Histórico
5 julio 2018El Enganche

La sombra dei mondiali es alargada

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Por Darío Garzarón (@dGarzaron)

Quedar fuera de un Mundial 50 años después era solo una de las razones por las que Gianluigi Buffon derramaba lágrimas aquel 13 de noviembre del 2017, en el estadio Giuseppe Meazza de Milán. La última vez que Italia no había participado en una cita mundialista había sido en Suecia 1958 y, ahora, eran precisamente los suecos quienes iban a ir a Rusia, dejando fuera a la azzurra.

El guardameta era plenamente consciente de lo intangible que, en torno a una cita de este tipo, se genera en las calles y plazas de los países que en ella participan. Durante el mes que dura la competición, el fútbol se reconcilia con todos aquellos que, durante cuatro años, denostan el juego del once contra once pero que, llegado el momento, comparten con sus amigos futboleros un anónimo Irán-Marruecos a la sombra de una jarra de cerveza bien fría.

Llegaba el mes de junio y el Bel Paese volvía a darse de bruces con un hecho que la Champions League, la Europa League y el mano a mano entre Juventus y Nápoles, habían dejado en un segundo plano durante meses, esto es, el inicio del Mundial de Rusia.

Foto 2Lanzar una campaña publicitaria en el periódico deportivo con más tirón para apoyar a Islandia, identificando al combinado vikingo como la otra azzurra, era una estrategia simplista para buscar apaciguar los ánimos de unos tifosi que, además, estaban condenados a ver cada uno de los partidos del Mundial, todos ellos retransmitidos en abierto. 90 minutos que, una y otra vez, durante varias semanas y numerosos colores, golpeaban directamente el corazón del aficionado italiano.

Pasear por una ciudad italiana en el periodo mundialista supone acompañar a televisores que transmiten partidos sin interrupción y que reclaman, con poco éxito, la atención y devoción del aficionado transalpino que, movido por una de las principales fuerzas de la naturaleza humana, la venganza, solo parece interesado por la derrota alemanes, franceses (rivales históricos) y suecos (rivales de última hora). En el caso de las dos últimas selecciones, parece que la herida es cada vez mayor según van pasando rondas en el torneo.

En los últimos años, en cada Eurocopa y en cada Mundial, las cadenas de supermercados aprovechaban la presencia del combinado nacional para lanzar promociones que, a día de hoy, brillan por su ausencia entre los pasillos de estos establecimientos, impermeables a la otrora fiebre mundialista.

La derrota en la repesca ante Suecia no sólo ha tenido consecuencias a corto plazo, como lo es la ausencia de Italia en Rusia 2018, sino que ha detonado una profunda revisión del fútbol base en un país que mira con recelo la proliferación del futbolista extranjero en la Serie A, subrayando su presencia como una amenaza para la evolución del calcio que, sin embargo, sólo recuperará su nivel dejando de lado este discurso proteccionista que, de forma peligrosa, también ha calado en el panorama político del país transalpino.

En Turín, Roma, Nápoles o Milán, hoy los niños han dejado aparcado el balón y la camiseta de su selección, perdiendo la oportunidad de tener un recuerdo mundialista que, dentro de unos años, habrían podido recuperar con el debut de su selección en una nueva edición del torneo. El Mundial traspasa fronteras no solo espaciales, sino también temporales y, en Italia, en este año 2018, ha robado un pedazo de infancia a aquellos que, al contrario que sus padres, aún deberán esperar para poder disfrutar de su particular Paolo Rossi del ’82, de un Schillaci del ’90, de una nueva versión del Divin Codino del ’94 o de un Cannavaro que lleve de vuelta a casa aquel trofeo que, en 1974, salió del taller de Silvio Gazzaniga.

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