Histórico
5 noviembre 2018El Enganche

Barcelona: La senda del perdedor (Copa del Rey 95/96)

Por Javi Roldan.

Es tan injusto como real que la historia no rinde honores al subcampeón. El segundo clasificado será, sencillamente, un perdedor más. Si además el segundón pasa por ser uno de los mejores entrenadores que han nacido, dirige a uno de los grandes clubes que existen y el ganador hace un doblete en sus narices, es probable que el caso acabe en tragedia. Para Johan Cruyff aquella derrota fue el despido. A la postre, resultó ser el final de su carrera en los banquillos.

FC Barcelona, subcampeón de la Copa del Rey 95/96

Cruyff se plantaba en la 95/96 tras una pésima temporada. Su única verdaderamente mala, se mire por donde se mire. Al drástico fin del Dream Team se habían sumado una serie de incomprensibles fichajes que no cuajaron, una plantilla limitada en cantidad y calidad, problemas con las principales estrellas, Stoichkov y Romario, que acarrearon la posterior salida del brasileño a mitad de curso y del búlgaro al finalizar, un cuarto puesto en Liga y, lo peor de todo, un juego irreconocible.

Pese a la debacle, la Copa de Europa y las cuatro ligas consecutivas previas sirvieron para que Núñez no se atreviese a rescindir el contrato de Johan tras los resultados. Pero fueras quien fueses, el presidente sólo te perdonaba la primera. La que daría comienzo en 1995 sería, pues, una campaña a vida o muerte para el entrenador. Ahora más que nunca, la confección del plantel y la planificación de la temporada tenían que ser precisas.

Para empezar, Cruyff, donde dijo digo, digo Diego, eliminó de una tacada el grueso de fichajes del curso anterior, quedando solamente en la plantilla un Lopetegui residual, un importante Abelardo que se haría eterno en el club y un Hagi lesionado y efímero.

A las salidas obvias se sumaron las no menos predecibles de los últimos reductos extranjeros del Dream Team. Hristo Stoichkov, enfadado por perder influencia, y Koeman con 32 años cumplidos marcharían a Italia y Holanda respectivamente. Junto a ellos voló el “nuevo Stoichkov” para Johan, Igor Korneiev, pescado libre al final del mercado anterior y que, habiendo empezado en el filial, acabó sustituyendo, mal que bien, al 9 canarinho.

Para ocupar los huecos resultantes, Johan apostó por el bosnio Meho Kodro, que venía de hacer casi 50 goles en los dos últimos años jugando como punta en la Real, el rumano del Tottenham Gica Popescu, relevo pasado de Koeman en el PSV y que a sus 28 años había jugado toda su carrera de central o líbero, y el extremo Luis Figo, estrella de la juvenil generación portuguesa campeona del mundo. Cruyff insistió en David Ginola, bestia negra tanto suya como del Real Madrid en las recientes competiciones europeas, pero finalmente el francés acabó en el Newcastle, según él “porque Nuñez dijo que había un problema de exceso de extranjeros”.

Y es que en julio había aterrizado sorpresivamente en el Camp Nou Robert Prosinecki, tras salirse en el Oviedo y rescindir contrato con el Real Madrid. Bien sabido es lo seductor que resulta para las directivas arrebatarle un jugador al máximo rival. En relación a los recambios nacionales, las despedidas de los veteranos Beguiristain y Eusebio se sumaron a las de Iván Iglesias, Sánchez Jara, Eskurza, José Mari y Escaich, siendo cubiertas en su totalidad por la principal apuesta del técnico para ese año: la Quinta del Mini.

Para acompañar a Jordi Cruyff, que se había ganado un sitio incluso como titular, a Óscar, asentado como jugador número doce, y a su hermano Roger, ya en la primera plantilla aunque aún sin un puesto en el XI, Johan promocionó a una serie de canteranos del filial dirigido por Quique Costas en Segunda que, sin duda alguna, serían su plan de futuro. Celades, Carreras, Moreno y Toni Velamazán disfrutaron de bastantes oportunidades, algunas muy aprovechadas; Roger y De la Peña se convirtieron en indiscutibles.

Para completar la nómina de españoles, el excelente mediapunta del Betis Ángel Cuellar fue llamado por Cruyff. Por desgracia, como Prosinecki, el único recital que pudo dar Cuellar fue en el trofeo Joan Gamper, ya que una grave lesión de ligamentos cruzados en el estreno liguero contra el Valladolid, como luego pasase con el croata en sus innumerables problemas físicos, privó de su talento a los culés.

La plantilla quedó lista con una media de edad que rondaba los 26 años, varios de esos jugadores polifacéticos tan del agrado del míster que permitían doblar todas las posiciones del 3-4-3 y una mezcla de experiencia e ilusión, conocimiento y talento suficiente para comenzar, ahora sí, un nuevo proyecto con fiabilidad.

Más allá de la grave lesión de Cuéllar, el equipo inició bien el año, ganando 0-2 en Zorrilla. Hasta la jornada 10 no conoció la derrota, que llegó frente al Compostela a domicilio. Tras esta, que se produjo a finales de octubre, el grupo atravesó una racha dubitativa que entraba dentro de lo conocido por los equipos de Cruyff, tan arrasadores en las buenas como vulnerables en las malas.

En mitad del vaivén llegó la primera víctima copera de los azulgrana, el Hércules, líder de Segunda. Los alicantinos sacaron un digno empate a cero en la ida, pero recibieron un 4-1 en el Camp Nou con goles de todas las líneas barcelonistas, representadas por Abelardo, Bakero y Amor, y Kodro. Los catalanes pasaron así a los cuartos de final, donde se enfrentarían al matagigantes de ese año, el Numancia de Lotina que pujaba por ascender desde Segunda B.

Los numantinos venían de eliminar a tres primeras y, en casa, arañaron un empate a dos a los pupilos de Johan. Pero para la vuelta el conjunto de la Ciudad Condal ya había puesto el pie en el acelerador, derrotando recientemente al Madrid por 3-0 en Liga y recortando distancias con un Atleti que parecía no rodar igual. En el Camp Nou el Numancia se adelantó apenas comenzar el partido, pero en la primera mitad Kodro, Óscar y Nadal sellaron el 3-1 que daría la clasificación.

La semifinal se disputaría en febrero y en ella esperaba un derbi que, de por sí, se preveía tan apasionante como el choque de estilos entre Cruyff y Camacho.

Para aquella recta final de curso Cruyff ya había establecido una alineación tipo, siempre adecuada al 3-4-3 que este año abandonó poco pero que presentaba la particularidad de ser asimétrico en su ataque. El dibujo por momentos se asemejó a un 3-2-3-2, ya que uno de los costados ofensivos -mayormente el izquierdo- solía quedar sin una pieza fija, a favor de un volante más centrado que aumentaba las posibilidades de pase en la zona media y dejaba arriba una suerte de dupla ofensiva.

Con Busquets en la portería, la defensa estuvo compuesta por Nadal o Abelardo en el centro y Ferrer y Sergi a sus lados en labores correctoras, con poca influencia en campo rival. En el medio formó Popescu como pivote, a menudo marcador táctico, Guardiola en el interior derecho, Roger en el izquierdo y De la Peña como enganche, muy liberado, con Nadal para cualquier ausencia o variante. Ya en el ataque, Bakero, Figo y Kodro aprovecharon las lesiones de Hagi, Prosinecki, Jordi Cruyff y Cuéllar y solo dieron oportunidades contadas a los canteranos Óscar, Moreno y Toni.

De todos ellos, tres de los nuevos, De la Peña, Figo y Popescu, quienes también se encargarían de las distintas ejecuciones en balones parados, fueron los mejores de la última revolución de Cruyff. Pero no pudieron evitar su desenlace.

En el que sería último año del Flaco probablemente se dio su Barça más líquido, con un cambio de posiciones y ubicaciones constante durante los partidos. La libertad que permitió Johan benefició a hombres como Figo, que igual aparecía por los extremos que por el centro, siempre balón al pie, y De la Peña, que iniciando como interior se movía a su antojo y solía acabar de mediapunta, acaparando los ataques y desplazando a Bakero, por plan establecido, de su posición natural y esencial para el equipo en tiempos pretéritos hacia la de falso delantero centro.

Sin embargo, dos futbolistas salieron especialmente perjudicados por la nueva propuesta: Guardiola y Kodro. El 4 barcelonista por antonomasia se vio por primera vez con una mayor parcela de juego que abarcar. Pese a que, según palabras de Popescu, Núñez lo había fichado “para ser el recambio de Koeman”, el rumano jugó todo el año como pivote, “una posición novedosa” en su carrera. Esto hizo que Pep actuase de interior derecho, lugar anterior de Eusebio, Goiko o un ahora suplente Amor, siendo su labor más sacrificada tanto en presión y transición como, sobre todo, en apoyos en repliegue defensivo.

En una zona secundaria, alejada del eje y del contacto permanente con el esférico, Guardiola sufrió, quedando por momentos anuladas sus sublimes virtudes de organización y mando. Por el contrario, quien sí disfrutó fue el jugador rumano, ya que, en la misma posición pero con un papel diametralmente opuesto al del canterano, se sintió imprescindible aprovechando su imponente condición física tanto en la recuperación y salida como en sus constantes cabalgadas hasta la frontal del área rival, que solían acabar en balonazos entre los tres palos.

Para alivio de Pep, bien por tendencia natural o por exigencias del partido, ambos solían acabar intercambiando posiciones a medida que la cita avanzaba. Pero si Guardiola lo pasó mal, peor fue la situación de Kodro. Recordando más a Lineker que a Stoichkov o Salinas, partiendo desde la derecha en la mayoría de ocasiones no logró atacar el área como Cruyff le pidió, sumando unas pobres cifras anotadoras, insuficientes para el referente indiscutible del ataque catalán.

De vuelta en la semifinales de Copa, además de al central Sebastián Herrera, Johan se encontraría a otros dos ilustres conocidos, Nando y Cristobal, piezas importantes en sus primeros años como entrenador barcelonista. Ni ellos ni la táctica de Camacho le pusieron la eliminatoria fácil, pese a que el Barça ganó ambos partidos. 1-0 en el Camp Nou y una remontada en los últimos diez minutos con goles de Amor y Kodro para el 2-3 definitivo en feudo españolista, dieron el pase a la final. Allí aguardaba el Atlético de Madrid de Radomir Antic, el verdugo de Johan Cruyff.

La situación estaba así de caliente: para el mes de marzo Barça y Atleti, con permiso del Valencia, se disputaban la Liga y la Copa, y además, en solo diez días Cruyff también se jugaba acceder a la final de la UEFA. Como en sus dos primeros años a cargo del Barça, el esperanzador proyecto se decidiría en citas muy señaladas.

El Barça cayó 0-1 en la prórroga de la final de Copa del Rey, disputada el 10 de abril de 1996, desperdició el empate a dos traído de Alemania contra el Bayern y fue eliminado de la UEFA el día 16, y perdió, también en el Camp Nou, el duelo decisivo por el liderato contra el Atlético de Madrid el día 20 de ese mismo mes. Los títulos habían salvado a Cruyff a finales de los ochenta como la ausencia de ellos le condenaría ahora. El juego, para la Junta, siempre en un segundo plano.

Preguntado en El larguero sobre sus problemas con la directiva y las condiciones de un contrato que se extendía hasta 1997, Cruyff había declarado poco antes: “Como jugador aguanté hasta los 38 años, y ahora como entrenador, a los 48 noto que estoy en la recta final de mi carrera”.

El renacido Barça post Dream Team había sido subcampeón de Copa y un simple aspirante a la Liga. Para Núñez, como para la mayoría de personas, el derrotado en una final era un mero fracasado. El 18 de mayo de 1996, el mejor entrenador de la historia del FC Barcelona fue despedido sin contemplación. Desilusionado e incapaz de buscar nuevos alicientes en otro banquillo más allá de su amado club, finalmente decidió levantarse del balón, entrar en su despacho y colgar el chándal para siempre.

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