desde febrero, rechazó una oferta de River Plate y para el 6 de marzo llegó a Barcelona junto a su ayudante Rogelio Poncini, con el contrato bajo el brazo. El Flaco puntualizó que Maradona no había mediado para su fichaje y, en relación al preacuerdo, dijo que en aquella reunión el presidente le había pedido que estuviese disponible por si Lattek no durase hasta final de curso. 32 millones fijos por un año y medio, el triple de lo que cobraba en la Albiceleste pero algo menos que Udo, más 10 millones extras por la Liga o la Recopa y entre 6 y 8 por la Copa del Rey fue lo firmado. Menotti había conseguido ese “gran escenario con grandes músicos” y el magro sueldo que le había negado la AFA meses antes. Además, tendría a Maradona nuevamente activo y la posibilidad de aspirar a las semifinales de Recopa y de ganar la Copa del Rey y una Copa de la Liga que, promovida por el propio Núñez, se estrenaría ese mismo año. Pese al bajón anímico que supone un cambio de entrenador a esas alturas de temporada, difícilmente pudiese darse una mejor situación para remontar la caída.

Sabedor de la merecida fama de metomentodo del presidente, en su presentación Menotti aclaró las atribuciones de cada cual: “Exijo libertad absoluta en mi trabajo. Lo mismo que yo no deseo ser dirigente, espero que los dirigentes tampoco quieran ser técnicos“.

Núñez, por su parte, reflejó su visión sobre la figura del entrenador para su Barça: “Presentamos a un hombre importante en el fútbol mundial“. Ni propuesta futbolística ni nada que se le pareciera en el discurso, solo imagen, trascendencia internacional. Mejor así, porque al presidente le hubiese costado horrores explicar cómo pasó de Lucien Müller a Kubala, de este a Lattek y, sobre todo, de ellos a Menotti en menos de un lustro.

Nada más vestirse de corto, además de recordar la “urgencia histórica” con la que, a modo de enfermedad, definió la carencia de títulos importantes que pesaba sobre un club de tal envergadura, Menotti puntualizó que para el desenlace de temporada pocos cambios podía hacer, dado que “los proyectos adecuados son siempre a largo plazo“. Años después, en enero de 2003, con la salida de Van Gaal del banquillo barcelonista, Gaspart acudió a él para ofrecerle únicamente ese medio curso restante. Consecuente con este mismo pensamiento, el argentino rechazó la oferta, arguyendo que en cinco meses él no podía hacer milagros.

El aspecto cultural, el respeto a la individualidad. 

Cuando llegó el Flaco, Maradona ya había sido criticado públicamente por el presidente por temas extradeportivos. Núñez no trataba de ser comprensivo cuando lo que se jugaba era su capital: “Maradona debe cuidar su imagen, hacer amigos y estar dispuesto a comprender la línea de conducta que se ha de seguir en Europa (…)“, fueron las palabras textuales recogidas por la revista Don Balón.

En el otro extremo, un Menotti más maduro hizo lo posible por entender e integrarse en la sociedad local desde el mismo momento que puso pie en la Ciudad Condal: “Un club de futbol también es cultural. El Barça tiene que ver con Cataluña, es un club generoso pero también dominante. Participativo, pero con presencia”. Pronto se le vio en reuniones o actos, como si Barcelona le fuese tan familiar como su Rosario natal. Lo que pudiera parecer un simple gusto por el disfrute, para él tenía unas raíces más profundas, estando este tratamiento sociológico relacionado directamente con el bienestar de su profesión. Para Menotti, el cultural era el aspecto clave para que un equipo funcionase: “Lo más importante es entender al futbolista según su lugar de origen. No es lo mismo un futbolista alemán que uno brasileño. El entrenador que no profundiza, que no busca qué siente o qué le pasa al jugador, está perdido”. Aplicándolo a su día a día, pudo transmitírselo luego a sus jugadores. Hombres como Migueli, Schuster o Maradona se vieron beneficiados en gran medida por la actitud de su nuevo técnico.

En su libro de memorias, Amor a primera vista, Schuster destacó el aspecto psicológico de Menotti, escribiendo que fue un entrenador de gran ascendencia con los jugadores, al que le gustaba mucho hablar con ellos, respetarlos o tener detalles de grandeza, subrayando que tanto individualmente como en pareja, la personalidad del argentino encauzó y mejoró a Maradona y a él mismo. Años después, en una entrevista para la televisión oficial del Barça, el Flaco habló sobre el caso concreto de Migueli: “Él es andaluz, los andaluces tienen una manera de jugar. Migueli me dijo que como era fuerte y rápido, siempre le habían usado de marcador. Ahora encontró un lugar diferente. Tenía un fútbol alegre, vistoso, una buena técnica. Evidentemente, tenía mucha Andalucía en su cuerpo”.

Una alineación de confianza 

En lo puramente futbolístico, Menotti no era partidario de cambios drásticos, como había demostrado en el proceso de continuidad de los seleccionados entre los Mundiales del 78 y el 82. En palabras del Flaco, “sería de mal entrenador no saber detectar inmediatamente qué futbolistas son los mejores para el plan que va a desarrollarse, y no tendría justificación estar cambiando y probando continuamente, como no la tendría que un director de orquesta cambiase de músicos en cada concierto (…) Esa confianza es fundamental también para el jugador: garantizarle la libertad de equivocarse, porque ello fomenta la creatividad“. Quizá tuviese razón, pero su radicalismo en este sentido le acarreó graves problemas en la plantilla. “Vino y el primer día dio el que sería el once titular. Eso pudo generar malestar”, manifestaría Alexanco.

Aunque, siempre crítico con los encasillamientos, el Flaco dijese que “eso solo son números de teléfono”, lo cierto es que la alineación adoptaría el dibujo reconocido como 1-4-3-3: Urruti en la portería, Tente Sánchez, Alexanco, Migueli y Julio Alberto en la zaga zonal, Víctor Muñoz y Perico Alonso en la recuperación y Schuster en la elaboración, Marcos Alonso y Carrasco en las alas, Maradona delante como falso delantero.

Para la temporada 83/84, primera y única planificada por él, Menotti rechazó fichaje alguno, confiando en una plantilla que el curso anterior, con Lattek, había dispuesto de alrededor de 18 jugadores a pleno rendimiento. Por el contrario, exploró la cantera y reclamó al atacante Rojo, a quien conocía del Sub-20 y que, con solo 22 años, estaba a punto de abandonar el fútbol por falta de confianza. También para el filial dio el visto bueno a la contratación del argentino Gabrich, a quien había dirigido en el mismo mundial juvenil en un ataque junto a Maradona.

Pocos años después, en su etapa atlética, el Flaco volvería a apostar por un inexperto delantero argentino pese al poco resultado que le había dado Gabrich como alternativa al Pelusa durante su lesión. Zamora, que así se llamó la nueva apuesta, tampoco jugó como rojiblanco.

Siendo fiel a su palabra, a lo largo de la temporada Menotti infrautilizó el banquillo, cuyos componentes se vieron impotentes y desanimados. El punta canterano Clos, el centrocampista Urbano, el goleador ex zaragocista Pichi Alonso y “el mejor libre español” según Udo (aunque no lo usase) Moratalla pisarían el campo solo testimonialmente, un Quini con 33 años notaría la ausencia del nueve clásico en el sistema y perdería el protagonismo que había tenido con Lattek, consiguiendo únicamente tres goles en su último año como barcelonista, y el defensa Gerardo, que fallase en el tanto del Madrid en la pasada final de Copa, jugaría cada vez menos. Solo el polifacético Esteban Vigo para el centro y Rojo en ausencia de algún atacante sumarían minutos de importancia. La plantilla quedó reducida a 14 hombres útiles.

Biorritmos y juegos con balón

En los entrenamientos dos prácticas usuales hasta la fecha pasaron a la historia con Menotti. La primera de ellas fue la más controvertida. A partir de su llegada las clásicas sesiones matinales pasarían a desarrollarse por la tarde, poco después del almuerzo, con el trastorno de la costumbre que ello conllevaba para los implicados. Czysterpiller, el siempre lúcido mánager de Maradona, declaró que al Flaco no le gustaba madrugar, y la crítica general relacionó el cambio de horario con las supuestas, o no, salidas nocturnas tanto de Maradona como del entrenador.

Varios jugadores se quejaron de la novedad, pero con la boca pequeña. Menotti hablaría de ello años después, desmintiendo que el nuevo horario fuese por antojo suyo o del Pelusa, indicando que se trataba de algo tan simple como que numerosos estudios demuestran científicamente que los biorritmos humanos disponen que se rinda mejor por la tarde, siendo conseguidas todas las grandes marcas en esa franja del día, y que él necesitaba a los futbolistas con la mayor lucidez posible. “Corríamos diez veces más que cualquier equipo, ¿cómo se me podría criticar la hora de los entrenamientos?”, declaró Menotti, poniendo como ejemplo la intensidad de Víctor, Perico, Marcos, Carrasco o el mismo Maradona.

El segundo de los puntos variados fue recibido por los jugadores con mayor alegría. Los entrenamientos tradicionales de Udo Lattek, basados en ejercicios físicos, pelotas medicinales o carreras, no se volverían a ver, pasando a desarrollarse todas las sesiones mediante juegos, en contacto permanente con el balón. Los rondos que poco antes usase Laureano Ruiz en su breve periplo dirigiendo el primer equipo, volvieron a ser parte de la metodología de trabajo. “Los entrenos con Menotti eran a base de jugar y jugar. Nuestro juego era de tocar y tocar, en eso insistía, sin obsesión por la preparación física“, manifestaría Schuster. Por su parte, el ex jugador Omar Larrosa, integrante del Huracán y la Argentina campeona del mundo de Menotti, dejó una declaraciones al respecto, recogidas por el historiador Jonathan Wilson en su libro Ángeles con caras sucias: Menotti nos hacía jugar en espacios reducidos, dos por dos, para mejorar nuestro sentido de la percepción (…) Ese era el concepto principal del equipo: el achique, cerrar el espacio.

Hay cuatro acciones del fútbol: defender, recuperar la pelota…

Dijo Borges que la literatura es orden y aventura. El fútbol es lo mismo” (Menotti)

Menotti había sido uno de los impulsores del mecanismo defensivo que denominó “achique de espacios”. Siguiendo la estela de la Holanda de los setenta, la idea consistía en presionar en determinadas zonas del campo en las que el rival tuviese el balón para evitar que este circulase y, llegado el momento, adelantar la defensa en bloque para desconectar el ataque, dejando al delantero rival en fuera de juego.

El ex entrenador Ángel Cappa fue el ojeador de Menotti en Barcelona, como antes lo había sido en la selección. En una entrevista reciente para la revista Jot Down, Cappa definió así cómo preparaba el técnico el mecanismo: Menotti iba diciendo por dónde iba la bola y les hacía desmarcarse, moverse, achicar. Era un creador en los entrenamientos. Improvisaba de acuerdo a cómo veía a los jugadores (…) Achicar ahora, recuperarla (…) Estaba utilizando la pizarra pero en el mismo campo.

Siendo ambas defensas zonales, si lo comparamos con el sistema de fuera de juego que luego perfeccionaría Arrigo Sacchi con su AC Milan, la diferencia principal estriba en que el italiano adelantó la línea defensiva casi hasta el centro del campo por defecto, acortando así el terreno disponible para jugar y dejando tras los zagueros muchos metros en los que los delanteros oponentes estarían deshabilitados.

El offside como idea central, no como un recurso más. Menotti, por su parte, mantenía la línea de retaguardia atrasada y a medida que el rival avanzaba con el balón y se acercaba al área de presión definida, sus defensores se iban adelantando y cerrando en torno, achicando la zona de influencia hasta que, al grito de mando del central elegido (en su Barça sería Alexanco), asumían el riesgo de correr hacia delante todos a una en previsión del pase definitivo. “Se basaba mucho en la intuición, en anticiparse a la salida o al lugar donde se supone que llegaría el balón”, dijo el lateral Julio Alberto.

El sistema le dio tantos beneficios como goles le costó dada la dificultad de coordinarlo con precisión. Para bien o para mal, el famoso achique de espacios fue seña de identidad del Flaco. En 1987, cuando dirigiese al Atlético de Madrid, en una entrevista a El País el propio Menotti matizó así la estrategia: Una cosa es el fuera de juego como táctica y otra achicar espacios (…) El fuera de juego se le tira a determinado jugador para sacarlo de su lugar común. Pero nosotros cada vez que el rival coja el balón no vamos a salir corriendo hacia delante. El Atlético, insisto, lo que trata de hacer es reducir espacios, porque al no haber grandes recuperadores de balones, hay que crear dificultades para que el adversario mantenga el balón lo menos posible.

gestar jugada y definir jugada

En las tácticas creen mucho más los que no han jugado que quienes han jugado. Quienes han jugado creen en los jugadores (Dante Panzieri, Dinámica de lo impensado)

En cuanto a la idea principal de juego ofensivo, Menotti no negociaba la pelota. “Con Lattek había muchos desplazamientos en largo hacia los interiores, con Menotti era todo mucho más corto. Tocar, tocar y tocar hasta encontrar el espacio y sorprender por velocidad”, declaró Julio Alberto años después. “Tuvimos que reinventarnos, ahora había que adelantar la defensa, buscar triangulaciones, dejar de cara, entrar con paredes”, amplió Talín en la misma entrevista para Barça TV.

Ni en Huracán, ni en Argentina, ni ahora en el Barça se verían despejes sin sentido o pelotazos que provocasen la lucha delanteros contra defensores. Siguiendo la comparativa anterior, son buenos los ejemplos de los campeones ligueros de inicios de los ochenta para contraponer estilos. La Real Sociedad de Ormaetxea y el Athletic de Bilbao dirigido por Clemente eran equipos pertrechados de músculo para la defensa, dispuestos en el repliegue y el juego directo, en los que, aun con jugadores talentoso en la creación, evitar recibir un gol era el objetivo prioritario, bastante por delante de salir a marcar uno más que el adversario. Menotti prefería un pase atrás que dividir un balón hacia delante, apuntó Cappa en la misma entrevista antes citada. “Hoy es Huracán, mañana puede ser otro equipo. Siempre voy a luchar para que mis equipos jueguen este fútbol“, había declarado el Flaco tras conquistar el Metropolitano en 1973 y ser encumbrado por la opinión pública. Una década después, ni los fracasos le habían hecho cambiar de parecer.

En el dibujo 1-4-3-3 la posesión empezaba desde los centrales. Alexanco o Migueli tenían libertad para avanzar con el balón eligiendo la opción que considerasen, bien superando líneas, como tantas veces hiciese Passarella en Argentina, o bien combinando en corto y sin urgencias para los mediocentros, un Perico Alonso posicional y un Víctor Muñoz más liberado. La línea defensiva avanzaba en grupo, teniendo los laterales la misma iniciativa que el resto de sus compañeros. La libre decisión promulgada por Menotti no se quedaba en sus bonitos discursos, sino que sobre el verde los futbolistas hacían gala de ella prácticamente en cada lance del partido, con la sola máxima de la responsabilidad. “Si hacías un regate en la defensa tenía que ser como recurso, no por querer lucirte”, habló años después el capitán Tente Sánchez.

El objetivo pasaba por ser que el balón superase la primera línea de presión rival y llegase en las mejores condiciones posibles a Schuster, que situado delante de la pareja de mediocentros se encargaría de conectar con Maradona. Una vez el balón estuviese en campo rival, llegaba la vertiginosa manera de atacar propia de los equipos del Flaco. Dominando Schuster el esférico, Maradona, Carrasco y Marcos se movían incesantemente, pegándose a los costados, cambiando sus posiciones o trazando desmarques de ruptura para buscar la definición de la jugada.

Este es un juego en el que la pelota no se lleva, se pasa. Solamente se lleva hacia zonas de definición más aptas, después de transitar otros caminos. Pero la zona de definición no es el banderín de córner, ni son sesenta metros llevando la pelota“, manifestó un entrevistado Menotti en la revista argentina La Capital. Pero lo cierto es que en sus equipos muchas veces sí se llevaba más de la cuenta. Si el juego se bloqueaba atrás era Maradona el que se encargaba de bajar a recibirla y, con su talento, trataba de deshacerse de las marcas que le salieran al paso hasta conectar, muchas veces abusando de la conducción, con la dupla de ataque. Este rol del Pelusa no era extraño dado que, con mal resultado, había sido ejecutado en España ´82 en ataques veloces, improvisados y por momentos alocados donde Bertoni o Ramón Díaz hicieron las veces de Marcos y Carrasco en Barcelona y en los que la calma de un enganche quizá se echase de menos.

Siguiendo en esa cita mundialista, la Brasil de Telê Santana representaba otro de los estilos más admirados de la época. Con igual pasión por el juego a ras de césped, a diferencia de su homólogo argentino, Telê formaba un centro del campo con cinco hombres de toque y asociación, exquisitos: Toninho Cerezo, Falcao, Sócrates, Éder y Zico, dejando solamente una punta de lanza. Así, donde Menotti pensaba velocidad en la definición, Santana sumaba pases y pausa para acercarse a la frontal, no precipitándose hasta estar en los últimos metros y, una vez allí, dejando que el ingenio de sus piezas incidiese sobre la defensa, a menudo desestabilizada por la inteligencia de los movimientos y la precisión de cada acción técnica.

El mecanismo de Menotti era muy exigido en lo físico, sobre todo en los costados. “Era un equipo con mucha dinámica”, dijo el míster más tarde. En funciones de extremos pero a la vez de interiores y delanteros según las circunstancias del juego, las alas eran piezas cruciales. Estas debían sacrificarse para bajar a recuperar el balón, cerrándose a la espalda del “10” para, momentos después, lanzarse hacia arriba en busca de una recepción lo más cercana posible al gol.

A costa de su agotamiento, tanto Carrasco como Marcos doblaron sus cifras goleadores de un curso a otro, superando ambos la decena de goles. En el libro publicado por el Lobo, Regate y Propina, Menotti deja una dedicatoria a la labor del mismo que reza así: En el Barcelona dirigí un grupo con futbolistas comprometidos, con la idea de entregarlo todo por ser un equipo con brillo propio. En este conjunto estuvo Carrasco, un futbolista de raza, íntegro en el esfuerzo (…)

Marcos Alonso también coincidiría luego con Menotti en el Atlético de Madrid, quien no dudó en confiarle el mismo rol, siendo ahora Futre el asistente que en Barcelona había sido Maradona. “Sin ninguna duda, Menotti es el mejor entrenador que he tenido”, dijo un Marcos que estuviese a las órdenes, entre otros, de Luis Aragonés, Carriega, Lattek, Miguel Muñoz o Clemente.

Por primera vez, en Núñez ganó la derrota. 

Tras relevar a Udo, el estreno de Menotti se produjo el 12 de marzo del 82 contra el Betis. Coincidiendo con la recuperación de Maradona, el partido en el Camp Nou acabó 1-1. En esos últimos cuatro meses de competiciones, el Barça cayó inmediatamente en la Recopa tras empatar en casa contra el Austria de Viena y tuvo tiempo de medirse en cuatro ocasiones al Real Madrid de Di Stéfano, al que ganó tres de ellas. Tanto en el Clásico liguero como en el de vuelta de la final de Copa de la Liga Maradona marcó, asistiendo asimismo el decisivo y agónico gol a Marcos Alonso en la final de Copa del Rey también contra los blancos. Los de Di Stéfano tomarían revancha el curso siguiente. Pese al cuarto puesto en Liga, el naciente Barça de Menotti y Maradona, aún sin matizar, levantó dos títulos; el enlace parecía esperanzador para la nueva temporada.

La que daría comienzo en 1983 sería una campaña ajetreada, debido principalmente a las lesiones y los incidentes alrededor de las dos estrellas barcelonista. Tras perder el estreno liguero en el Pizjuán, el Barça encadenó cinco victorias hasta octubre, pero en la cuarta de ellas saltó la primera tragedia. Era el primer enfrentamiento contra el actual campeón de Liga, los del Flaco ganaban holgadamente al Atheltic y Goicoetxea le partió el tobillo a Maradona, que se perdería tres meses de competición.

Para colmo, entrado octubre también cayó en el dique seco Schuster, tras un partido contra el Valladolid, perdiéndose desde la jornada 8 hasta la 15. Menotti no podía creer su desgracia: “Dispusimos de Schuster y Maradona prácticamente la mitad de los partidos. Si hubiesen jugado como Marcos o Carrasco, aquella Liga la hubiésemos ganado de calle“. Ese mismo octubre llegó una derrota contra el Real Madrid en el Camp Nou por 1-2, con Quini como goleador y Esteban Vigo en el puesto de Schuster, con características diametralmente opuestas.

El equipo supo reponerse y, sin sus dos hombres de referencia, ganó la Supercopa de España a doble partido contra el Athletic, en el mes de noviembre. Para diciembre regresaría el centrocampista alemán, pero por si fuera poca la difícil vuelta al ritmo de competición, lo hizo alicaído. No explicó sus motivos, pero Bernd dijo que quería abandonar el club y que el ambiente no era el mismo que el año pasado cuando llegó Menotti, aunque exculpó a este. Dejó caer que el suceso acontecido en la previa de la final de Copa del Rey contra el Madrid, donde Núñez había prohibido tanto a él como a Maradona asistir al partido homenaje a Paul Breitner quitándole los pasaportes, enturbió la buena marcha del grupo. “Durante los tres años me han ido las cosas bien, pero ahora se ponen cada vez peor. Si perdemos el próximo partido en Bilbao, el Barcelona me dará la carta de libertad“, declaró Schuster. Ante la posible salida se tantearon los fichajes de Falcao, en aquel entonces en la Roma, y Barbas, interior de confianza del Flaco en Argentina, pero el rosarino prefirió hablar con el organizador antes de dar luz verde a cualquier llegada, ya que consideraba indispensable su presencia para que todo funcionase. Fuese la directiva la culpable o lo fuese su mentalidad, lo importante fue que finalmente Menotti pudo recuperarlo.

Con Schuster ya en liza, el regreso de Maradona se produjo poco después, en la jornada 18. En el primer partido de la vuelta de la Liga, jugado el 8 de enero del 84, el Barça le devolvió el 3-1 del estreno al Sevilla, con doblete del Pelusa. Hasta finales de marzo los azulgrana sumaron seis victorias, dos empates y dos derrotas, una de ellas nuevamente contra el Real Madrid. De entre las victorias una fue especialmente ilusionante, ya que se trataba de los cuartos de final de la Recopa, competición grata para el Barça. Pero el 2-0 ante el Manchester United de Ron Atkinson fue insuficiente, ya que de las botas de Bryan Robson los Diablos Rojos remontaron la eliminatoria en terreno británico. A Maradona se le señaló como uno de los principales responsable de la debacle, dado que no había marcado y su influencia no había sido la esperada.

Como tras las lesiones de Schuster y Maradona, los del Flaco no se vinieron abajo con el contratiempo, ganando los seis partidos siguientes, que eran los últimos del campeonato liguero. Fue insuficiente, el Atheltic de Bilbao de Clemente había vuelto a ser el más regular, el Real Madrid acabó segundo igualado a puntos y el FC Barcelona tras ellos, uno por debajo. Los dos meses siguientes, últimos de César Luis Menotti como entrenador barcelonista, arrojan más oscuridad que luz.

El 5 de mayo de 1984 acabaría siendo una fecha de infausto recuerdo no solo en la memoria de los barcelonistas, sino en la de la historia del fútbol. Barça y Athletic habían llegado a la final de Copa del Rey con numerosas rencillas desde la lesión del Pelusa (sumada a la de Schuster el año anterior), y Menotti y Clemente no favorecieron la calma en sus respectivas declaraciones. El partido acabó en una brutal pelea, con Maradona como principal púgil, y con el resultado de 1-0 para los vascos.

Para últimos de mayo y durante junio quedaba la Copa de la Liga. El entrenador dividió a la plantilla en dos, marchando a una gira por Estados Unidos acordada por el club una parte del plantel y quedando otra en España para jugar la competición, a las órdenes del Flaco. Tras los incidentes de la final del Santiago Bernabéu, el Diego fue uno de los elegidos para la gira norteamericana, cuya convocatoria fue reforzada por los futbolistas de la Liga Mágico González y Husillos, disputando la Copa la mayoría de los futbolistas que no habían tenido minutos durante el curso. Tras eliminar a la Real Sociedad y al Mallorca, el equipo perdió en semifinales contra el Atlético de Madrid.

César Luis Menotti había perdido Liga, Copa y Recopa, pero por primera vez desde que subiese a la presidencia en 1978, Núñez no solo no lo despidió, sino que le ofreció la renovación. Menotti la rechazó por una “cuestión estrictamente personal, que no obedece a ningún problema con el presidente“. En su despedida no quiso explicar las razones, pero dijo lo siguiente: “He luchado para cambiar algunas cosas, pero me he cansado. Mi paciencia se agotó en el último partido. Definitivamente, me voy“.

En la entrevista del año 2004 en Barça TV tantas veces citada en estas líneas, Menotti dejó una frase que figuradamente igual refleje el sentimiento que muchos culés guardan desde el día que se despidió: “Tengo un problema. Cuando termina un partido me siento vacío. Como diciendo, ¿y ahora, qué?

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