Histórico
6 noviembre 2018El Enganche

Uruguay: Ladislao Mazurkiewicz, un gato con guantes

Ladislao Mazurkiewicz Por Miguel Angel Ruiz.

Roque Gastón Máspoli Arbelvide nacía en Montevideo en octubre de 1917. Solo dieciséis años después, ya daba sus primeros pasos como portero en Nacional, para pasar más tarde al Peñarol de su vida. Quizá por eso, en 1955, cuando colgó las botas, solo podía ser para entrenar al conjunto “manya”. A su lado, ese mismo año, el “Negro jefe”, Obdulio Varela, capitán (de brazalete y de carácter) y su compañero en la victoria del Mundial de 1950, de la que ambos formaron parte en el bando ganador. En esos años, Máspoli podía no saber de muchas cosas, pero sabía de porteros.

En 1964 se encontraría con uno especial. El muchacho, no muy alto, pero ágil como un gato, había comenzado su carrera como guardameta en el modesto Racing Club de Montevideo. Ladislao, que es como se llamaba, había empezado su carrera tras probar con el club racinguista como portero, tras perder la oportunidad de mostrar sus dotes como jugador de campo.

Ni corto ni perezoso, se puso los guantes y mostró que, por encima de la posición, estaba el amor por el fútbol y por el trabajo bien hecho. Ladislao, que es como se llamaba, sería para siempre Mazurkiewicz, “polaco” o “mazurca”, pero para los seguidores de Peñarol y para muchos aficionados al deporte rey, sería el mejor guardameta nacido en suelo americano.

El guardián del Peñarol de Máspoli

El “chiquito”, como le decían algunos en su tierra, por su discreta altura para ejercer bajo la portería, mostró sus dotes en el club aurinegros durante seis años. Los cinco primeros coincidirían con la mejor época del Club Atlético Peñarol, entrenado por el que fuera meta de Uruguay en el Mundial de Brasil 1950.

En los años que compartieron ambos porteros como entrenador y jugador, Peñarol consiguió ganar dos Campeonatos Nacionales y la Copa Libertadores, elevando al club a la máxima categoría del fútbol de la época y consiguiendo que aquella generación, la de Caetano, Rocha, Forlán (padre) o Spencer, fuera eterna. Una gesta engrandecida con la victoria en la Copa Intercontinental ante todo un Real Madrid.

El Real Madrid de Miguel Muñoz llegaba exultante tras haber ganado la Copa de Europa en la temporada 1965/66. A pesar del tropiezo de la competición nacional (acabó segundo por debajo del siempre rival, el Atlético de Madrid), la victoria ante el Partizán de Belgrado en Heysel (Bruselas), les había llenado de confianza. Con un equipo plagado de talento, con Gento, Amancio, Velázquez o Pirri, el equipo blanco llegaba a Montevideo con la clara vitola de favoritos.

Pero al otro lado, estarían dos porteros a falta de uno. Uno en la meta, otro en el banquillo. Ni una sola vez fueron capaces los de Muñoz de traspasar la línea de gol con Mazurkiewicz en el campo. Ni en los noventa minutos de Montevideo ni en los noventa de Madrid. La Copa Intercontinental se quedaría ese año con las rayas amarillas y negras de “mazurca”.

Con Uruguay, jamás lograría igualar la hazaña del que fuera su entrenador en su época en Peñarol. Si Máspoli consiguió el Mundial para Uruguay en 1950, “Mazurca” consiguió quedar cuarto en 1970 (además de participar también en 1966 y 1974), en el Mundial en el que Pelé dejó su corona en lo más alto. Junto a Pelé, tuvo la curiosa anécdota del “no gol” más famoso de la historia, robándole, quizá con la mirada, un gol antológico al delantero brasileño.

Tras la célebre jugada del regate sin tocar el balón del mito de Santos y Brasil, por obra de Mazurkiewicz o del azar, el balón acabó por no entrar en la portería, negándole ese día el gol al ´10´de la “Seleçao”. Sea como fuere, y como dijo él mismo en varias ocasiones: “la función del arquero es esa, que el balón no entre”. Misión cumplida.

Sus reflejos le llevaron a probar suerte en más países que en el propio, por lo que salió de Montevideo rumbo a Brasil (Atlético Mineiro), España (Granada), Chile (Cobreloa) o Colombia (América de Cali), cosechando distinta suerte, sin lograr igualar en ningún caso los triunfos que lograra con el uniforme aurinegro.

Siempre vestido de negro carbón, se cuenta que el mismísimo Yashin, al término de un partido homenaje al Brasil de 1958, le donó sus guantes y le reconoció como sucesor. De soviético a uruguayo, el traspaso de galones, de reflejos y de guantes fue para el meta una señal y el comienzo de un nuevo seudónimo por el que conocerlo: “araña negra”.

El gato colgó los guantes

Acabó volviendo a casa, a Peñarol, en 1981, con más arrugas, con más cansancio y con menos reflejos. Le sobrarían no obstante para poder hacer, ese mismo año, al conjunto aurinegro de nuevo campeón de Uruguay, a las órdenes de Luis Cubilla, para dejar el equipo y las botas con una sonrisa.

Solo dejaría las botas, pues los guantes los siguió usando para formar a los futuros porteros del equipo, con los que trabajaba como entrenador en el club de su vida. La formación se convertiría en otra de las pasiones del “polaco” Mazurkiewicz, que veía en su labor la posibilidad de devolver todo lo que Peñarol le había prestado.

Sus guantes acabaron por colgarse en 2012, tras un coma irreversible. Guantes, que, a pesar de la necesidad de ser colgados, vivirán llenos de historia. Unos guantes cuyo dueño no sufre por el momento en la comparación con alguno de los guardametas que año a año intentan igualar los hitos que lograra en Peñarol ese joven de Piriápolis que intentó destacar como medio ofensivo en Racing. Guantes con vida, con historias que contar.

Guantes que lograron enjuagar lágrimas, que hicieron esbozar sonrisas, que supieron mostrar caminos.

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